Elmer Gantry

Todos somos pecadores

Por Emiliano Fernández

A Richard Brooks le encantaba la polémica tanto porque detestaba el conservadurismo, la intolerancia, la segregación de minorías y el apoyo del idiota promedio a la pena de muerte en Estados Unidos, todos blancos en mayor o menor medida del arsenal retórico del célebre director y guionista, como debido a que la susodicha llevaba público a las salas y más en aquel período de oro del señor, las décadas del 50 y 60, basta con recordar que Semilla de Maldad (Blackboard Jungle, 1955) levantó controversias por explorar el naciente rock y la delincuencia juvenil, El Gato sobre el Tejado de Zinc Caliente (Cat on a Hot Tin Roof, 1958) hizo lo propio gracias a su retrato sincero de la angustia sexual, A Sangre Fría (In Cold Blood, 1967) asustó mucho por su sustrato ideológico vinculado a la banalidad del crimen y el marco tenebroso de la América Profunda, y la tardía Buscando a Mr. Goodbar (Looking for Mr. Goodbar, 1977) analizó desde el nihilismo más crudo esa promiscuidad femenina en la etapa de transición entre la muerte definitiva del hippismo y la eclosión de la epidemia del HIV durante los años 80. Otro caso muy interesante de película polémica en su momento de estreno es Elmer Gantry (1960), epopeya de casi dos horas y media de duración que se mete con una temática siempre sensible en yanquilandia y en otros países donde el protestantismo y sus mil corrientes e iglesias han calado hondo por influencia de la Corona Inglesa, hablamos por supuesto de la hipocresía de esos pastores/ predicadores/ clérigos autoasumidos que suelen funcionar bajo el paraguas de una organización religiosa multisectorial de tipo evangélica aunque sólo después de aglutinar por cuenta propia un rebaño de ilusos que aportan dinero y buscan la salvación por enfermedades, dificultades económicas o laborales, desventuras amorosas, batallas en la familia o la comunidad en cuestión, traumas de larga data, típicos delirios místicos o el paradigmático miedo a morir, verdadero “comodín” que atrae a hombres y mujeres a montones que llegada una etapa de crisis o la vejez terminal buscan la paz en ese paraíso quimérico prometido a los cristianos.

 

Basada en aquella novela de 1927 de Sinclair Lewis, el primer escritor estadounidense en obtener el Premio Nobel de Literatura, galardón otorgado en 1930, y un hombre de letras muy famoso durante la década del 20 que a posteriori fue cayendo en el olvido mientras se consolidaba el prestigio de otros autores de su misma generación como F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y John Steinbeck, todos un poco más jóvenes que Lewis, la película de Brooks se enrola también en el ciclo de adaptaciones cinematográficas del cineasta a partir de diversas obras literarias, uno que incluye además por un lado a las citadas Semilla de Maldad, surgida del trabajo de 1954 de Evan Hunter, A Sangre Fría, inspirada por la genial novela de 1966 de Truman Capote, y Buscando a Mr. Goodbar, basada en el libro de 1975 de Judith Rossner, y por el otro lado a films variopintos en línea con La Última vez que vi París (The Last Time I Saw Paris, 1954), odisea originada en un cuento corto de 1931 de Fitzgerald, La Última Cacería (The Last Hunt, 1956), cuyo núcleo fue la novela de 1954 de Milton Lott, Sangre sobre la Tierra (Something of Value, 1957), a partir del libro de 1955 de Robert Ruark, Los Hermanos Karamazov (The Brothers Karamazov, 1958), exégesis del mega clásico de 1880 de Fiódor Dostoyevski, Lord Jim (1965), inspirada por el conocido relato de 1900 del polaco Joseph Conrad, y Los Profesionales (The Professionals, 1966), interpretación de Una Mula para la Marquesa (A Mule for the Marquesa, 1964), de Frank O’Rourke, amén de traslaciones adicionales de puestas televisivas o teatrales de Paddy Chayefsky, Banquete de Bodas (The Catered Affair, 1956), y Tennessee Williams, El Gato sobre el Tejado de Zinc Caliente y Dulce Pájaro de Juventud (Sweet Bird of Youth, 1962). El guión del propio Brooks funciona como una parábola fascinante aunque relativamente sencilla en torno al pancismo del personaje titular, compuesto por el histriónico y arrollador Burt Lancaster, vendedor viajante de electrodomésticos de Kansas que en los años 20 hace gala de su amor por la bebida, las mujeres, los chistes verdes y una elocuencia desorbitada.

 

Gantry, viviendo lastimosamente de las escasas ganancias que da su profesión y viajando como polizón en trenes en los que debe evitar que le roben todas sus posesiones, siempre se muestra sonriente y así concurre a uno de los sermones de la Hermana Sharon Falconer (Jean Simmons, quien en aquel 1960 se transformaría en esposa de Brooks), una fanática religiosa del evangelismo itinerante de la época que solía responder al nombre de Katie Jones y que construyó una imagen pública de predicadora irreprochable junto a su “mano derecha” en términos administrativos, William L. Morgan (Dean Jagger), en sí el adusto encargado de organizar el traslado de pueblo rural en pueblo rural de una enorme carpa con muchos asientos, un coro y un púlpito desde el cual la mujer lanza su perorata cristiana. La estrategia inicial de Elmer pasa por llegar a la escurridiza Falconer a través de la directora del coro sacro, la Hermana Rachel (Patti Page), y de a poco se gana no sólo a la pastora sino también a Morgan y a un periodista ganador de un Premio Pulitzer que cubre la eterna gira, Jim Lefferts (Arthur Kennedy), quien desprecia el quid piadoso pero siente admiración por el carisma tanto de Sharon, una devota honesta, como de Elmer, un charlatán adorable y de raigambre popular que es capaz de situarse en cualquier personaje que sea necesario para transmitir su “discurso de venta” del momento, en este caso uno divino que puede incluir saltos peligrosos, hacer aullar a la gente como perros o hasta la presencia de un chimpancé para parodiar la teoría de la evolución de Charles Darwin y Alfred Russel Wallace. De la mano del éxito de la rutina del flamante dúo, Gantry asustando a los fieles con el infierno si pecan y Falconer prometiéndoles el cielo si se arrepienten, ambos pronto son invitados a una ciudad de nivel poblacional medio, Zenith, para predicar bajo el auspicio del oligarca inmobiliario George F. Babbitt (Edward Andrews), secretario de la Cámara de Comercio y presidente del Consejo de Cultos, no obstante un artículo de Lefferts y la reaparición de un viejo amor despechado de Elmer, Lulu Bains (Shirley Jones), complicarán mucho el asunto.

 

Más allá del gran desempeño del elenco con Lancaster y Simmons a la cabeza, el primero demostrando todo lo que se puede lograr en materia de la efervescencia corporal y gestual, incluso en el marco represivo/ castrador/ mojigato del Hollywood Clásico, y la segunda cumpliendo muy dignamente en el rol de la santita virginal que es desflorada por Gantry, mujer que en esencia se opone a la maravillosa femme fatale de Jones, hoy una prostituta que primero chantajea al protagonista y luego directamente pretende arruinarle la carrera como faro de la fe del vulgo, la película es una adaptación bastante heterodoxa de la novela de Lewis porque deja en parte de lado la pirotecnia satírica del escritor y sólo recupera la primera parte de la historia original, decisión de Brooks orientada a complejizar el meollo discursivo y por supuesto introducir un dejo paradójico en el Elmer del tremendo Burt para ganarse al actor, un perpetuo adepto a los personajes contradictorios y no del todo buenos como tampoco del todo malos. Lo cierto es que la inusual movida repercute de manera muy positiva en el film ya que Gantry es denunciado permanentemente como un oportunista que traslada las diatribas del capitalismo de los electrodomésticos a la comarca religiosa, por un lado, y en simultáneo enaltecido a raíz de su fidelidad y cariño verdadero hacia la cada día más enajenada Falconer y debido a una picardía que resulta fundamental para sobrevivir en medio de las injusticias y las presiones de la calle, la sociedad y/ o el gremio que sea, por el otro lado, de allí radica precisamente la riqueza de la propuesta, siempre superando el relato de ascenso, redención y declive en una profesión cualquiera, y el incesante contraste entre la efusividad ultra vitalista de Elmer y el cansancio crónico de ella, una cristiana ortodoxa que pertenece al pueblo aunque no puede interpelarlo como hace este vendedor ambulante. Brooks le pega duro a la pedantería de la prensa, el fariseísmo y matufias financieras de los pastores y ese carácter demasiado volátil de las masas y las mujeres, especie de respuesta ante la conducta egocéntrica de los varones en comunidades donde todos son pecadores…

 

Elmer Gantry (Estados Unidos, 1960)

Dirección y Guión: Richard Brooks. Elenco: Burt Lancaster, Jean Simmons, Arthur Kennedy, Dean Jagger, Shirley Jones, Patti Page, Edward Andrews, John McIntire, Hugh Marlowe, Joe Maross. Producción: Bernard Smith. Duración: 147 minutos.

Puntaje: 10