Un Pez Llamado Wanda (A Fish Called Wanda)

Traiciones en el hampa

Por Emiliano Fernández

El grueso de las capes movies o películas de atracos se centra en la preparación del robo u operación clandestina homóloga porque el atractivo de la cultura -y uno de los focos del entretenimiento masivo- pasa no sólo por violentar el orden establecido sino por brindar un retrato pormenorizado de cómo hacerlo, en sí una jugada que tiene que ver con escaparle a la mundanidad aburrida, a la estupidez de las mayorías y a esa triste explotación cotidiana para dejar en claro qué lindo sería desvalijar a los oligarcas mediante un trabajo delictivo de hormiga. En este sentido todas las caper movies, asimismo, suelen engolosinarse con las secuencias destinadas al asalto en sí, recordemos por ejemplo los legendarios 30 minutos mudos de Rififí (Du Rififi chez les Hommes, 1955), de Jules Dassin, e incluyen algún tipo de representación de la fase posterior al atraco, léase la necesidad de esconderse y huir de la policía o quizás de luchar con los cómplices en caso de que surja un suculento intento de traición entre los miembros de la banda de turno con el objetivo de acaparar el botín, todos elementos utilizados en los dos dípticos que consolidaron el formato a escala narrativa, el incipiente de Los Asesinos (The Killers, 1946) y Sin Ley y sin Alma (Criss Cross, 1949), ambas de Robert Siodmak, y el ya decididamente expansivo de Asalto al Coche Blindado (Armored Car Robbery, 1950), de Richard Fleischer, y La Jungla de Asfalto (The Asphalt Jungle, 1950), del maravilloso John Huston. Muy pocas obras se especializaron en esta etapa de raigambre fatalista o se abrieron camino bajo los parámetros de lo que podríamos definir como un neo noir de caos post delito o un heist film irreverente de internas salvajes egoístas en pos de quedarse con el tesoro robado a los cerdos capitalistas del montón, por ello aún en el Siglo XXI llama la atención una propuesta diminuta y eficaz como Un Pez Llamado Wanda (A Fish Called Wanda, 1988), el regreso a la dirección de largometrajes del británico Charles Crichton luego de 23 años de exilio y punto de partida para una suerte de secuela espiritual, Criaturas Feroces (Fierce Creatures, 1997), de Robert Young y Fred Schepisi, que trajo de vuelta al mismo elenco pero sin reproducir los resultados artísticos.

 

Crichton para finales de la década del 80 era una leyenda en su país porque había dirigido tres de las comedias más famosas de Ealing Studios, la principal productora inglesa de la posguerra, nos referimos a las recordadas Clamor de Indignación (Hue and Cry, 1947), Oro en Barras (The Lavender Hill Mob, 1951) y Los Apuros de un Pequeño Tren (The Titfield Thunderbolt, 1953), realizaciones que marcaron una época ya que la primera sería muy influyente en cuanto a las comedias infantiles, la segunda fue un convite pionero en materia de las capes movies paródicas y finalmente la tercera pasaría a formar parte de la trilogía crucial de Ealing en lo que atañe a las comedias colectivistas o de combate entre lo grupal marginal y el statu quo más concentrado, aquella de Pasaporte para Pimlico (Passport to Pimlico, 1949), de Henry Cornelius, y ¡Whisky en Abundancia! (Whisky Galore!, 1949), del norteamericano desempeñándose en el Reino Unido Alexander Mackendrick. A pesar de que Charles encaró otras cosillas varias de diversa envergadura y muy atendibles, como Al Morir la Noche (Dead of Night, 1945), mítica antología de terror codirigida además por Alberto Cavalcanti, Basil Dearden y Robert Hamer, La Batalla de los Sexos (The Battle of the Sexes, 1960), aquella comedia negra con Peter Sellers, Robert Morley y Constance Cummings, y los thrillers Cazado (Hunted, 1952) y El Tercer Secreto (The Third Secret, 1964), obras hoy injustamente ninguneadas que merecen una mayor atención, la primera de fuga de la ley y la segunda de índole detectivesca, lo cierto es que el convite más festejado de Crichton durante las postrimerías del Siglo XX era Oro en Barras, film que junto con Los Desconocidos de Siempre (I Soliti Ignoti, 1958), de Mario Monicelli, y El Quinteto de la Muerte (The Ladykillers, 1955), otro gran clásico de Mackendrick para Ealing Studios, formaba un trío de propuestas que consolidaron la variante autosatírica de las capes movies de un modo similar a lo hecho por otra trilogía dentro de la vertiente más adusta del noir de atracos, esa de la mencionada Rififí más Casta de Malditos (The Killing, 1956), de Stanley Kubrick, y Bob, el Jugador (Bob, le Flambeur, 1956), joya eterna de Jean-Pierre Melville.

 

Fue el mal trago causado por los fracasos en taquilla de El Tercer Secreto y Cabalgando sobre un Tigre (He Who Rides a Tiger, 1965), su último opus antes de dedicarse a la TV y los VHS educativos para la extravagante empresa Video Arts de John Cleese, el que llevó a Crichton a retirarse del cine, amén de la amarga experiencia detrás de La Celda Olvidada (Birdman of Alcatraz, 1962), obra en la que fue sustituido por John Frankenheimer a raíz de los múltiples conflictos con la estrella y también productor Burt Lancaster. El guión de Un Pez Llamado Wanda se cocinó a lo largo de la década del 80 entre el realizador y un Cleese célebre por su participación en los Monty Python, de allí la confianza que el comediante le tenía al proyecto y su decisión de oficiar de codirector fantasma/ mentiroso -o garantía de que el film se completaría- debido a la avanzada edad de Charles, por entonces de 78 años, y el nerviosismo paranoico de las aseguradoras y el estudio en cuestión, la Metro Goldwyn Mayer. La trama es muy sencilla y abarca el asalto a una joyería londinense a instancias de una pandilla de cuatro simpáticos maleantes, el jefazo del grupo George Thomason (Tom Georgeson), su pareja y femme fatale reglamentaria Wanda Gershwitz (Jamie Lee Curtis), un cómplice tartamudo y amante de los animales llamado Ken Pile (Michael Palin, otro genio de los Monty Python) y un yanqui anglófobo, muy estúpido y fanático de Friedrich Nietzsche que responde al nombre de Otto West (Kevin Kline), quien dice ser el hermano de Gershwitz pero en realidad ambos son amantes. Wanda pretende traicionar a todos para llevarse los diamantes del asalto y por ello utiliza a Otto para denunciar a George ante la policía, no obstante el ahora reo escondió el botín en una ignota caja de seguridad y encima pretende cargarse a la única testigo que lo complica en el proceso judicial por venir, Eileen Coady (Patricia Hayes), una ancianita con tres yorkshire terriers que Ken debería asesinar mientras Gershwitz seduce al abogado de Thomason en busca de información acerca del paradero de los diamantes, Archie Leach (el propio Cleese), núcleo de sucesivos ataques de un West que para colmo se hace pasar por homosexual para controlar al personaje de Palin.

 

Resulta esplendorosa la naturalidad con la que Un Pez Llamado Wanda, título irónico que alude a la hermosa ninfa pero también a la mascota favorita de Pile, un pez ángel, combina ingredientes varios de la comedia negra de Ealing, la screwball comedy hollywoodense, la farsa de choque cultural, aquella comedia puteadora, semi erótica y de enredos de los 80 e incluso los dibujos animados delirantes modelo Looney Tunes y Fantasías Animadas de Ayer y Hoy (Merrie Melodies), algo que tiene que ver tanto con la estructuración aceitada de la dinámica general, aquí basada en el atolladero romántico y las situaciones absurdas entre Gershwitz, el celoso patológico de su seudo hermano y un chupasangre legal que está casado con una ricachona y reprimida sexual, Wendy (Maria Aitken), y tiene de hija a una típica boba de los 80 que quiere hacerse una cirugía estética de nariz y cambiar el caballo que usa para equitación, Portia (Cynthia Cleese, hija de John), como con la química actoral entre los cuatro puntos cardinales del film, unos Cleese y Palin que estaban atravesando lo mejor de su faceta profesional por fuera de los Python, ese Kline extremadamente versátil que en pantalla hace gala de un histrionismo supremo y una Curtis exquisita que ya había superado el primer período de su carrera, el de scream queen por sus colaboraciones con John Carpenter, y estaba a pleno en su fase de “bomba libidinosa” gracias a De Mendigo a Millonario (Trading Places, 1983), de John Landis, Cartas de Amor (Love Letters, 1983), de Amy Holden Jones, y Perfección (Perfect, 1985), la trasheada camp de James Bridges. Crichton por un lado construye una insólita obra maestra sobre las traiciones cruzadas en el hampa, su última película estrenada en salas, y por el otro lado aprovecha el contexto bien desvergonzado de los años 80 para actualizar las premisas de El Quinteto de la Muerte, hoy mediante un Ken que asesina sin querer a los perros de la veterana, y Oro en Barras, caper movie a su vez hermanada a otras farsas criminales del señor como Clamor de Indignación, ¡Burlemos a la Ley! (Law and Disorder, 1958) y El Mocoso que Robó un Millón (The Boy Who Stole a Million, 1960), retahíla de opus inferiores aunque placenteros e ingeniosos…

 

Un Pez Llamado Wanda (A Fish Called Wanda, Reino Unido/ Estados Unidos, 1988)

Dirección: Charles Crichton. Guión: Charles Crichton y John Cleese. Elenco: Jamie Lee Curtis, John Cleese, Kevin Kline, Michael Palin, Maria Aitken, Tom Georgeson, Cynthia Cleese, Patricia Hayes, Geoffrey Palmer, Neville Phillips. Producción: Michael Shamberg. Duración: 108 minutos.

Puntaje: 10