Cerdo (Pig)

Trufas para el duelo

Por Emiliano Fernández

Cuenta la leyenda urbana contemporánea que Nicolas Cage pasó de aquel período semi indie de los 80 y del estallido de su popularidad en los 90, sobre todo debido a Adiós a Las Vegas (Leaving Las Vegas, 1995), de Mike Figgis, La Roca (The Rock, 1996), de Michael Bay, Contracara (Face/ Off, 1997), de John Woo, Ojos de Serpiente (Snake Eyes, 1998), de Brian De Palma, 8 Milímetros (8MM, 1999), opus de Joel Schumacher, y Vidas al Límite (Bringing Out the Dead, 1999), de Martin Scorsese, a la catarata de películas que ha estado filmando en el nuevo milenio debido a sus diversos problemas con el fisco estadounidense y especialmente a su costumbre de especular en el mercado inmobiliario, pedir préstamos gigantes y adquirir diversos ítems a una escala francamente lunática, como por ejemplo aviones, yates, muchos Rolls Royce, joyas, obras de arte y hasta el cráneo de un dinosaurio, el tarbosaurus bataar, que encima tuvo que devolver a las autoridades de Mongolia porque había sido robado en primer término. Este ritmo febril de trabajo nos ha dejado con muchos bodrios pero asimismo con obras brillantes como El Ladrón de Orquídeas (Adaptation, 2002), de Spike Jonze, Los Tramposos (Matchstick Men, 2003), de Ridley Scott, El Señor de la Guerra (Lord of War, 2005), de Andrew Niccol, Cuenta Regresiva (Knowing, 2009), de Alex Proyas, Un Maldito Policía en Nueva Orleans (The Bad Lieutenant: Port of Call- New Orleans, 2009), de Werner Herzog, y Kick-Ass (2010), de Matthew Vaughn, entre otras películas que continúan demostrando no sólo la versatilidad y el talento todo terreno del ultra desquiciado señor sino también el hecho de que a continuación siempre se puede aparecer con cualquier cosa, lo que implica una sensación de sorpresa permanente que se agradece mucho en el ámbito de la mediocridad y uniformidad cultural actual generalizada.

 

Ahora bien, si nos centramos de manera exclusiva en nuestra última década podemos ver que el volumen de films entregados por año ha aumentado exponencialmente debido a tres razones, primero, pareciera que Cage sigue enterrándose a sí mismo con diversos procesos legales cruzados, segundo, definitivamente el intérprete -ya veterano, con más de 40 años de profesión encima- disfruta actuar al nivel de consagrar gran parte del año a proyectos sucesivos y tercero, resulta evidente que el amigo Nicolas siempre arrastró cierta tendencia autodestructiva por el tipo de roles que suele aceptar y por su apego al martirio escénico y el inconformismo a lo Marlon Brando, algo que puede verse en los mejores opus recientes en los que ha estado participando en línea con Sin Salida (Trespass, 2011), de Schumacher, Joe (2013), de David Gordon Green, Como Perros Salvajes (Dog Eat Dog, 2016), de Paul Schrader, Snowden (2016), de Oliver Stone, Army of One (2016), de Larry Charles, Mamá y Papá (Mom and Dad, 2017), de Brian Taylor, Mandy (2018), de Panos Cosmatos, y El Color que Cayó del Cielo (Color Out of Space, 2019), regreso a la dirección del querido cineasta sudafricano Richard Stanley. Su nueva realización, Cerdo (Pig, 2021), ópera prima del norteamericano Michael Sarnoski, vuelve a quebrar todos los esquemas porque aquí el intérprete nos ofrece un desempeño muy contenido, melancólico y meditabundo que tira por la borda su habitual y gloriosa sobreactuación para ponerse al servicio de una película decididamente genial que analiza por un lado el pesar silente alrededor de la pérdida del ser querido, dolor que jamás desaparece, y por el otro lado la banalidad hiper bobalicona de nuestros días y la obsesión de un montón de necios con caerle bien o dar una imagen de perfección a ojos de imbéciles egoístas a los que les importa un comino todos los demás.

 

La trama es minúscula y hace hincapié en Robin “Rob” Feld (Cage), ex chef muy famoso de Portland que se convirtió en un misántropo absoluto luego del fallecimiento de su esposa Lori (Cassandra Violet) al punto de mudarse a una cabaña rústica en medio del frondoso bosque del Estado de Oregón y mantenerse recolectando trufas gracias a un enorme cerdo hembra, su querida mascota entrenada para encontrar los preciados hongos y vendérselos luego a Amir (Alex Wolff), un ambicioso joven cuentapropista que trabaja de proveedor de ingredientes exóticos para los diversos restaurants del circuito gourmet de Portland. Una noche unos intrusos ingresan en la precaria construcción donde vive y le pegan con un bate en la cabeza para robarle el animal, por ello el protagonista comienza una cruzada en pos de recobrarlo cuanto antes que lo lleva a asociarse con Amir y a descubrir por medio de Mac (Gretchen Corbett), otra recolectora de trufas, que los responsables fueron unos drogadictos menesterosos (Julia Bray y Elijah Ungvary) que entregaron el cerdo a un ricachón de la ciudad. Trasladado a Portland en el Chevrolet Camaro del muchacho, Rob entra en contacto con un personaje bastante oscuro que no veía desde hacía 15 años, Edgar (Darius Pierce), quien organiza peleas clandestinas para trabajadores de restaurants y le termina diciendo, luego de recibir una paliza de resistencia en uno de los combates, que debe hablar con otro chef, Finway (David Knell), un tarado que se la pasa cocinando basura posmoderna en esas porciones microscópicas cuando en verdad quiere abrir un pub, algo que Rob saca a la luz porque trabajó con él tiempo atrás y así consigue conocer la identidad del responsable del secuestro, nada menos que el padre de Amir, Darius (Adam Arkin), un oligarca del gremio de las materias primas que se niega a devolver el animal y hasta amenaza de muerte a Feld.

 

Sin duda la película, con semejante premisa de cabecera, podría haber sido un thriller de venganza tradicional que deje contenta a la fauna de oligofrénicos y demás descerebrados actuales que siempre ven lo mismo, no obstante el giro narrativo hacia la no violencia, el suplicio interno/ psicológico y el poder de convencimiento, hoy a través de una voluntad de hierro y la inefable retórica, resignifica el derrotero cinematográfico habitual y ennoblece a la delicada obra de Sarnoski, consideremos para el caso cómo nuestro adalid del cariño irrestricto para con la amiga de cuatro patas en problemas convence a los informantes y/ o delincuentes del relato, a Edgar soportando golpes, porque evidentemente tiene algún pleito de larga data con el señor, a Finway diciéndole la verdad sobre sí mismo, ya que trabaja en un restaurant burgués de moda que no tiene nada que ver con su personalidad subrepticia apegada a lo popular, y finalmente a Darius preparándole aquel plato de codornices, vino tinto y una baguette salada que supo degustar con su esposa en una de las pocas salidas en conjunto en las que no terminaron peleando, una mujer que luego intentó suicidarse y ahora está en coma en un hospital a instancias de su marido, que no la deja morir amparado en la mafia médica y sus truquillos. Este paralelismo entre los dos extremos del robo del cerdo, animal que falleció desde el vamos durante el episodio nocturno y que el ex chef ni siquiera necesita en realidad para conseguir las trufas porque los árboles son los que indican -al conocedor verdadero- dónde se hallan, está conectado con la imposibilidad de conciliar el martirio de puertas adentro con la pretendida imagen de fortaleza, perfección o belleza que la sociedad espera de cada miembro y más en una época de redes sociales que le agregan un manto de estupidez lustrosa a prácticamente todo lo que de por sí ya era muy nauseabundo en el ser humano, como el individualismo, la soberbia, la codicia, la crueldad y el culto a la apariencia y el agradar al resto de los bípedos. Sarnoski, creador de un par de cortometrajes de terror que en parte se filtran estética e ideológicamente en Cerdo por la abundancia de claroscuros y la ausencia de humor para retrasados mentales que no pueden comprometerse con nada serio, acertó de manera mayúscula con Wolff en tanto contrapeso de Cage, un muy buen actor, conocido sobre todo por Viejos (Old, 2021), de M. Night Shyamalan, Mala Educación (Bad Education, 2019), de Cory Finley, El Legado del Diablo (Hereditary, 2018), de Ari Aster, Mi Amigo Dahmer (My Friend Dahmer, 2017), de Marc Meyers, y Purasangres (Thoroughbreds, 2017), también de Finley, que se adapta a las necesidades dramáticas de su personaje en consonancia con un Amir que va tomando conciencia de la vacuidad de su estilo de vida lujoso, representado en pantalla en su casa, el mismo Camaro amarillo o su gusto farsesco por la música clásica y los audiolibros sobre el tema relatados por un locutor bien ridículo (David Shaughnessy), y ratificando la necesidad de lidiar con el problema de la pérdida de manera directa del mismo modo en que su taciturno padre y el protagonista consiguen hacerlo llegando el final, cuando el recuerdo doloroso ya se deja de evitar. La realización, incluso, explora tópicos adicionales o complementarios como por ejemplo la angustia escondida, la respetabilidad antojadiza social, el amor por la cocina, las idas y vueltas de nuestra identidad y el olvido pretendido/ buscado, las mafias capitalistas, la solidaridad y traición entre iguales, los límites del ostracismo, la sombra acechante de la muerte, la ecología radical, las sonseras metropolitanas más triviales y ese canibalismo tácito comunal que empareja al dinero poseído o aparentado en público con el valor de las personas en sí, por ello las redes de lo colectivo están atravesadas por relaciones cotidianas de humillación y esclavitud apenas maquilladas. Desde el principio idílico con el paraíso verde y la amiga en paz en el bosque hasta el desenlace a lo limbo de la mano del cassette que Lori le grabó a su marido para su cumpleaños, cantando y tocando en guitarra I’m on Fire (1985), de Bruce Springsteen, la propuesta funciona como una anomalía en el contexto industrial contemporáneo que recupera lo mejor del indie de otras décadas para sopesar los vaivenes de un duelo que se desarrolla como las trufas, debajo de la tierra o capa visible…

 

Cerdo (Pig, Estados Unidos/ Reino Unido, 2021)

Dirección y Guión: Michael Sarnoski. Elenco: Nicolas Cage, Alex Wolff, Julia Bray, Elijah Ungvary, Cassandra Violet, Gretchen Corbett, Darius Pierce, David Knell, Adam Arkin, David Shaughnessy. Producción: Nicolas Cage, David Carrico, Vanessa Block, Thomas Benski, Ben Giladi, Adam Paulsen, Dori A. Rath, Joseph Restaino, Steve Tisch y Dimitra Tsingou. Duración: 92 minutos.

Puntaje: 8