The Hitch-Hiker

Tres hombres, un arma y un coche

Por Emiliano Fernández

The Hitch-Hiker (1953), de la británica Ida Lupino, no es sólo el primer film noir de la historia dirigido por una mujer, como se lo suele recordar, sino también la obra maestra de una de las poquísimas féminas que se desempeñó como realizadora en el Hollywood de mediados del Siglo XX. Hablamos de una de las películas más vanguardistas de su tiempo, en términos prácticos una de las primerísimas propuestas que utilizaron de manera brutal el contexto narrativo de las road movies, los juegos del sadismo más explícito y unos espacios abiertos desérticos que más que únicamente reemplazar al entorno fascinante pero también peligroso de las grandes urbes, lo que realmente hacen es desacralizar la belleza de los paisajes majestuosos del western clásico para colocarlos bajo una mirada mucho más angustiante, febril y paranoica; con aquella claustrofobia metropolitana tomando la forma de un interior automovilístico y una apertura exterior inhóspita que se traga a los personajes bajo la contradicción de una inmensidad que no ofrece refugio o una mínima seguridad en lo que respecta a garantizar la vida. Lupino, conocida por su faceta actoral y sus magníficas colaboraciones con Raoul Walsh y Humphrey Bogart, La Pasión Manda (They Drive by Night, 1940) y Altas Sierras (High Sierra, 1941), amén de trabajos loables símil El Lobo de Mar (The Sea Wolf, 1941) y Una Mujer Perdida (The Hard Way, 1943), aquí adapta el derrotero criminal del tremendo Billy Cook (1928-1952), un joven con una infancia espantosa y un ojo derecho deforme que se transformó en un legendario asesino múltiple al matar a seis personas a lo largo de Missouri y California entre fines de 1950 y comienzos de 1951, todo en un raid que duró apenas 22 días y lo hizo saltar de vehículo en vehículo.

 

Sustentado en un presupuesto minúsculo y un metraje de sucintos 71 minutos, el relato se centra en la figura de Emmett Myers (William Talman), un autoestopista psicópata que viene de cargarse a una parejita y a un hombre solitario, siempre subiéndose en los automóviles de las carreteras desoladas cual lobo con piel de cordero, viajando un tiempo con sus víctimas en calidad de rehenes y finalmente matándolas para robarles su dinero y continuar un derrotero que tiene mucho de huida hacia ninguna parte en pos de alejarse de una sociedad que marginó al susodicho de maneras nada sutiles. Así las cosas, son el delineante Gilbert Bowen (Frank Lovejoy) y el mecánico Roy Collins (Edmond O’Brien), dos maridos que les dijeron a sus esposas que iban de pesca a una zona montañosa de Arizona aunque en verdad partieron hacia San Felipe, en México, para divertirse en el camino -de manera adicional- con alcohol y mujeres de la noche, quienes levantan en su Plymouth al costado de la ruta a Myers, el cual por cierto se quedó sin combustible conduciendo el coche de su última víctima. Emmett pronto deja ver un revólver y obliga a los dos hombres a acompañarlo en un periplo a lo largo de la Península de Baja California con dirección al pueblo de Santa Rosalía, donde planea tomar un ferry a través del golfo hacia la ciudad de Guaymas. Desde el vamos la actitud sumisa de los rehenes sólo es equiparable a la soberbia y el gustito por la tortura de un Myers que a pesar de tener a las policías mexicana y estadounidense pisándole los talones no afloja ni por un segundo en lo que atañe a su actitud arrogante, meticulosa y bien fría, una y otra vez tendiente a escuchar los informativos radiales y a extraer placer del terror que inspira sobre Bowen y Collins.

 

Aquí Lupino prácticamente inventa una fórmula que sería fundamental en el desarrollo futuro del thriller de suspenso y el cine de horror en general, léase el esquema retórico del autoestopista demente/ sociópata y la toma ad infinitum de prisioneros al paso que sirven en simultáneo de choferes, “máscaras” para comprar comida y gasolina, útiles escudos contra las eventuales balas de la ley y juguetes con patas de los cuales mofarse cortesía de su mediocridad biempensante y el mismo hecho de haber caído en la farsa de la familia modelo tradicional occidental (Bowen, por ejemplo, tiene hijos con su esposa y en esencia ambos señores sucumben rápido -apenas abandonan sus respectivos hogares conyugales- en la fantasía del escape de la “cárcel” doméstica mediante las bebidas blancas y los cabarets). El andamiaje narrativo, ese que puede rastrearse tanto en clásicos del exploitation italiano en línea con Rabid Dogs (Cani Arrabbiati, 1974) de Mario Bava y Hitch-Hike (Autostop Rosso Sangue, 1977) de Pasquale Festa Campanile como en convites anglosajones exacerbados/ alucinados símil Carretera al Infierno (The Hitcher, 1986) de Robert Harmon y Demonio del Polvo (Dust Devil, 1992) de Richard Stanley, en esta versión primigenia se mantiene firme con los pies sobre la tierra y ofrece un retrato muy austero y tétrico de una situación límite que supera por mucho en virulencia -e incluso precede en el tiempo- a Horas Desesperadas (The Desperate Hours, 1955), el clásico dirigido por William Wyler y protagonizado por Bogart acerca de una toma de rehenes en una casa suburbana, una obra que es casi una canción de cuna comparada con el muchacho perturbado que nos ocupa y su propensión a convertir el arte de hacer dedo en el camino en una cruel estrategia de cacería.

 

Esquivando cualquier parafernalia vinculada al machismo pueril y a la metamorfosis automática de las víctimas en héroes de cotillón a lo Hollywood, The Hitch-Hiker es un proyecto de idiosincrasia independiente y con excelentes actuaciones del trío central que mantiene altísima la tensión todo el tiempo y sabe cómo aprovechar en términos dramáticos todos los tormentos, esos que abarcan el tiro al blanco, el dejar que los reclusos escapen para recapturarlos, el amagar con arrojarlos a un pozo, el hacerlos caminar por el yermo inerte y la misma tendencia a martirizarlos a escala psicológica infundiéndoles un constante miedo y socavando la solidaridad mutua al señalar que su amistad los hace débiles y que deberían adoptar para sobrevivir el egoísmo maquiavélico del propio Myers (se podría decir que hasta los intentos de Bowen y Collins por sabotear a Emmett, como por ejemplo dejar pistas a la policía -un anillo de matrimonio en la bomba de una estación de servicio- y hacerle un agujero al cárter del Plymouth, se sienten tardíos e infructuosos). Lupino respeta el desenlace real de Cook/ Myers y no convierte a la deformidad de su ojo derecho, esa que le permite dormir con el párpado abierto y simular vigilancia eterna, en una excusa patética para transformar al villano en una caricatura sin ningún asidero en la sociedad empírica cotidiana que nos rodea, más bien todo lo contrario porque la utiliza como otra metáfora más del paradójico sustrato existencial del ser humano (así como los rehenes son hombres con “necesidades” dentro y fuera de sus familias, Emmett lleva impresas en el rostro tanto la marginación que sufrió por parte del Estado y la comunidad como esa rabia homologada a una potencialidad destructora sin freno, incluso llegando a subrayar en el final que sin su arma el secuestrador no es más que un cobarde). Film de culto por antonomasia, la película sintetiza todo lo que está bien en el terreno de la clase B más aguerrida e inconformista, esa que combina lo mundano y lo insólito sin que quede en claro a ciencia cierta cuál es cuál…

 

The Hitch-Hiker (Estados Unidos, 1953)

Dirección: Ida Lupino. Guión: Ida Lupino, Collier Young, Robert L. Joseph y Daniel Mainwaring. Elenco: William Talman, Edmond O’Brien, Frank Lovejoy, José Torvay, Sam Hayes, Wendell Niles, Jean Del Val, Clark Howat, Natividad Vacío, Wade Crosby. Producción: Collier Young. Duración: 71 minutos.

Puntaje: 9