Requiescant

Tierra y libertad

Por Emiliano Fernández

Carlo Lizzani (1922-2013), cuya larguísima carrera abarca toda la segunda mitad del Siglo XX y llega hasta la primera década de la centuria siguiente, fue un realizador bastante particular porque se consagró al cine de género muy temprano en su trayectoria y entregó una producción artística equilibrada o más bien cumplidora en términos de calidad, con la paradoja involuntaria de haber caído en el olvido ya muy entrado el Siglo XXI por estos mismos factores, nos referimos a una uniformidad que carece de los picos memorables de otros cineastas más desparejos aunque con instantes de lucidez suprema que justificaban de por sí el sustrato errático del viaje (este estado de cosas se asemeja, precisamente, a lo que ocurre en el ecosistema cinematográfico anodino en general de nuestro presente, donde la intercambiabilidad de un hipotético Lizzani posmoderno se exacerba hasta el hastío por la globalización y su mediocridad extendida). Aclarado el punto principal del asunto, bien se puede afirmar que el señor desde la perspectiva de su época, aquel período glorioso de la comarca italiana de posguerra en materia de cine tanto de género como autoral clásico o “serio”, sin duda alguna respetó el carácter camaleónico de la industria vernácula y por ello se paseó por el misterio, el espionaje, la comedia, las faenas bélicas, el melodrama, el film noir, la sátira, la fantasía, el thriller, el spaghetti western, el drama histórico, el horror y muchos documentales con tópicos tan diversos como China, el dirigente comunista Enrico Berlinguer, el club de fútbol Napoli o múltiples colegas realizadores y guionistas en línea con Giuseppe de Santis, Luchino Visconti, Cesare Zavattini y Roberto Rossellini, de quien exploraría el rodaje de Roma, Ciudad Abierta (Roma, Città Aperta, 1945) en ocasión de la tardía Celuloide (Celluloide, 1996), incluso llegando a trabajar con figuras internacionales como por ejemplo Rod Steiger, Henry Fonda, Peter Boyle, Bernard Blier, Frank Wolff, Thomas Hunter, Gérard Blain, Julian Sands, Fred Williamson, Robert Hoffmann, Annie Girardot, Rip Torn, Henry Silva y André Robert Raimbourg alias Bourvil, entre muchos otros actores que en algún momento probaron suerte en aquel mercado italiano de antaño.

 

Pensándolo desde los opus concretos que ofreció, una enorme catarata de realizaciones, en la producción artística de Lizzani se destacan las antologías con otros directores Amor en la Ciudad (L’Amore in Città, 1953), La Guerra Secreta (The Dirty Game, 1965), Espeluznante (Thrilling, 1965) y Amor y Rabia (Amore e Rabbia, 1969), el bello melodrama antifascista Crónica de los Pobres Amantes (Cronache di Poveri Amanti, 1954), la parodia social La Dura Vida (La Vita Agra, 1964), los spaghetti westerns Un Río de Dólares (Un Fiume di Dollari, 1966) y Requiescant (1967), el clásico del sexploitation Prostitución de Menores (Storie di Vita e Malavita, 1975), el curioso giallo teatral La Casa de la Alfombra Amarilla (La Casa del Tappeto Giallo, 1983), el drama psicológico Malvada (Cattiva, 1991), las epopeyas bélicas centradas en la Segunda Guerra Mundial en general, en sintonía con El Oro de Roma (L’Oro di Roma, 1961), o en el entorno del dictador Benito Mussolini, sobre todo esas fascinantes El Proceso de Verona (Il Processo di Verona, 1963) y Mussolini, Último Acto (Mussolini, Ultimo Atto, 1974), y un voluminoso ciclo criminal polirubro que abarcó películas como El Jorobado de Roma (Il Gobbo, 1960), Despierta y Mata (Svegliati e Uccidi, 1966), Los Bandidos de Milán (Banditi a Milano, 1968), Joe, el Loco (Crazy Joe, 1974) y San Babila, 20 Horas: Un Crimen Inútil (San Babila, Ore 20: Un Delitto Inutile, 1976), obras que lo convirtieron en uno de los pioneros del poliziottesco, lamentablemente un detalle también olvidado. Quizás su película más extraña e interesante sea Requiescant, mega clásico del spaghetti western marxista que anticipa toda la efervescencia política del Mayo Francés de 1968, en suma recuperando el viejo eslogan revolucionario de “tierra y libertad”, y que supera por mucho a la otra incursión de Carlo dentro del género, la también citada Un Río de Dólares, trabajo simpático de venganza que fue protagonizado por Hunter y Silva y desde su título prometía un exploitation de la Trilogía del Dólar de Sergio Leone con Clint Eastwood aunque en realidad entregaba una relectura de El Rostro Impenetrable (One-Eyed Jacks, 1961), la única aventura como realizador del legendario Marlon Brando.

 

Todo comienza con la traición en el año final de la Guerra de Secesión (1861-1865) de un oligarca terrateniente, George Bellow Ferguson (Mark Damon), contra unos mexicanos con los que tenía una áspera disputa territorial, a quienes hace ametrallar por sus cómplices, nada menos que los soldados de la Unión, después de prometerles que podrían vivir en paz en el pueblo de San Antonio. Cuando el hijo del líder de los aldeanos agarra un machete para vengar a su parentela acribillada uno de los sicarios, el militar rubio Dean Light (Carlo Palmucci), le pega un tiro en la cabeza y lo da por muerto, sin embargo tiempo después el nene se levanta y así es visto y rescatado por unos misioneros cristianos que recorren el país difundiendo las palabras sagradas, el Padre John (Ferruccio Viotti) y su hermana Lavinia (Anne Carrer), esta última aparentemente la madre soltera de una mocosa. Una década luego esta pareja tácita ha criado en el camino al par de purretes, Princy (Barbara Frey), quien sueña con una vida en el vodevil itinerante, y ese muchacho amnésico por el balazo que termina siendo conocido como Requiescant (Lou Castel), todo por la frase que repite frente a cada finado, “requiescat in pace”, el célebre “descanse en paz” o R.I.P. de impronta funeraria. Princy no tiene mejor idea que fugarse para transformarse en actriz y bailarina no obstante eventualmente deriva en meretriz esclavizada al servicio del mismo Light, ahora la mano derecha de un Ferguson que parece enamorado de él y que se casó con una hembra sólo para asegurar su descendencia por sus delirios de aristócrata, Edith (Mirella Maravidi), a la que considera un ser inferior como todas las mujeres porque su único propósito es procrear, algo que en este caso ni siquiera logró. Requiescant se apalabra al oligarca para que libere a Princy, en esencia denunciando que su esbirro central convirtió a una cantina de su propiedad en un prostíbulo, pero así se gana de enemigo a Light, el cual envía a tres sicarios que son reventados por el joven, todo un experto con el revólver y genial paladín de nuestra justicia social que explota en furia cuando la fauna asalariada de Ferguson viola y asesina a Princy después de que recuperase la memoria gracias a un mudo (Nino Musco).

 

Si bien la película es un producto muy de Lizzani, en suma arrastrando una corrección sin floreos de ningún tipo, asimismo ofrece un cóctel temático e ideológico siempre atractivo tracción a anarquismo antiinstitucional, fuertes ribetes homosexuales, colectivismo agrario, misoginia, marxismo militante, incesto implícito e incluso pinceladas de cristianismo de izquierda como la resurrección inicial del protagonista, una Biblia que lo salva de la muerte parando una bala, la recámara siempre llena de su revólver o ese séquito de campesinos que se aparecen una y otra vez cuando Requiescant mata a los secuaces del poder capitalista concentrado para llevarse las armas, grupo de hecho en lucha contra los parásitos burgueses encabezado por Don Juan, sacerdote en la piel de un maravilloso Pier Paolo Pasolini que definitivamente metió mano en el guión sin acreditar, compartiría proyecto como director con Lizzani en Amor y Rabia, hoy cuela en roles secundarios a sus actores fetiche Franco Citti y Ninetto Davoli y ya venía volcando todos sus esfuerzos artísticos y militantes hacia el séptimo arte, prueba de ello son Accattone (1961), Mamma Roma (1962), El Evangelio según San Mateo (Il Vangelo secondo Matteo, 1964), Pajarracos y Pajaritos (Uccellacci e Uccellini, 1966) y Edipo Rey (Edipo Re, 1967). A pesar del evidente bajo presupuesto, una fotografía no muy inspirada y actuaciones apenas amenas de parte del sueco Castel y el estadounidense Damon, el film por un lado no se contiene para nada en materia de torturas, masacres, violaciones y disparos contra mocosos, incluso entregando una buena copia de Leone y Sergio Corbucci en la escena de la muerte de Light en la cantina, y por el otro lado nos regala la estupenda música de Riz Ortolani, una carga discursiva sublime -siempre en pos de retratar las injusticias previas a la Revolución Mexicana (1910-1920)- y la presencia del inigualable Pasolini, aquí entregando su rol más recordado como actor por fuera de los dos primeros capítulos de aquella Trilogía de la Vida, El Decamerón (Il Decameron, 1971) y Los Cuentos de Canterbury (I Racconti di Canterbury, 1972), faceta hoy poco tenida en cuenta que asimismo supo abarcar intervenciones en El Jorobado de Roma y Edipo Rey

 

Requiescant (Italia/ República Federal de Alemania, 1967)

Dirección: Carlo Lizzani. Guión: Adriano Bolzoni, Lucio Battistrada y Armando Crispino. Elenco: Pier Paolo Pasolini, Lou Castel, Mark Damon, Carlo Palmucci, Nino Musco, Barbara Frey, Mirella Maravidi, Franco Citti, Ninetto Davoli, Ferruccio Viotti. Producción: Carlo Lizzani. Duración: 102 minutos.

Puntaje: 8