En el nuevo milenio abundan los experimentos en el campo de los cortometrajes animados, obras de la más variada envergadura que terminan en YouTube o los servicios de streaming o las redes sociales del montón, no obstante los largometrajes son mucho más escasos no tanto debido a los costos para producirlos sino en función del cuantioso trabajo y tiempo que reclaman, misión que posteriormente asimismo implica golpearse la cabeza contra las redes oligopólicas frustrantes de distribución cinematográfica del Siglo XXI y su obsesión con la accesibilidad comercial, los mismos diseños de siempre o el contenido previsible en general que pueda venderse al espectador hiper conservador de hoy en día, cuyo mundo como consumidor cultural suele reducirse a las burbujas prefabricadas y tantas veces pauperizadoras a nivel cognitivo del mundo virtual. Flow (Straume, 2024), faena dirigida, escrita, producida, musicalizada, editada y hasta fotografiada por el letón Gints Zilbalodis, constituye una excepción porque estamos ante un largo animado de influjo avant-garde que consiguió abrirse paso hacia la sección Un Certain Regard de la edición 2024 del Festival de Cannes, todo un logro tratándose de un segundo film ya que Zilbalodis, un verdadero “hombre orquesta” que apuesta por una creatividad lo-fi siempre atractiva, acumulaba una década de cortos cuando encaró su interesante ópera prima, Away (2019), una película sin diálogos de apenas 75 minutos de duración centrada en un joven que viajaba en moto con un pajarito escapando de un monstruo misterioso que drenaba la vida de todo ser viviente.
Flow recupera dos ingredientes cruciales de Away, precisamente el surrealismo fantástico de dejo alegórico y la ausencia total de diálogos, aunque también nos presenta dos grandes novedades, primero una enorme riqueza en fondos que contrasta con aquel minimalismo del debut de Zilbalodis, algo de lo que el realizador se sirve para subrayar la simpleza de unos personajes en 3D que esquivan tanto la caricatura modelo Disney como el inmundo CGI fotorrealista que Hollywood introduce en todas sus producciones, sean animadas o en live action, y segundo el uso de un software de código abierto, Blender, que a la postre deja en claro la enorme potencialidad que todavía atesora la gratuidad contemporánea y casi nunca se aprovecha como es debido, pensemos en dos trabajos que en este último apartado languidecen en comparación, hablamos de la misma Away, realizada en el Autodesk Maya, un célebre programa de pago de gráficos en 3D por computadora, y Plumíferos: Aventuras Voladoras (2010), film argentino muy mediocre de Daniel De Felippo y Gustavo Alex Giannini que de hecho fue el primer largometraje realizado completamente en Blender, una herramienta creada en 1994 por el neerlandés Ton Roosendaal para su estudio de animación NeoGeo. Zilbalodis aquí no sólo mejora muchísimo los fondos y el guión en sí con respecto al opus previo sino que además explota muy bien la luminosidad cuasi etérea de los árboles, el cielo, el agua y sobre todo el pelaje de los animales protagonistas, derivando en un estilo fascinante que suma originalidad, sutileza y un marco hipnótico a nuestra propuesta visual.
La historia gira alrededor de un gato negro que vive en una casona abandonada rodeada de esculturas gigantes de felinos y debe subirse a un velero por desesperación en el contexto de una enigmática inundación, donde se topa con un carpincho tranquilo y eternamente somnoliento. Ambos viajan a través de una jungla repleta de restos varios de civilizaciones humanas desaparecidas y dejan subir a la embarcación a un inquieto lémur de cola anillada que adora acumular cosillas símil Síndrome de Diógenes, grupo al que luego se agregan un labrador retriever muy bonachón, parte de una jauría de la que se separó accidentalmente, y un secretario -ave rapaz de la fauna africana- que se solidariza con el gatito ofreciéndole un pescado para que coma, gesto que genera una pelea con el líder de la bandada y una cruel expulsión que incluye la rotura de un ala de un pisotón. El asunto abarca el breve encuentro con una pandilla de lémures en un barco, el paso por una ciudad barroca símil Venecia y la decisión de rescatar a los amigos del labrador, esa jauría varada en un refugio improvisado, todo mientras el altivo secretario asume el puesto del capitán del velero, vemos de manera esporádica a una ballena prehistórica y el gato mejora su técnica de nado/ pesca observando al carpincho. Después de separarse del grupo por una tormenta, el felino junto al secretario son insólitamente elevados en el aire en la cumbre de un peñasco y el minino con el tiempo regresa a tierra firme, donde se reencuentra con sus compañeros de viaje y une fuerzas con ellos para salvar al carpincho mientras las aguas parecen bajar para reconfigurar el planeta.
A mitad de camino entre lo animalístico verdadero y la antropomorfización de la conducta salvaje, y por cierto jugando con los cuentos de hadas, el folklore selvático, el Arca de Noé de la Biblia y el cine de Werner Herzog, Terrence Malick y Peter Weir, Zilbalodis retoma mucho de La Vida de Pi (Life of Pi, 2012), de Ang Lee, y del Studio Ghibli modelo La Tortuga Roja (La Tortue Rouge, 2016), la estupenda ópera prima sin diálogos del holandés Michael Dudok de Wit, y por momentos parece construir una metáfora de lo que nos espera por el cambio climático en lo que atañe a los diluvios y la destrucción de lo natural, por ello la fantasía surrealista -como la ballena bien bizarra, las esculturas por doquier, algún que otro sueño, la ausencia de humanos y la escena de la elevación mágica a instancias de una luz cegadora en el firmamento- suele estar equiparada a su homóloga apocalíptica en torno a un mundo que se metamorfosea mediante cataclismos cíclicos. Así como el grueso del film está consagrado a retratar la convivencia por necesidad entre diferentes en sintonía con el mutualismo o la solidaridad comunitaria hecha y derecha, la película asimismo esquiva la autoexplicación aburrida del mainstream del Siglo XXI, sin duda uno de sus grandes vicios, y le pasa la pelota a los espectadores para que saquen sus propias conclusiones a partir de esta comunicación en pantalla, una reducida a lo más básico o visceral y sin embargo eficaz porque se desprende del ombliguismo retórico de las palabras. Sin abusar del lirismo y sin descuidar la trama, Zilbalodis nos regala una aventura tan hermosa como espeluznante…
Flow (Straume, Letonia/ Bélgica/ Francia, 2024)
Dirección: Gints Zilbalodis. Guión: Gints Zilbalodis y Matīss Kaža. Producción: Gints Zilbalodis, Matīss Kaža, Ron Dyens y Gregory Zalcman. Duración: 85 minutos.