Señorita .45 (Ms .45)

Todos con el culo contra la pared

Por Emiliano Fernández

Abel Ferrara siempre se caracterizó por ser un director desparejo y allí mismo reside su encanto: mientras que la enorme mayoría de sus colegas buscan desesperadamente llegar siempre a un piso de calidad que deje a todos contentos, el señor que nos ocupa se la pasa haciendo lo que se le canta y entregándonos una colección de películas que pueden parecer contrastantes aunque en realidad están unidas por diversos motivos recurrentes como la imaginería católica, la sordidez de las grandes urbes, la violencia marginal, el sexo poco placentero, las drogas pesadas, las familias en plan de autodestrucción, el reviente nocturno y esos grandes latiguillos del cristianismo en modalidad italiana como la culpa, la redención y la salvación última pagando un gran precio que emparda casi siempre a los protagonistas con suicidas tácitos que se sirven de lo que sea o de quien sea para inmolarse cuanto antes. Si dejamos de lado sus trabajos televisivos y sus diversos documentales, la carrera del señor empieza con dos películas bastante fallidas, la pornográfica 9 Vidas de una Concha Mojada (9 Lives of a Wet Pussy, 1976) y el slasher El Asesino del Taladro (The Driller Killer, 1979), géneros que en su momento definitivamente no sabía manejar y por ello tapaba con estereotipos del indie de impronta artística, luego llega su primera obra maestra, Señorita .45 (Ms .45, 1981), a la que le siguen una retahíla de realizaciones correctas y no mucho más como Ciudad del Crimen (Fear City, 1984), Suburbios de Muerte (China Girl, 1987) y El Cazador de Gatos (Cat Chaser, 1989). La etapa que todos los cinéfilos de vieja cepa conocen abarca los neoclásicos El Rey de New York (King of New York, 1990) y Un Maldito Policía (Bad Lieutenant, 1992), más menciones honoríficas para las poco vistas pero muy buenas Usurpadores de Cuerpos (Body Snatchers, 1993), Juegos Peligrosos (Dangerous Game, 1993), La Adicción (The Addiction, 1995) y El Funeral (The Funeral, 1996), especie de fase mainstream que finiquita con una vuelta a los desniveles creativos del inicio aunque ya con un Ferrara veterano, destacándose especialmente lo que hizo en Oculto en la Memoria (The Blackout, 1997), ‘R Xmas (2001), Mary (2005), Bienvenido a Nueva York (Welcome to New York, 2014) y Pasolini (2014), obras que superaron a las más problemáticas New Rose Hotel (1998), Go Go Tales (2007), 4:44 El Último Día en la Tierra (4:44 Last Day on Earth, 2011) y las recientes Tommaso (2019) y Siberia (2019).

 

Toda su producción artística hasta mediados de los 90 estuvo dominada por sus repetidas colaboraciones con Nicodemo Oliverio alias Nicholas St. John, con quien se peleó por aquellos tiempos por la sencilla razón de que el susodicho ya no deseaba lidiar con los sacrificios que requiere el cine y Ferrara en cambio sí pretendía seguir filmando, sociedad hoy legendaria que incluyó a 9 Vidas de una Concha Mojada, El Asesino del Taladro, Señorita .45, Ciudad del Crimen, Suburbios de Muerte, El Rey de New York, Usurpadores de Cuerpos, Juegos Peligrosos, La Adicción y El Funeral, a lo que en el caso de Señorita .45 se suma la muy grata presencia de Zoë Tamerlis alias la futura Zoë Lund después de casarse en 1986 con Robert Lund, una compositora, modelo, actriz, escritora y guionista que llegó a convertirse en un pequeño mito del cine independiente a pesar de haber muerto muy joven, a los 37 años en 1999 a causa de su adicción a la heroína y la cocaína, no sólo la señorita del título adepta a portar y a utilizar una pistola calibre 45 sino la coguionista de Un Maldito Policía, sin dudas la odisea más célebre e influyente del director neoyorquino. En sí la película es uno de los mejores y más complejos exploitations de la historia del séptimo arte, un convite que es a la vez un pastiche de alusiones evidentes y una epopeya con una enorme personalidad propia que nos vuelve a indicar lo mucho que puede hacerse con elementos ajenos si hay talento e imaginación involucrados: Señorita .45 retoma las andanzas de los vigilantes metropolitanos símil El Vengador Anónimo (Death Wish, 1974), de Michael Winner, y Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, el mutismo y el gustito por las armas de la adalid de Thriller: Una Película Cruel (Thriller: En Grym Film, 1973), de Bo Arne Vibenius, el formato de las dos violaciones al hilo de Escupo en tu Tumba (I Spit on Your Grave, 1978), de Meir Zarchi, y finalmente las paranoias ultra misándricas de la Catherine Deneuve reprimida sexual de Repulsión (1965), de Roman Polanski, planteo que por supuesto trae consigo ironías vinculadas a los dilemas, conflictos, pavadas y amenazas ocultas detrás del arte de vivir en edificios que se yerguen indómitos y peligrosos, todo en sintonía con el resto de la Trilogía de los Departamentos del realizador polaco, hablamos de El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968) y El Inquilino (Le Locataire, 1976), faenas que también supieron hacer una lectura psicológica y bien macabra del dolor circunstancial.

 

Thana (la querida Zoë) es una chica muda y sumisa que trabaja como costurera y encargada de planchar en un taller textil neoyorquino de alta costura propiedad de Albert (Albert Sinkys), donde tiene de compañeras a Laurie (Darlene Stuto), Carol (Helen McGara) y Pamela (Nike Zachmanoglou), todas mujeres más sexualmente liberadas que ella como lo demuestran la ropa conservadora de Thana y el triple hecho de ser la favorita del patrón, de no recibir piropos inoportunos en la calle y de elegir un paquetito de carne envasada en el supermercado en medio de kilos y kilos de manjares enrojecidos. El primer violador (el propio Ferrara) la agarra de improviso de su ropa y la arrastra hacia un callejón inmundo, donde después de acabar le promete que volverá a visitarla, y el segundo empieza siendo un ladrón común y corriente que ingresa en su departamento por una ventana (Peter Yellen), sin embargo como la muchacha no tiene dinero ni objeto alguno de valor el hombre se desquita violándola al descubrir que no puede gritar, lo que genera que la joven espere el momento previo a eyacular para primero golpearlo con una manzana roja de cristal y a posteriori rematarlo con la punta afilada de una plancha. Eventualmente decide desmembrar el cadáver, meter las partes en bolsas para basura, guardarlas en la heladera e ir eliminando una por una en distintas calles de Nueva York, a su vez camufladas en bolsas o paquetes de tiendas comerciales tradicionales. Thana toma la pistola .45 del asaltante y canaliza su trauma reventando primero a sujetos que hacen bandera de su agresividad sexual, como uno que la sigue con insistencia, un fotógrafo infiel, un proxeneta negro que golpeaba a su puta, un jeque árabe y su chófer y hasta una pandilla de cinco criminales, no obstante de a poco comienza a trastabillar y a intentar asesinar a pobres infelices o varones patéticos, como un asiático que apenas si fue empujado jocosamente por su novia o un idiota que estranguló a su gato porque su pareja lo engañaba con otra mujer, un tipo que encima le termina sacando la pistola y pegándose un tiro él solito. Todo termina de estallar cuando la protagonista decide que lo de andar cazando hombres en la noche con tacones, vestidos oscuros, capa y mucho lápiz labial es perder el tiempo y por ello inicia una generosa masacre en una fiesta de disfraces con motivo de Halloween, donde concurre con un atuendo de monja y empieza la carnicería con su propio jefe, Albert, quien estaba interesado en ella desde el principio.

 

Más allá del excelente desempeño de Tamerlis, prácticamente toda la película en pantalla y teniendo que transmitir emociones sólo con su hermoso rostro y su disposición física, y la adorable música incidental hiper histérica y ochentosa de Joe Delia, un colaborador asiduo anterior y posterior de Ferrara, el film sobresale tanto por el aura de misterio de una Thana que remite a Tánatos, personificación de la muerte en la mitología griega, y de la cual no sabemos demasiado porque no hay flashbacks de su vida anterior al taller de costura que pinten su idiosincrasia, como asimismo por la vehemencia de esta misión asesina a lo largo y ancho de una Nueva York desquebrajada y en decadencia previa a la gentrificación posmoderna, semejante precisamente a sus homólogas -en plan de raudo y gélido fusilar- de El Vengador Anónimo y Taxi Driver, esquema retórico que sin embargo no debe llevarnos a dejar pasar los detalles sardónicos y/ o de humor negro de la historia en sintonía con la presencia de la casera de la muchacha, la Señora Nasone (Editta Sherman), una mujer entrada en años, viuda y muy hilarante que simboliza al típico metiche de barrio que vive opinando sobre la vida de los otros y de lo que hacen o dejan de hacer sin la capacidad de mirarse ellos mismos en el espejo, en este caso pudiendo hallar la soledad de Nasone y su dependencia emocional para con su mascota, un pequeño perro llamado Phil, desde ya el primero en darse cuenta de que en el departamento de Thana se guarda una infinidad de apetitosos trozos humanos, detalle que la lleva a primero odiar al animal, después a darle de comer algo de carne picada del asaltante suburbano y finalmente a pedirle a su casera que le permita pasear al can con la intención de matarlo para que además deje de “denunciar” sus entradas y salidas del edificio ante los ojos siempre curiosos de su dueña. Es de hecho la metáfora humanista del perro uno de los puntos más interesantes de la realización porque así como en una escena vemos a la antiheroína tratando de que atropellen a Phil cruzando una avenida y luego preparándose para fusilarlo en el derruido malecón neoyorquino, en el epílogo descubrimos que sólo lo soltó lejos del departamento y que efectivamente no pudo faenarlo, signo de un rastro de humanidad en medio de la matanza automatizada que indica que la chica comprendió que el animal, a diferencia del humano, no puede dejar de ser cómo es y por ello siempre será inocente de cualquier tropelía que se le pueda adjudicar.

 

Otras dos maravillosas pinceladas irónicas, que casi todos los que suelen hablar del eterno film de Ferrara, St. John y Tamerlis pasan por alto, se condicen con eso de que Thana jamás encuentra al primer violador dentro de su variopinto y nocturno derrotero asesino (chiste autorreferencial de impunidad del director y en simultáneo cita a El Vengador Anónimo, donde el Paul Kersey de Charles Bronson tampoco daba con los criminales que habían matado a golpes a su esposa y violado a su hija) y con el hecho de que sus peores enemigos a fin de cuentas no son los varones sino las propias féminas, detalle que también se deriva de la praxis cotidiana, le agrega una pátina de realismo paradójico a la película y de paso la lleva a diferenciarse de tantas “aventuras” similares de violación y venganza/ rape and revenge (hablamos no sólo de la Señora Nasone sino también de su compañera de trabajo Laurie, esa que termina matándola en medio de la masacre de la fiesta de Halloween en una extraordinaria y furiosa secuencia en cámara lenta a lo Sam Peckinpah y para colmo vía una inversión de roles sexuales, con Laurie tomando un cuchillo utilizado para cortar una torta y sosteniéndolo cual pene erecto a la altura de su vagina para luego clavárselo a una Thana que se preparaba para matar a un hombre travestido de mujer con un atuendo blanco digno de un casamiento, así en los últimos segundos el susodicho fallece aunque ella le perdona la vida a Laurie, su verdugo, y hasta le regala un “hermana”, primera vocalización en la película por parte de la costurera sin que sepamos si realmente pronunció la palabra o quizás sólo imaginó el sonido moviendo sus labios). Señorita .45 continúa siendo un oasis diminuto, adictivo y esplendoroso dentro de una trayectoria tan errática como la de Ferrara, a lo que se agrega la presencia escénica descollante de una Tamerlis que lamentablemente sólo volvería a brillar en serio en dos films más, nos referimos a su rol secundario en Un Maldito Policía y aquel doble protagónico en Efectos Especiales (Special Effects, 1984), genial reformulación de Larry Cohen de las patologías románticas de Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock, aquí ofreciéndonos a una víctima reconvertida en victimaria que pone a todos los machos con el culo contra la pared para fusilarlos porque el laberinto de su propia psiquis ya le impide distinguir entre “presas necesarias” de cualquier infeliz del montón, confundiendo -como hacen muchos hombres y mujeres actuales- al árbol con el bosque…

 

Señorita .45 (Ms .45, Estados Unidos, 1981)

Dirección: Abel Ferrara. Guión: Nicholas St. John. Elenco: Zoë Tamerlis, Albert Sinkys, Darlene Stuto, Helen McGara, Nike Zachmanoglou, Abel Ferrara, Peter Yellen, Editta Sherman, Vincent Gruppi, Stanley Timms. Producción: Richard Howorth, Mary Kane y Arthur Weisberg. Duración: 80 minutos.

Puntaje: 10