La Criada (Hanyo)

Terror doméstico de clase

Por Emiliano Fernández

La Criada (Hanyo, 1960), obra maestra escrita y dirigida por Kim Ki-young, constituye un caso raro de película surcoreana clásica -muy recordada y tenida en cuenta en su país- redescubierta en Occidente luego de décadas desde su estreno gracias a la intervención del Korean Film Archive y la World Cinema Foundation aka World Cinema Project de Martin Scorsese, las dos entidades que intervinieron en su restauración en 2008 y en su eventual edición vía The Criterion Collection, amén del reconocimiento por parte del enorme Bong Joon-ho de la influencia fundamental de la propuesta en su propia y gloriosa Parasite (Gisaengchung, 2019). En el instante de su aparición, allá a fines de los 50 y comienzos de la década del 60, era realmente imposible que una obra de una cinematografía considerada marginal como la de Corea del Sur llegase a la otra parte del mundo debido tanto a la todavía reciente Guerra de Corea (1950-1953), ese conflicto satélite en el contexto de la Guerra Fría entre los comunistas del norte y los capitalistas del sur alrededor de la siempre problemática frontera del Paralelo 38, como al hecho de que recién se estaba dando a conocer en Occidente el cine asiático, empezando por el japonés y sobre todo gracias a la popularidad de diversos opus de realizadores como Akira Kurosawa, Masaki Kobayashi, Yasujirō Ozu y Kenji Mizoguchi. Se podría llegar a decir que Kim en La Criada apuesta a un suspenso claustrofóbico de impronta hitchcockiana o que se acerca a las epopeyas de obsesión romántica patológica de Luis Buñuel en la tradición de Él (1953), La Joven (The Young One, 1960), Viridiana (1961), Belle de Jour (1967) y Tristana (1970), no obstante su verdadero horizonte artístico definitivamente pasa por lo que podría ser un melodrama vanguardista e hiper valiente de Douglas Sirk pero filmado con la agresión, la locura y el dejo Clase B del Samuel Fuller de El Rata (Pickup on South Street, 1953), Shock Corridor (1963) y El Beso Amargo (The Naked Kiss, 1964), planteo que además incluye la para nada desdeñable movida involuntaria de anticiparse a la premisa central de la mucho más famosa El Sirviente (The Servant, 1963), aquella joya de Joseph Losey con Dirk Bogarde, Sarah Miles y James Fox que también satirizaba la estratificación social a través de una rebelión escalonada y una tácita causticidad dentro de una residencia de muy buen pasar económico.

 

Perteneciente al período de oro de los dramas criminales y el terror doméstico más lúgubre que hace de la cotidianeidad el eje del espanto a través de todo lo que podría suceder en una morada caracterizada por el maquiavelismo, la manipulación o los simples “conflictos de intereses”, rubro variopinto que va desde La Noche del Cazador (The Night of the Hunter, 1955), de Charles Laughton, y Las Diabólicas (Les Diaboliques, 1955), de Henri-Georges Clouzot, hasta Los Inocentes (The Innocents, 1961), de Jack Clayton, y ¿Qué Pasó con Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, 1962), de Robert Aldrich, el film que nos ocupa comienza con una inocente carta de amor de una empleada de una fábrica textil, Kwak Seon-young (Ko Seon-ae), hacia el profesor de canto del “club de música” de la empresa, el pianista Kim Dong-sik (Kim Jin-kyu), padre de una familia de clase media que está en proceso de mudarse a una lujosa casa de dos pisos que se construyeron detrás del hogar en el que viven actualmente, parentela compuesta por la esposa, la Señora Kim (Ju Jeung-ryu), y los dos hijos del matrimonio, la preadolescente lisiada Ae-soon (Lee Yoo-ri) y el pequeño y muy cargoso Chang-soon (Ahn Sung-ki). El hombre opta de inmediato por denunciar a Kwak y en la compañía le imponen una suspensión de tres días, sin embargo la verdadera enamorada del docente es una compañera de la mujer y también asistente al club de música, Cho Kyung-hee (Um Aing-ran), quien se presenta en el hogar del macho una vez que Kim anuncia que se compró un piano y comenzará a dar clases particulares en su casa. Cho se mete en la vida del clan y hasta les consigue una criada, la jovencita Myung-sook (Lee Eun-shim), la cual habita en la misma residencia femenina de Seon-young y Kyung-hee, pero la leve tranquilidad se deshace cuando Kwak de repente se suicida por el escándalo romántico/ laboral/ social en torno a eso de enamorarse de un hombre casado, lo que genera primero que Cho se abalance contra un Dong-sik que la rechaza -la mujer incluso amaga con acusarlo de violación por el desaire y se rasga la ropa- y luego que la propia Myung-sook aproveche el momento de vulnerabilidad emocional del dueño de casa para “violarlo” justo a posteriori de la salida de Kyung-hee de la morada, quien se retira llorando después de la advertencia del hombre de que la matará si osa destruir a su familia.

 

El complicado asunto a partir de este punto comienza a exacerbarse progresivamente ya que la dialéctica del triángulo amoroso, los secretos sucios y el adulterio en una sociedad conservadora se redirecciona hacia la criada, el verdadero eje del relato, demostrando que los devaneos cándidos e histéricos femeninos clásicos de las otras dos hembras no pasan de ser un entremés: Myung-sook pronto queda embarazada del profesor de música, el cual entra en crisis y se lo comenta a su también encinta esposa, quien a su vez convence a la sirvienta de que lo mejor para todos es que se tire por las escaleras de la flamante residencia de dos pisos en pos de viabilizar un aborto espontáneo, algo que efectivamente ocurre aunque provocando como consecuencia indeseada que la señorita rápidamente se percate que lo único que les interesa a los Kim es salvar las apariencias y conservar la fuente de ingresos de la docencia, así al comparar su aborto y ese embarazo que llega a buen término de la dueña del hogar surgen en la muchacha unas ganas locas de vengarse de los burgueses que la manipularon para eliminar el problemilla de reputación que crecía dentro de ella. La chica primero se carga al arrogante y siempre basureador Chang-soon, llevándolo a caer por las escaleras luego de mentirle sobre un vaso de agua con veneno para ratas, y a posteriori obliga a Dong-sik a dormir con ella si no quieren que se entere la policía, lo que podría generar otro escándalo y el despido del varón de la fábrica por sus varias “indiscreciones”, desencadenando asimismo sucesivos intentos de la Señora Kim y Ae-soon de envenenar a la criada con un raticida. Como si estuviésemos hablando de una mezcla de culebrón social inglés y proto giallo irónico, Myung-sook pasa a hegemonizar el enclave familiar y se vuelve muy posesiva con Kim al punto de agarrar un cuchillo y clavárselo en un hombro a la reaparecida Cho, que nuevamente vuelve a abandonar el hogar sin decir ni una palabra a las autoridades, provocando que el varón intente estrangularla con sus propias manos aunque desistiendo segundos después. La doncella, ya completamente enajenada al igual que el resto de los habitantes de la vivienda, convence al marido de suicidarse juntos cual amantes y el hombre hasta consigue arrastrarse para despedirse de su esposa, fémina que se pasa el día cosiendo para mantener a todos y suele quedarse dormida del cansancio laboral.

 

Si bien la criada/ empleada doméstica de Lee Eun-shim es un animal mucho más instintivo e improvisado que aquel Hugo Barrett de Dirk Bogarde de El Sirviente, sin duda todo un experto en el arte de erosionar la estructura de poder de las clases acomodadas y ese tufillo aristocrático del acervo inglés, el núcleo ideológico de ambos films es el mismo ya que aquí lo importante es poner de manifiesto la soberbia, el egoísmo, la pedantería, la avaricia, la superficialidad y el ansia de siempre salir impunes de los burgueses, además subrayando una característica que escapa a las clases media y alta y que engloba a la enorme mayoría de las sociedades capitalistas contemporáneas, léase ese canibalismo en el que casi todos están dispuestos a hacer lo que sea para conservar posiciones o escalar en la pirámide del privilegio y su contraparte, el despojo comunal sistemático de las mayorías por parte de un cónclave reducido mafioso que controla casi toda la riqueza circulante. La faena de Kim Ki-young, señor que por cierto extendería la premisa a dos películas más que en conjunto conforman una trilogía, Woman of Fire (Hwanyeo, 1971) y Woman of Fire ’82 (Hwanyeo ’82, 1982), actualizando según las décadas todo lo que la maravillosa e hiperbólica historia tiene para ofrecer, hoy analiza -desde el artificio desproporcionado más imaginativo e impredecible- la paradigmática estupidez calentona masculina y las sonseras románticas irreales o impostadas que suelen construir las mujeres para justificar el amor, el sexo o la amistad, retomando en parte el sarcasmo implícito del film de Losey pero en simultáneo sustituyendo su minimalismo y su sutileza por un cúmulo de pasiones sin freno que exudan delirio y desenvoltura, más tratándose de una sociedad como la coreana -y la internacional de su época, a decir verdad- aún presa de mucha mojigatería conservadora/ castradora que llevaba a situaciones de convivencia imposible similares a la planteada en pantalla, aunque desde ya lejos de lo lunático desorbitado y más cerca de la idea autorepresiva de la Señora Kim de lavar los trapitos sucios en casa y en esencia mantener bajo mil llaves los arcanos que podrían arruinar el “buen nombre” de la parentela dentro del barrio o directamente condenarlos a pasar hambre o a retrotraerse en lo que a la escala de ingresos comunales se refiere, quizás hasta cayendo en la tan pero tan temida pobreza de la que muchos provienen.

 

La apertura y el cierre de la obra, un discurso semi moralizador de Dong-sik típicamente impuesto por los cánones del período para garantizar el estreno, agregan incluso una pátina de kitsch demencial a la película porque refuerzan el tono burlón para con los valores sociales tradicionales en torno a la familia, el trabajo y hasta las instituciones de control y disciplinamiento como la escuela, la misma práctica docente o esa policía que queda completamente al margen del desarrollo narrativo y reconvertida en un chiste en sí misma por su ausencia e inutilidad absoluta en materia de los misterios que aguardan dentro de cada residencia individual de una modernidad que privilegia la privacidad ante todo y acude al Estado y sus esbirros cuando ya no queda otra opción, a sabiendas de que pueden ser mucho más peligrosos que esos psicópatas de puertas adentro que ya conocemos. El juego de vínculos enfermos que propone el realizador y guionista es en verdad supremo: Kim es un pusilánime, un aburrido y un hipócrita que insólitamente despierta el frenesí amatorio de todas las hembras a su alrededor, su esposa una workaholic inmunda a la que sólo le importa el dinero, el hijo pequeño un mocoso insufrible y presuntuoso que se merecía su destino y la nena del dúo una lisiada paranoica que imagina repetidos intentos de envenenamiento que eventualmente se convierten en realidad cual sustrato suicida sublimado/ tercerizado en una Myung-sook que a su vez lo único que desea es amor, por ello pasa de matar a los ratones de la casa y espiar a los dueños a tomar conciencia de la vileza de sus patrones -no nos olvidemos del detalle del aborto inducido- y pretender una revancha que los deje postrados a sus pies, paradoja de por medio ya que su sinceridad abarca tanto el odio por el hijo perdido como el amor hacia el macho del hogar, lo que decanta en suicidio como “solución” última al cohabitar en constante ebullición homicida. Ni siquiera se puede afirmar del todo que estemos ante una morada patriarcal o matriarcal debido a que la distribución de poder en un principio es bastante equitativa y el erotismo anárquico domina el paisaje de esta odisea curiosa de invasión de hogar a instancias de una femme fatale que más que del film noir parece salida de algún folletín ardoroso de antaño, caracterizado por una humillación rimbombante de clase que ahora se paga con intereses…

 

La Criada (Hanyo, Corea del Sur, 1960)

Dirección y Guión: Kim Ki-young. Elenco: Kim Jin-kyu, Lee Eun-shim, Ju Jeung-ryu, Um Aing-ran, Ko Seon-ae, Ahn Sung-ki, Lee Yoo-ri, Kang Seok-je, Na Jeong-ok, Le Ok-joo. Producción: Kim Ki-young. Duración: 111 minutos.

Puntaje: 10