Justo durante la realización de La Piscina (La Piscine, 1969), el mejor y más famoso film de Jacques Deray, estalla el Affair Marković, un típico caso de escándalo político en el que la realidad supera por mucho a la ficción porque el hallazgo el 1 de octubre de 1968 en un vertedero público de Élancourt, al oeste de París, del cadáver de Stevan Marković, uno de los guardaespaldas estrella de Alain Delon, destapó la costumbre del fallecido de organizar fiestas/ orgías para distintos personajes de la clase alta francesa y sacarles fotos a través de cámaras escondidas en las habitaciones, lo que puso en el centro de las sospechas primero al propio Delon y su amigote mafioso François Marcantoni, de quienes se sospechaba que el finado tenía imágenes en la intimidad y por ello habría intentado extorsionarlos para no hacerlas públicas, y luego al futuro presidente de Francia entre 1969 y 1974, Georges Pompidou, ya que en este caso concreto sí se habían hallado fotografías de una mujer en plena orgía que se parecía mucho a la esposa de Pompidou y futura primera dama, Claude, nada menos que la responsable fundamental de la construcción del legendario Centro Pompidou de París, uno de los museos de arte moderno más importantes del planeta, no obstante la investigación policial quedaría en nada y el principal sospechoso, el tremendo Marcantoni, saldría libre por falta de pruebas incriminatorias en medio de acusaciones políticas cruzadas entre oficialismo y oposición sobre la responsabilidad intelectual de la supuesta embestida para perjudicar la reputación pública de Pompidou durante la campaña presidencial y después ya en el gobierno. Mucha de esta desolación y angustia vía rumores, sospechas y maquinaciones parecen haber marcado el alma del opus de Deray debido a que -precisamente- hablamos de una película en la que lo “no dicho” y/ o inferido a partir del contexto pesa mucho más a nivel retórico que las pocas palabras pronunciadas a ciencia cierta, apenas la punta de un iceberg que se extiende por debajo de las aguas de una pileta transformada en símbolo tanto del placer amoroso como de su faceta caníbal y posesiva.
El guión del realizador y Jean-Claude Carrière, colaborador crucial de Luis Buñuel durante la etapa final de su carrera en Europa, luego del exilio mexicano, está basado en un relato original de Alain Page alias Jean Emmanuel Conil, faena hiper minimalista que se centra en la convivencia entre cuatro personajes divididos en dos parejas de distinta tesitura: primero tenemos a Jean-Paul (Delon), un ex alcohólico en recuperación y escritor que se pasó al rubro publicitario, y su novia de hace dos años Marianne (Romy Schneider), una bella mujer con la que está disfrutando una suerte de período vacacional de un mes en la casona con piscina de la Costa Azul de unos amigos que se encuentran en la India, y por el otro lado están Harry (Maurice Ronet), un ejecutivo discográfico ricachón y mujeriego, amigo de la adolescencia de Jean-Paul y ex amante de Marianne, y su deliciosa hija de 18 años, Pénélope (Jane Birkin), a la que apenas conoce porque durante gran parte de la vida de la chica estuvo ausente hasta que un año atrás empezó a aparecerse por la casa de la madre de manera recurrente, incluso ofreciéndose a llevar a Pénélope en sus múltiples periplos a lo largo de Europa y exhibiéndola para que todos piensen que es otra de sus conquistas, así a posteriori debe aclarar entre carcajadas que es su vástago. La tensión excitante entre Jean-Paul y Marianne, esa que incluye arrojarla a la pileta o azotarla con unas ramas, se corta debido a que la mujer invita a Harry y Pénélope a convivir con ellos, lo que despierta los celos del ex escritor ya que el playboy parece muy dispuesto a retomar su romance con Marianne, lo que amplifica de paso la repugnancia que Pénélope siente ante el hipócrita de su progenitor, movida que la acerca a un Jean-Paul que parece querer vengarse de su novia y su supuesto amigo. Luego de una fiesta multitudinaria que improvisa el invitado y en la que baila bien pegadito a Marianne, y de una “contraofensiva” en la que el hoy publicista desaparece con Pénélope durante unas horas de supuesto paseo por la playa e ingreso en el mar, el odio mutuo escala a niveles insospechados y Jean-Paul ahoga a Harry en la piscina.
Más allá del maravilloso déjà vu de volver a toparnos con Delon asesinando a Ronet como lo hiciese en la también prodigiosa y elegante A Pleno Sol (Plein Soleil, 1960), de René Clément, la propuesta exprime con inteligencia la sensualidad latente y peligrosa de los cuatro monstruos sagrados del cine europeo que componen a los protagonistas, amén de asimismo sacarle el jugo a los otros dos personajes centrales del convite, el Inspector Lévêque (Paul Crauchet), encargado de llevar adelante la investigación y quien intuye que algo está mal porque la escenificación accidental post crimen de Jean-Paul no resultó lo suficientemente convincente a pesar de la borrachera del finado, y la siempre sumisa Emilie (Suzie Jaspard), sirvienta que observa el desfile incesante de hedonismo y narcisismo que montan a toda hora estos burgueses presos de reyertas y competencias mudas que cuando por fin se exteriorizan, como de hecho lo hizo Harry a la vera de la pileta acusando a su amigo de ser un caprichoso que se autovictimiza cuando le conviene y que lo envidia al extremo de desquitarse acostándose con su hija, derivan en muerte por el volumen de animadversión acumulada. En este sentido, la secuencia del homicidio es bien dolorosa de ver porque incluye una tortura tácita ya que una y otra vez el ejecutivo discográfico le pide ayuda a su verdugo para salir del agua y éste le responde volviéndolo a arrojar en el espejo acuoso o sumergiéndole la cabeza con fuerza en plan de revancha por los insultos y detalles adicionales que Pénélope le comentó, eso de que Harry lo desprecia y considera que no tiene talento como escritor, con la chica enfatizando que su progenitor no quiere a nadie pero desea que todos lo adoren como buitre ególatra que oculta su maquiavelismo con una máscara de sociabilidad y con un éxito económico que le refriega en la cara a todos a su alrededor para por un lado reafirmarse como oligarca de la industria cultural y por el otro lado ningunear a su entorno en tanto segundones que no están a su altura, entre los que se encuentra el mismo Jean-Paul, el cual le recuerda sus días de juventud y de menos ínfulas.
Deray, quien dirigiría otras obras atendibles como sus cuatro colaboraciones más famosas con Delon, Borsalino (1970), la secuela Borsalino y Compañía (Borsalino and Co., 1974), Historia de un Policía (Flic Story, 1975) y Tres Hombres para Matar (Trois Hommes à Abattre, 1980), y sus dos trabajos más populares con Jean-Paul Belmondo, El Marginal (Le Marginal, 1983) y El Solitario (Le Solitaire, 1987), aquí edifica un estudio de personajes muy pausado y meticuloso aunque nunca aburrido con vistas a poner al descubierto mediante gestos, actitudes y palabras escuetas el erotismo que esconde detrás el juego del poder, sobre todo para aquellos que cuentan con el dinero, el tiempo y la vocación semi psicótica suficientes como para dedicarse a transformar lo que para casi cualquier mortal sería un paraíso, una villa francesa bajo el sol, en un infierno de ventajismo y venganzas entrecruzadas caracterizado por la costumbre de pasar facturas con el ímpetu de quien lanza una bomba atómica al prójimo. Las mujeres son retratadas tanto desde la lujuria consciente del personaje de Schneider como a partir del atractivo naif de su homólogo de Birkin, y los varones por su parte adquieren la estampa banal y presuntuosa del Harry de Ronet o la figura misteriosa y algo más lúgubre del Jean-Paul de Delon, ese que acalla las advertencias de infidelidad de Pénélope -acerca de su padre y Marianne- durante la fiesta en la casona a través de un “están jugando, hay noches en que todo está permitido” que ni él mismo se cree, basta con pensar en la ruptura que el hombre impone en la relación con su novia justo antes del asesinato, un esquema de doble frialdad simulada que desemboca en ella llorando sola momentos después y él trasnochando con una botella de alcohol. El opus de Deray, que sería reinterpretado de manera abstracta por François Ozon en La Piscina (Swimming Pool, 2003) y de modo bien explícito por Luca Guadagnino en la remake Cegados por el Sol (A Bigger Splash, 2015), en el fondo ofrece una lectura muy humanista de los tiempos muertos del placer y lo que cuecen por debajo porque a pesar del omnipresente sustrato burgués y sus muchas miserias elitistas, plutocráticas e individualistas, en realidad el núcleo principal de la propuesta retórica pasa por la necesidad de sentirse protegido o de proteger a quien se ama y se sabe que corresponde el cariño, así el desenlace subraya vía la jugada de Marianne de no delatar a Jean-Paul, quien asimismo se desprende de Pénélope al regresarla con su madre, lo mucho que el hombre y la mujer se precisan el uno al otro, al punto de que el silencio y el apoyo representan el reconocimiento de ella de su traición romántica con el invitado y el cariño de él hacia Marianne al extremo de matar y también ser infiel con el objetivo de suprimir al tercero en discordia, algo que en los segundos finales -luego de la histeria compartida reglamentaria- hasta parece ratificar a futuro la relación que los une…
La Piscina (La Piscine, Francia/ Italia, 1969)
Dirección: Jacques Deray. Guión: Jacques Deray y Jean-Claude Carrière. Elenco: Alain Delon, Romy Schneider, Maurice Ronet, Jane Birkin, Paul Crauchet, Suzie Jaspard, Maddly Bamy, Thierry Chabert, Steve Eckardt, Ruth Price. Producción: Gérard Beytout. Duración: 122 minutos.