Carnaval de las Almas (Carnival of Souls)

Todos imaginamos cosas

Por Emiliano Fernández

Carnaval de las Almas (Carnival of Souls, 1962), única película en el terreno ficcional de parte del talentoso y prolífico Herk Harvey, ha sido objeto de una merecida fetichización a manos de cierto sector del público contemporáneo fanático del horror y el suspenso que prefiere una ambientación lúgubre, apesadumbrada y/ o gótica antes que esos latiguillos tontos, efectos especiales, estereotipos de manual, parafernalia rimbombante y jump scares de impronta hollywoodense o mainstream a secas. Harvey, nacido en 1924 y fallecido en 1996 a los 71 años, había comenzado su carrera siendo actor en el ámbito teatral y allí se sentó por primera vez en la silla del director, desde donde saltó a la pantalla aunque en un rubro insólito y muy específico, el de los cortos educacionales para los gremios industrial, empresario y gubernamental: el señor se une en 1952 a Centron Corporation, una empresa relativamente pequeña que se dedicaba a trabajos documentales y pedagógicos a destajo y que llegaría a ser muy conocida en Estados Unidos gracias a Leo Beuerman (1969), de Gene Boomer, opus que fue nominado al Oscar en la categoría de Mejor Corto Documental y que giraba alrededor del personaje del título, un hombre discapacitado y desfigurado que con gran dignidad y fuerza de voluntad vendía lápices en la ciudad de Lawrence, en el Estado de Kansas, durante los años 50 y 60. El amigo Herk en esencia consagró su vida a Centron, donde trabajó de manera ininterrumpida a lo largo de tres décadas rodando cortos de bajo presupuesto en 16 mm y videocassettes destinados al segmento corporativo y sobre todo a las aulas de los colegios, por ello cuando se le ocurrió encarar un largo reclutó a un colega y amigo de la compañía, el guionista John Clifford, y utilizó para la filmación el mismo estilo de índole documentalista, improvisado y cuasi guerrillero que había empleado en sus muchos trabajos por encargo para Centron, así Carnaval de las Almas se benefició muchísimo en el apartado visual de la utilización de cámaras de mano Arriflex, las cuales eliminan la necesidad de equipos complejos como grúas o plataformas rodantes, y de la presencia del iraní Reza Badiyi en calidad de asistente de dirección, señor que venía de trabajar en nada menos que el debut de Robert Altman, Los Delincuentes (The Delinquents, 1957), y que más adelante tendría una carrera larguísima en TV, llegando a convertirse en uno de los profesionales más queridos y respetados de la pantalla chica de los 70, 80 y 90.

 

El origen del mítico guión de Clifford, basado en una idea previa del susodicho y Harvey, responde a un entramado enrevesado de influencias que pintan de pies a cabeza el carácter de retroalimentación en espiral de la cultura debido a que en apariencia está inspirado a lo lejos en El Autoestopista (The Hitch-Hiker, 1960), el episodio número 16 de la primera temporada de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), la legendaria serie creada por Rod Serling, el cual a su vez se basó en el radioteatro homónimo de 1941 de Lucille Fletcher, representado por primera vez en The Orson Welles Show de CBS Radio con una partitura escrita por Bernard Herrmann, el primer marido de Fletcher, no obstante el asunto no termina allí porque la fémina definitivamente se inspiró en Un Suceso en el Puente de Owl Creek (An Occurrence at Owl Creek Bridge, 1890), relato corto de Ambrose Bierce que patentó el formato del “protagonista que cree que se salva de la muerte para en el desenlace tomar conciencia de su trágico destino” y que fue adaptado por el realizador francés Robert Enrico en un célebre cortometraje, El Río del Búho (La Rivière du Hibou, 1961), a su vez después adquirido por 25 mil dólares por el productor de La Dimensión Desconocida, William Froug, para ser incorporado a la famosa serie de la CBS como un capítulo más bajo el título original del cuento de Bierce, mutando así en el episodio número 22 de la quinta y última temporada del programa, aquella correspondiente a 1963 y 1964. La historia se centra en Mary Henry (Candace Hilligoss), una organista de Kansas que se juega la vida junto a otras dos mujeres en una carrera automovilística con unos varones que provoca la caída del coche de las chicas en un río, desde donde sale tiempo después sin recordar cómo logró sobrevivir. Trasladada ya a Salt Lake City, en Utah, Mary consigue trabajo tocando el órgano en la iglesia de un ministro protestante (Art Ellison), le alquila una habitación cercana a la Señora Thomas (Frances Feist) y despierta las ansias sexuales de un vecino tarado y bastante putañero, John Linden (Sidney Berger), sin embargo padece episodios cada vez más preocupantes que la llevan a no poder entablar comunicación con nadie, a escuchar música laica de órgano, a ser acosada por una figura espectral (el propio Harvey) y a obsesionarse con un pabellón abandonado a orillas de un lago que fue primero una casa de baños, después un salón de baile y finalmente un carnaval antes de que cerrara.

 

Harvey se hace un festín con la paradoja metafórica y sarcástica de situar en el corazón del relato a una Henry consagrada a movilizar el alma de los feligreses del pastor en la piel de Ellison cuando ella misma carece de alma por haber perecido en aquel río del inicio, de allí se explica su frialdad y el hostigamiento que padece a manos del personaje del realizador, un fantasma que viene a representar a la parca cual funcionario burocrático silente del Más Allá o barquero de ultratumba que reclama su vuelta a la comarca de los que ya no respiran. En este sentido, Carnaval de las Almas, con su micro presupuesto, inteligencia alegórica y un desempeño actoral desparejo aunque siempre atractivo, combina de modo brillante el imaginario surrealista de base, por un lado, de allí que las experiencias etéreas de Mary enfaticen cuán perdida está tanto entre los vivos y los muertos como entre la mediocridad de esta fauna suburbial y su curioso aislamiento en público más los bailes pesadillescos en el pabellón protagonizados por una colección de demonios, y el sustrato prosaico de una vida que desde el vamos evidentemente no la satisfacía, por el otro lado, por ello mismo es una virgen impasible que arrastra desde siempre la condena de ser el objeto de la pasión de energúmenos y ególatras como Linden, un pichón de violador que no acepta un “no” por respuesta y la cargosea al punto de que además pone en evidencia la ciclotimia de la chica, a veces calentando a su libidinoso vecino y en otras oportunidades mandándolo bien a la mierda, señorita que a su vez no es comprendida ni por el ecosistema religioso castrador de la época, léase aquel ministro que la echa cuando estando poseída la escucha tocar música no piadosa, ni por la pata científica/ institucional/ capitalista, una también farsesca que está encarnada en un médico que la va de psiquiatra sin serlo, un tal Doctor Samuels (Stan Levitt) que la categoriza como una histérica por frigidez, idiosincrasia ermitaña y el shock emocional del accidente, recordándole que no debe extralimitarse en sus desvaríos porque “todos imaginamos cosas” y las hembras en general deben lidiar con su condición más o menos apaciguada de putas dentro de la neurosis hipócrita social (incluso Thomas, la casera de Henry, no sirve como un espejo mujeril digno que la “estabilice” ya que hablamos de una veterana anodina que tampoco posee interés sexual alguno ni reconoce a Linden como el imbécil peligroso que es, otro ejemplo de toda la banalidad predatoria de las metrópolis).

 

Si la pensamos en términos de su vasta repercusión y dejando de lado las dos remakes muy inferiores del caso, esa horrenda oficial, Carnaval de las Almas (Carnival of Souls, 1998), de Adam Grossman, y una implícita y un poco más digna aunque sin ser tampoco una gran película ni mucho menos, Yella (2007), del alemán Christian Petzold, el film de Harvey se fue abriendo camino hasta transformarse en una de las joyas indiscutibles del cine de culto y uno de los pivotes fundamentales del indie de género de alcance mundial, pensemos que de pasar sin pena ni gloria por el mercado yanqui en una función doble con La Mensajera del Diablo (The Devil’s Messenger, 1961), mediocre antología de Herbert L. Strock, de a poco se convirtió en un mojón crucial del fantastique o tendencia a incluir lo estrambótico, fabuloso o taumatúrgico en un marco realista, basta con recordar los rastros de Carnaval de las Almas en ninfas rozando la demencia como Barbra (Judith O’Dea) de La Noche de los Muertos Vivos (Night of the Living Dead, 1968), tétrica epopeya de George A. Romero, aquella protagonista sin nombre (Françoise Pascal) de La Rosa de Hierro (La Rose de Fer, 1973), de Jean Rollin, Betty Elms (Naomi Watts) de Mulholland Drive (2001), de David Lynch, y la misma Chihiro Ogino (Rumi Hiiragi) de El Viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no Kamikakushi, 2001), de Hayao Miyazaki, amén de influencias varias en El Sobreviviente (The Survivor, 1981), de David Hemmings, Muerto & Enterrado (Dead & Buried, 1981), de Gary Sherman, Único Superviviente (Sole Survivor, 1984), opus de Thom Eberhardt, Alucinaciones del Pasado (Jacob’s Ladder, 1990), de Adrian Lyne, y Sexto Sentido (The Sixth Sense, 1999), del querido M. Night Shyamalan. La fotografía inusitadamente cuidada -considerando los escasos recursos disponibles, 33 mil dólares- de Harvey y el sonidista Maurice Prather, la música tan hipnótica como fúnebre del organista Gene Moore y el bello rostro y la disposición física apabullante de Hilligoss, una alumna de Lee Strasberg que no era muy dotada y que se retiraría de la actuación después de la presente y La Maldición del Cadáver Viviente (The Curse of the Living Corpse, 1964), de Del Tenney, constituyen los otros puntos de interés de una obra maestra exquisita que mantiene su fulgor y continúa fascinando por su necrofilia tácita y su astucia a la hora de explorar el anhelo inmemorial de escaparle al óbito y a las implicancias de la fatalidad, el deseo o nuestros tristes actos…

 

Carnaval de las Almas (Carnival of Souls, Estados Unidos, 1962)

Dirección: Herk Harvey. Guión: John Clifford. Elenco: Candace Hilligoss, Frances Feist, Sidney Berger, Art Ellison, Stan Levitt, Tom McGinnis, Forbes Caldwell, Dan Palmquist, Bill de Jarnette, Steve Boozer. Producción: Herk Harvey. Duración: 78 minutos.

Puntaje: 10