Al considerar a Rosalía Vila Tobella alias Rosalía, su carrera y particularmente su último disco, Lux (2025), uno no puede más que ratificar la nula honestidad y el bajísimo nivel intelectual de la prensa y buena parte del público del Siglo XXI, dos gremios que adoran promediar hacia abajo, que desconocen los puntos medios -todo es sublime o un desastre- y que suelen confundir éxito comercial con calidad al extremo de ventilar lo que ocurre por debajo, su carácter mercenario, conservador o lisonjero dentro de los términos del hype o la mentalidad de rebaño, tendencia a encajar de por medio en el coro de voces que se olvidan de un viejo axioma de la industria cultural y el capitalismo en general porque la obsesión de todas las moscas con la bosta no implica que la bosta deje de serlo. La cantante y compositora catalana/ española, en un primer momento apadrinada por Raül Refree y Pablo Díaz-Reixa alias El Guincho, para colmo exuda unas hilarantes xenofobia, racismo e ignorancia cada vez que la etiquetan dentro del pop latino porque no quiere ser vinculada a la producción musical de América Latina, enmascarando el asunto con excusas lingüísticas o filológicas, a lo que se suma su costumbre de burguesita blanca y europea de defenderse de las acusaciones de apropiación cultural que le llegan de todos lados esgrimiendo un clasismo sin anestesia, algo que tiene que ver con su condescendencia al afirmar que quienes la critican fueron menos “privilegiados” que ella en términos de su educación, por cierto una bastante cutre/ conformista como lo demuestran primero su producción artística, ese reciclaje de obras anteriores hoy sin un gramo de conciencia social o política, y segundo su militancia feminista de cotillón mechada con el abanico estándar popero modelo LGBT y proaborto, en esencia otra multimillonaria inmadura e hipócrita a la que grabaron en 2020 con Dua Lipa contoneándose y arrojando billetes a unas bailarinas haciendo twerking en un club de striptease de California. Son, precisamente, la falta de ideas novedosas y la apropiación cultural berreta los dos pivotes de su trayectoria hasta la fecha, pensemos para el caso que Los Ángeles (2017) fue un álbum aburrido y ortodoxo de nuevo flamenco en el que vampirizó la tradición andaluza y gitana, en El Mal Querer (2018), otro engendro artificial, ofreció una versión redundante de la música urbana de Latinoamérica, amalgama de dancehall, folklore caribeño, rhythm and blues y hip hop, y finalmente Motomami (2022), excusa para el despegue internacional, recuperó de manera trasnochada aquel reguetón de Panamá, Jamaica y Puerto Rico, ya en gran medida fagocitado en términos comerciales por el trap latino y sus ídolos de barro inventados por los algoritmos, las redes sociales y el marketing para oligofrénicos o sordos.
El interminable y tedioso Lux específicamente tuerce el volante hacia un pop orquestal que la crítica descerebrada del nuevo milenio calificó de “vanguardista” porque definitivamente jamás escuchó nada del rubro, otro signo de estos tiempos de repetición como loros de la misma cantinela y de pastiches eternos sin alma ni talento ni background cultural ni ideología verdadera, como la propia Rosalía que sin tener ni la más puta idea de catolicismo ni una mínima convicción religiosa encara una obra acerca de una colección de santas en plan de turismo cultural madonniano aunque sin la inventiva de la estadounidense durante las décadas del 80 y 90, tanto en música como en iconografía. Más allá de ese contenido sacro intercambiable cuyo trasfondo, como decíamos antes, se explica por los enormes recursos que la europea tiene a su disposición, por ello se tomó tres años para grabar el álbum, lo dividió en cuatro movimientos, utiliza la Orquesta Sinfónica de Londres, canta en catorce idiomas y de hecho contrató a un ejército de traductores, expertos en fonética y desde ya productores/ cocompositores cual diva masiva de manual, pensemos en los cotizados Andrew Wyatt, Noah Goldstein, Pharrell Williams y Nigel Godrich, lo cierto es que aquí regresan la vacuidad de los tres discos previos y todos esos versos que parecen escritos por una nena de quince años leyendo Wikipedia -ya arrastra 33 abriles- o quizás una típica adulta infantilizada del segmento del pop chatarra para adolescentes modelo Taylor Swift, Ariana Grande, Katy Perry, Billie Eilish, Kelly Clarkson, Lady Gaga, Olivia Rodrigo, Miley Cyrus o la mencionada Dua Lipa, entre otros muchos productos banales, sin olvidarnos de las representantes del cono sur como las argentinas Lali Espósito, Nicki Nicole, Tini Stoessel, Emilia Mernes y María Becerra. El flamante trabajo de Rosalía es una mixtura por un lado del pop orquestal clásico que se remonta a los años 60, en sintonía con The Beatles, Burt Bacharach, The Beach Boys, Scott Walker y The Moody Blues, y por el otro lado aquella Björk amiga de las cuerdas circa Homogenic (1997), Vespertine (2001) y Vulnicura (2015), de allí que el público obsecuente y la prensa esclava del mainstream vociferen al unísono que el opus es experimental por la simple fusión de la orquesta con algunas pinceladas de art pop, desconociendo que el recurso sinfónico sabe a vetusto desde el rock progresivo setentoso y hasta hace pocos años no pasaba de una moda de la industria discográfica más perezosa en pos de reemplazar el unplugged y continuar con el reempaquetamiento del mismo repertorio de siempre. Lux no funciona como una variación novedosa o fascinante del pop orquestal como sí lo fueron la repetición hipnótica de Sparks, sobre todo en los álbumes Lil’ Beethoven (2002) y Hello Young Lovers (2006), o el trasfondo barroco inmaculado de Forever Changes (1967), de Love, The Village Green Preservation Society (1968), de The Kinks, Paris 1919 (1973), de John Cale, Hounds of Love (1985), de Kate Bush, Skylarking (1986), de XTC, y Sea Change (2002), de Beck, por citar algunos ejemplos de las distintas décadas.
El Primer Movimiento, terminología extraída de la música clásica, abre con el pianito de Sexo, Violencia y Llantas, un exponente del maximalismo orquestal que caracterizará al disco en adelante y de cierta idea rectora, muy precaria o más bien frívola, orientada a tratar de moverse entre lo piadoso y la profano sin descuidar ambos extremos ni morir en el intento. Reliquia, inspirada en la peruana Santa Rosa de Lima y con la firma complementaria de Guy-Manuel de Homem-Christo, otrora cabeza de Daft Punk junto a Thomas Bangalter, está construida alrededor de un arreglo de cuerdas de Caroline Shaw que va mutando a lo largo de la canción para acercarse al trip hop, el ambient y el big beat en la segunda mitad, todo mientras la “nueva rica” canta en un espanglish de baja intensidad y nos comenta todos los lugares del planeta que estuvo recorriendo como Roma, París, Los Ángeles, Milán, el Reino Unido, Washington D.C., Bangkok, México, Berlín, Puerto Rico, Buenos Aires, Japón, Nueva York y Marrakech. Divinize, con una letra escrita en catalán e inglés, unifica la Björk más accesible de Debut (1993) y Post (1995), en esencia homologada al electropop en ocasiones triphopeado, y las preocupaciones de aquella Madonna alcanzando la mayoría de edad en Like a Prayer (1989), el disco y sobre todo la canción homónima, aquí reproducida mediante la ambigüedad de lo religioso lacerante combinado con un erotismo muy light, correspondiente al neopuritanismo del Siglo XXI. Porcelana, basada en la maestra japonesa del budismo zen Ryônen Gensô y con el rapero yanqui Douglas Ford alias Dougie F., no pasa de la condición de un pastiche de hip hop progresivo y rap industrial que llega muy tarde al terreno del Kanye West de My Beautiful Dark Twisted Fantasy (2010) y Yeezus (2013), ahora rapeando con rimas lastimosas modelo trap sobre el sadomasoquismo emocional y cantando en castellano, latín, inglés y japonés sin coherencia alguna. Mio Cristo Piange Diamanti, acepción de la italiana Clara de Asís, es una especie de aria popera bastante mediocre en términos musicales, con el latiguillo de los cortes melodramáticos de estudio/ antinaturalistas, en la que Rosalía, de todos modos, ofrece quizás la mejor letra de su cosecha, ahora volcada a un panegírico de Jesucristo que incluye versos en italiano como “mi querido amigo, contigo la gravedad es grácil y la gracia es pesada” o “¿cuántos puñetazos te han dado que deberían haber sido abrazos?/ ¿Y cuántos abrazos has dado que podrían haber sido puñetazos?”.
Llegado el Segundo Movimiento, Berghain supuestamente está basada en la vida de la alemana Hildegarda de Bingen y en Therigatha (80 a.C.), una antología de textos sobre religiosas budistas, e incluye un sample de una entrevista a Mike Tyson y la intervención de la mismísima Björk más Sean Lee Bowie alias Yves Tumor, un estadounidense volcado a la electrónica y la neopsicodelia, revoltijo que una vez más por un lado genera un engendro intrascendente que combina coros en alemán y pasajes más sutiles, todo alrededor del miedo, la ira y la salvación mediante la intervención divina, y por el otro lado recupera al West más iconoclasta de My Beautiful Dark Twisted Fantasy, Yeezus e incluso The Life of Pablo (2016), trabajo fallido que comparado con Lux es una obra maestra y que además se parece a escala discursiva porque el norteamericano pretendió ofrecer su lectura deforme de los evangelios de Mateo, Lucas, Marcos y Juan. Resulta gracioso que una de las composiciones más disfrutables del álbum sea La Perla, con los recientemente cancelados Yahritza y su Esencia, unos chicanos bastante idiotas que suelen ofrecer música regional mexicana y que desde su paraíso en gringolandia criticaron con petulancia a la Ciudad de México y sus habitantes, porque el tema que nos ocupa detenta arreglos orquestales pero se aleja significativamente del marco formal y conceptual del resto de la placa, aquí coqueteando con el vals, la ranchera y la balada confesional y consagrándose en cuerpo y alma al puterío/ culebrón romántico vía espanglish y al viejo arte de defenestrar a una ex pareja, en este caso el boricua Rauw Alejandro, un reguetonero tan insignificante y narcisista como la propia catalana. Luego de Mundo Nuevo, tema tradicional anónimo que le permite a Rosalía retomar todos los clichés vocales del flamenco y seguir explorando la idea de reemplazar un contexto problemático por otro desde el facilismo de la irresponsabilidad del descarte automático posmoderno ante cualquier traspié, llega De Madrugá, un collage olvidable de hip hop y pop progresivo inspirado en Olga de Kiev y efectivamente con algunos versos en ucraniano dentro de una letra cuyo horizonte propone una venganza de impronta piadosa, cruz en mano, ya que la narradora se quedó sin su ser querido por obra y gracia de los infieles.
El Tercer Movimiento comienza con Dios es un Stalker, un regreso al esquema de producción urbano de El Mal Querer que musicalmente cumple con dignidad aunque en lo referido a la letra vuelve a poner de manifiesto la pobreza de siempre, hoy resumida en la fórmula estúpida del título como si la idea de base hubiese sido reemplazar por el Todopoderoso a aquellos acosadores que protagonizaban Every Breath You Take, hitazo de The Police de Synchronicity (1983), y Satellite of Love, joya de Lou Reed, David Bowie y Mick Ronson perteneciente a Transformer (1972). La Yugular, basada en la mística musulmana Rabia al Adawiyya y con un sample final de una entrevista de 1976 a Patti Smith, mezcla el castellano, el árabe y el inglés, por un lado, y el pop orquestal, el flamenco y la música sacra, por el otro lado, para que Rosalía continúe calzándose el disfraz de creyente/ devota y se entretenga un ratito trazando una serie de correspondencias tontuelas entre seres y cosas, grandes y pequeñas, desde un lirismo de lo más pedestre. Focu ‘Ranni, inspirada en la siciliana Rosalía de Palermo, trae a colación el cansancio de la fórmula sonora elegida y trata de hacernos olvidar del asunto mediante algunas pinceladas de hyperpop símil Charli XCX, un toque del avant-pop de FKA Twigs y una estrofa en siciliano a modo de epílogo, como el resto del tema orientado a ponderar el amor -religioso, romántico o amistoso, vaya uno a saber- alejado de toda propiedad o esclavitud. Sauvignon Blanc aparentemente está construida alrededor de la española Teresa de Jesús pero en realidad es una balada de piano común y corriente en la que la cantante entrega el lloriqueo promedio de estas divas pop prefabricadas sobre los “sacrificios” de la fama, pensemos en versos patéticos e involuntariamente hilarantes como “mi luz la prenderé con el Rolls-Royce que quemaré/ sé que mi paz yo me ganaré cuando no quede na’, nada que perder/ ya no quiero perlas ni caviar, tu amor será mi capital/ ¿y qué más da? Si te tengo a ti, no necesito nada más”, por cierto sin que quede claro si se refiere a Dios -nuevamente- o a algún macho del montón que la trata mal o se muestra autoindulgente porque le ofrece un espejo de ella misma, atracción entre semejantes mediante.
Jeanne, exégesis de la gala Juana de Arco con la ayuda en composición de Charlotte Gainsbourg, célebre hija de Serge Gainsbourg, funciona como una amalgama del mismo pop orquestal de siempre y algo de rock sinfónico/ progresivo a lo Yes, Emerson, Lake & Palmer y el primer Genesis, en esta oportunidad repasando en francés y castellano estereotipos del derrotero de Juana como sus visiones del Arcángel Miguel, su captura por parte de los borgoñones y desde ya su muerte en la hoguera en la ciudad de Ruan en 1431 a la edad de 19 años, uno de los episodios más transitados por el arte mundial desde entonces. Es en el contexto ya del Cuarto Movimiento cuando aparece Novia Robot, inspirada en conjunto en la poetisa china Sun Bu’er y la hermana de Moisés y Aarón según la Biblia Hebrea, Míriam, en suma un reguetón sinfónico/ industrial que incluye mandarín y hebreo entre los idiomas trabajados y que confunde el árbol con el bosque, típico error de los inmaduros, porque Rosalía sigue enojada con el puertorriqueño aunque desparrama dardos contra todos los hombres en general, una postura feminazi, misándrica, burguesa y sin conciencia social que desde hace tiempo cayó en lo demodé y hoy por supuesto incorpora mucho de banalización de la fe popular debido a que en la coda repite sin cesar que “me pongo guapa para Dios, nunca pa’ ti ni para nadie”, explicitando sin sutileza alguna que la devoción de la española, al igual que su seudo rebeldía de cartón pintado cien por ciento mainstream, es cosmética, mentirosa o simplemente equiparada a los abalorios del montón del escenario, donde las estupideces de la alta burguesía se fusionan con los caprichos del corazón, los lujos del jet set globalizado en crisis y esta iconografía cristiana que no se siente muy cómoda que digamos rodeada de semejantes vecinos, todos banales.
El panorama no mejora demasiado en ocasión de La Rumba del Perdón, con las españolas especializadas en flamenco Silvia Pérez Cruz y Estrella Morente, esta última un esperpento muy gracioso que defiende la tauromaquia y ya ha sido cancelada por ello, otra excusa para demonizar al varón aunque atenuando en gran medida el asunto porque la narradora parece cantarle a un novio/ marido que se mueve entre la bohemia, el alcoholismo, la familia y el hampa y del que está enamorada a pesar de que lleva una vida nómada sin mayores compromisos, amén de un homicidio y la clandestinidad subsiguiente por una mexicaneada del narcotráfico, un robo endogámico. La delicada Memória, con la cantante portuguesa de fado Maria do Carmo de Carvalho Rebelo de Andrade alias Carminho, se ubica inmediatamente entre lo mejor del lote por la presencia de la invitada, un buen uso del portugués, una cadencia mayormente tranquila -salvo un instante ampuloso llegando el final- y una letra interesante sobre el trasfondo escurridizo de los recuerdos y el rol que juegan en la construcción de la identidad de los sujetos, una vez más hablándole a un tercero que puede ser Dios o un ser querido. Magnolias, supuesto análisis de la santa hindú Anandamayi Ma que como casi todas las intentonas previas guarda poco y nada de relación con la homenajeada según los créditos del disco, ofrece una relectura eficaz del pop orquestal -un poco tarde, dicho sea de paso, porque hablamos del cierre- en la que Rosalía reflexiona sobre la parca o algo así aunque pronto vuelve a caer en lo artificial desabrido, aquí autocanonizándose a través de una fiesta en su funeral sin haber llegado a sabiduría alguna ni haber abrazado la solidaridad ya que el desfile de pivotes del álbum está más cerca del egoísmo, la paranoia, la ostentación, la idiotez y el hedonismo de nunca acabar.
Sinceramente el promedio de calidad de Lux resulta lamentable porque salvo un par de canciones, léase La Perla y Memória, el resto de los tracks se sienten redundantes, flojos y/ o huecos dentro de una placa innecesariamente larga y plagada de tiempos muertos, como si estuviésemos hablando de uno de esos opus del auge del compact disc durante la década del 90 que sobrepasaban los 70 minutos de duración, aquí apenas una hora que se hace eterna, algo exacerbado por el hecho de que el motivo piadoso tampoco está demasiado desarrollado y obedece a esa misma superficialidad o marco simbólico insulso en cuerpo y espíritu que uno podría esperar del pop latino, una categoría que enerva a Rosalía pero sin duda la pinta de pies a cabeza gracias a su frivolidad y flamante cursilería sacra, digna del tilingo de hoy día que -como decíamos al principio- confunde valía con éxito comercial. Llama poderosamente la atención que la catalana ni siquiera salga airosa en sus relecturas maximalistas automatizadas del nuevo flamenco de Los Ángeles, la música urbana de El Mal Querer y el reguetón de Motomami, respectivamente La Rumba del Perdón, Dios es un Stalker y Novia Robot, entre otras canciones varias, ya que tenía todo servido para que la bisutería orquestal adornase un poco mejor todo aquel enclave ya explorado, lo que a su vez deja entrever la incapacidad de la gran industria cultural contemporánea para redondear productos conservadores mínimamente eficaces en materia de saber aunar el mérito artístico con la llegada al público masivo, esclavo tácito de las plataformas y sus estrategias de fidelización vía algoritmos, publicidad y recomendaciones en secuencia. Incluso la imagen la traiciona porque no hay nada más retrógrado e imbécil que sacarse una foto para la portada, como esa de Noah Dillon, ataviada de monja y creer que eso es “progresivo”, todo un símbolo tanto de la confusión en la que viven las elites del mainstream musical como del contenido extremadamente reaccionario del trabajo de estudio, sólo salvado de empeorar por la torpeza y la mediocridad intelectual de la misma vocalista, cuyo nivel cognitivo es digno de los subnormales del público y la prensa que la defienden. En última instancia, la ambición por la ambición en sí de Lux, álbum tan grandilocuente como soso, subraya que la chatarra puede ser maquillada de elegancia pero siempre aflora como chatarra para eventualmente ser depositada en el basurero.
Lux, de Rosalía (2025)
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