F/X

Todo es una puesta en escena

Por Emiliano Fernández

El cine muchas veces utilizó al mismo cine y la prestidigitación o la magia para sopesar sus miserias y fortalezas en tanto componentes fundamentales de la creación artística y todo lo que la nutre desde diversos puntos de vista, narcisismo que suele homologar al arte con el caos del mundo laboral aunque no tiende tanto a equipararlo a la vida rutinaria en general, región bastante más compleja y contradictoria que las limitaciones por antonomasia del terreno de la fantasía como faro y sustento. Mientras que el metacine, ese de realizaciones bastante cínicas en sintonía con (1963), de Federico Fellini, El Desprecio (Le Mépris, 1963), de Jean-Luc Godard, Cuidado con esa Puta Sagrada (Warnung vor einer Heiligen Nutte, 1971), de Rainer Werner Fassbinder, La Noche Americana (La Nuit Américaine, 1973), de François Truffaut, y El Estado de las Cosas (Der Stand der Dinge, 1982), de Wim Wenders, suele apostar a un análisis de la mugre de backstage sustentado en un arte que imita a la vida para intentar comprenderla en sus múltiples delirios y callejones sin salida, otras propuestas optan por el camino exactamente opuesto porque se consagran a un fluir cotidiano que termina mimetizándose con la comarca ficcional y su propensión hacia sucesivas puestas en escena tragicómicas, pensemos en este sentido en la tradición que va desde Callejón de la Pesadilla (Nightmare Alley, 1947), de Edmund Goulding, y La Strada (1954), de Fellini, hasta El Ilusionista (The Illusionist, 2006), de Neil Burger, y El Gran Truco (The Prestige, 2006), de Christopher Nolan, todos trabajos en donde los artistas o embaucadores eventualmente se ven embaucados o conocen un destino funesto en función de la intercambiabilidad de los campos del ensueño narrativo eterno y la praxis material.

 

A diferencia de la perspectiva más tradicional de ese thriller irónico en primera persona correspondiente a la película con la que prácticamente comparte título, nos referimos a la también maravillosa Efectos Especiales (Special Effects, 1984), de Larry Cohen, exégesis ochentosa y de bajo presupuesto de Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock, F/X (1986), una joyita olvidada de Robert Mandel, funciona en cambio como una especie de neo film noir de cadencia posmoderna en el que la generalización social de las mentiras, fundamentales para el devenir de un capitalismo que depende más de la especulación y la imagen pública cuasi lustrosa que de la verdad o siquiera la producción de bienes y servicios tangibles o necesarios o de calidad, desemboca en una red de engaños algo burdos o Clase B que llegan incluso a deslegitimar a los esbirros y/ o testaferros institucionales de turno, planteo muy extraño tratándose de un convite proveniente de un Hollywood no muy adepto que digamos a faltarle el respeto a un gobierno que suele fabular a lo loco bajo el supuesto objetivo del “bien común”, no en pos de los billetitos de las típicas corruptelas plutocráticas del montón. Aquí es Roland Tyler (Bryan Brown), un experto cinematográfico en efectos especiales para exponentes del slasher, el gore y hasta el enclave gansteril más truculento, quien recibe el encargo de simular el asesinato en público de un mafioso prominente llamado Nicholas DeFranco (Jerry Orbach) para que testifique contra sus amigotes y se sume al programa de reubicación de testigos, no obstante los empleadores estatales de Tyler, el Coronel Edward Mason (Mason Adams) y Martin Lipton (Cliff De Young), lo traicionan reventando a una persona real que sustituye a DeFranco y a posteriori pretendiendo asesinarlo a él también.

 

Mandel, en esencia un director de teatro y televisión de lo más errático que entregó algunas películas más o menos dignas como El Sustituto (The Substitute, 1996), trasheada absoluta con Tom Berenger que tendría la friolera de tres secuelas aunque protagonizadas por Treat Williams, y Código de Honor (School Ties, 1992), faena estudiantil de época que lanzó las carreras de Ben Affleck, Matt Damon, Brendan Fraser y Chris O’Donnell, amén de dirigir un producto correcto de horror para TV, La Casa Embrujada (The Haunted, 1991), y el recordado piloto de septiembre de 1993 de Los Expedientes Secretos X (The X-Files, 1993-2018), la famosa serie de Chris Carter, en esta oportunidad nos regala la mejor versión de sí mismo porque su carácter oportunista, mundano y antipreciosista, precisamente vinculado a los artesanos de antaño y su falta de pretensiones estéticas o discursivas “elevadas”, calza perfecto con el periplo de este Tyler del eficaz y medido Brown, cuyos truquillos resultan vistosos aunque no espectaculares al nivel del mainstream ampuloso de la década del 80 de las citadas mediante afiches Rambo II (Rambo: First Blood Part II, 1985), de George P. Cosmatos, y Código de Silencio (Code of Silence, 1985), de Andrew Davis, es por ello que desfilan por la pantalla muñecos tenebrosos old school, mucho maquillaje en rostro, unas cuantas prótesis para el cuerpo, máscaras que engañan, disparos falaces, maniquíes, bombas que deberían haber sido de humo, un poco de aceite sobre el pavimento, rejas electrificadas, globos que estallan, transmisores sonoros para la confusión, pantallas espejadas trucadas, viejos y queridos hilos que garantizan un tropezón, bastante pegamento y óbitos varios que no se distinguen de los reales y pueden llegar a mofarse hasta del especialista en cuestión.

 

Más allá de este desempeño más que meritorio de Brown, aquel australiano de La Canción de Jimmie Blacksmith (The Chant of Jimmie Blacksmith, 1978), de Fred Schepisi, y sobre todo Consejo de Guerra (Breaker Morant, 1980), gran neoclásico de Bruce Beresford, y de un Mandel que redondea un thriller muy entretenido y aún hoy de vanguardia en materia temática, señor que en su momento no sabía cómo demonios encarar las escenas de acción y así construyó una persecución automovilística -aquella entre el camión de Roland y su asistente, Andy (Martha Gehman), y un oficial de policía que les pisa los talones, Mickey (el genial Joe Grifasi)- similar a las craneadas por colegas como William Friedkin, Philip D’Antoni y Peter Yates, lo cierto es que el contrapeso emocional necesario de la película, ese que aporta toda la pirotecnia que Brown y Mandel a veces no llegan a ofrecer, es el enorme Brian Dennehy, intérprete que se pone los zapatos de un detective, Leo McCarthy, que a su vez investiga el homicidio de la novia del protagonista, la actriz Ellen (Diane Venora), en una trama en paralelo a la rauda cruzada de venganza de Tyler contra Mason y Lipton, los agentes de la perfidia en pos de 15 millones de dólares de DeFranco, por ello el bajo perfil de Roland en “modalidad fugitivo” se sitúa en las antípodas de la efusividad de Leo, siempre enfrentándose a su jefe, el Capitán Wallenger (Roscoe Orman), y recibiendo ayuda de la encargada de la base de datos de la policía, Marisa Vélez (Jossie DeGuzman). Muy superior a la secuela de 1991 de Richard Franklin y a la serie homónima canadiense, emitida entre 1996 y 1998, F/X pone a la industria de la adulteración en primer plano símil estrategia de los poderosos para salirse con la suya y burlarse de los incautos del vulgo…

 

F/X (Estados Unidos, 1986)

Dirección: Robert Mandel. Guión: Gregory Fleeman y Robert T. Megginson. Elenco: Bryan Brown, Brian Dennehy, Diane Venora, Cliff De Young, Mason Adams, Jerry Orbach, Joe Grifasi, Martha Gehman, Roscoe Orman, Jossie DeGuzman. Producción: Jack Wiener y Dodi Fayed. Duración: 109 minutos.

Puntaje: 8