La historia detrás del Tetris, aquel juego de los tetrominós que caen desde el “cielo” de la pantalla con más de 200 millones de copias vendidas en múltiples plataformas de todo el globo, sigue el patrón de muchas creaciones individuales que generan una lucha entre empresas por su enorme potencial comercial símil gallina de los huevos de oro, algo en este caso llevado al extremo porque la experiencia lúdica en sí era muy adictiva, literalmente incrementaba la actividad cerebral y su simplicidad calzaba de maravillas con las limitadas posibilidades de los ordenadores y los otros dispositivos informáticos de la década del 80: el juego fue creado por Alekséi Pázhitnov en 1984 en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, ingeniero que por entonces trabajaba en el Centro de Computación Dorodnitsyn de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética como investigador de reconocimiento de voz, lugar en el que se le permitía crear un pequeño programa para probar equipos nuevos y así utilizó una Electronika 60, computadora precaria sin tarjeta gráfica, para dar forma a la primera versión del Tetris y adaptarlo a la IBM Personal Computer con la ayuda del púber Vadim Gerasimov, juego que pretendía exportar y por ello recurrió a su supervisor Victor Brjabrin en una movida que desencadenó el envío de una copia a una empresa húngara de videojuegos, Novotrade, desde donde comienzan a desperdigarse versiones piratas por Hungría y Polonia que en 1986 llegan a ojos de Robert Stein de la londinense Andromeda Software, un sujeto que se hace de los derechos del juego para computadoras hogareñas mediante intercambios por fax con Pázhitnov y Brjabrin y a posteriori firma acuerdos de distribución con Mirrorsoft, dentro del mercado europeo, y Spectrum HoloByte, en lo que atañe al ecosistema norteamericano, siendo esta última una subsidiaria de esa Mirrorsoft del magnate de multimedios Robert Maxwell, el cual delegó el management de la firma en su hijo, Kevin Maxwell, quien por cierto en el momento del fallecimiento de su progenitor, ahogado en 1991 durante un viaje en su gran yate hacia las Islas Canarias, intentó salvar el imperio de este paradigmático déspota capitalista pero no pudo a raíz del efecto dominó de sus deudas bancarias infladas y el robo de 440 millones de libras del fondo de pensiones de los empleados de sus múltiples compañías, con el periódico inglés Daily Mirror a la cabeza.
El grueso de toda esta colorida épica detrás del Tetris muchas veces suele reducirse a lo que sucede a continuación, léase el descubrimiento de la estafa de Stein que sin haber rubricado contrato explícito alguno con los rusos ya estaba entregando el videojuego a poderosas empresas del rubro de Occidente que lo perfeccionaron en el ámbito gráfico y sonoro y lo comercializaron unilateralmente con enorme éxito adaptándolo además a otras plataformas varias como Commodore 64, Atari ST, ZX Spectrum, Amiga y Amstrad CPC: la bomba de tiempo de la licencia estaba por estallarle a Stein en cualquier momento y por ello comenzó negociaciones, viajando a Moscú repetidamente, con la Elektronorgtechnica alias Elorg, la entidad estatal que en la Unión Soviética monopolizaba la importación y exportación de hardware y software, por ello en 1988 llega a un acuerdo por los derechos del Tetris a diez años aunque limitados a las computadoras personales, todo por supuesto sin que Pázhitnov y la Elorg supiesen que Stein estuvo licenciando el juego a terceros desde dos años atrás y abarcando además las consolas hogareñas y los gigantescos arcades de la época, panorama que a su vez comienza a tambalearse cuando se produce la subdivisión del mercado japonés porque por un lado Spectrum HoloByte le vende los derechos del Tetris para computadoras a Bullet-Proof Software, empresa de Henk Rogers, y por el otro lado Mirrorsoft le entrega el resto del mercado nipón a una subsidiaria de Atari, Tengen, que asimismo consigue acuerdos de distribución con Sega para los arcades y con Bullet-Proof Software para las consolas, así es cómo Rogers le vende Tetris a Nintendo para su flamante consola portátil Game Boy, que estaba próxima a lanzarse en 1989, y efectivamente descubre que Stein jamás tuvo la licencia para consolas cuando se traslada a Moscú y trata directamente con Pázhitnov y el presidente de la Elorg, Nikolai Belikov, esquema que de inmediato genera una batalla comercial entre Stein, los Maxwell y Rogers con los rusos enfrente y aquel papi Robert presionando a nada menos que Mijaíl Gorbachov, situación de la que sale victorioso Rogers porque se hace amigo de Pázhitnov y consigue que Nintendo mejore la oferta previa de Mirrorsoft en dinero y regalías, ya con Stein expulsado en sí de la mesa de negociación a través de la firma de un nuevo contrato que corregía al anterior y lo privaba de las consolas.
Desde ya que estaba cantado que la versión hollywoodense de semejante crónica iba a ser algo reduccionista y/ o atolondrada aunque nadie podía prever que sería tan disfrutable y dinámica como Tetris (2023), obra dirigida por Jon S. Baird y escrita por Noah Pink para Apple TV+ que adopta un enfoque bastante inusual en el terreno de las biopics actuales, casi siempre volcadas a una seriedad aburrida que manipula la historia a gusto o a una perspectiva desfasada en términos temporales con elementos modernos insertados en ese pasado más o menos remoto, en este sentido el dejo de thriller cuasi farsesco del film que nos ocupa mantiene el grueso de los acontecimientos en su exacto lugar y se toma muchas y muy evidentes libertades en lo que respecta primero a la construcción de un villano a toda pompa, Valentin Trifonov (Igor Grabuzov), miembro prominente del Comité Central del Partido Comunista y uno de los hombres más poderosos de la Unión Soviética, y segundo a cierto sentimentalismo en función del trasfondo familiar de Rogers (Egerton), hoy padre de dos nenas pequeñas, Maya (Kanon Narumi) y Julie (Karin Nurumi), y casado con Akemi (Ayane Nagabuchi), la ficticia participación en el asunto del Comité para la Seguridad del Estado o KGB, incluida una espía que se hace pasar por traductora ingenua al servicio de Henk, Sasha (Sofya Lebedeva), y finalmente la reglamentaria secuencia final de acción con el protagonista Rogers y sus socios de Nintendo, Howard Lincoln (Ben Miles) y Minoru Arakawa (Ken Yamamura), huyendo de las huestes de un Trifonov que es sobornado por Robert Maxwell (Roger Allam) para que garantice el acuerdo de distribución entre la Elorg, controlada por su presidente Belikov (Oleg Stefan), y esa Mirrorsoft de Kevin (Anthony Boyle), jovenzuelo que ningunea a Stein (Toby Jones) y se supone era un poco más honesto que su padre y por ello en pantalla pretende hacer un trato sin corruptelas con los rusos y rechaza la posibilidad del dinerillo por debajo de la mesa que le reclama Valentin. Rogers, ya en una situación financiera difícil porque pidió un enorme préstamo para lanzar una versión digital fallida del Go, legendario juego de estrategia de origen chino, conoce al Tetris en 1988 en una exposición de Las Vegas y se obsesiona con obtener los derechos para Game Boy en Japón, donde vive con su mujer nipona y dirige Bullet-Proof Software.
Egerton, conocido por sus colaboraciones con Matthew Vaughn, Kingsman: El Servicio Secreto (Kingsman: The Secret Service, 2014) y la secuela Kingsman: El Círculo Dorado (Kingsman: The Goleen Circle, 2017), y con Dexter Fletcher, hablamos de Volando Alto (Eddie the Eagle, 2015) y Rocketman (2019), está muy bien como Rogers, un programador fanático de los videojuegos que lucha por evitar la ruina de su parentela bajo el peso de las deudas contraídas, y aquí el actor galés por fin encuentra una película en la que su carisma, humor pícaro y metabolismo camaleónico pueden desarrollarse en consonancia con una historia interesante que sabe aprovecharlos, amén del “detalle” de que su look de galancito lustroso caucásico nada tiene que ver con el Henk de carne y hueso, un holandés morocho de linaje indonesio que creció en Nueva York y por supuesto es objeto del blanqueamiento cinematográfico o “whitewashing”, algo típico de la industria cultural esquizofrénica de nuestros días porque el mainstream se la pasa eliminando o modificando personajes para que se adapten a determinados actores fetichizados o por el contrario volcando todo el elenco a una colección forzada de nacionalidades/ etnias/ orientaciones sexuales desde la corrección política más patética, estrategia que a su vez abarca la decisión de centrarse en el intermediario comercial, este mismo Rogers, y no en el pobre creador original, Pázhitnov (Nikita Efremov), quien de todos modos ocupa un rol importante en el relato porque oficia tanto de espejo de Henk ya que también está casado y tiene dos vástagos, por ello mismo ambos se hacen amigos, como de víctima del trasfondo tiránico del régimen socialista ruso incluso en sus postrimerías, antes de la Caída del Muro de Berlín de 1989 y la disolución de la Unión Soviética de 1990 y 1991. Como si se tratase de una relectura de Red Social (The Social Network, 2010), de David Fincher, pero ambientada en la Guerra Fría y con muchas ironías sobre la inmundicia de los sistemas capitalista y comunista, ambos dominados por el ansia de poder y de riquezas inmediatas, Tetris supera estos escollos conceptuales por la energía, la imaginación visual y el humanismo que Baird le imprime a la faena, un escocés que supo brillar en Cass (2008), Mugre (Filth, 2013) y Stan & Ollie (2018), las cuatro en su conjunto ubicadas entre lo mejorcito que ofreció el enclave anglosajón del nuevo milenio…
Tetris (Reino Unido/ Estados Unidos, 2023)
Dirección: Jon S. Baird. Guión: Noah Pink. Elenco: Taron Egerton, Nikita Efremov, Toby Jones, Oleg Stefan, Roger Allam, Anthony Boyle, Ayane Nagabuchi, Igor Grabuzov, Ben Miles, Ken Yamamura. Producción: Matthew Vaughn, Claudia Schiffer, Gregor Cameron, Len Blavatnik y Gillian Berrie. Duración: 118 minutos.