Si la juzgamos dentro del cine reciente destinado al shock y casi siempre vinculado al terror que de destino masivo no tiene demasiado, Speak No Evil (Gæsterne, 2022), del intérprete televisivo danés reconvertido en director Christian Tafdrup, definitivamente está más cerca del horror psicológico de desacralización de la infancia tradicional de Los Inocentes (De Uskyldige, 2021), opus del noruego Eskil Vogt, que del remolino gore a toda pompa de The Sadness (Ku Bei, 2021), del canadiense trabajando en Taiwán Rob Jabbaz, o siquiera de la vertiente intelectual enrevesada de Hombres (Men, 2022), del británico Alex Garland, y Crímenes del Futuro (Crimes of the Future, 2022), del genial y también canadiense David Cronenberg. La tercera realización de Tafdrup en primera instancia recupera latiguillos de sus dos trabajos previos como director, léase aquel misterio de fondo de Parents (Forældre, 2016) y la manipulación sutil y/ o emasculación tácita de A Horrible Woman (En Frygtelig Kvinde, 2017), esta última coescrita junto a su hermano Mads Tafdrup, y en segundo lugar funciona como un relato de invasión de hogar invertido porque aquí el exterior continúa siendo el victimario y justificando la xenofobia de las oligarquías de todo el planeta aunque los “invitados” son las presas ya que estos corderos prestos al sacrificio abandonan por motu proprio la seguridad de su morada burguesa en pos de aventuras que resultan mucho más peligrosas de lo esperado, por cierto una variación muy interesante del recurso retórico habitual del odio paranoico maquillado ya que el cine históricamente tendió a centrarse en los muros hogareños como bastión contra el prójimo desconocido cuando en realidad hasta los sujetos más desconfiados optan por abandonar su residencia un par de veces al año para apostar por experiencias que pueden no salir del todo bien, justo como en este preciso caso.
Siguiendo la estela de trabajos diversos como Hotel sin Salida (Vacancy, 2007), de Nimród Antal, Eden Lake (2008), de James Watkins, El Juego del Terror (The Collector, 2009), de Marcus Dunstan, y especialmente No Respires (Don’t Breathe, 2016), del uruguayo Fede Álvarez, Tafdrup retoma aquel planteo del turista conceptual ingresando en un territorio que desconoce a pura autoconfianza y descubriendo que las cosas no son lo que parecen: Bjørn (Morten Burian) y Louise (Sidsel Siem Koch) conforman un matrimonio danés que vacaciona en Toscana, Italia, junto a su hija pequeña Agnes (Liva Forsberg) y allí mismo conocen a otra pareja, la holandesa de Patrick (Fedja van Huêt) y Karin (Karina Smulders), quienes tienen un vástago también de corta edad, Abel (Marius Damslev), y unos meses después de finalizado el periplo invitan por correo a los daneses para que pasen un fin de semana con ellos en la casita rural del trío en los Países Bajos, una experiencia que de a poco resulta pesadillesca por una serie de “malentendidos” que desnudan los prejuicios de ambos clanes y su idiosincrasia en general, como por ejemplo darle de probar carne a Louise, supuesta vegetariana que come pescado, asustarse por el comportamiento extraño de Abel, el cual se supone que padece de un desorden llamado aglosia congénita que lo privó de lengua, atestiguar la violencia de Patrick hacia el muchacho, a quien humilla y sobreexige en varias ocasiones, comprobar que los anfitriones suelen utilizar de niñero a un árabe, Muhajid (Hichem Yacoubi), lo que despierta el racismo de los daneses, y finalmente ofenderse por los besos y caricias de los holandeses, todo en una comida/ salida nocturna que encima les hacen pagar a los invitados y deriva en música a todo volumen en el viaje de vuelta y el hecho de Patrick metiéndose en el baño cuando está siendo utilizado por Louise.
Una vez que se llega al esperable punto de ebullición o por lo menos al primero de unos cuantos, eso de encontrar a Agnes durmiendo con Karin y un Patrick desnudo porque Bjørn y Louise no quisieron abrirle la puerta de su habitación debido a que estaban teniendo sexo, el film en su segunda mitad respeta de modo más tradicional los engranajes paradigmáticos del terror porque el clan danés decide irse y luego el pater familias no tiene mejor idea que regresar para buscar el conejo de peluche de su hijita, Ninus, desencadenando una tregua que se acopla a momentos de paz y nuevos choques de la mano de una Karin que pretende dirigir la existencia de Agnes y un Patrick que continúa mostrándose inflexible o cruel ante Abel al punto de provocar el insomnio de Bjørn, quien eventualmente en la última noche de la estadía descubre el cadáver flotando del mocoso sin lengua en una pileta recreativa de la casa y un montón de fotografías de la pareja holandesa con diferentes purretes y diferentes matrimonios de turistas con vástagos siempre de la misma edad, a los que roban de los visitantes. Tafdrup coquetea con la ambigüedad nihilista y el acervo anti familia burguesa hipócrita y egoísta del Michael Haneke de El Séptimo Continente (Der Siebente Kontinent, 1989), El Video de Benny (Benny’s Video, 1992), Horas de Terror (Funny Games, 1997), Caché (2005) y Happy End (2017), no obstante su película nunca se lanza de cabeza hacia la comarca arty y se mantiene pegada al cine de género elegante que reconoce influencias lejanas del espanto bucólico de Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), de Sam Peckinpah, el sustrato cuasi kafkiano de encierro de El Ángel Exterminador (1962), de Luis Buñuel, e incluso aquellos secretos macabros escondidos bajo una apariencia de coherencia o quizás hermetismo cultural de La Cinta Blanca (Das Weiße Band, 2009), asimismo de Haneke.
Speak No Evil, recargada de separadores tétricos entre escenas muy deudores del tono general y la utilización de la música de El Resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, está destinada a incomodar a todos los espectadores porque señala las miserias de ambas posiciones involucradas, la derecha ultra desquiciada de los holandeses y la seudo izquierda de burbuja ridícula del dúo danés: si por un lado los primeros demuestran ser unos psicópatas tremendos porque de hecho cortan las lenguas con tijeras de los niños de mierda que consiguen y luego revientan con piedras a sus padres -la inefable lapidación- cual ritual de la antigüedad, por el otro lado los segundos se revelan como paranoicos, puritanos, aburridos, racistas, sermoneadores y francamente bobos, algo que abarca desde el regreso de él por el conejo de la nena hasta el dejo quisquilloso de la hembra con la comida, típica estupidez de la burguesía como si todas las industrias masivas del alimento no destruyesen el planeta de una forma u otra (desde la de los distintos tipos de carne hasta la de los vegetales y las frutas, con todo lo que existe en el medio). Esta lucha de fondo, entre la cultura del sufrimiento que considera que sólo en el dolor el ser humano aprende algo y la corrección política castrada de hoy en día que genera cobardes como Bjørn e histéricas insoportables como Louise, ocupa un lugar central en una película muy atrapante tendiente a señalar la mediocridad de la clase media de los países nórdicos y este mismo fundamentalismo del presente que impide todo diálogo entre opuestos, lo que a la postre genera la desaparición de la autocrítica como herramienta de crecimiento intelectual social. Tafdrup construye el suspenso creciente de manera meticulosa y hasta se podría decir que satiriza la costumbre absurda actual de espantarse por la conducta o el ideario del otro…
Speak No Evil (Gæsterne, Dinamarca/ Países Bajos, 2022)
Dirección: Christian Tafdrup. Guión: Christian Tafdrup y Mads Tafdrup. Elenco: Morten Burian, Sidsel Siem Koch, Fedja van Huêt, Karina Smulders, Liva Forsberg, Marius Damslev, Hichem Yacoubi, Jesper Dupont, Lea Baastrup Rønne, Adrian Blanchard. Producción: Jacob Jarek. Duración: 98 minutos.