Los Ojos Azules de la Muñeca Rota

Te mataré otra vez

Por Emiliano Fernández

Ya pocos lo recuerdan pero Jacinto Molina Álvarez alias Paul Naschy (1934-2009) fue toda una institución en el cine de terror español sólo equiparable a las figuras de Narciso Ibáñez Menta en Argentina y José Mojica Marins en Brasil, en lo que al ecosistema latino marginal se refiere y específicamente el rubro de los actores que supieron representarlo con mayor solvencia e hidalguía. El señor empezó su carrera exclusivamente como actor trabajando en odiseas de aventuras, dramas, spaghetti westerns, thrillers, péplums, comedias e incluso algunas faenas hollywoodenses infladas que se filmaron en su tierra natal, en sintonía con Rey de Reyes (King of Kings, 1961), de Nicholas Ray, El Cid (1961), de Anthony Mann, y 55 Días en Pekín (55 Days at Peking, 1963), también de Ray, no obstante su fase de gloria como leyenda del horror vernáculo comienza con La Marca del Hombre Lobo (1968), esa película dirigida por Enrique López Eguiluz que Paul escribe y protagoniza como el mítico Waldemar Daninsky, licántropo que iría a parar a once realizaciones más que no guardan correlación retórica alguna más allá de la presencia del personaje aunque siempre con un background diferente, una identidad que no ofrece mayores oportunidades para vincular a los convites entre sí. El ritmo de trabajo de Naschy desde fines de los 60 hasta mediados de los 80 fue realmente frenético porque no sólo abastecía las necesidades del cine de género con gustito local sino también el mercado norteamericano, al que insólitamente pudo ingresar aunque siempre en diferido porque sus productos, esos que con el transcurso del tiempo llegó a dirigir, se estrenaban en yanquilandia con años de retraso y en versiones algo mucho mutiladas ya que el señor solía respetar el canon del exploitation pirotécnico de la época, léase una buena dosis de truculencias gore, esa violencia salvajona asociada, una trama sumamente dinámica y el infaltable lote de actrices con linda cara y/ o buenas tetas, lo que por cierto jamás lo condujo a descuidar el público femenino debido a que su estampa de galán asimismo supo complementarla con hilarantes excusas en las historias de turno para mostrar su pecho desnudo, más aún si tenemos presente que en su juventud se dedicó de manera profesional al levantamiento de pesas y por ello poseía un cuerpo muy trabajado.

 

Naschy continuó filmando un poco de todo pero el grueso de su producción artística estuvo volcado a la “gallina de los huevos de oro”, el terror, sin embargo hay que reconocer que el promedio cualitativo no era precisamente una maravilla y de aquella andanada de films de su era dorada sólo es posible rescatar un puñado muy limitado de propuestas que lograron sobrevivir por méritos varios, pensemos para el caso en La Noche de Walpurgis (1971), del argentino León Klimovsky, sin duda la mejor entrega de la franquicia del Hombre Lobo, El Jorobado de la Morgue (1973), de Javier Aguirre, otro clásico trash y muy disfrutable del actor español, El Gran Amor del Conde Drácula (1973), también de Aguirre, su adorable incursión en el terreno de los chupasangres libidinosos, y El Espanto Surge de la Tumba (1973), opus de Carlos Aured y presentación en sociedad de su otro personaje original más famoso además de Daninsky, el brujo resucitado Alaric de Marnac. Es a mediados de los 70 cuando debe cambiar la fórmula de base porque el público se vuelca al nihilismo social y éste ya no resulta tan permeable a las reinterpretaciones descocadas del terror gótico de la Hammer Productions británica, así surge una etapa menos conocida de su carrera aunque igualmente interesante donde aparecen sus dos relecturas del giallo, Los Ojos Azules de la Muñeca Rota (1974), de Aured, y Una Libélula para cada Muerto (1975), de Klimovsky, y sus bizarros intentos en el “terror serio”, esas sorprendentes El Huerto del Francés (1978) y El Caminante (1979), ambas escritas, dirigidas y protagonizadas por él mismo. Después de experimentos fallidos en pos de adaptarse a otros formatos de moda de su tiempo, como el “cine quinqui” vía Muerte de un Quinqui (1977), de Klimovsky, y el de espada y brujería post aquel Conan de Arnold Schwarzenegger a través de La Bestia y la Espada Mágica (1983), del mismo Naschy, Paul destruiría su carrera con el exponente eurospy autosatírico Operación Mantis: El Exterminio del Macho (1985), fracaso que había dirigido y en el que invirtió mucho dinero al punto de llevarlo a la bancarrota y sellar un declive por cambio irremediable de época, ya con Hollywood retomando el control de la taquilla mundial y no permitiendo que se cuestione su monopolio, triste achatamiento discursivo de por medio.

 

Una Libélula para cada Muerto cayó en el olvido en el Siglo XXI no tanto por su evidente mediocridad sino porque no resiste la comparación con la muy superior Los Ojos Azules de la Muñeca Rota, film que progresivamente se hace más y más conocido en el ámbito del terror global porque es una de las mejores adaptaciones del giallo por fuera de las fronteras italianas, gesta nuevamente protagonizada y escrita por un Naschy que recurrió a su socio Aured, asistente histórico de su director favorito, Klimovsky, y firmó la trama con aquel curioso “seudónimo” de siempre, su nombre verdadero no anglizado Jacinto Molina. Todo transcurre en la Francia rural de los años 70, donde un vagabundo llamado Gilles (Paul), señor que estuvo preso diez años por violar e intentar estrangular a su novia, una arpía burlona, es contratado por tres hermanas para el mantenimiento de la mansión inhóspita en la que viven, hablamos de Claude (Diana Lorys), que tiene una prótesis en su mano derecha porque le faltan tres dedos por un accidente automovilístico ignoto que encima la dejó con serias quemaduras en su brazo, Ivette (Maria Perschy), postrada en una silla de ruedas por el mismo episodio y lamentando que su prometido la haya abandonado por su mejor amiga, una rubia de ojos azules, y Nicole (Eva León), alta ninfómana que se acuesta con todos los machos. La convivencia entre las tres mujeres, huérfanas porque su madre murió loca y su padre se suicidó, resulta tambaleante y para colmo surge una rivalidad entre Claude y Nicole porque ambas tienen sexo con Gilles a lo Teorema (1968), de Pier Paolo Pasolini, el cual a su vez lucha contra sus tendencias psicopáticas en lo que al gremio femenino se refiere mientras reaparece un amante previo de la ninfa putona, sujeto que se pone violento con su reemplazo, y en la zona comienza a asesinar un demente que siente predilección por las señoritas de cabello platinado y ojos de cielo, amén de reventar a alguna que otra testigo y a Margaux, la enfermera recomendada por el médico local, el Doctor Phillipe (Eduardo Calvo), para atender a Ivette. El Inspector Pierre (Antonio Pica), el policía a cargo de la investigación, sospecha de Gilles después del fallecimiento del amante celoso, no obstante las muertes continúan incluso luego de una emboscada fatal contra el personaje de Naschy.

 

Aured, que también dirigió a Paul en El Retorno de Walpurgis (1973), La Venganza de la Momia (1975) y la citada El Espanto Surge de la Tumba antes de caer en el sexploitation y la pornografía durante los años 80, aquí demuestra que sabe manejar con sutil eficacia una historia de misterio y espanto “cien por ciento Naschy” en clave giallo, debido a ello por un lado nos topamos con un psicópata enigmático con pasamontañas y guantes negros que colecciona globos oculares azules y adora las hachas, los cuchillos y los rastrillos de mano, exponente muy vinculado a sus homólogos de la Trilogía Animal de Dario Argento, léase El Pájaro de las Plumas de Cristal (L’Uccello dalle Piume di Cristallo, 1970), El Gato de las Nueve Colas (Il Gatto a Nove Code, 1971) y 4 Moscas sobre Terciopelo Gris (4 Mosche di Velluto Grigio, 1971), y por el otro lado desfilan por la pantalla una simpática gama de rojos furibundos y una infinidad de sospechosos que no sólo abarcan a todos los hombres y mujeres del reparto principal sino a personajes decididamente secundarios como la hermosa enfermera que reemplaza a la finada, Michelle (Inés Morales), madre soltera con un hijo a punto de operarse, y René (Luis Ciges), voyeurista bucólico que disfruta de las turistas de ocasión frente a la mirada irónica de Caroline (Pilar Bardem, madre de Javier), la dueña del bar de la comarca. La fotografía de Francisco Sánchez cumple con dignidad y la música de Juan Carlos Calderón combina las tonadas bobas típicas del cine familiero del período con composiciones tenebrosas que en su mayoría son reinterpretaciones de canciones previas, panorama que apuntala el encanto trash de un Naschy estupendo que en las postrimerías del relato sabe dar un paso al costado -con su ejecución a manos de los esbirros del inspector, nada menos- para bombardearnos con vueltas de tuerca durante un desenlace lunático que al señalar al Doctor Phillipe como el responsable crucial de los homicidios -culpabilizando a Margaux por la muerte de su hija durante una cirugía ocular, buscando nuevos ojitos para el cadáver en descomposición e hipnotizando a la histérica de Ivette- unifica a El Gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), de Robert Wiene, con Los Ojos sin Rostro (Les Yeux sans Visage, 1960), la joya frankensteiniana y eterna de Georges Franju…

 

Los Ojos Azules de la Muñeca Rota (España, 1974)

Dirección: Carlos Aured. Guión: Paul Naschy y Carlos Aured. Elenco: Paul Naschy, Eva León, Diana Lorys, Eduardo Calvo, Inés Morales, Antonio Pica, Luis Ciges, Pilar Bardem, Maria Perschy, Sandra Mozarowsky. Producción: J.A. Pérez Giner. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 8