Pandemonio (Shura)

Toda geisha vive en la mentira

Por Emiliano Fernández

Si bien Toshio Matsumoto, una de las figuras más oscuras y menos tenidas en cuenta en general de la Nueva Ola Japonesa de la década del 60, realizó otras dos películas, The War of the 16 Year Olds (Juroku-sai no Senso, 1973) y Dogra Magra (Dogura Magura, 1988), ambas hoy prácticamente desaparecidas en el enclave occidental, lo cierto es que se lo recuerda por sus dos primeras obras como director y guionista: hasta no hace mucho tiempo Funeral Parade of Roses (Bara no Sōretsu, 1969), su ópera prima de sustrato violento, fascinante y experimental acerca de los travestis de Tokio de la época, era su trabajo más difundido pero con los años ha perdido fuerza frente a su segunda película, la igualmente espeluznante y siempre sorpresiva Pandemonio (Shura, 1971), también conocida por sus títulos en inglés Demons y Pandemonium, film sin duda extraordinario, uno de los más cruentos de la historia del cine japonés y uno de los primeros en utilizar a la efervescencia gore como un mecanismo retórico tan marcado en lo que al desarrollo dramático se refiere. Basada en una obra de teatro de Nanboku Tsuruya y Shuji Ishizawa, Kamikakete Sango Taisetsu, la trama nos presenta la odisea de un rōnin -samurái sin señor- que pasa de querer vengarse junto a otros colegas por una ofensa sin especificar que padeció su amo de turno a modificar por completo su misión existencial para consagrarse a una revancha personal en función de la traición de una mujer, la cual ayudada por una pandilla de cómplices le sustraen una generosa cantidad de dinero que en un principio estaba destinada a reponer un monto ajeno dilapidado en placeres bien terrenales, planteo que por supuesto nos habla del envilecimiento del protagonista porque la cruzada colectiva y honorable del inicio se diluye en una primera etapa de hedonismo y luego en una epopeya imparable en pos de saciar la sed de sangre por el orgullo herido y por la típica estupidez humana que todos conocemos, eje fundamental de un relato en dos actos que se corresponden a sendas jornadas nocturnas.

 

Nunca se aclara en el estupendo guión de Matsumoto pero es evidente que estamos en el Japón Feudal y que el episodio que llevó a la ruina moral y financiera a nuestro antihéroe, el rōnin Gengobe (Katsuo Nakamura), es el Incidente de Akō o Leyenda de los 47 Rōnin, un famoso suceso histórico acontecido entre 1701 y 1703 en el que un grupo de samuráis se quedaron sin su daimio/ señor porque el susodicho, Asano Naganori, agredió en el Castillo Edo a un alto funcionario gubernamental, Kira Yoshihisa, y luego fue obligado a cometer seppuku/ harakiri, circunstancia que condujo a que los vasallos planeasen una venganza y esperasen el mejor momento para asesinar a Yoshihisa, así un año y medio después 47 ex samuráis atacaron la residencia del hombre y lo mataron a él y a sus guardias, a posteriori de lo cual se entregaron a las autoridades y fueron sentenciados a cometer seppuku. El relato transcurre en el ínterin entre la caída en desgracia de Gengobe y la arremetida final contra Yoshihisa, con el caso específico del protagonista siendo un poco mucho patético porque el hombre gastó todo su dinero, vendió casi todas sus posesiones e incluso dilapidó recursos del Estado de cuando era samurái -en esencia- en prostitutas y sake, sobre todo en una geisha llamada Koman (Yasuko Sanjo) de la que está muy enamorado por más que pretenda ocultarlo, una arpía total que junto a su marido, Sangoro (Juro Kara), y otros cinco secuaces lo engañan para que les entregue cien ryo que su sirviente Hachiemon (Masao Imafuku) le trajo de improviso para que pague sus deudas y pueda sumarse a la venganza de los rōnin, suma que colegas varios reunieron con mucho esfuerzo con el objetivo de agradecerle favores pasados ahora que apenas si sobrevive confeccionando parasoles de caña símil sombrillas. Atrapado entre la espada y la pared y con la opción de pagar una supuesta deuda de matrimonio de Koman, Gengobe entrega esos cien ryo y ni siquiera puede llevarse a la fémina porque después descubre que ella ya está casada con Sangoro.

 

La primera noche finaliza cuando el rōnin entra sigiloso en la morada de los estafadores, mata a los cinco cómplices con su katana y sin darse cuenta deja escapar a la pareja, la cual tiene un recién nacido y con el niño marcha a la casa del padre de Sangoro, Tokuemon (Hideo Kanze), quien lo había desheredado una década atrás por un hecho ignoto y que a su vez es también un rōnin -ahora reconvertido en monje budista- y un colega de Gengobe dentro del Clan Enya: la cruel ironía del destino, cual tragedia griega, se cuela a través del traspaso del dinero robado de Sangoro a su progenitor Tokuemon para reparar las ofensas de antaño, y de éste último de nuevo a Gengobe debido a que a pesar de convertirse en monje nunca olvidó la venganza que reclama su daimio y las penurias financieras de su colega de armas, por ello todo este tiempo asimismo estuvo consagrado a juntar el dinero suficiente para que el protagonista -ya completamente controlado por el desquite- pueda saldar todas sus deudas con el Estado y unirse a los otros rōnin en la futura acometida. Matsumoto crea un lienzo maravilloso de la angustia económica, existencial y romántica pero en vez de construir una película tradicional de samuráis o un simple drama de época, apuesta por el cine de terror de marcado ímpetu vanguardista y sustentado más en lo terrenal prosaico -la carne femenina y los benditos cien ryo- que en el código de honor en general de la clase bélica del Japón Feudal, el bushidō, incluso apelando a ingredientes muy poco habituales del séptimo arte de aquellos tiempos como la cámara lenta, la sangre a borbotones, las amputaciones de manos o cabezas, las repeticiones de determinadas tomas para los clímax, algún que otro chispazo de color en medio de una excelente fotografía en blanco y negro de Tatsuo Suzuki -la genial puesta de sol del comienzo- y hasta la técnica, proveniente de Funeral Parade of Roses, de recurrir frecuentemente a sueños/ pesadillas, fantasías, alucinaciones y/ o pensamientos hipotéticos de Gengobe con aire de conjeturas.

 

De a poco se suceden escenas maravillosas de agite gore como la premonición onírica del inicio de Gengobe, la masacre de los cinco secuaces entre las sombras, la fantasía homicida del rōnin cuando se presenta en la casa donde se alojan Koman y Sangoro diciendo que está todo olvidado cuando en realidad pretende que tomen el sake envenenado que les trajo de regalo, las secuencias correspondientes a las otras dos víctimas colaterales de la venganza, el hermano samurái de la mujer, que bebe el sake enviciado con una lagartija ponzoñosa, y un Hachiemon que acepta la culpa de los cinco asesinatos ante los funcionarios para salvar a su señor, y finalmente las deliciosas tortura y martirio de Koman (decapitación incluida), el asesinato del recién nacido del dúo y el seppuku de Sangoro al enterarse de que se quedó sin familia, con el propio Gengobe actuando por piedad como “segundo”/ asistente en el suicidio al tomar conciencia del tendal de cadáveres que generó el periplo en general y el dinero en concreto como detonante, ese que en el desenlace de hecho vuelve a él cuando Tokuemon le entrega los cien ryo para ayudarlo a su rehabilitación en el Clan Enya y en la revancha grupal sin saber que son las mismas láminas de oro que supo darle el malogrado Hachiemon, veterano que desde el principio le repitió mil veces a su amo que debía alejarse de la traicionera Koman porque -como ella lo explicita- “toda geisha vive en la mentira”. El realizador logra una especie de extrañamiento narrativo extasiado que es a la vez ilusorio y realista gracias al vendaval de inserts etéreos de naturaleza bien lúgubre, por un lado, y al trasfondo melodramático que encadena los acontecimientos y que depende mucho de la dinámica teatral de base y su predilección por los diálogos casuales, por el otro, esos que pintan de pies a cabeza a cada uno de los personajes y su psicología enrevesada, todos ellos seres multidimensionales que bajo una coraza de frialdad ocultan una desesperación que motiva cada uno de sus actos vía un maquiavelismo resolutivo curiosamente con corazón.

 

Abriendo interpretaciones misóginas y misándricas, de la mano del subrayado sobre el carácter manipulador y banal de las mujeres y sobre la soberbia y el orgullo destructivo de los hombres en plan de siempre obtener una reparación vía el derramamiento de sangre, Pandemonio juega con la vieja noción nihilista de que nadie es del todo inocente y nadie es del todo un victimario por simple vocación y nada más, preocupándose de modo meticuloso por exponer y analizar las razones detrás de todas estas máscaras sociales/ hogareñas/ románticas/ familiares superpuestas. En este sentido, y como afirmábamos con anterioridad, el opus de Matsumoto es una rareza dentro del cine japonés de samuráis porque en vez de combates a katana limpia lo que tenemos son arremetidas fugaces ultra mugrientas que nos hablan más de reyertas individuales que de la fantochada del honor comunal y la obediencia debida al superior, esquema ideológico que desde ya debe leerse dentro del talante agrio de la Nueva Ola Japonesa y su estudio tácito permanente acerca de las miserias nacionales producto de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, con la subsiguiente autoestima masculina militar por el subsuelo y el apogeo de una feminidad que resistió en casa durante el conflicto pero a costa de prostituirse de una manera u otra, justo como nuestra geisha de cabecera, Koman (hasta Gengobe gusta de esconder su deshonra y el detalle de haberse transformado en un borrachín y putañero ya que su verdadero nombre es otro, Soemon Funakura, uno que utilizaba en sus días de gloria en el núcleo del Clan Enya y que dejó de lado -según le comenta a Hachiemon, con la mentira autocomplaciente en el rostro- para escapar de sus “enemigos” de antaño). Los diferentes títulos que tuvo la película giran en torno a los asuras, unas deidades demoníacas del hinduismo, dando a entender que este proceso de putrefacción moral, con ecos sociales pero que los personajes metamorfosean en gestas particulares, es paradigmático de la humanidad en su conjunto a nivel cotidiano…

 

Pandemonio (Shura, Japón, 1971)

Dirección y Guión: Toshio Matsumoto. Elenco: Katsuo Nakamura, Juro Kara, Yasuko Sanjo, Masao Imafuku, Kappei Matsumoto, Tamotsu Tamura, Hideo Kanze, Shinji Amano, Hatsuo Yamaya, Yusuke Minami. Producción: Tsuyoshi Koga y Takayoshi Miyagawa. Duración: 134 minutos.

Puntaje: 10