El Regreso de Martín Guerre (Le Retour de Martin Guerre)

Sustitución en público

Por Emiliano Fernández

El Caso Martín Guerre es uno de los más famosos de robo de identidad del ámbito europeo principalmente porque es uno de los mejores documentados del rubro y por lo antiguo del episodio, lo que nos obliga a remontarnos a la Francia campestre del Siglo XVI, donde en el año 1539 se casaron Martín Guerre, nacido en la comunidad vasca de Hendaya, y Bertrande de Rols, natural de Artigat, Diócesis de Rieux, hija de una familia de buen pasar económico. El matrimonio no tuvo hijos durante ocho años hasta que nació un nene y desde el vamos las cosas nunca estuvieron del todo bien con la esposa por el carácter retraído del muchacho, lo que termina de explotar cuando su propio padre lo acusa de haberle hurtado dos bolsas de grano y así el joven marido desaparece de golpe en 1548, abandonando a su mujer y su vástago. Ocho años después, en 1556, se aparece en Artigat un hombre diciendo que es Martín Guerre y por el conocimiento detallado que tenía de lo que fue la vida del susodicho en la región logra convencer a Bertrande, su familia y gran parte del pueblo de que efectivamente es quien dice ser, consiguiendo vivir allí durante tres años y teniendo dos hijas con la mujer, de la que sobrevivió sólo una. La tranquilidad desaparece cuando le reclama a su tío Pierre, que se había casado durante la ausencia de Guerre con la madre de Bertrande para unificar legalmente las tierras de ambos clanes, la herencia de su padre, ya fallecido al igual que su madre, provocando una disputa económica que deriva en un intento de asesinato contra el nuevo Martín, del que es salvado por su esposa. En un primer juicio es absuelto de impostura pero las pesquisas de Pierre lo conducen a descubrir que su nombre verdadero es Arnaud du Tilh alias “Pansette”, un sujeto de una aldea vecina que se aprendió todas las minucias de la existencia de Guerre ayudado por dos cómplices, lo que generó muchas dudas y debates hasta que reapareció el Martín real, quien perdió una pierna como soldado del ejército de Pedro de Mendoza en la Batalla de San Quintín de 1557, y por ello su sustituto después confesó la farsa y terminó siendo ahorcado por adulterio y fraude.

 

La insólita anécdota inspiró muchas obras literarias y audiovisuales pero sin lugar a dudas la mejor y más compleja es El Regreso de Martín Guerre (Le Retour de Martin Guerre, 1982), basada en el testimonio de primera mano de uno de los jueces del proceso, Arresto Memorable del Parlamento de Toulouse (Arrest Memorable du Parlement de Toulouse, 1560), de Jean de Coras, lo que generó un guión maravilloso del director de turno, Daniel Vigne, una célebre historiadora especializada en el tema que hasta editó un libro homónimo en 1983, Natalie Zemon Davis, y un “monstruo sagrado” de las tramas cinematográficas, Jean-Claude Carrière, conocido sobre todo por sus colaboraciones con Luis Buñuel aunque también atesorando otras sociedades creativas con realizadores como Volker Schlöndorff, Julian Schnabel, Carlos Saura, Philippe Garrel, Milos Forman, Jonathan Glazer, Jean-Paul Rappeneau, Héctor Babenco, Philip Kaufman, Andrzej Wajda, Luis García Berlanga, Jacques Deray, Wayne Wang y Fernando Trueba. El film reproduce con urgente cuidado la faena original: Martín Guerre (Bernard-Pierre Donnadieu) es un muchacho meditabundo, impotente y algo agresivo con su esposa, Bertrande de Rols (Nathalie Baye), con quien por fin puede tener un hijo luego de ceremonias varias propias del oscurantismo religioso de la época, no obstante abandona la granja familiar luego de discutir con su progenitor y no se sabe nada más de él hasta que su reemplazo práctico, el simpático Arnaud du Tilh (Gérard Depardieu), se aparece en la localidad y reclama a su supuesto tío Pierre (Maurice Barrier) el dinero correspondiente a la explotación de las tierras de su padre con vistas a vender el terreno y marcharse hacia otras regiones para plantar cebada, detonando el conflicto de fondo, el intento de homicidio y la idea de Pierre de falsificar la firma de Bertrande en un documento legal y amenazarla para poder enjuiciar al ya no tan extraño ante los tribunales de Toulouse, optando el acusado por defenderse a sí mismo con inteligencia y hábiles argumentos hasta que regresa el verdadero Guerre, un amargado que no cambió en nada.

 

La película, que por cierto fue refritada por Hollywood vía la correcta aunque inferior remake Sommersby (1993), dirigida por Jon Amiel y protagonizada por Richard Gere y Jodie Foster, constituye toda una rareza en lo que respecta al cine histórico por el grado de realismo rústico y sincero que maneja, apostando a retratar el episodio no desde un marco ideológico burgués moderno, volcado a lo que podría ser una sustitución en el ámbito privado, sino desde un intercambio bien prosaico que se lleva a cabo frente a la vista de todo el mundo y del que el lecho conyugal con Bertrande es sólo una parte ya que lo importante en la sociedad del Siglo XVI no es la privacidad celosa citadina posterior sino, por el contrario, la apertura de la vida hacia el sustrato comunal, el verdadero eje de la legitimación institucional/ religiosa/ social de las parejas: dicho de otro modo, el joven matrimonio se casa rodeado del repugnante cura católico, los miembros de sus respectivas familias y los vecinos/ aldeanos en general, una caterva de metiches que los acompañan hasta cuando están desnudos en la cama, y cuando el marido no puede consumar su relación con la fémina todos de inmediato se enteran y se burlan de los problemas de virilidad de Guerre, por ello mismo al momento del arribo del sustituto es también el pueblo de Artigat en su conjunto quien debe convalidar que el amigo Arnaud es Martín al punto de seguirlo incansablemente en un derrotero a mitad de camino entre la curiosidad inocentona, el morbo y la fascinación en torno a las anécdotas que cuenta acerca de su participación en los enfrentamientos bélicos de aquella etapa. Gérard Depardieu aquí brinda una de las mejores interpretaciones de su carrera, siempre rebosando vitalidad y picardía, y está perfecto como un Martín Guerre tuneado/ mejorado que sí sabe leer, que recorrió el planeta y que le gana en desparpajo, brío y astucia al Guerre de carne y hueso, un personaje gris y mediocre que jamás salió del analfabetismo y que luego de una década de marcharse de la granja de su parentela continúa preso de una melancolía capaz de aburrir irremediablemente a todos.

 

Además de este trasfondo de legitimación forzosa colectiva que reemplaza al hipotético marco hollywoodense que -cual fetiche narrativo- tendería a volcar todas sus energías al vínculo entre marido y esposa, El Regreso de Martin Guerre se juega por una segunda mitad completamente consagrada al proceso judicial que Jean de Coras (Roger Planchon) y otros magistrados llevan adelante contra el acusado de usurpar la identidad del campesino titular, nuevamente evitando los posibles clichés del caso, sin duda vinculados a demonizar a los jueces para mostrarlos como unos sádicos esclavos de la ignorancia y los prejuicios del período, y optando en cambio por ofrecer un retrato neutro de los juristas de Toulouse, al fin y al cabo unos esbirros institucionales que no tenían ningún interés particular en el asunto y que estaban presos de la misma incertidumbre y titubeos de la mayoría de los habitantes de Artigat, aldea en la que se repartían en idénticas proporciones aquellos que creían en la afirmación del intruso de que era quien decía ser, aquellos otros que aseveraban que su nombre era Arnaud du Tilh y aquellos que no emitían opinión porque seguían en la vacilación más rotunda. En este sentido, el opus de Vigne toma la forma de un gran análisis de las pantomimas detrás de la identidad, explorando -con mucha honestidad y sin cinismo posmoderno- lo fácil que resulta engañar a los seres humanos a partir de una mínima recolección previa de información/ datos/ testimonios y en simultáneo el poco peso real de los nombres y rasgos de los sujetos, cada uno de ellos creyéndose único e irrepetible pero a ciencia cierta resultando intercambiable por cualquier otro con algunos “ingredientes” físicos o identitarios en común, planteo que desde ya trae a colación la enorme torpeza de un aparato comunal -en esos tiempos controlado fuertemente por la Iglesia Católica- que la va de firme y meticuloso en esto de vigilar, controlar, juzgar y castigar el devenir de sus súbditos aunque a fin de cuentas termina siendo igual de inepto y tontuelo que el que sería su reemplazo histórico, el Estado moderno y sus técnicas de micro hegemonía cotidiana.

 

Sin caer en el melodrama de triángulo amoroso ni en el humanismo de acentos dramáticos banales, la propuesta asimismo ofrece una versión muy sensata del personaje de la eficaz Baye, Bertrande, ya que obviando las estupideces panfletarias del feminismo actual apuesta por incluir un epílogo en el que a través de una charla íntima entre ella y Jean de Coras descubrimos que la mujer sabía del engaño desde el principio y aceptó a Arnaud debido a que de hecho era mucho mejor esposo que el insoportable de Martín, un esquema retórico maravilloso porque no hay estridencias narrativas y sólo persiste un naturalismo muy bien trabajado en el que la fémina se acopla de la mejor manera posible a las exigencias de una sociedad que no le permitía separarse del varón fugado y la obligaba a seguir casta y a esperar eternamente a un hombre que jamás hubiese regresado si no fuera por todo este escándalo económico que surgió entre el sustituto y su “no tío”, Pierre, repensando a su vez el papel relegado de las mujeres del momento sin cargar todas las tintas contra el machismo social porque hasta cierto punto el Guerre real también fue una víctima de una comunidad castradora e intolerante que le enchufaba compulsivamente a la hembra y a un sinfín de requisitos que debían ser respetados para considerarse incorporado a la congregación de Artigat (precisamente por ello, por su angustia, se escapa ante la primera oportunidad de conseguir algo de dinero vendiendo las dos mentadas bolsas de grano que le robó a su padre). La película de Vigne, el cual luego se volcaría a una carrera mayormente en el ámbito de la televisión, hasta satisface los engranajes románticos porque en su confesión Arnaud reconoce que en esta sustitución en público estuvo a punto de decirles a los aldeanos la verdad pero que desistió al verla a ella, a la que sería su esposa si adoptaba al cien por ciento la figura del desertor hogareño, poniendo de relieve los misterios del amor, la necesidad de compensar lo faltante, la perspicacia del hombre culto manipulador y la ingenuidad de un vulgo que aplaude lo considerado “llamativo” sin percibir las patrañas…

 

El Regreso de Martín Guerre (Le Retour de Martin Guerre, Francia, 1982)

Dirección: Daniel Vigne. Guión: Jean-Claude Carrière, Daniel Vigne y Natalie Zemon Davis. Elenco: Gérard Depardieu, Nathalie Baye, Maurice Barrier, Roger Planchon, Bernard-Pierre Donnadieu, Isabelle Sadoyan, Rose Thiéry, Chantal Deruaz, Maurice Jacquemont, Dominique Pinon. Producción: Daniel Vigne. Duración: 112 minutos.

Puntaje: 10