Ann Lee (1736-1784) nació en Mánchester, Inglaterra, en una familia muy pobre que no pudo alfabetizarla y siendo una niña terminaría trabajando en una fábrica de algodón, lo que constituyó el prólogo de su transformación en cocinera en un hospital/ manicomio de la época. Sus progenitores, que engendraron siete hijos más, eran cuáqueros, término informal aplicado a todos los miembros de una secta del protestantismo, la Sociedad Religiosa de los Amigos, en esencia un grupete del cristianismo hereje anticatólico que abogaba por una existencia ascética, el pacifismo y la igualdad entre hombres y mujeres en todos los planos, incluido el sacerdocio. El padre de Ann, el herrero y sastre John Lees, la obliga a contraer matrimonio en 1761 con un tal Abraham Stanley o Standarin y queda embarazada cuatro veces, siempre perdiendo a los críos durante la infancia. Sobre la base de las creencias de sus progenitores, Lee se une a la Sociedad Wardley, un culto disidente comandado por una pareja de predicadores, James y Jane Wardley, que fueron expulsados de los cuáqueros porque creían que al ser purgado del cuerpo por el Espíritu Santo el pecado generaba un popurrí de temblores que podían canalizarse en danzas y cánticos varios, algo abiertamente censurado por unos cuáqueros que nada querían saber con las expresiones espirituales bien frenéticas de los Wardley y su séquito. Ann de a poco gana preeminencia dentro de la secta y desbanca al matrimonio en la cúpula gracias a una serie de visiones y “milagros” que a su vez la llevan a la cárcel por blasfema y amargarle la vida a los vecinos de Mánchester que escuchaban el alboroto de los eventualmente llamados cuáqueros temblorosos o shakers, denominación popular de los integrantes de la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo, la organización que surge del convencimiento de que el regreso del Todopoderoso se da en un cuerpo femenino, el de la rebautizada Madre Ann Lee, ya líder absoluta e imponiendo el principio que sería fundamental dentro del ideario de los shakers, el celibato o demonización del sexo incluso dentro del matrimonio en pos de alcanzar una pureza que también llegaba mediante la confesión del pecado y una especie de comunismo utópico que no podía alcanzarse en Inglaterra por el capitalismo y el acoso institucional.
En 1774 Ann y una camarilla de fieles marchan hacia América del Norte, entre los que se encontraban su hermano menor William Lee, su amiga Mary Partington, el mecenas John Hocknell y el mismo esposo de la pastora, ese Abraham que no tarda en fugarse a raíz de la ausencia de sexo. Después de cinco largos años de vivir en la Nueva York del Siglo XVIII, el colectivo alquila tierras en Niskayuna y comienza a levantar una serie de construcciones que formarán el primer asentamiento de los shakers, colectivo en raudo crecimiento debido al carácter esperpéntico de sus bailes y canciones a ojos del protestantismo anglosajón hiper puritano de la época, lo que generaba una paradoja muy grande porque este último no tenía tantos problemas con la dimensión sensual en el ámbito privado pero condenaba la histeria ampulosa de la fe de los shakers justo como los cuáqueros habían negado a los Wardley, pareja homologable a la prehistoria del movimiento que nos ocupa. A Lee le tocó vivir en una época agitada del país del norte porque su pacifismo la hizo chocar con los bandos en disputa durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos (1775-1783), aquellos independentistas y el Ejército Británico, y su labor misionera tuvo límites en lo que atañe a las agresiones de los energúmenos religiosos intolerantes del período, que desconfiaban del celibato, de los temblores y las canciones de tanto pecado purgándose y sobre todo de la presencia de una mujer predicando o con poder a secas. Si bien lograron fundar flamantes asentamientos en la región de Nueva Inglaterra y se granjearon la fama de humanitarios y pacifistas que no molestaban a nadie e incluso condenaban la esclavitud y las guerras contra los indígenas, a decir verdad los shakers por su credo no generaban descendencia piadosa y dependían del arribo permanente de conversos y la adopción de huérfanos del montón, a quienes al cumplir 21 años de edad se les permitía decidir entre quedarse en la comunidad o marcharse. Ann fallece a sus 48 años en Niskayuna, demente, luego de sufrir episodios de violencia protestante que también padeció su hermano, siendo divinizada por los shakers del Siglo XIX durante la denominada Era de las Manifestaciones, etapa de auge de la secta que alcanzó los seis mil integrantes y un desarrollo cultural algo acotado pero muy propio.
El Testimonio de Ann Lee (The Testament of Ann Lee, 2025), tercera película de la directora y guionista noruega Mona Fastvold, analiza precisamente todo este derrotero con un interés muy marcado en recuperar el folklore y/ o las costumbres de los shakers, en el Siglo XXI prácticamente desaparecidos y transformados en objeto de estudios antropológicos varios que retoman los latiguillos por los que fueron conocidos a posteriori del fallecimiento de la Madre Ann, especialmente su ebanistería, sus canciones, sus manufacturas/ artesanías, sus bailes, su arquitectura y su insólita tradición como inventores y comerciantes de hierbas y semillas. Fastvold, casada con el mucho más conocido Brady Corbet, actor reconvertido en realizador que recientemente alcanzó sin duda su cúspide profesional con El Brutalista (The Brutalist, 2024), aquí experimenta un renacimiento semejante al de su marido porque El Testimonio de Ann Lee supera por un largo trecho a sus faenas previas, La Sonámbula (The Sleepwalker, 2014), un drama familiar olvidable, y Deseo Prohibido (The World to Come, 2020), acepción rosa/ lésbica del western gay modelo Secreto en la Montaña (Brokeback Mountain, 2005), opus de Ang Lee, del mismo modo que El Brutalista dejaba muy lejos a las dos odiseas anteriores de Corbet, La Infancia de un Líder (The Childhood of a Leader, 2015) y Vox Lux (2018), lo que refuerza por un lado la afinidad creativa del dúo, autores de los guiones de todas las películas nombradas salvo Deseo Prohibido, y por el otro lado el hecho de que este nuevo film de la cineasta puede leerse como un vástago conceptual de la epopeya de 2024 ya que ambas realizaciones comparten la idea de retratar un proceso de martirización sobre un inmigrante a instancias de la repugnante sociedad estadounidense, antes László Tóth (Adrien Brody), un arquitecto húngaro y judío que adhiere al brutalismo, sobrevive al Holocausto y emigra hacia Filadelfia, y ahora nuestra Lee (Amanda Seyfried), quien en general atraviesa el mismo periplo histórico de la mujer de carne y hueso más allá de diversas peculiaridades del armazón retórico, destacándose una colección de canciones y danzas tradicionales de los shakers que unifican la épica religiosa con el musical en plan de ratificar la identidad bastante freak del culto y canalizar una energía libidinosa no utilizada.
La interpretación de los acontecimientos que ofrece Fastvold se mueve en paralelo con la perspectiva estándar de Corbet en materia de combinar visceralidad expresiva arty y algo de desapego irónico posmoderno para el marco en general del relato, aquí responsabilidad de una avejentada y tuerta Partington (Thomasin McKenzie), quien nos regala un evangelio sobre este mesías con vagina cuyo título completo es El Testamento de Ann Lee o La Mujer Vestida por el Sol con la Luna Bajo sus Pies (The Testament of Ann Lee or The Woman Clothed by the Sun with the Moon Under Her Feet). Ann y su hermano menor homosexual, William (Lewis Pullman, hijo de Bill), trabajan en una fábrica de algodón y ella de hecho después salta hacia la cocina de un hospital de Mánchester que además funciona como asilo psiquiátrico. La noruega justifica narrativamente el odio de Lee a la “cohabitación carnal” por un puñado de episodios como el ver a sus padres teniendo sexo, recibir un castigo con una vara por mencionarlo, nunca acceder de buena gana al sadomasoquismo light y las felaciones que desea su esposo, Abraham (Christopher Abbott, actor fetiche de Fastvold porque también apareció en sus dos propuestas previas), y en especial la retahíla de cuatro embarazos y cuatro muertes, esquema que la lleva a leer el asunto como un castigo divino cuando le toca experimentar las visiones sacras dentro de una cárcel inglesa de pesadilla, ya dentro de la secta de Jane (Stacy Martin) y James Wardley (Scott Handy). Convertida en la Madre Ann, sigue una visión que la lleva a América del Norte a bordo del Mariah, barco que llega a una Nueva York desde la que le encomienda al benefactor de turno, Hocknell (David Cale), encontrar el terreno donde con el tiempo se erigirá aquel asentamiento de Niskayuna. En pantalla el primer misionero es William y simboliza la “mano derecha” de la líder ya que su esposo la abandona después de soportar seis años de abstinencia erótica, en este sentido la igualdad de género incluye vivir separados en barracas y abrazar la llegada de conversos y de niños expósitos que son adoptados por una comunidad que se mantiene neutral durante la Guerra de Independencia. Un pastor, Reuben Wight (Tim Blake Nelson), se une con sus fieles y la misma Ann comienza un trabajo misionero que le traerá penurias.
Fastvold, a contrapelo del cine mojigato actual, filma con ferocidad la violencia religiosa, las prácticas sexuales y los partos de la protagonista como si fuesen fases de su calvario, todo a través de la esplendorosa música original de Daniel Blumberg -combinada con las canciones espirituales de los shakers- y un tono contradictorio pero bien manejado en el que la artificialidad de las coreografías y las canciones se da la mano con el retrato desnudo de los acontecimientos, casi como si estuviésemos frente a una amalgama entre el grotesco de la fe del Ken Russell circa Los Demonios (The Devils, 1971), aunque en versión puritana/ piadosa en serio, y el retrato de la improvisación del buscavidas de antaño en consonancia con ese Stanley Kubrick de Barry Lyndon (1975), aquí morigerando la carga sarcástica para convertir a nuestra Ann en una antiheroína fanática pero simpática, sin nunca mutar en el tirano de los cultos modernos y asimismo evitando la beatificación cuasi automática símil La Pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc, 1928), de Carl Theodor Dreyer. Preocupada por enfatizar el quid más radical de la doctrina, como los postulados de que al paraíso se llega con el trabajo y la castidad y que el deseo destruye todo lo bello y puro, la noruega en El Testimonio de Ann Lee le hace justicia al personaje central, una analfabeta contumaz con un carisma a toda prueba, e incorpora con astucia el devenir complementario de apóstoles como esos William, Mary y John, respectivamente su hermano, su amiga más cercana y aquel financista de la aventura norteamericana, planteo que sitúa en primer plano la riqueza de la cultura oral pretérita y la valentía de esta comitiva de lunáticos triplemente marginados, en simultáneo por el protestantismo oficial, por los cuáqueros y por el Estado anglosajón a ambas orillas del Océano Atlántico, distinto aunque igual de mezquino por su mentalidad estrecha. La película aprovecha las locaciones en Budapest, Hungría, entrega excelentes actuaciones por parte del elenco, con Seyfried descollando a pura intensidad, y pondera rasgos de la filosofía shaker como el pacifismo, la igualdad entre los sexos y las etnias y la comprensión ante el dolor ajeno, asimilándolo tanto cuando viene enmarcado en la paz como cuando aparece determinado por los exabruptos o la ignorancia más agresiva…
El Testimonio de Ann Lee (The Testament of Ann Lee, Reino Unido/ Estados Unidos, 2025)
Dirección: Mona Fastvold. Guión: Mona Fastvold y Brady Corbet. Elenco: Amanda Seyfried, Lewis Pullman, Thomasin McKenzie, Christopher Abbott, Stacy Martin, Tim Blake Nelson, Scott Handy, David Cale, Matthew Beard, Viola Prettejohn. Producción: Mona Fastvold, Brady Corbet, Klaudia Smieja, Viktória Petrányi, Andrew Morrison, Lillian LaSalle, Mark Lampert, Gregory Jankilevitsch y Joshua Horsfield. Duración: 137 minutos.