La denominada “Movida Madrileña” fue un breve período de refulgente vida hedonista por parte de la capital española que se extendió desde fines de la década del 70 hasta inicios de los 80, una etapa que se superpone con la Transición Democrática Española (1975-1982), esa que a su vez comienza con el fallecimiento del dictador Francisco Franco y finiquita con la victoria del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), de Felipe González, en las elecciones generales de 1982, lo que significó la derrota de aquella coalición que aglutinaba a las facciones del franquismo de salida que no deseaban renunciar al poder después de 36 años de absolutismo y represión, la Unión de Centro Democrático (UCD). Como tantos otros movimientos culturales y artísticos de todo el mundo con cierto sustrato utópico, la Movida Madrileña se correspondía con una primavera democrática que siempre dura lo que el optimismo y lo que la creencia de que el nuevo sistema de gobierno funcionará como una panacea contra todos los males de la sociedad, algo que por supuesto nunca es así y por ello en todas las interpretaciones posteriores quedan en primer plano la algarabía, efusividad, valentía y desparpajo de aquellos años, suerte de conjunción del punk/ dark/ post punk/ new wave modelo ochentoso y revoluciones simbólicas que los españoles vieron desde afuera por sufrir el accionar del aparato castrador del franquismo, como el hippismo de los 60 y la contracultura más áspera y agresiva de los 70, lo que generó una escena musical muy vasta aunque sinceramente de lo más mediocre porque históricamente el rock español fue de imitación burda y tontuela del anglosajón, sin nada nuevo que agregar a diferencia del rock argentino de la época, sin duda el mejor en castellano por lejos. Si bien se suele considerar a cineastas menores como Fernando Trueba y Fernando Colomo como integrantes de aquel colectivo en su rama audiovisual, el principal producto de la Movida Madrileña fue Pedro Almodóvar, un director y guionista que alcanzaría fama mundial desde la década del 90 en adelante y que llegaría a eclipsar a prácticamente todos los otros artistas del movimiento.
A partir del Siglo XXI se comenzó a difundir la figura de Iván Zulueta como otro de los representantes por antonomasia de la Movida Madrileña en su pata vinculada al séptimo arte, sobre todo por su segundo y último largometraje, Arrebato (1979), que sería editado por primera vez en DVD en 2002, y por su rol de diseñador de los posters/ afiches/ carteles de algunas de las películas iniciales de Almodóvar, nos referimos a Laberinto de Pasiones (1982), Entre Tinieblas (1983) y ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), tres trabajos gráficos extraordinarios que resumen muchísimas de las preocupaciones primigenias de Zulueta, de Almodóvar y de aquel movimiento cultural como el sexo, las drogas, el ajetreo metropolitano, la animalización del ser humano, el surrealismo, el melodrama ampuloso, la fragmentación como método de creación artística y desde ya los infaltables ataques contra la religión y el conservadurismo de la sociedad familiar, chauvinista y pudorosa heredada. Arrebato, precedida por Un, dos, tres, al escondite inglés (1969), una propuesta olvidable y muy de su época porque parodiaba la acepción sesentosa del Festival de la Canción de Eurovisión con las herramientas formales del Blake Edwards trabajando con Peter Sellers y del Richard Lester colaborando con The Beatles, aglutina diversos ingredientes del terror psicodélico y autobiográfico ya que Zulueta, como sus bizarras criaturas en pantalla, había filmado muchos cortos, era propenso a la experimentación, gustaba de combinar formatos, era heroinómano y sufría de repetidos bloqueos creativos y comerciales, en este caso por no estar sindicalizado como director: José Sirgado (Eusebio Poncela) es un realizador de films de horror Clase B que comparte una adicción a la heroína y la cocaína con su novia, Ana Turner (Cecilia Roth), y que recibe por correo un cassette, un rollo de película Super-8 y una llave del departamento madrileño de Pedro (Will More), desquiciado bisexual adepto a la gelatina de juguete, los videos caseros, los cromos/ figuritas, los muñecos tenebrosos y a unas experiencias místicas a las que llama, de hecho, “arrebatos” por su furor involuntario.
La película resulta difícil de definir porque más allá de latiguillos arty o avant-garde, como por ejemplo el montaje caótico, las permanentes voces en off, la fotografía espectral, las actuaciones histriónicas y la ausencia de un relato proverbial o mínimamente “cuerdo”, Arrebato se anticipa al cine por venir ya que en su época sólo posee un parangón evidente, Cabeza Borradora (Eraserhead, 1977), de David Lynch, y en suma aglutina elementos de La Jetée (1962), de Chris Marker, Scorpio Rising (1963), de Kenneth Anger, y Persona (1966), opus de Ingmar Bergman, amén de la impronta surrealista española del Luis Buñuel asociado con Salvador Dalí de Un Perro Andaluz (Un Chien Andalou, 1929) y La Edad de Oro (L’âge d’or, 1930). El film de Zulueta es vanguardista aunque no tan extremo como las realizaciones citadas porque su enfoque iconoclasta es quizás más sutil -o menos agresivo para con el espectador del mainstream o el indie estándar- y además sus locuras formales y temáticas pasan por su tendencia a la descripción incesante de lo mismo (todos los círculos viciosos y las compulsiones de los personajes), algún que otro detalle absurdo (Almodóvar participa doblando en falsete a Gloria, un personaje femenino en la piel de Helena Fernán Gómez, hija de Fernando, porque el equipo encargado del sonido abandonó el rodaje por falta de dinero) y en especial una estructuración que parece tradicional aunque genera de a poco un aura de maravilloso extrañamiento (el cassette de Pedro narra su versión de los dos encuentros con Sirgado, primero buscando locaciones para una realización en la estancia familiar del joven, de su madre Carmen y de su prima Marta, interpretadas respectivamente por Carmen Giralt y Marta Fernández Muro, y después una visita de José y Ana al reciento bucólico en la que el hombre tiene sexo con Pedro mientras Turner experimenta un “trance drogón” mirando una muñeca de Betty Boop, crónica que incluye un epílogo en Madrid enmarcado en la fascinación de Pedro con el temporizador de su cámara y unos fotogramas rojos que surgen cuando se graba durmiendo y que parecen consumir su vida poco a poco).
Si bien a posteriori la fase inicial de las carreras de los geniales Poncela y Roth -y hasta del mismísimo Zulueta- quedaría muy homologada a nivel de la memoria histórica cinéfila a Almodóvar por sus colaboraciones con el manchego durante los 80, hoy por suerte resulta evidente que el verdadero despegue profesional de ambos intérpretes fue Arrebato, además de la participación crucial de Eusebio en Operación Ogro (Ogro, 1979), última propuesta de Gillo Pontecorvo. Incluso se podría afirmar que el delirante voyeurista de More, apodo artístico de Joaquín Alonso-Colmenares y García-Loygorri, aquí alcanza una especie de consolidación underground luego de protagonizar cuatro cortos de su amigo Iván, Mi Ego Está en Babia (1975), Aquarium (1975), Complementos (1976) y Fiesta (1976). Basada en un ardid narrativo en verdad insólito para su tiempo, el de una cámara con vida propia que hace desaparecer a Marta y lleva a una sumisión claustrofóbica tanto a Pedro como a José al punto de dejarse engullir por las imágenes ya que el éxtasis de ver no se compara con la euforia de ser parte constituyente de lo rodado, la odisea de Zulueta juega en simultáneo con la Trilogía de los Departamentos de Roman Polanski, el clasicazo Peeping Tom (1960), de Michael Powell, aquella Blow-Up (1966), de Michelangelo Antonioni, el exploitation de vocación artística paranoica, el proto terror tecnológico, la exégesis más noctámbula del “destape democrático”, la gesta de maldiciones cíclicas, la parábola sobre la violencia y la vigilancia en el ámbito privado, una epopeya de surrealismo mundano, esa autoparodia en torno al quid destructor del cine, la faena esotérica a lo Alejandro Jodorowsky, el frenesí propio del nihilismo de aquellos años 70, el retrato crudo de las adicciones y la convivencia fallida y finalmente la metáfora sobre la homosexualidad como encantamiento narcisista que se duplica en una pantalla magnética en la que el otro es uno mismo y el dispositivo técnico un agente gélido e impersonal tendiente a oficiar de Celestina entre el sujeto y su doppelgänger filmado, ese sobre el que se pierde control a raíz de un ardor inclasificable…
Arrebato (España, 1979)
Dirección y Guión: Iván Zulueta. Elenco: Eusebio Poncela, Cecilia Roth, Will More, Marta Fernández Muro, Helena Fernán Gómez, Carmen Giralt, Max Madera, Javier Ulacia, Rosa Crespo, Luis Ciges. Producción: Nicolás Astiarraga. Duración: 115 minutos.