Cinco (Five)

Sufrimiento en el mundo nuevo

Por Emiliano Fernández

Antes de la invención de la tristemente célebre bomba de neutrones y de los bombardeos atómicos norteamericanos sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki de 1945 a la humanidad sinceramente le importaba un comino un probable contexto apocalíptico mundial y cuando éste aparecía estaba relegado a la ciencia ficción pueril más delirante y a su otra faceta de pretensiones científicas, casi siempre vinculada a las catástrofes cósmicas símil cometas y las más terrenales y algo imprevisibles como los terremotos y los tsunamis. Fue con la aparición de la cada día más patente posibilidad de destrucción masiva en el contexto de la Guerra Fría que nacieron los arsenales en verdad mortíferos de las grandes potencias mundiales, la desconfianza acérrima en el prójimo, el individualismo demencial y una paranoia que de a poco se tradujo en el arte en ataques alienígenas porfiados o por el contrario un desierto inhóspito en territorios que otrora fueron habitados por millones de personas, representación visual minimalista de los efectos de una radiación que no podía verse pero mataba con una eficacia muy por encima de la de cualquier otra arma del pasado. El cine siguió este camino y en gran medida lo definió por su enorme popularidad e influencia, pasando de los contados exponentes previos a la bomba nuclear en materia de los relatos postapocalípticos, casi siempre centrados en la influencia destructora de astros varios y debacles tradicionales de nuestro planeta, a una verdadera proliferación que, como decíamos anteriormente, se dividió entre los páramos de las mutaciones atómicas insólitas y las invasiones extraterrestres en primera instancia provenientes de Marte y a posteriori de la llegada del hombre a la Luna en 1969 de galaxias muy lejanas. Finalizada la Guerra Fría el rubro del fin del mundo experimentaría un nuevo resurgimiento pero en términos distintos y definitivamente retroparanoicos, pensemos en el fetiche masivo contemporáneo con las catástrofes expansivas de nunca acabar y en la vuelta prosaica a viejos motivos como por ejemplo la revancha de la naturaleza vía enfermedades, plagas, inundaciones, esterilidad femenina espontánea y un sobrecalentamiento global que lleva a la semi extinción humana.

 

Muchísimo antes de que todo esto se pusiese de moda y de que se pasase de las hecatombes gigantescas planetarias de antaño a los miniretratos de probeta que mediante un puñado reducido de personajes pretenden abarcar a toda la humanidad a pura inducción, línea de razonamiento que por cierto respeta el fetiche cultural posmoderno con la miniaturización/ digitalización y el principio de “lo pequeño es bello”, existió una diminuta película que muy poca gente vio en su momento y que en el nuevo milenio está siendo redescubierta en tanto primer exponente concreto del relato postapocalíptico como lo entendemos hoy en día, hablamos por supuesto de Cinco (Five, 1951), de Arch Oboler, film que se anticipa a prácticamente todo lo que vino después y que incluso le gana por unos cuantos años a las gloriosas especulaciones fantásticas del gran Rod Serling con motivo de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), serie televisiva ineludible a la hora de ampliar el acervo característico del horror, la ciencia ficción, la fantasía y los dramas en general sobre la condición humana y sus tragicómicas minucias. Oboler, aquí productor, guionista y director, fue un pionero y figura fundamental de la radio norteamericana que como Orson Welles saltó al cine gracias al carácter vanguardista y muy valiente de su producción para el éter, mayormente relatos de terror, parodias, adaptaciones literarias y epopeyas antifascistas, lo que lo transformó con el tiempo en uno de los primeros cineastas independientes de la historia del séptimo arte al punto de que rodó Cinco por apenas 75 mil dólares y luego se la vendió a Columbia Pictures llevándose una buena ganancia en el trajín. Todos los latiguillos de la ciencia ficción futura de supervivencia apesadumbrada se dan cita de modo cristalino en pantalla: tenemos esa colección de supervivientes azarosos a los que hace referencia el título, un ambiente único y desolado, chispazos de alegría que aminoran la desesperación y la angustia, peleas en torno a los recursos disponibles, una mujer que despierta pasiones entre los varones y hasta el dilema entre rapiñar las sobras del mundo ya muerto o construir uno nuevo basado en un modelo de tierra y vida sustentables.

 

La faena comienza con Roseanne Rogers (Susan Douglas Rubeš), esposa del arquitecto Steven, vagando por las inmediaciones bucólicas de Nueva York en pos de llegar a la casa de su tía luego de la explosión de un nuevo tipo de bomba de neutrones que barrió a casi toda la población, cataclismo del que salió inmune gracias al revestimiento de plomo de una sala de radiología ya que se encontraba en un hospital debido a que está embarazada. Al llegar al lugar lo encuentra ocupado por un hombre, Michael Rogin (William Phipps), ex guía turístico del Empire State Building, quien sustrae alimentos enlatados y pertrechos de una tienda cercana y planea quedarse en el campo para desarrollar una vida basada en el cultivo de la tierra porque no han quedado animales vivos que cazar. El joven se interesa en la mujer y hasta trata de violarla pero ella se resiste ya que todavía atesora la esperanza de que su marido haya sobrevivido, no obstante la dinámica de pareja se quiebra primero con la llegada de un dúo de viajeros en un jeep que ven el fuego de la chimenea de la cabaña, Oliver P. Barnstaple (Earl Lee), un cajero bancario veterano y bastante senil que piensa que está de vacaciones, y Charles (Charles Lampkin), un hombre de color que pareciera haber sido el portero del banco del anterior, y a posteriori con la aparición de un extranjero en una playa, Eric (James Anderson), un montañista y explorador que atravesó tierra, agua y aire buscando un vestigio de civilización y sólo encontrando cadáveres por doquier. Mientras que el anciano y el negro sobrevivieron al quedar encerrados en la bóveda del banco, Eric logró salvarse de la muerte por esa generosa altura que también protegió a Michael, en este caso porque estaba atrapado por una ventisca en nada menos que el Monte Everest. Eric, cuyo avión se quedó sin combustible cerca de la costa, no sólo resulta ser un parásito que no ayuda a cultivar maíz sino también un pesimista crónico, un soberbio insoportable e incluso un racista que condena la presencia de Charles, eventualmente prefiriendo escapar hacia la ciudad para vivir de las sobras abandonadas después de pisar con el jeep todo lo plantado, sustraer alimentos, matar al negro y manipular a la mujer para que lo acompañe.

 

El realizador va más allá de simplemente apuntalar una retahíla de arquetipos identitarios minimalistas en ocasión de los cinco personajes del título, por supuesto condensados en la parejita burguesa modelo, Michael y Roseanne, el infaltable tercero en discordia que viene a amargarles la vida, Eric, la otredad antropológica en este caso afable, Charles, y el viejo destinado a morir tarde o temprano, léase ese Barnstaple que fallece en el mismo momento en el que arriba el extranjero de resonancias neonazis/ supremacistas blancas/ elitistas a lo darwinismo social, porque Oboler lee a la desolación como una excusa para por un lado retomar elementos imprescindibles del film noir como el ventajismo, los sueños deshechos y la desesperación atávica y por el otro lado pensar tópicos variopintos como el luto ante el ser querido, las diferencias raciales y comunales, la demencia paulatina, la sombra de una muerte que se percibe acechante, la mediocridad y el hacinamiento metropolitanos, la soledad omnipresente de nuestros días, el peso de la técnica en la vida mundana, la relación del hombre con la naturaleza, los misterios que ésta esconde, los delirios egoístas de los bípedos, las batallas cíclicas por nimiedades, la presencia disruptiva de las mujeres, el maquiavelismo de cada jornada, las miserias que salen a la luz de improviso y sobre todo esta lucha de fondo por la hembra/ útero y por la hegemonía ideológica del colectivo entre Michael, gran adepto a evitar las urbes porque allí de seguro está concentrada en mayor proporción la radiación, y un Eric obnubilado con la posibilidad de rapiñar a dos manos las ruinas abandonadas y unos “tesoros” que ya no tienen ningún valor, de hecho como esos collares y alhajas que le muestra a ella en los minutos finales del metraje. Cargada de un pulso pausado de resonancias bien meditabundas bergmanianas y una imaginería religiosa cristiana homologada al período de realización, condensada en citas bíblicas varias y un poema sacro del afroamericano James Weldon Johnson, La Creación (The Creation, 1927), Cinco indaga en este sutil encontronazo entre un consumismo idiota homologado a la civilización más intolerante y vacua y una posición más respetuosa para con lo natural originario y el prójimo que nos rodea, negando desde ya la idea posterior de la falla o accidente o imprevisto como catalizador de la debacle y subrayando que el sufrimiento en el mundo nuevo y el apocalipsis en general ya estaban presagiados en el comportamiento mutuamente destructivo del hombre para con el hombre, por ello el augurio piadoso del fin se empareja con la existencia de sobrevivientes destinados a refundar la especie humana cual Adán y Eva aunque sin caer en los mismos errores del pasado, nos referimos a las guerras, la contaminación, la egolatría, la inequidad capitalista, la especulación, la falta de respeto generalizada y la violencia gratuita por todos lados. El director rodó la película fundamentalmente sirviéndose de la casa de huéspedes de su rancho en Malibú, California, una construcción bastante extraña que fue diseñada por el famoso arquitecto Frank Lloyd Wright, padre de aquella arquitectura orgánica que propugnaba la armonía entre el hábitat humano y la naturaleza, y de hecho la transforma en otro personaje más del relato que se suma al muy buen desempeño de Phipps, Anderson, Rubeš, Lampkin y Lee, quienes evitan a los expertos automáticos del primitivismo de muchas odiseas de supervivencia del futuro y componen en cambio a personas reales que padecen en carne viva el fantasma de lo desaparecido y la enorme responsabilidad de seguir viviendo a pesar de todo porque el sol no se extinguió y el planeta continúa girando. Así como la catástrofe y el resurgir de la vida se veían venir a la distancia, la necesidad de purga para esquivar vicios del pasado también forma parte de lo previsible y por ello Eric paga su petulancia con la muerte tácita, cubierto de signos cutáneos de envenenamiento por radiación cuando recorre sus amadas metrópolis, y Roseanne asimismo es castigada por escuchar al falso profeta y por su obsesión estúpida con su marido, de quien finalmente encuentra el cadáver aunque debiendo entregar a cambio a su vástago, el cual fallece en su viaje de vuelta a la ahora cabaña de Michael, el único sensato del lote y el destinado a refundar la humanidad con una Rogers que abandona su frigidez ya que el dolor parece ser la única “herramienta pedagógica” que nunca falla…

 

Cinco (Five, Estados Unidos, 1951)

Dirección y Guión: Arch Oboler. Elenco: William Phipps, Susan Douglas Rubeš, James Anderson, Charles Lampkin y Earl Lee. Producción: Arch Oboler. Duración: 93 minutos.

Puntaje: 8