Darby O'Gill y el Rey de los Duendes (Darby O'Gill and the Little People)

Todo verde

Por Emiliano Fernández

Darby O’Gill y el Rey de los Duendes (Darby O’Gill and the Little People, 1959), clásico infantil imperecedero del realizador británico Robert Stevenson también conocido en el mercado hispanoparlante como El Cuarto Deseo, es un caso sutilmente singular dentro de las obras de la Walt Disney Productions porque por un lado responde en esencia a los patrones de siempre del estudio en materia de la apropiación cultural instantánea de relatos, compulsiones, idiosincrasias, mitologías y costumbres ajenas para readaptarlos bajo los cánones reduccionistas y lelos del “sueño americano” o los valores que estén de moda en ese momento, operación que en esta oportunidad está bastante contenida porque justo se eligió el acervo irlandés y se podría decir que el asunto suena mucho menos forzado que de costumbre gracias a la generosa presencia de inmigrantes irlandeses en Estados Unidos desde el lejano período colonial, y por el otro lado, en consonancia con lo anterior, la faena funciona como un ejemplo supremo de relato clásico hollywoodense que sin cambiarle la vida a nadie deja un sabor muy dulce en el paladar cinéfilo porque los productos del viejo Walt -un mega dictador, antisemita, conservador, racista, huraño y anticomunista fanático de toda la vida- solían balancear de manera esquizofrénica primero el entramado retórico promedio de las “feel good movies”, éste sostenido especialmente en los números de baile y un evidente fetiche para con las secuencias tontuelas o multitudinarias, y segundo su paradigmático sadismo en lo que respecta a los catalizadores de esa infaltable tragedia de fondo que podía aparecer en el primer acto o en la última parte de la historia en cuestión.

 

El guión, firmado por Lawrence Edward Watkin e inspirado en dos libros de la escritora Herminie Templeton Kavanagh, Darby O’Gill y la Buena Gente (Darby O’Gill and the Good People, 1903) y Cenizas de Viejos Deseos y Otros Cuentos de Darby O’Gill (Ashes of Old Wishes and Other Darby O’Gill Tales, 1926), se centra en el personaje del título en la piel de Albert Sharpe, un anciano que cuida la finca de Lord Fitzpatrick (Walter Fitzgerald) y vive en una casa de la vasta propiedad junto a su hija, Katie (Janet Munro), no obstante el terrateniente decide reemplazarlo por un hombre muchísimo más joven, Michael McBride (Sean Connery), y así Darby le pide al anterior que no le diga nada a su vástago hasta que él encuentre el momento oportuno para comunicarle que deben abandonar el hogar de siempre para mudarse a otra casa más pequeña de la hacienda. El señor, además, está obsesionado con Brian Connors (Jimmy O’Dea, maravilloso comediante y actor teatral), el Rey de los Duendes, porque una noche se lo encontró en las ruinas de una colina, Knocknasheega, y el diablillo lo engañó para que pida tres deseos y a posteriori quitárselos por haber anhelado un cuarto, lo que invalida todo desde el vamos, por ello O’Gill termina en los dominios subterráneos de los leprechauns cuando Brian se cansa de que ande revelando su existencia en el pueblito de Rathcullen y le lanza un conjuro para que su yegua Cleopatra, en realidad un pooka o criatura del folklore celta, lo haga caer en un pozo. El hombre eventualmente escapa tocando un bello Stradivarius y engaña al diminuto soberano para que se quede con él durante el día, cuando no cuenta con sus poderes mágicos, y le conceda otros tres deseos.

 

Verdadero prodigio en el campo de los efectos especiales y la utilización hiper económica de la llamada perspectiva forzada, fundamental para marcar las diferencias de tamaño entre el anciano y el séquito de duendecillos adeptos a la vestimenta verdosa y la danza, Darby O’Gill y el Rey de los Duendes se luce en el campo de los latiguillos por antonomasia del “ecosistema Disney”, a saber: en primera instancia, el protagonista está perfectamente interpretado por un Sharpe en verdad histriónico que actuó poco en cine y hoy logra un equilibrio justo entre la obstinación de la tercera edad, su fragilidad asociada y un corazón gigantesco que jamás deja de lado la picardía o sabiduría del tiempo, en segundo lugar, el devenir narrativo aprovecha muy bien el típico costado romántico de la fantasía mediante el vínculo entre esa Katie de la malograda Munro, muerta a los 38 años en 1972 de un ataque al corazón, y el Michael de un jovencísimo Connery próximo a convertirse en James Bond/ 007 de la mano del afable Terence Young de El Satánico Dr. No (Dr. No, 1962), en tercera instancia, la película esquiva el clásico recurso de elegir como villano al explotador de turno, aquí Fitzpatrick, o al forastero que llega desde Dublín, McBride, optando en cambio por una suerte de “igual a la distancia”, otro peón, Pony Sugrue (Kieron Moore), el matón del pueblo e hijo de la maquiavélica Sheelah (Estelle Winwood), quien pretende el puesto de cuidador de Michael y el corazón de la ninfa, y finalmente, los a veces tediosos números musicales son minúsculos porque se limitan a tres episodios de unos segundos apenas de duración y una única canción, Pretty Irish Girl, compuesta por Watkin y Oliver Wallace.

 

Que todo el combo se amalgame y se eleve hacia la excelencia, más aún en aquella cadena de montaje de Disney de los 50 y 60 cuando desde los largometrajes y cortos animados se diversifica hacia la televisión, los parques temáticos y un gran número de propuestas en live action que en ocasiones incluían algún segmento animado, es responsabilidad absoluta de Stevenson, un profesional de hierro que empezó su carrera en Inglaterra y luego la continuó en yanquilandia rodando géneros muy variopintos como la comedia, el musical, el drama histórico, el horror, la ciencia ficción, las aventuras, el romance, las odiseas familiares, el misterio, las gestas bélicas y el film noir, largo período previo a su asociación con Walt en el que destacan El Hombre que Trocó su Mente (The Man Who Changed His Mind, 1936), Las Minas del Rey Salomón (King Solomon’s Mines, 1937), Jane Eyre (1943), Pasión que Redime (Dishonored Lady, 1947), Traicionado (The Woman on Pier 13, 1949) y Crimen en Las Vegas (The Las Vegas Story, 1952). Sin duda mucho más humilde que las realizaciones más populares del director para la factoría Disney, las pomposas y/ o hiperquinéticas Su más Fiel Amigo (Old Yeller, 1957), El Profesor Distraído (The Absent Minded Professor, 1961), Mary Poppins (1964), Un Gato del FBI (That Darn Cat!, 1965), El Fantasma de Barbanegra (Blackbeard’s Ghost, 1968), aquel Cupido Motorizado (The Love Bug, 1968) y Travesuras de una Bruja (Bedknobs and Broomsticks, 1971), Darby O’Gill y el Rey de los Duendes exprime sabiamente la mitología y cultura irlandesa, desde el whisky, las gaitas y los insultos en gaélico hasta las banshees, las vasijas con oro y ese tenebroso Dullahan…

 

Darby O’Gill y el Rey de los Duendes (Darby O’Gill and the Little People, Estados Unidos, 1959)

Dirección: Robert Stevenson. Guión: Lawrence Edward Watkin. Elenco: Albert Sharpe, Jimmy O’Dea, Janet Munro, Sean Connery, Kieron Moore, Estelle Winwood, Walter Fitzgerald, Denis O’Dea, J.G. Devlin, Jack MacGowran. Producción: Walt Disney. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 8