Los Inadaptados (The Misfits, 1961), además de ser una de las tantas obras maestras del genial John Huston, posee el karma de ser la última película completada tanto por Clark Gable, galán eternamente vinculado a Sucedió una Noche (It Happened One Night, 1934), de Frank Capra, Motín a Bordo (Mutiny on the Bounty, 1935), opus de Frank Lloyd, y en especial Lo que el Viento se Llevó (Gone with the Wind, 1939), la colosal épica de Victor Fleming, como por Marilyn Monroe, célebre por su despegue profesional gracias a Huston, La Jungla de Asfalto (The Asphalt Jungle, 1950), y propuestas variopintas subsiguientes en sintonía con La Malvada (All About Eve, 1950), de Joseph L. Mankiewicz, Tempestad de Pasiones (Clash by Night, 1952), de Fritz Lang, Almas Desesperadas (Don’t Bother to Knock, 1952), de Roy Ward Baker, Vitaminas para el Amor (Monkey Business, 1952), de Howard Hawks, Niágara (1953), de Henry Hathaway, Los Caballeros las Prefieren Rubias (Gentlemen Prefer Blondes, 1953), también de Hawks, Cómo Pescar a un Millonario (How to Marry a Millionaire, 1953), de Jean Negulesco, Río sin Retorno (River of No Return, 1954), de Otto Preminger, La Comezón del Séptimo Año (The Seven Year Itch, 1955), de Billy Wilder, Nunca Fui Santa (Bus Stop, 1956), de Joshua Logan, El Príncipe y la Corista (The Prince and the Showgirl, 1957), de Laurence Olivier, y Una Eva y dos Adanes (Some Like It Hot, 1959), otra joya del sagaz Wilder. Mientras que Gable fallecería de un infarto a los 59 años doce días después de finalizado el rodaje en 1960, Monroe viviría un año y pico más aunque no completaría su siguiente film, Alguien Tiene que Ceder (Something’s Got to Give, 1962), de George Cukor, con quien venía de colaborar en La Adorable Pecadora (Let’s Make Love, 1960), porque moriría de una sobredosis de barbitúricos en 1962 a sus 36 años, episodio que se suele considerar un suicidio tácito por una infinidad de causas que incluyen una infancia abandónica, depresión, ciclotimia perpetua, los apremios de la fama, diversos casos de violación o abuso sexual, una adicción a varios medicamentos recetados, inseguridades a nivel de su idiosincrasia y muy malas decisiones románticas que la llevaron a tres divorcios en secuencia, aquellos de James Dougherty, Joe DiMaggio y Arthur Miller.
Es precisamente Miller, uno de los dramaturgos más respetados de Estados Unidos y muy famoso en primera instancia por Muerte de un Viajante (Death of a Salesman, 1949) y Las Brujas de Salem (The Crucible, 1953) y en segundo lugar por Todos Eran mis Hijos (All My Sons, 1947) y Panorama desde el Puente (A View from the Bridge, 1955), quien firma el guión de Los Inadaptados, otra de sus críticas al sustrato ilusorio, torpe y decididamente conservador del “sueño americano” porque aquí hace con los cowboys lo que en otros momentos de su trayectoria supo hacer con los vendedores ambulantes, los empresarios, los inmigrantes ilegales, los militares, los intelectuales judíos y los protestantes fanáticos, entre otros, léase analizarlos/ desacralizarlos/ desnaturalizarlos desde sus paradojas y miserias para situarlos dentro de una cultura más general, la norteamericana moderna, que muchas veces termina presa del autoengaño, la paranoia, la hipocresía, la deshumanización o un delirio que enmascara su naturaleza suicida con los disfraces de la civilidad, el bien común y la corrección política. Craneada durante los meses de la crisis terminal del matrimonio del dramaturgo y la estrella, como decíamos antes justo en la previa al despido de Monroe y la debacle de Alguien Tiene que Ceder, ésta una remake de Mi Esposa Favorita (My Favorite Wife, 1940), de Garson Kanin, y luego realizada con otro equipo comandado por Michael Gordon y bajo el título de Apártate, Cariño (Move Over, Darling, 1963), Los Inadaptados anticipa en cierta medida las pinceladas autobiográficas que Miller incluiría en una puesta teatral inmediatamente posterior al óbito de Marilyn, Después de la Caída (After the Fall, 1964), cuyo álter ego escénico de la mujer, Maggie, acumula las mismas características y el mismo protagonismo de la Roslyn Taber del film de Huston, hablamos de una fémina extremadamente vulnerable y autodestructiva que sin embargo arrastra una personalidad hermética, caprichosa y algo egoísta que la lleva a la promiscuidad porque la belleza es su principal arma para salirse con la suya en un ecosistema que la sexualiza constantemente negando su timidez de base, rasgos que definitivamente eran los de una Marilyn que en la etapa final de su carrera solía ausentarse o llegar tarde a los rodajes por múltiples causas.
Muy lejos a nivel estilístico de los otros westerns del querido John, hablamos de aquellas aventuras de El Tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948), la gesta antirracista de Lo que no se Perdona (The Unforgiven, 1960) y el opus autoparódico freak de El Juez del Patíbulo (The Life and Times of Judge Roy Bean, 1972), Los Inadaptados funciona como un retrato en conjunto de la masculinidad, pintada como monotemática y siempre deseosa de mantener su independencia y libertad, y de la feminidad, espacio de la exigencias de la convivencia y de la construcción de relatos cotidianos que sinceramente muchas veces no se condicen con la realidad: la treintañera Taber se muda temporariamente a la casa de Isabelle Steers (Thelma Ritter) en Reno, Nevada, para tramitar un “divorcio express” de su marido psicológicamente ausente, Raymond (Kevin McCarthy), contexto en el que conoce primero a un empleado de un auxilio mecánico que fue piloto de bombardero durante la truculenta Segunda Guerra Mundial, Guido (Eli Wallach), y después a un amigo del anterior, Gay Langland (Gable), un vaquero veterano que atrapa caballos salvajes para subsistir porque no desea transformarse en un asalariado como los esclavos del montón, así las cosas los cuatro personajes pasan un tiempo en la casa campestre sin terminar de un Guido que renuncia a su trabajo y en un principio acepta la derrota romántica cuando Gay se transforma en amante de una Roslyn que cuestiona el quid del afecto y de las relaciones entre los seres humanos, no obstante Langland a su vez luego siente celos ante la aparición de un amigo más joven al que él y Guido necesitan para atrapar unos mustangs que viven en una zona desértica y montañosa, Perce Howland (Montgomery Clift), partícipe serial de rodeos que termina lastimado por montar un caballo y un toro. Si bien la ninfa se espanta frente al maltrato animal durante los rodeos y la intención de Gay de matar a un conejo que comió una lechuga que ambos sembraron, Taber decide acompañar a los tres hombres en la cruzada en pos de capturar caballos silvestres, descubriendo de boca de su semi novio que los animales se venden vivos a un distribuidor/ frigorífico que a posteriori los sacrifica para hacer comida de perros porque ya nadie se sirve de los equinos como medio de transporte.
La realización se consagra más al desarrollo de personajes que a la trama hollywoodense clásica, típico estudio de marginados de Huston que se mancomunan para darle sentido a una misión colectiva -en este caso el acto de sobrevivir a la soledad- que fracasa debido a que los fantasmas del pasado y las compulsiones de cada uno así lo dictaminan, pensemos por ejemplo que Guido padece el estigma de su esposa muerta, Gay no puede olvidar la aparente distancia afectiva que lo separa de sus dos hijos e incluso Perce lamenta el hecho de haber sido expulsado del rancho de su familia después de la muerte de su progenitor y el segundo matrimonio de su madre, todos a la par deseando consolidar una relación amorosa con la apetecible Roslyn y siendo en algún punto rechazados por la mujer y su idea de ese desconocimiento recíproco sostenido -la incapacidad de abrirse del todo a la otra persona, sea una pareja, un amigo, un familiar, un colega o un allegado- que lleva al colapso del vínculo perecedero de turno ya que todo lo que vive debe morir y la existencia en general se alimenta de -y fagocita- lo muerto cual yin y yang entre lo bueno y lo malo. Mediante la metáfora de la descomposición y envilecimiento de la sociedad moderna, esa que convirtió a la vocación de ella, el baile, en danza erótica masturbatoria y la de Langland, el arte de atrapar caballos, en un negocio hoy macabro que supo empezar hace tiempo -precisamente- como medio de transporte de cowboys, el film piensa las trampas de la autogratificación porque todos obtenemos placer de rubros y/ o hábitos muy específicos para los que somos buenos pero negamos al resto del ecosistema comunal y ni siquiera podemos sincerarnos al punto de reconocer que el berretín en cuestión, sea éste el que fuese, en algún instante del periplo suele mutar en otra cosa, algo nocivo que se nos escapa por completo de las manos y que contradice su esencia de antaño, de allí el encanto supremo de Los Inadaptados no sólo como eje de la mejor actuación de Gable y Monroe, actores nunca del todo validados a escala profesional hasta este punto, sino asimismo como radiografía de la estampa trivial internacional que Hollywood construyó para ellos aunque con un grado de autoratificación y complicidad por parte de los involucrados, algo innegable en términos de imagen pública.
En la otra orilla con respecto a la mitificación de Monroe y Gable hallamos la intervención sutilmente grotesca -en materia conceptual, no interpretativa- de Wallach, Ritter y el mismo Clift, el primero un actor glorioso y esperpéntico que nada tiene que hacer en cuanto al look inmaculado de sus colegas pero igualmente compitiendo con ellos para ganar el corazón de Taber desde la carcasa del obrero de la muerte, uno torturado por su pasado como piloto de la fuerza aérea, la segunda una genia que trabajó para directores como Mankiewicz, Capra, Cukor, Hathaway, George Seaton, Samuel Fuller, Alfred Hitchcock, John Frankenheimer y Larry Peerce, cuyo personaje viene a representar no sólo el opuesto exacto femenino de Roslyn, una anciana que está en paz con su soledad y se la toma con ironía sin caer en esa tragedia autoindulgente, sino también la antítesis masculina de la tercera edad, recordemos que su esposo la dejó y se casó con su mejor amiga pero ello no generó ningún trauma en Isabelle a diferencia del mismo episodio -aunque invertido, con la mujer yéndose con un primo del marido- en la vida de Gay, y finalmente en lo que atañe a Clift, otro profesional de la actuación que fallecería temprano en 1966 a los 45 años de edad de un infarto súbito, siempre fue un secreto a voces en la industria cinematográfica que era homosexual y no es de extrañar que aquí reciba el papel del vaquero más sensible y proclive a reconocer lo inútil de la cruzada del desenlace detrás de los seis mustangs, un semental, cuatro yeguas y un potrillo. La filosofía en sí de la película es muy masculina porque Miller, que por cierto para esta época ya contaba con adaptaciones al cine a cargo de Irving Reis, Laslo Benedek y Raymond Rouleau, pone a Guido a despotricar contra las hembras y su carácter a veces insoportable, controlador y quejoso, posiciona a Perce como una acepción entre sensata y polleruda de la masculinidad y en todo caso se identifica con el personaje de Gable, quien no desea que nadie le diga lo que tiene que hacer, gusta de aprender de sus propios errores, se testea a sí mismo en aquello que disfruta y entiende y sobre todo reconoce que lo mejor es siempre tratar de sentirse vivo y coherente sin someter ni lastimar ni sermonear a nadie, lo que incluye a la fauna y flora que nos rodea y a nosotros mismos como seres vivientes…
Los Inadaptados (The Misfits, Estados Unidos, 1961)
Dirección: John Huston. Guión: Arthur Miller. Elenco: Clark Gable, Marilyn Monroe, Montgomery Clift, Thelma Ritter, Eli Wallach, James Barton, Kevin McCarthy, Estelle Winwood, Rex Bell, Ralph Roberts. Producción: John Huston y Frank E. Taylor. Duración: 125 minutos.