La mejor forma de definir a The Matrix (1999), de las hermanas Lana y Lilly Wachowski, por entonces llamadas Larry y Andy Wachowski, implica recuperar aquella frase de Darren Aronofsky sobre la película, “los Wachowski básicamente tomaron todas las grandes ideas de la ciencia ficción del Siglo XX y las convirtieron en un delicioso sándwich de cultura pop que todos en el planeta devoraron”, planteo que pone el acento tanto en el carácter de reciclaje de la realización como en esa innegable eficacia retórica que la posiciona muy por encima de muchísimos exponentes similares de la posmodernidad que también copian y copian pero casi siempre desencadenando desastres artísticos que no sólo no agregan ni un mínimo planteo novedoso o complejo a la mixtura sino que desperdician un potencial que a priori resultaba atractivo o que traía a la memoria films valiosos. The Matrix, sinceramente, es el único opus interesante de los directores y guionistas junto con Bound (1996), una ópera prima en clave neo noir lésbico que no vio casi nadie, y Cloud Atlas (2012), la épica de ciencia ficción codirigida por Tom Tykwer que se transformó en obra de culto con los años, debido a que ni Speed Racer (2008) ni Jupiter Ascending (2015) ni mucho menos las secuelas inmediatas del mega hit, The Matrix Reloaded (2003) y The Matrix Revolutions (2003), lograron salir del terreno de lo insufrible, amén de trabajos más o menos dignos aunque deslucidos como las dos series en las que estuvieron involucrados, Sense8 (2015-2018) y Work in Progress (2019-2021), y sus guiones para Assassins (1995), de Richard Donner, y V for Vendetta (2005), del socio James McTeigue, ambos tan bombásticos y de reapropiación de elementos foráneos -sean adaptaciones de material externo explícito o no- como esta misma The Matrix, una epopeya muy ambiciosa para el nivel promedio de los refritos caóticos de fines de la década del 90, todavía preocupados por la dependencia tecnológica angustiante y sobre todo aquel fenómeno de histeria masiva bautizado Y2K o miedo/ problema del año 2000, que se propuso por un lado llevar al extremo la tecnología digital disponible, esa que había explotado con Jurassic Park (1993), de Steven Spielberg, y por el otro lado fagocitar una ristra de influencias temáticas, narrativas e ideológicas de variada envergadura en plan de colección identitaria apta para todos los públicos, ideal comercial de un mainstream norteamericano que nos vende la píldora roja de la verdad pero en realidad nos encaja una vez más la pastilla azul del embuste fastuoso sin sangre ni sexo.
En la película, filmada en Australia y plagada de accidentes muy dolorosos de toda índole, conviven a los tumbos una andanada realmente espectacular de escenas de acción, todas derivadas principalmente del lenguaje de los videoclips y el cine de artes marciales asiático, y una dimensión discursiva que en un mismo movimiento fetichiza la eclosión de lo virtual y la critica con ferocidad señalando su papel en el embotamiento de los sentidos de los sujetos/ ciudadanos/ individuos con el objetivo último de reproducir el statu quo para que el esquema de poder permanezca intacto y las voces opositoras jamás alcancen el necesario margen de acción para provocar un cambio. Dicho de otro modo, debajo de una premisa muy sencilla, léase el descubrimiento de parte de un programador gris con una doble vida como hacker, Thomas A. Anderson alias Neo (Keanu Reeves), de que es una especie de mesías que liberará a la humanidad de una distopía futura en la que los bípedos son criados por máquinas inteligentes como fuente de energía mientras viven sus vidas en un simulacro complaciente de cotidianeidad llamado Matrix, se oculta una multiplicidad de referencias que abarcan primero las estrictamente cinematográficas y/ o artísticas a escala concreta y segundo las del campo de las ideas sociológicas, históricas o filosóficas, pensemos en este sentido que en materia del primer apartado resulta clarísimo que el opus de los Wachowski le roba a mano armada a Dark City (1998), de Alex Proyas, Brave New World (1932), de Aldous Huxley, Alice’s Adventures in Wonderland (1865), de Lewis Carroll, Metrópolis (1927), de Fritz Lang, Ghost in the Shell (Kôkaku Kidôtai, 1995), de Mamoru Oshii, 1984 (1949), de George Orwell, The Terminator (1984), de James Cameron, y su corolario de 1991, Akira (1988), joya de Katsuhiro Ôtomo, The Wizard of Oz (1939), de Victor Fleming, Tron (1982), de Steven Lisberger, y especialmente a World on a Wire (Welt am Draht, 1973), la genial miniserie de Rainer Werner Fassbinder, además del obrerismo símil Alien (1979), de Ridley Scott, en lo que atañe a la precariedad de los mortales que despertaron de su esclavitud tácita, e influencias adicionales para la súper acción como el Cinéma du Look de Leos Carax y Luc Besson, aquella Heroic Bloodshed de John Woo y Ringo Lam y por supuesto lo realizado por John McTiernan en el rubro durante el final del Siglo XX en línea con Predator (1987), Die Hard (1988) y The Hunt for Red October (1990), exponentes de unas masacres que paulatinamente empezaron a perder toda su visceralidad al digitalizarse.
Jugando en simultáneo con el ABC del cyberpunk, una buena dosis de rock industrial y house, un mantra conceptual permanente cercano al anime, las cámaras en tercera persona de los videojuegos, una estética de índole publicitaria cool y cierta idea cronenbergiana de invasión de las tecnologías de control y de disciplinamiento sobre el cuerpo de sus víctimas y reproductores prosaicos desde la ignorancia, el conformismo y ese soberbia de burbuja hermética que se retroalimenta del entorno farsesco y de unas sentencias mentirosas que son aceptadas como verdaderas, The Matrix analiza el momento en el que urge tomar una decisión definitiva y radical -ya con todos los sermones de las diversas partes involucradas sobre la mesa- y en suma construye una fábula de despertar místico de la mano de una figura sabia de segundo orden, Morfeo (Laurence Fishburne), que trabaja como personero de una enigmática Pitonisa (Gloria Foster) y que junto a la tripulación de su destartalada nave, el aerodeslizador Nabucodonosor, desconecta a Neo de la granja de humanos y le muestra la pesadillesca realidad que sus ojos, acostumbrados a las superficies brillantes de una Matrix que se asemeja mucho a las redes sociales, los deportes masivos, los medios de comunicación y la industria global del espectáculo, no quieren reconocer, esquema que desde ya -esto es Hollywood, no nos olvidemos- permite “desviaciones” hacia una crisis psicológica, ahora con motivo de una Pitonisa que le comenta al protagonista que de mesías salvador de la humanidad no tiene nada, hacia el infaltable amor, gremio dominado por una bella Trinity (Carrie-Anne Moss) que es la mano derecha de Morfeo, hacia la traición más execrable, en este caso cortesía de un tripulante del Nabucodonosor que anhela la felicidad del oscurantismo idiota de la Matrix, Cypher (Joe Pantoliano), y hacia una clásica excusa del folletín de aventuras para el agite del último acto del relato como el rescate del colega torturado o en peligro, por supuesto ese Morfeo veterano que cae en manos del implacable Agente Smith (Hugo Weaving), obligando a Neo y a Trinity a enfrentarse a este programa antropomorfizado de “busca y destruye” que odia las mediocres fantasías de los humanos, reflejadas en el universo virtual que se construyó para lobotomizarlos cual prisión mental a cielo abierto, y que desea con ahínco eliminar la última ciudad de los mortales conscientes que lograron escapar y descubrir la mundanidad real negada, Sion, paraíso escondido en las profundidades porque la Tierra ya no posee energía solar por la polución industrial/ militar.
A decir verdad el encanto de la película de los Wachowski, definitivamente los transexuales millonarios más bizarros del mainstream cultural yanqui, reside en un cristianismo new age masticado, digerido y regurgitado para advenedizos del nuevo milenio, una filosofía símil manual de autoayuda de izquierda muy rudimentaria que resulta agradable la primera vez y luego de a poco se le ven los hilos porque en esencia toma la forma de un alegato naif de impronta muy religiosa que sirve para legitimar el carácter represivo de la Matrix y por ello mismo estas desviaciones de rebeldía pueden leerse como eventos buscados de la dialéctica política del simulacro de una sociedad juzgada falaz, lo que desde ya lleva a los directores y guionistas a engolosinarse con la retórica budista, católica e hinduista y a bombardearnos con muchas alusiones a la Resistencia Francesa, al terrorismo como herramienta de lucha contra una dictadura, a la arquitectura retórica algo banal de tufillo zen, a la cibernética y sus postulados en torno a la retroalimentación del control y las comunicaciones, a la toma de consciencia de la virtualidad de Internet, a la psicología conductista más tradicional, a la reivindicación de la piratería sin vislumbrar el tsunami que llegaría con la expansión del ancho de banda, a la relación entre maestro y alumno en términos de superación recíproca, a los problemas energéticos que plantean los nuevos y poderosos procesadores informáticos y su multiplicación, al hombre como plaga o virus siempre destructor, al mundo onírico en tanto bendición para algunos y condena para otros y finalmente a una serie de cuestiones vinculadas con la fe, la evolución, la ecología, las guerrillas psíquicas y el acervo simbólico mesopotámico, judío y griego, entre otras culturas ancestrales que fueron vampirizadas por los cineastas para su coctelera sci-fi con dejo de cuento de hadas. Más allá de la magistral pirotecnia de los tiroteos y del célebre e inofensivo “bullet time” perfeccionado por John Gaeta, las excelentes coreografías de Yuen Woo-ping y el buen desempeño del elenco salvo un Reeves involuntariamente gracioso que aún era bastante cuadrado a nivel interpretativo, The Matrix aprovecha y cierra el quid del prodigio endiosado que destruye la simulación al manipularla a gusto para parodiar sus mecanismos de hegemonía y veloz defensa, un delirio residual de la creencia de antaño en la pureza evangelizadora, por ello las continuaciones son tan rancias y redundantes ya que no ofrecen nada nuevo a escala visual o conceptual y apenas si se contentan con profundizar ese típico pulso bélico del sentir estadounidense…
The Matrix (Estados Unidos/ Australia, 1999)
Dirección y Guión: Larry Wachowski y Andy Wachowski. Elenco: Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Gloria Foster, Joe Pantoliano, Marcus Chong, Julian Arahanga, Matt Doran, Belinda McClory. Producción: Joel Silver. Duración: 136 minutos.