La influencia de Juego Sucio (Foul Play, 1978), deliciosa joya escrita y dirigida por Colin Higgins, es incalculable dentro del marco posterior de las risas del mainstream y el indie porque la película, una de las más exitosas de su tiempo y sin duda una de las mejores comedias del cine norteamericano en su conjunto, llevó al extremo el viejo recurso del cine cómico de recargar al convite de turno con muchos secundarios estrafalarios que más que simplemente agregar una pátina de color lo que hacen es potenciar en términos dramáticos el derrotero del protagonista, en este caso una mujer, decisión muy extraña de por sí ya que la idea del realizador siempre fue recuperar los motivos principales del acervo artístico de Alfred Hitchcock aunque no para parodiarlos desde la perspectiva bien burda promedio de Hollywood sino para homenajearlos incorporándolos a la trama de turno con la mayor naturalidad y astucia posible: en este sentido, el formato del “individuo común y corriente en circunstancias extraordinarias” casi siempre estaba vinculado en el cine del inglés con personajes masculinos símil aquellos en la piel de Cary Grant de Intriga Internacional (North by Northwest, 1959), Roger Thornhill, y de James Stewart de El Hombre que Sabía Demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1956), Benjamin McKenna, con la notable excepción -por ejemplo- de esa Marion Crane de Janet Leigh que moría en la ducha de Psicosis (Psycho, 1960) a instancias del perturbado Norman Bates (Anthony Perkins), de allí que la heroína del trabajo de Higgins, Gloria Mundy (Goldie Hawn), constituya una rareza total al igual que la utilización del MacGuffin reglamentario, aquí un rollo de film sin revelar escondido en un paquete de Marlboro, evidencia de fechorías por venir, que se acopla al ardid ridículo estándar de aquellos años de la Guerra Fría y que el artífice máximo detrás de cámaras ni siquiera se molesta en explicar en detalle en ningún momento de la faena porque está más interesado en lo realmente importante, léase el macro desarrollo de personajes y el absurdo escalonado de todas las situaciones humorísticas, que en responder a algún tipo de lógica que no sea esta narrativa excéntrica específica que todo lo controla.
Entre citas varias adicionales a Notorious (1946), La Llamada Fatal (Dial M for Murder, 1954) y Vértigo (1958), entre otros clásicos/ estereotipos del suspenso de antaño, Juego Sucio se hace un festín, como afirmábamos con anterioridad, con el delirio progresivo de impronta circense aunque también comedida porque no hay freak que falte en la ensalada que nos propone el genial Higgins, cuya lectura del ecosistema retórico hitchcockiano es mucho más sutil y más cerebral que su homóloga de Alta Ansiedad (High Anxiety, 1977), aquella sátira a toda pompa que Mel Brooks había encarado justo el año anterior. Gloria es una bibliotecaria, muy adepta a los paraguas amarillos convertidos en armas, que viene de un divorcio y termina en posesión del bendito film, por supuesto sin siquiera saberlo, luego de que levantara en la ruta con su auto a un tal Bob “Scotty” Scott (Bruce Solomon), policía encubierto que descubrió planes para un magnicidio, en concreto el asesinato del papa Pio XIII (Cyril Magnin) en su visita a San Francisco por una gira nacional, y le pasó el rollo sin revelar a la muchacha justo antes de ser asesinado por un albino de temer llamado Whitey Jackson (William Frankfather), quien trabaja junto a otros dos homicidas, Rupert Stiltskin alias El Enano (Marc Lawrence), líder del grupo, y Caracortada (el inigualable Don Calfa), el cual efectivamente posee una fea cicatriz en su rostro, que a su vez fueron contratados por un colectivo de izquierda radical, Gravar la Liga de las Iglesias, que está encabezado por la veterana karateca Delia Darrow (Rachel Roberts) y por Charlie Thorncrest (Eugene Roche), un tipo que mató a su hermano gemelo, el arzobispo, para reemplazarlo, ya que detestan al clero en tanto símbolo del poder corporativo, la enorme riqueza de las religiones tradicionales y su sustrato represor para con la verdadera espiritualidad social. Mundy se vuelve el blanco principal de los villanos por haber entrado en contacto con Scotty, por ello el albino intenta secuestrarla con algo de éter, Caracortada quiere estrangularla con una bufanda e incluso es capturada y dejada bajo custodia del Turco Farnum (Ion Teodorescu), aparente chófer y asistente de los sicarios, y debe sobrellevar una trampa para neutralizarla.
Como toda buena comedia que se precie de tal, la obra maestra de Higgins como realizador, quien además dirigió la maravillosa Cómo Eliminar a su Jefe (9 to 5, 1980) y la simpática La Mejor Casita del Placer (The Best Little Whorehouse in Texas, 1982) y escribió las en verdad estupendas Harold & Maude (1971), opus de Hal Ashby, y El Expreso de Chicago (Silver Streak, 1976), de Arthur Hiller, antes de fallecer en 1988 a los 47 años de edad por complicaciones de salud a raíz del HIV, juega todo el tiempo a dos puntas entre por un lado la ingenuidad, buenas intenciones y clara mala suerte de la Gloria de la talentosa y bella Goldie Hawn, quien ya era muy famosa gracias a Flor de Cactus (Cactus Flower, 1969), de Gene Saks, Hay una Chica en mi Sopa (There’s a Girl in My Soup, 1970), de Roy Boulting, $ (1971), de Richard Brooks, Las Mariposas son Libres (Butterflies Are Free, 1972), de Milton Katselas, Loca Evasión (The Sugarland Express, 1974), odisea de Steven Spielberg, Shampoo (1975), de Ashby, y El Zorro y la Duquesa (The Duchess and the Dirtwater Fox, 1976), de Melvin Frank, y por el otro lado esa colección de secundarios ultra bizarros que hacen de la caricatura su razón de ser, entre los que hallamos -además de los nombrados- al hilarante director de orquesta Stanley Tibbets (Dudley Moore, en el rol que lo consagró en Estados Unidos), un británico que se la pasa de frustración sexual en frustración sexual, el Teniente Tony Carlson (ese muy joven Chevy Chase), típico macho que se enamora de su protegida, Mundy, el Inspector “Fergie” Ferguson (Brian Dennehy), compañero recio del anterior que también es secuestrado por los malhechores, J.J. MacKuen (Billy Barty), un enano vendedor de Biblias que es atacado de manera furiosa por la ninfa al confundirlo con el terrorífico Stiltskin, el Señor Hennessey (aquel querido Burgess Meredith), otro gracioso karateca que oficia de casero de la protagonista y posee de mascota a una boa bautizada Esme, y hasta un par de dúos complementarios, unos turistas japoneses fanáticos de Kojak (Rollin Moriyama y Mitsu Yashima) y unas viejas que juegan al Scrabble armando insultos con las fichitas y sin prestarle atención a nada ni nadie (Hope Summers y Queenie Smith).
A diferencia de tantos personajes femeninos semejantes de los años 80 en adelante, esos que saltan en un santiamén de víctimas a marimachos empoderados, Mundy es una criatura verosímil que se mueve a los tumbos/ como puede en medio de esta anarquía controlada de Higgins que jamás derrapa hacia la farsa facilista ya que sabe lidiar con la línea divisoria entre el despropósito de la comedia de enredos y un misterio más tradicional basado en la idea de que Caracortada ofició de informante de Scott y le entregó las pruebas del plan para el magnicidio en el mentado film, pretexto que queda más y más en el olvido a medida que avanza el asunto y nos topamos con secuencias magistrales como la inicial del asesinato del arzobispo, cuando una asistente de la autoridad eclesiástica, la Señorita Russel (Frances Bay), dice que la ópera de gala destinada al papa es algo “tan emocionante, tan ecuménico”, la escena del óbito y pronta desaparición de Scotty en el cine, aquella de la presentación del payasesco Tibbets y su departamento con Stayin’ Alive (1977), de Bee Gees, la del intento de homicidio por parte de Caracortada símil La Llamada Fatal, la del escape del Turco y el ninguneo de las ancianas hacia ella bajo la lluvia, la legendaria secuencia de la arremetida contra MacKuen, la de la trampa utilizando a Fergie que deriva en el prostíbulo/ casa de masajes, esa del combate políticamente incorrecto entre Hennessey y Darrow, la enérgica escena a lo slapstick automovilístico por las calles de San Francisco y por supuesto el cierre en la ópera local representando El Mikado (The Mikado, 1885), de Arthur Sullivan y W. S. Gilbert, con evidentes reminiscencias al desenlace en el Royal Albert Hall de El Hombre que Sabía Demasiado. Incluyendo además un sagaz ataque a las proto feminazis de los 70 mediante Stella (Marilyn Sokol), compañera de trabajo de Gloria que considera que todos los hombres son violadores en potencia y siempre anda con una alarma, gas pimienta y una manopla de acero, Juego Sucio, burla tanto del extremismo político como de la religiosidad plutocrática, sigue siendo una experiencia fascinante porque la coyuntura en pantalla puede ser desquiciada e imprevisible aunque nuestra protagonista es lo más adorable del mundo…
Juego Sucio (Foul Play, Estados Unidos, 1978)
Dirección y Guión: Colin Higgins. Elenco: Goldie Hawn, Chevy Chase, Burgess Meredith, Rachel Roberts, Eugene Roche, Dudley Moore, Marilyn Sokol, Brian Dennehy, Marc Lawrence, Billy Barty. Producción: Thomas L. Miller y Edward K. Milkis. Duración: 111 minutos.