Antes de transformarse en director el estadounidense Brady Corbet desarrolló una carrera de aproximadamente una década como actor especializado en roles secundarios que van desde propuestas variopintas, en sintonía con A los Trece (Thirteen, 2003), de Catherine Hardwicke, Juegos Sádicos (Funny Games, 2007), de Michael Haneke, Martha Marcy May Marlene (2011), de Sean Durkin, Melancolía (Melancholia, 2011), de Lars von Trier, y 24 (2001-2010), la maravillosa serie creada por Joel Surnow y Robert Cochran para Fox con Kiefer Sutherland como el mítico Jack Bauer, hasta esa sorprendente seguidilla final dentro de un mismo exacto año, hablamos de Los Sonámbulos (The Sleepwalker, 2014), dirigida por su pareja y coguionista reincidente, la noruega y también actriz Mona Fastvold, más Saint Laurent (2014), obra de Bertrand Bonello, Fuerza Mayor (Turist, 2014), del querido Ruben Östlund, El Otro Lado del Éxito (Clouds of Sils Maria, 2014), de Olivier Assayas, Edén (2014), de Mia Hansen-Løve, Mientras Somos Jóvenes (While We’re Young, 2014), de Noah Baumbach, y Escobar: Paraíso Perdido (Escobar: Paradise Lost, 2014), toda una curiosidad de Andrea Di Stefano, sin olvidarnos de algún que otro papel protagónico como los de aquellas Piel Misteriosa (Mysterious Skin, 2004), de Gregg Araki, y Simón Asesino (Simon Killer, 2012), de Antonio Campos. Semejante experiencia dentro del rubro indie o de cadencia decididamente arty, casi siempre vinculado al cine de autor, efectivamente lo llevaría a saltar del otro lado de las cámaras mediante una jugada que ya habían anticipado sus guiones para Los Sonámbulos y Simón Asesino, trabajos que por cierto dejaban bien en claro que lo suyo es el drama riguroso, enrevesado, lúgubre o por lo menos atormentado en donde el sustrato hipnótico es más importante que la historia en sí y sus lindos vericuetos.
Como ha venido sucediendo en estos últimos meses con otros realizadores y guionistas cuyas trayectorias experimentaron un inusitado repunte cualitativo de la mano de una obra magistral que por fin dejaba en el olvido trabajos previos inferiores o no particularmente atractivos, pensemos por ejemplo en el Oz Perkins de Longlegs (2024), el Tilman Singer de Cuco (Cuckoo, 2024), el Damian Mc Carthy de Oddity (2024), el Aaron Schimberg de Un Hombre Diferente (A Different Man, 2024) o la dupla de Scott Beck y Bryan Woods de Hereje (Heretic, 2024), El Brutalista (The Brutalist, 2024) corrige los errores narrativos de las dos películas anteriores de Corbet, las interesantes aunque profundamente erráticas La Infancia de un Líder (The Childhood of a Leader, 2015), retrato de un mocoso psicópata con destino de caudillo fascista en medio de los entretelones del Tratado de Versalles de 1919, Prescott (Tom Sweet cuando niño, Robert Pattinson de adulto), y Vox Lux (2018), delirio musical/ testimonial acerca de una sobreviviente de una masacre escolar que muta en diva del triste pop industrial prefabricado del nuevo milenio, Celeste (Raffey Cassidy de adolescente, Natalie Portman en su acepción mayorcita). Así como la ópera prima se caía por cierta redundancia retórica y una estructura en forma de viñetas que no terminaba de cuajar, para colmo la influencia de Haneke y Darren Aronofsky resultaba muy evidente, y el segundo film se mantenía a flote gracias a una segunda mitad que coqueteaba de manera tácita con la comedia negra, ahora con Östlund y Gaspar Noé constituyendo el horizonte artístico, El Brutalista termina de pulir la estructura en mosaico de siempre y de arrimarla a una narración más tradicional y en última instancia bastante satisfactoria según los términos planteados por el propio cineasta, vinculados a una alegoría sobre un visionario y marginal.
Teniendo por contexto las consecuencias del Holocausto, el ascenso del comunismo en la Hungría de posguerra, la creación del Estado de Israel entre 1947 y 1948 y el simulacro yanqui de perfección social reluciente durante los años 50 de la Guerra Fría, la trama es muy simple a pesar de sus tres horas y media de duración y se divide en una obertura, dos partes principales, El Enigma de la Llegada (The Enigma of Arrival) circa 1947-1952 y El Núcleo Duro de la Belleza (The Hard Core of Beauty) de 1953-1960, un entreacto de unos quince minutos y un epílogo ya correspondiente a la Primera Bienal de Arquitectura de Venecia de 1980, fases consagradas a analizar el derrotero de László Tóth (Adrien Brody), un arquitecto húngaro y judío que sobrevivió al Holocausto, emigra a Filadelfia, Estados Unidos, y adhiere al brutalismo, genial vanguardia perteneciente a la arquitectura moderna de aquella primera mitad del Siglo XX junto con el constructivismo, el expresionismo, el neoplasticismo, el racionalismo, el estructuralismo, el organicismo y el neoempirismo, entre otras corrientes influenciadas por la Revolución Soviética, la Bauhaus, una célebre escuela alemana de diseño, y el suizo Le Corbusier, sin duda el arquitecto más famoso de la centuria pasada. Primero se muda con su primo Attila (Alessandro Nivola), dueño de una mueblería que lo expulsa porque su esposa acusa falsamente al huésped de acoso sexual, Audrey (Emma Laird), y después vive en la finca del oligarca industrial Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce), el cual primero lo maltrata cuando renueva su estudio/ biblioteca en la mansión de turno y luego lo ensalza cuando descubre que es un arquitecto de renombre en Europa, al punto de encomendarle la construcción en una colina de un centro comunitario monumental con capilla, auditorio, gimnasio y otra biblioteca, eje de múltiples conflictos.
La ambición de Corbet a contrapelo histórico, precisamente entregando una epopeya culta, paciente y astuta en un tiempo como el nuestro caracterizado por la ignorancia y un déficit risible de atención, no sólo supera por amplio margen lo hecho por Francis Ford Coppola en la relativamente similar pero calamitosa Megalópolis (2024) sino que consigue retomar ese estilo cinematográfico quirúrgico de gente como Stanley Kubrick, Michael Cimino y Paul Thomas Anderson, amén del gesto de apropiarse de la experiencia pesadillesca del inmigrante de El Padrino Parte II (The Godfather Part II, 1974), del mismo Coppola, y por supuesto de las arremetidas contra la integridad profesional del arquitecto de El Manantial (The Fountainhead, 1949), clásico de King Vidor basado en la novela homónima de 1943 de la demencial e inmunda Ayn Rand, profeta del proto neoliberalismo salvaje. Sirviéndose de un latiguillo discursivo sencillo, léase la derrota anímica de un Tóth que venía golpeado por el nazismo y la Segunda Guerra Mundial en general y que en yanquilandia se convierte en un adicto a la heroína y menesteroso crónico hasta que es “rescatado” de la miseria por su mecenas de índole mefistofélica/ faustiana, la propuesta por un lado piensa las cicatrices inmediatas a raíz del trauma, por ello en el segundo acto su esposa y su sobrina llegan desde Europa y él descubre que la primera, Erzsébet (Felicity Jones), está condenada a una silla de ruedas por osteoporosis vía hambruna y la segunda, Zsófia (Cassidy), ha perdido el don del habla, y por el otro lado se burla por lo bajo de la doble utopía de progreso y paz de fondo, la del sueño americano y esa otra del Estado de Israel, hacia donde eventualmente se marcha Zsófia, mientras utiliza a Tóth como típico “saco de boxeo” del acervo arty más sádico, en este sentido el arquitecto sufre la mentira de Audrey y una insólita violación de parte de su jefe, Van Buren, quien en una noche de juerga lo sodomiza contra su voluntad después de cerrar un trato en Italia por un cargamento de mármol de Carrara. Corbet parece inspirarse a lo lejos para el protagonista en el húngaro Ernő Goldfinger, por más que utilice socarronamente el nombre de un australiano payasesco que vandalizó en 1972 la Piedad del Vaticano (Pietà, 1499), de Miguel Ángel, y sigue recurriendo con eficacia a la metonimia para dar por sentados determinados acontecimientos sin exhibirlos a toda pompa, pensemos en el abuso sexual que padece Zsófia a manos del hijo excrementicio del capitalista, Harry (Joe Alwyn), o en el mismo suicidio implícito del personaje del perfecto Pearce durante las postrimerías del relato, aparentemente un caso de Complejo de Edipo mal curado por la obsesión con la madre, no obstante el realizador desaprovecha un poco a escala dramática el brutalismo en sí, corriente basada en edificios enormes sin curvas y con mucho hormigón desnudo que sería superada por el posmodernismo, el deconstructivismo y la arquitectura de alta tecnología de los 70 y 80, además de una metamorfosis demasiado literal a nivel de las perspectivas de sus films porque La Infancia de un Líder adoptaba el punto de vista de un victimario, Vox Lux nos regalaba una víctima con cosillas de verdugo y El Brutalista redirecciona el asunto hacia el casillero que faltaba, el del mártir a secas de la plutocracia deshumanizadora y cínica de Estados Unidos. Con una excelente fotografía de Lol Crawley en VistaVision, una variante del 35 mm creada en 1954 por Paramount Pictures, y un gran desempeño de todo el elenco y en especial Brody, aquí a puro masoquismo a lo El Pianista (The Pianist, 2002), de Roman Polanski, y Regresiones de un Hombre Muerto (The Jacket, 2005), de John Maybury, la película no sólo recupera el delicioso desparpajo de las épicas de connotaciones marxistas del Nuevo Hollywood de los años 70, todo desde un evidente engolosinamiento wellesiano con los laberintos y la dinámica del poder antropófago, sino que también reflexiona sobre la hipocresía, la banalidad y la podredumbre ética de la alta burguesía y su costumbre de reflotar el egoísmo de su antepasado histórico, la aristocracia, al extremo de contagiar su avaricia a todo el país como manzanas que destruyen su cajón…
El Brutalista (The Brutalist, Estados Unidos/ Reino Unido/ Canadá/ Hungría, 2024)
Dirección: Brady Corbet. Guión: Brady Corbet y Mona Fastvold. Elenco: Adrien Brody, Felicity Jones, Guy Pearce, Joe Alwyn, Raffey Cassidy, Stacy Martin, Isaach De Bankolé, Alessandro Nivola, Emma Laird, Michael Epp. Producción: Brian Young, Andrew Morrison, Trevor Matthews, Andrew Lauren, D.J. Gugenheim y Nick Gordon. Duración: 215 minutos.