Varias paradojas y desniveles son los que atraviesan a Las Pelotas, agrupación argentina en sus inicios liderada por Alejandro Sokol y Germán Daffunchio, el primero dominando el micrófono en los arrebatos rockeros y el segundo cantando en las composiciones más melódicas, y formada en 1988 de las cenizas de Sumo, mítica banda del italoescocés Luca Prodan en la que Daffunchio participó como guitarrista a lo largo de toda su trayectoria y Sokol sólo a comienzos de la década del 80, primero como bajista y luego como baterista, amén de ese Alberto “Superman” Troglio que ofició de batero de Sumo y se sumó en la primera fase de Las Pelotas. Desde la década del 90 en la comunidad melómana la banda arrastra una fama innegable de hipócritas que se la pasan quejándose de los festivales, considerados con justicia como bufés o tenedores libres del rock y el pop más comercialoides e inofensivos, y en simultáneo demostrando una asistencia prácticamente perfecta en todos y cada uno de ellos, signo de un viejo adagio de la industria cultural vinculado al “haz lo que digo pero no lo que hago”, dinerillo de por medio que habla de la prostitución de los supuestos ideales de independencia y de la predisposición a telonear cualquier grupo extranjero de gran convocatoria, como The Rolling Stones y AC/DC. Más allá de la potencia del cantante histórico, el querido Sokol, que aportaba un fraseo fragmentario sublime y ese humor negro, inteligente y en ocasiones absurdo que le debía mucho a las ironías y sátiras varias de Sumo y sobre todo Prodan, lamentablemente el grupo en sí suele derrapar en cierta levedad intelectual en cuanto a unas letras que en general tienen buenas intenciones dentro del campo de la contracultura y el underground, especialmente durante la primera etapa profesional ya que a posteriori el asunto mutaría en un pop descafeinado y profundamente olvidable modelo radio friendly que abusa de redundancias hipponas trasnochadas, latiguillos de manual de autoayuda, “reflexiones” de colegio secundario y una espiritualidad new age tendiente a provocar algo de vergüenza ajena por sus simplismos y clichés del montón.
La trayectoria arranca con una trilogía muy atractiva de álbumes que nunca más sería superada, Corderos en la Noche (1991), obra maestra del colectivo que combina el post punk con el pop alternativo, el rock gótico y la new wave desde una filosofía bastante nihilista que trae a colación tanto el nefasto menemato neoliberal de la época como el luto por Prodan, fallecido en 1987 con 34 años de edad como consecuencia de una cirrosis hepática, Máscaras de Sal (1994), buena y mucho más luminosa secuela en la que Daffunchio comienza a cantar, después de aparentemente sentirse cohibido, y en la que ya se escucha reggae, uno de los pivotes de la banda de allí en adelante, y Amor Seco (1996), gran trabajo con un sonido robusto que reenvía a Sumo y aprovecha la trompeta de Marcelo Rodríguez alias Gillespi, a lo que se agrega una vuelta al costado más punk de la banda y a la amargura apenas maquillada de Corderos en la Noche. Luego de la edición de La Clave del Éxito (1996), suerte de reconocimiento de que la etapa de gloria creativa llegó a su fin, en este caso mediante un correcto disco en vivo grabado en el Estadio Obras Sanitarias, de hecho comienza una lenta decadencia mediante dos fases, la primera sutil porque aún entrega algunas joyas perdidas entre muchos temas mediocres homologados a una profesionalización anodina, pensemos en ¿Para qué? (1998), Todo x un Polvo (1999), Esperando el Milagro (2003) y Basta (2007), pelotón en el que se destacan ¿Para qué? y Todo x un Polvo, y un segundo período ya abiertamente descartable que tiene que ver con un hit imprevisto de Esperando el Milagro que los llevaría al aburguesamiento definitivo del mainstream, Será, y por supuesto la muerte de Sokol, quien a sus 48 años fallecería en 2009 de un paro cardiorrespiratorio después de haber sido expulsado meses atrás por su adicción al alcohol y la cocaína, hablamos de los discos Despierta (2009), Cerca de las Nubes (2012), Brindando por Nada (2016), Es así (2020) y el flamante Sin la Piel (2026), lote en el que también entra Versiones desde Casa (2021), una placa de autocovers acústicos registrados en un contexto hogareño a raíz de la pandemia del coronavirus.
Sin la Piel, precedido por el aburrido En Vivo en Buenos Aires (2024), llega después de la friolera de un lustro de silencio discográfico de estudio y seis años sin material con canciones nuevas, en esencia un trabajo rutinario a más no poder que por un lado salta del dream pop y el indie al reggae, el rock alternativo y la dark wave, al igual que pasa de The Cure, Cocteau Twins, R.E.M. y The Smiths al David Bowie neoclasicista de Hours (1999), Heathen (2002) y Reality (2003), y que por el otro lado no justifica la espera, carece de la furia enrarecida de antaño y posee dos mitades bien explícitas, la primera más oscura e interesante y la segunda optimista y muy redundante al punto de resultar intercambiable con cualquier otro disco de la etapa posterior a la expulsión y el óbito de Sokol, entre Basta y Despierta, gesto que muchos fans juzgaron cruel, remitieron al carácter profético de un tema de Todo x un Polvo sobre -entre otras cosas- la traición, La Mirada del Amo, y decididamente achacaron a Daffunchio, el cual no sólo no esperó una eventual recuperación/ sobriedad de su socio, quizás hasta salvándole la vida, sino que aprovechó el asunto para hegemonizar el micrófono de Las Pelotas, desencadenando que una buena tanda de seguidores le suelte la mano al grupo tanto por las implicancias morales de fondo como debido a la mediocridad compositiva y la misma uniformidad de la voz de Germán más el hartazgo que genera a la larga en el oyente sin el contrapunto crucial de Alejandro, efectivamente un especialista en todos los registros del colectivo, desde la angustia y el frenesí hasta la introspección, la denuncia mordaz y el delirio.
Muy en sintonía con las epopeyas hipnóticas de Disintegration (1989), la obra maestra de The Cure vinculada al dream pop y el rock gótico, aunque sin aquellas introducciones instrumentales generosas que establecían con paciencia el tono meditabundo, la excelente Cuando ves Alrededor abre el disco con la idea de ponderar las tres principales temáticas de nuestra aventura sónica, apuntamos a la incertidumbre de la vida, el peso de la mortalidad latente y en especial esa cacocracia mileista que caracteriza a la Argentina del presente gracias a las legiones de analfabetos políticos, culturales, económicos e históricos que votaron a semejante mafia neoliberal y fascistoide, garante del oscurantismo, el hambre y la represión del pueblo. Esperar el Tiempo continúa el muy buen nivel en esta oportunidad citando el pop oscuro del Bowie neoclasicista, más los chispazos del rubro de la fase disruptiva de The Next Day (2013) y Blackstar (2016), y pensando tanto en el desastre del cambio climático como en el sustrato efímero de una existencia en constante y a veces imperceptible metamorfosis, lo que implica una tensión entre las fuerzas contrapuestas del conformismo y la rebeldía. Construida en torno a una conjunción de guitarras y capas de sintetizadores que recuerdan a Echo & the Bunnymen, Depeche Mode, The Sisters of Mercy y Siouxsie and the Banshees, entre otros grupos de la dark wave con corazoncito alternativo, Sin la Piel aumenta la urgencia de la placa para ironizar acerca de la superficialidad posmoderna y la incapacidad de comunicarse en la supuesta era de la instantaneidad informativa, otra estafa más del capitalismo porque como canta Daffunchio abundan la mentira, la chatarra escapista, el ocultamiento y el marasmo intelectual más flagrante, frente a lo cual aquí se propone aprender del pasado en pos de ensayar estrategias para resistir los sucesivos intentos de manipulación en la virtualidad y la praxis mundana. Primer reggae del álbum, Tanto más es un tema correcto que le pega duro a la codicia contemporánea y sobre todo a los ignorantes del vulgo que compran ese discurso neoliberal de las cúpulas sociales que celebra el emprendedurismo y la meritocracia, un embuste en la letra hermanado al narcisismo, la estupidez, la soberbia, la regresión y el acto de no escuchar al prójimo ni saber dar amor.
El trasfondo musical afable de El Tren, casi un dub de raigambre pop deforme, nos regala más referencias a la mortalidad y la sarta de falacias que hoy por hoy circulan de manera masiva en las redes sociales, la arena política y los medios de comunicación basándose en la amnesia y el triste déficit de atención de los sectores populares, desde ya con la intención de desarmar los engaños de una derecha que entre la miseria, el desempleo y la inflación se está quedando sin excusas para maquillar el asunto como un peldaño hacia una bonanza que nunca llega pero hipotéticamente nos espera al final del arcoíris. Haciendo pie en el indie cercano al jangle pop de The Smiths, Big Star o R.E.M., Todo lo que Vivimos se abre camino como una composición algo mucho insignificante que retrata una situación de distancia con respecto a un hijo, una pareja o un amigo y vuelve a pinchar sobre el carácter transitorio de la vida, sinónimo de la necesidad de privilegiar las experiencias reales y de aflojar con la altanería, la razón instrumental y el deporte preferido de la burguesía, eso de aparentar perfección. La Bruma de Otoño no renuncia al sustrato indie del track previo pero al mismo tiempo gira el eje hacia lo que espiritualmente es un folk setentoso muy reposado con unos versos que tratan de imitar las poesías de anclaje natural del legendario León Gieco, aquí precisamente optando por el optimismo con precaución y vinculando al arribo del otoño con una novedad simbolizada en la bruma, la nieve, un amanecer esplendoroso y esos leños en la chimenea que aguardan el frío. Las Cosas que son profundiza la mixtura inmediatamente anterior y la condimenta con un outro rockero, sin embargo los resultados en esta ocasión dejan bastante que desear debido a una letra típicamente tilinga de Las Pelotas cuya afectación gira alrededor de la nada misma mientras desparrama alusiones al desayuno, sueños apenas recordados y una depresión en puerta o algo así, más allá de cierta idea de explorar la persistencia de la vida mediante la ambigüedad del título. Otro tema irrelevante aunque ahora popero acústico con pretensiones de masividad, Quiero Verte reproduce el latiguillo temático simplón del aislamiento que puede encontrarse en muchísimas canciones de la banda, casi siempre grabando en el Valle de Traslasierra, en la Provincia de Córdoba, y aquí jugando de manera esquizofrénica con las compulsiones a encerrarse y romper el hermetismo para encontrarse con ese tercero que obliga a prescindir de la paranoia y enfrentar a la sociedad que nos circunda.
El nivel cualitativo sigue cayendo con motivo de la vergonzosa Los dos, otro intento desesperado de conseguir un hit en el mundillo hiper saturado del streaming y lo que queda de las radios tradicionales en el nuevo milenio, en esencia un semi rocksteady acerca de un picnic con seres queridos que sirve de excusa para situar a los sentimientos -sin mayores precisiones, porque el rubro es muy vasto y no todos son positivos- por sobre el cinismo contemporáneo, lo que por supuesto califica de hipocresía porque la misma canción es un producto de diseño destinado a facturar con sonrisitas y una escena campestre a la orilla de un río que resulta más falsa que una película de Walt Disney. Un reggae tradicional de denuncia, Cubriéndote retoma el recurso del track previo, lo de una salida recreativa, para aguar el asunto con una tormenta, pegarle al psicópata payasesco en el poder, Javier Milei, y sobre todo burlarse de los tarados que no entienden lo que ocurre o todavía se tragan las mentiras y de aquellos otros que se sumergen en la apatía u ofician de cómplices por pasividad, en muchas oportunidades resultando más peligrosos que los primeros porque su desinformación, egoísmo y necedad repercuten en toda la comunidad durante cada proceso eleccionario. Es Clara cierra el disco regresando al Bowie neoclasicista y recurriendo a un riff de guitarra luminoso que resulta tan simpático como redundante para con el optimismo radiante del tema, por cierto homologado a una existencia en pleno contacto con la naturaleza y por ello igualitaria, en paz y con un vigor que nos saca de la insensibilidad y nos lleva al autoengaño de la perpetuidad, típica consecuencia de una alegría que jamás dura tanto como la angustia o el desencanto.
El grupo en Sin la Piel queda atrapado en las dos paradojas de siempre de su madurez, primero el detalle evidente de necesitar otro cantante que aporte eclecticismo como alguna vez ocurrió con Sokol, algo que pareciera nunca sucederá debido a la nula predisposición de Daffunchio a compartir su poder, y segundo la obsesión con aún tratar de repetir el éxito de Será o de su corolario de Despierta, Personalmente, canciones bastante inocuas o genéricas que aquí se reproducen a lo largo de la segunda mitad del álbum, como afirmábamos al principio un ciclo marcado por una felicidad ingenua que se contrapone a la oscuridad y la astucia del comienzo, de hecho este último un esquema aciago que Las Pelotas todavía maneja con maestría y al que no desea regresar a toda pompa porque ello parece incordiar al todopoderoso mainstream musical del Siglo XXI, su nuevo patrón de manera directa o indirecta, internalizando sus postulados de cómoda mediocridad. Si bien el compromiso político antifascista en última instancia ocupa un lugar parecido a los otros dos fetiches conceptuales de turno, léase la parca y las divagaciones alrededor del desconcertante fluir diario, la verdad es que la cúspide sintetizada en las tres canciones iniciales pronto deriva en una senda descendente en cámara lenta que pasa por la corrección del acto intermedio y finiquita en las buenas aunque raquíticas intenciones del resto del disco, sin duda un poco mejor que los trabajos anteriores, en especial en cuanto a producción y arreglos, pero igual de soporífero y decepcionante en el corto plazo, con una bajísima tasa de reescucha en lo que atañe al campo de los melómanos curtidos, esos que identifican rápidamente el linaje en cuestión y el trecho ya insalvable que nos separa de la efervescencia de Corderos en la Noche, Máscaras de Sal y Amor Seco.
Sin la Piel, de Las Pelotas (2026)
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