Esperando a los Bárbaros (Waiting for the Barbarians)

Tortura y enemigos inventados

Por Emiliano Fernández

En el cine actual no suelen abundar las películas para adultos, hablamos de aquellas que le escapan al facilismo de los géneros ultra establecidos y que se meten con temáticas para nada simpáticas ni destinadas a satisfacer a todos los públicos, por ello mismo se agradece de sobra la existencia de una realización como Esperando a los Bárbaros (Waiting for the Barbarians, 2019), que lejos de contentar al espectador bobalicón promedio de nuestros días o a la crítica chupamedias del mainstream descerebrado, opta en cambio por meterse con una variante del cine histórico/ político que ya creíamos extinta, aquella vinculada a lo testimonial que toma a la abstracción como principal herramienta para pensar una serie de situaciones del presente. Basado en la famosa novela homónima de 1980 de John Maxwell Coetzee, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2003 y aquí adaptando su propio trabajo cortesía de un guión que lleva su firma, el film toma como base el recurso narrativo de no identificar ni el año ni el lugar de los acontecimientos para abrir la puerta a una generalización conceptual que permite pensar tópicos como el cruel imperialismo, la represión sistemática, el racismo, la tortura, los regímenes capitalistas, el aparato policial y la xenofobia dentro de diferentes coyunturas, como por ejemplo el apartheid de la Sudáfrica natal de Coetzee, las razzias de las dictaduras latinoamericanas del Siglo XX, las masacres indígenas durante la conquista y el extenso saqueo de América, sus homólogas en materia del “continente negro” y Asia, y el genocidio y aculturación con motivo de la Campaña al Desierto en la Argentina, entre muchos otros exponentes mundiales en torno a esos mismos atropellos colonialistas de siempre en los que se mezclan la codicia y el mesianismo hueco.

 

Amén de todo lo anterior, bien se puede imaginar a la trama concreta de la faena que nos ocupa teniendo lugar en un pueblito de la frontera entre India y Nepal o China en algún momento entre fines del Siglo XIX y comienzos del Siglo XX, con el salvaje control imperial británico como marco fundamental de los hechos: el lugar está encabezado por un Magistrado sin nombre (Mark Rylance), una autoridad de centroizquierda que lleva el lugar en paz -sin meterse ni con los colonos ni con las tribus locales- y hasta posee un marcado interés por la antropología y la arqueología, siempre desenterrando artefactos varios y tablillas escritas de madera de influjo ancestral. La tranquilidad desaparece cuando llega el lúgubre Coronel Joll (Johnny Depp), un policía del imperio especializado en interrogatorios por tormentos que viene a investigar las actividades del enemigo inventado de turno, los “bárbaros”, léase los pueblos y tribus indígenas que viven del otro lado de la frontera y lejos de lo que ellos gustan de denominar la “civilización”. Así las cosas, primero empieza torturando a un par de reos acusados de robar ovejas, en esencia un anciano y su sobrino que fueron detenidos por los soldados del regimiento por sus rasgos orientales en camino a conseguir algo de medicinas para el muchacho, quien tiene una dolorosa llaga en el cuello. El coronel y sus secuaces los tajean con cuchillos, destrozan ojos, matan al veterano y consiguen una “confesión” del chico acerca de un futuro ataque de los nómadas vernáculos de las montañas contra el pueblo/ fuerte/ puesto de avanzada, lo que a su vez provoca una expedición para capturar a más prisioneros, un sinfín de nuevos suplicios cual campo de concentración improvisado y un incremento de la histeria social/ estatal con los bárbaros.

 

El talentoso director del film, el colombiano Ciro Guerra, aquí nos ofrece su debut en el mercado anglosajón y tiende a recuperar no sólo parte de aquel tono elegíaco de choque y explotación cultural de sus dos propuestas previas, las excelentes El Abrazo de la Serpiente (2015) y Pájaros de Verano (2018), sino también ciertos elementos del primer Roland Joffé, ese de Los Gritos del Silencio (The Killing Fields, 1984) y La Misión (The Mission, 1986), a lo que se suma el sustrato político agitado del enorme Gillo Pontecorvo aunque filtrado por aquel romanticismo algo mucho lírico/ exótico del Bernardo Bertolucci de Refugio para el Amor (The Sheltering Sky, 1990) y Cautivos del Amor (L’Assedio, 1998). La estructura retórica, precisamente, responde a un planteo de esta envergadura porque el relato está dividido en cuatro capítulos, Verano: El Coronel, Invierno: La Chica, Primavera: El Regreso y Otoño: El Enemigo, los dos primeros tratando el arribo de Joll y el enamoramiento platónico del Magistrado con una de las víctimas de las torturas del Coronel, una bella joven asiática sin nombre (Gana Bayarsaikhan) a la que le rompieron los tobillos, la dejaron semi ciega y le marcaron una gigantesca cruz en la espalda, y las dos últimas partes centrándose primero en el viaje del protagonista hacia la espesura de lo considerado salvaje para devolver a la mujer a su pueblo y segundo en el regreso al puesto fronterizo y el descubrimiento de que el propio Magistrado se transformó en sospechoso de colaborar contra el imperio y a favor de los bárbaros, acusación que lo lleva al presidio y a padecer golpes, tortura y humillaciones públicas frente a los ojos alegres de la chusma local de colonos y cortesía del tétrico lugarteniente de Joll, el Oficial Mandel (Robert Pattinson).

 

Más allá de algunos problemas dramáticos vinculados a la construcción un poco escuálida de los personajes y quizás un exceso de lo que podríamos definir como su carácter de “metáforas con patas” de una típica fábula política de fines del Siglo XX, cuando el auge de los regímenes absolutistas del Tercer Mundo amparados por la CIA comenzaba de a poco a declinar para dejar paso a la eclosión de las democracias lamentables de nuestros días, la verdad es que el film consigue redondear un admirable retrato de la manía de los Estados modernos y posmodernos con edificar adversarios para autoafirmarse como “salvadores” ante un pueblo compuesto por burgueses racistas/ clasistas y un lumpenproletariado que comparte criterios y quiere ascender al nivel económico de la clase media, sin que ninguno de los dos estratos logre nunca en serio trepar a las cúpulas dirigentes capitalistas. En este sentido, el Magistrado toma la forma de un funcionario gris de impronta kafkiana que pasa de ser un cómplice mudo frente a las primeras torturas del Coronel a tratar de asistir a las víctimas de su accionar y finalmente a plantarse como una oposición explícita a la doctrina imperial por antonomasia, esa de sentirse superior a los demás e imponer la autoridad mediante el chantaje y los castigos eternos en pos de satisfacer la paranoia patológica de la cleptocracia en el poder en materia de un “exterior” amorfo que podría alzarse contra todos los atropellos que cometen impunemente a diario (tanto ellos en persona como sus sicarios de turno, los Joll y Mandel de este mundo en tanto expertos en la idiotez de generar dolor y esperar que lo que surja de allí sea la verdad, planteo que no comprende la complejidad humana ni mucho menos el trasfondo hiper porfiado del espíritu, la cultura y la ideología).

 

El dejo a lo Jesucristo del Magistrado está perfectamente representado en la hospitalidad, comprensión y mansedumbre existencial de Rylance, un gran actor que funciona como el contrapunto de la frialdad psicopática del dúo Depp/ Pattinson, quienes también ofrecen un desempeño muy bueno porque traen a colación con mínimos gestos y entonaciones de los diálogos la gran cobardía que existe detrás de estos mamarrachescos torturadores que simbolizan el odio ciego y fanático al diferente, cualquiera sea éste. Incluso se podría decir que el guión de Coetzee va un paso más allá con respecto al libro porque así como la novela terminaba con la ausencia total de los bárbaros, una alegoría acerca de la inutilidad y el absurdo de la pesquisa represiva desde el vamos, la película en cambio sí nos entrega una imagen final de las tribus acechantes en el horizonte a posteriori de la huida lastimosa de Joll y Mandel por el colapso de las campañas genocidas contra los orientales, a lo que se agrega la locura del Magistrado, el cual no puede dejar de ver a su amada por todas partes, y la fuga adicional de las huestes policiales rapiñando todo a su paso, comida, animales y mujeres para violar a lo largo y ancho del periplo de vuelta a la sede imperial, la metrópoli: la escena del desenlace, ya con la chusma cómplice aprendiendo lo que se gana al apoyar a los represores, asimismo hace las veces de venganza implícita por parte de los oprimidos, los cuales cansados de ser demonizados y atacados gratuitamente optan por responder con las armas y pagar fuego con fuego, en última instancia asumiendo el lugar que las huestes imperiales siempre les asignaron y que ellos jamás ocuparon de por sí, el de la amenaza en las sombras dispuesta a eliminar a los verdaderos bárbaros, estos fascistas occidentales…

 

Esperando a los Bárbaros (Waiting for the Barbarians, Estados Unidos/ Italia, 2019)

Dirección: Ciro Guerra. Guión: John Maxwell Coetzee. Elenco: Mark Rylance, Johnny Depp, Robert Pattinson, Gana Bayarsaikhan, Greta Scacchi, David Dencik, Sam Reid, Harry Melling, Bill Milner, Gursed Dalkhsuren. Producción: Monika Bacardi, Michael Fitzgerald, Andrea Iervolino y Olga Segura. Duración: 112 minutos.

Puntaje: 8