Dr. Jekyll & su Hermana Hyde (Dr. Jekyll & Sister Hyde, 1971), película dirigida por Roy Ward Baker y escrita y también producida por Brian Clemens a partir de El Extraño Caso del Doctor Jekyll y el Señor Hyde (Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, 1886), célebre novela corta del escocés Robert Louis Stevenson, forma parte del ciclo de obras de finales de la década del 60 y los años 70 en su totalidad correspondientes a la decadencia comercial de la Hammer Film Productions, compañía de larga data que a mediados del Siglo XX saltó de la ciencia ficción modelo Pánico Mortal (The Quatermass Xperiment, 1955) y Vasallos del Mal (Quatermass 2, 1957), ambas de Val Guest, a un terror gótico que se transformaría en su marca registrada en adelante, sobre todo gracias a La Maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), Drácula (1958) y La Momia (The Mummy, 1959), las tres dirigidas por Terence Fisher, escritas por Jimmy Sangster y estelarizadas por Peter Cushing y Christopher Lee. Los principales componentes de la fórmula en sí, léase crímenes atroces, sensualidad, colores histéricos, sobreactuaciones y unos decorados altisonantes de impronta decimonónica, fue experimentando un desgaste que se debió tanto a la sobreabundancia en su momento de propuestas semejantes como al cambio de época, con el cine exploitation estadounidense y el Nuevo Hollywood de los 60 y 70 comiéndole a la empresa británica el nicho de mercado que supo ganar con esfuerzo, talento y presupuestos muy limitados, por ello la Hammer ensayó distintas actualizaciones urgentes de la premisa básica que tuvieron que ver primero con el hecho de mover la acción del pasado hacia los años 70, estrategia aplicada en las muy olvidables Drácula 1972 D.C. (Dracula A.D. 1972, 1972) y Los Ritos Satánicos de Drácula (The Satanic Rites of Dracula, 1973), films en parte autoparódicos de Alan Gibson, y segundo con la idea de volcarse más al thriller y/ o el proto slasher, en línea con Los Demonios de la Mente (Demons of the Mind, 1972), de Peter Sykes, Miedo en la Noche (Fear in the Night, 1972), de Sangster, y Directo hasta la Mañana (Straight on Till Morning, 1972), de Peter Collinson, entre otros opus que retomaron diversas realizaciones entrañables de la primera mitad de los 60 de Seth Holt y Freddie Francis para la productora.
Si bien los manotazos de ahogado más “vistosos” de la Hammer, como decíamos antes ya acorralada por la competencia yanqui en materia de truculencias y carne desnuda, sin duda se condicen con sus intentonas en pos de combinar el acervo de siempre con otros géneros o clichés que poco y nada tenían que ver con el dejo victoriano o barroco, pensemos para el caso en Los 7 Vampiros de Oro (The Legend of the 7 Golden Vampires, 1974), desvarío de Baker y Chang Cheh que mezclaba horror y el kung fu de Shaw Brothers, Capitán Kronos: Cazador de Vampiros (Captain Kronos: Vampire Hunter, 1974), única película de Clemens como director que amalgamaba a los chupasangres con el swashbuckler o cine de capa y espada a lo Douglas Fairbanks o Errol Flynn, y Una Hija para el Diablo (To the Devil a Daughter, 1976), melodrama esotérico errático de Sykes que combinaba ingredientes de El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanski, El Diablo Cabalga (The Devil Rides Out, 1968), del querido Fisher, y El Exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, lo cierto es que la jugada más exitosa en términos de aggiornamiento por parte de la prolífica Hammer a comienzos de los 70 se redujo a volcar el asunto hacia lo femenino rapaz y/ o lascivo en primer plano, en este sentido tenemos dos grupetes de propuestas que movieron el núcleo temático desde lo falocéntrico hacia el sustrato rosa empoderado, por un lado la famosa Trilogía Karnstein basada en el vampirismo lésbico de Carmilla (1872), novela corta del irlandés Sheridan Le Fanu, hablamos de Las Amantes del Vampiro (The Vampire Lovers, 1970), de Baker, Lujuria para un Vampiro (Lust for a Vampire, 1971), de Sangster, y Las Hijas de Drácula (Twins of Evil, 1971), de John Hough, y por el otro lado un trío de opus heterogéneos del mismo año que efectivamente introducen una feminidad protagónica en un terreno hasta este momento dominado por los machos, ahora apuntamos a nuestra Dr. Jekyll & su Hermana Hyde más Las Manos del Destripador (Hands of the Ripper, 1971), esa faena de Peter Sasdy que nos presentaba las correrías asesinas de la hija de Jack el Destripador, y La Condesa Drácula (Countess Dracula, 1971), otro producto de Sasdy pero en esta ocasión inspirado en el mito de la aristócrata húngara Erzsébet Báthory.
Más allá de su muy hilarante premisa de fondo, eso de un travesti/ transexual/ hermafrodita simbólico que procura ser inmortal para por fin curar todas las enfermedades que acechan a la humanidad, Dr. Jekyll & su Hermana Hyde ofrece una trama insólitamente coherente que en un principio gira alrededor del señor del título a fines del Siglo XIX, Henry Jekyll (Ralph Bates), y luego en torno a su correlato fantástico, Edwina Hyde (Martine Beswick), todo de hecho porque la vocación del buen doctor pasa por encontrar la panacea para la fiebre amarilla, la difteria, el cólera, el tifus, la fiebre tifoidea, la gripe y muchísimos otros padecimientos que requieren un generoso tiempo de vida que el cuerpo masculino por lo general no tiene, de allí que un comentario fugaz sobre la mortalidad del varón de un amigo de Jekyll, el Profesor Robertson (Gerald Sim), desencadene la investigación de Henry con hormonas femeninas y su simpático fetiche vinculado a “extraerlas” con un escalpelo de la anatomía de hembras muertas, ya sea las que ofrece un empleado corrupto de la morgue, Byker (Philip Madoc), las que compra de una dupla de homicidas y ladrones de cadáveres, William Burke (Ivor Dean) y William Hare (Tony Calvin), o las que asesina él mismo en el barrio londinense de Whitechapel, unos crímenes a su vez atribuidos a Jack el Destripador. Desde ya que el suero que nuestro nerd victoriano desarrolla, a partir de lo que se insinúa son trofeos de la genitalidad femenina, termina derivando en su metamorfosis en mujer, esa tremenda Edwina que no posee prurito moral alguno e incluso disfruta asesinando a la fauna prostibularia rosa, sadismo que logra imponerse sobre el menos dominante Jekyll y su apego para con una vecina que definitivamente está enamorada de él, Susan Spencer (Susan Brodrick), señorita que vive con su madre, la Señora Spencer (Dorothy Alison), y con su hermano mayor, Howard (Lewis Fiander), el cual a su vez se siente obnubilado por la belleza comehombres de Hyde, una supuesta viuda según las mentiras de su “hermano”. Mientras se acumulan los cuerpos frescos de meretrices y una turba ahorca a Burke y ciega a Hare con cal, Edwina revienta al curioso Robertson, quien había comenzado a sospechar de Henry y así se lo había informado al borrachín Sargento Danvers (Paul Whitsun-Jones).
La película aglutina no sólo las tres narrativas principales, léase los asesinatos de Jack el Destripador entre 1888 y 1891, la seguidilla de homicidios de Burke y Hare del año 1828 y finalmente el derrotero ficticio planteado por Stevenson en su texto de 1886, sino también una colección de ingredientes más o menos polémicos para el contexto cada vez más y más permisivo y claramente nihilista del post hippismo, así nos topamos con la necrofilia del picarón Byker, algún chiste sobre canibalismo de parte de Burke, la homofobia implícita de Howard, el sustrato mujeriego/ putañero de Robertson, ese voyeurismo nada sutil de Susan, el alcoholismo del sargento de policía y por supuesto cierto marco incestuoso entre unos Henry y Edwina que comparten el mismo cuerpo y se turnan con sus respectivos intereses románticos, los hermanos Spencer. Por un lado haciendo un muy buen uso de latiguillos infaltables de la Hammer, como los linchamientos, las lindas mutilaciones y la prostitución menesterosa victoriana, y por el otro lado superando a las otras dos adaptaciones encaradas por la compañía de la novela del escocés, la digna Las Dos Caras del Dr. Jekyll (The Two Faces of Dr. Jekyll, 1960), de Fisher, y la completamente olvidada El Patito Feo (The Ugly Duckling, 1959), de Lance Comfort, Dr. Jekyll & su Hermana Hyde asimismo rankea en punta como una de las mejores películas de la última etapa de la extensa carrera de Baker, en sintonía con sus otros clásicos para la Hammer, Las Amantes del Vampiro, Quatermass y el Pozo (Quatermass and the Pit, 1967) y El Aniversario (The Anniversary, 1968), y sus dos joyas para esa competencia representada en Amicus Productions, El Asilo del Terror (Asylum, 1972) y La Bóveda de los Horrores (The Vault of Horror, 1973), grandes lugares comunes de las antologías cinematográficas del espanto. Con ironías del montón alrededor del travestismo macabro de Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, y un excelente desempeño del elenco, especialmente de la putona Beswick y un Bates que se parece a Ray Davies, el líder de The Kinks, el director entrega una faena entretenida caracterizada por un genial diseño de producción, un buen nivel de gore y erotismo y una fotografía estupenda que recurre a tomas subjetivas, cristales/ espejos fracturados e instantes hiper nebulosos…
Dr. Jekyll & su Hermana Hyde (Dr. Jekyll & Sister Hyde, Reino Unido, 1971)
Dirección: Roy Ward Baker. Guión: Brian Clemens. Elenco: Martine Beswick, Ralph Bates, Gerald Sim, Susan Brodrick, Lewis Fiander, Dorothy Alison, Ivor Dean, Paul Whitsun-Jones, Philip Madoc, Tony Calvin. Producción: Brian Clemens y Albert Fennell. Duración: 97 minutos.