Swallow

Tu familia, tu hogar, tu prisión

Por Emiliano Fernández

Si existe un trastorno psicológico que no ha sido tratado por el séptimo arte, o por lo menos no al nivel de Swallow (2019), es la pica, léase la compulsión a ingerir objetos que van rotando según el gusto del enfermo y en general sustancias sintéticas sin valor nutritivo, de esas que construimos y de las que estamos rodeados los seres humanos: este maravilloso y sorprendente debut en solitario del realizador y guionista Carlo Mirabella-Davis toma la afección y la contextualiza dentro de la mediocridad de la vida burguesa del mismo modo en que Todd Haynes hizo lo propio en Safe (1995), aquella excelente muestra de terror conceptual y estudio de personajes en la que Julianne Moore desarrollaba una “sensibilidad química” que destruía la aparente perfección de una realidad que respondía más al control social prefijado que a la autonomía y/ o las decisiones de la protagonista. Aquí el devenir retórico nos propone el camino inverso porque nuestra adalid, Hunter Conrad (Haley Bennett), en vez de entrar en crisis por la pica experimenta una especie de renacimiento que la saca del patético “cajón” existencial en el que supieron confinarla tanto la parentela de la que proviene como la homóloga que construyó ella misma siguiendo automatismos de diversa índole, todos vinculados a las expectativas en torno a lo que en el capitalismo se considera exitoso cual estatus de poder que implica posesión sobre cosas y seres por igual.

 

Hunter está casada con Richie (Austin Stowell), el hijo de un miembro prominente de la oligarquía empresaria y parte constitutiva de una estirpe que -como buena representante de la alta burguesía- adora hegemonizarlo todo a puro egoísmo y soberbia. Consciente de que es una “esposa trofeo” de la que se espera cuidado estético, una casa arreglada, sexo a discreción del marido y hablar poco, la mujer de hecho tiene lo que muchos consideran una vida soñada, en especial bienestar económico, un matrimonio en apariencia reluciente y el tiempo libre de una ama de casa sin hijos. Como siempre en estos casos, la infelicidad se asoma en los pequeños ataques pasivo/ agresivos a los que la someten tanto el propio Richie, quien no le presta la más mínima atención en privado y siempre la utiliza para dar una imagen de perfección conyugal en público, como los padres del susodicho, Katherine (Elizabeth Marvel) y Michael Conrad (David Rasche), los cuales también la consideran un florero bello del que se espera las mismas obediencia y docilidad de cualquier otro “empleado” de la enigmática firma de negocios que llevan adelante con su hijo, siempre haciéndole saber lo agradecida que debe estar por el devenir lujoso que corona sus días. Justo en el mismo momento en que queda embarazada, Hunter comienza a tragar objetos que incluyen una bolita, una tachuela, un candado, una pila y hasta un peón de ajedrez.

 

La película evita cualquier salida psicótica o sobrenatural porque prefiere presentarnos con una puesta en escena minimalista el trasfondo psicológico de la protagonista y cómo la dialéctica del control a la que fue sometida jugó un papel crucial en su curiosa obsesión, de la que la familia de su esposo termina enterándose en ocasión de una ecografía: primero le enchufan una psiquiatra que le pasa a Richie toda la información que le saca a su paciente, Alice (Zabryna Guevara), y luego le asignan a un supuesto enfermero sirio que en realidad es un guardia con el objetivo de vigilarla para que no dañe al feto/ flamante propiedad del clan con su compulsión, el refugiado de guerra Luay (Laith Nakli). El placer que ella siente saboreando las texturas de las peligrosas cosillas que ingiere contrarresta su invisibilidad cotidiana dentro de la clase alta, esa que le regala gestos horribles como los dos principales de su marido, el contarle a todos sus compañeros de trabajo el problema de su esposa y el mismo hecho de forzar a la psiquiatra a revelar el mayor secreto de Hunter, que fue el producto de una violación que padeció su progenitora, una fanática religiosa de derecha que estaba -y sigue estando- en contra del aborto. La rebelión de turno pasará por tragar un destornillador de relojería, desencadenando un intento de los Conrad de encerrarla en un manicomio hasta que nazca el crío, extorsionándola con el divorcio en caso de negativa.

 

Mirabella-Davis construye una parábola magistral acerca de la violencia y el desprecio que las cúpulas sociales ejercen sobre las mayorías y acerca de los vericuetos del trastorno de Hunter, en la piel de la genial Bennett, una hermosa actriz que se asemeja a Jennifer Lawrence y a la primera Renée Zellweger: es a través de las muecas, reacciones y pocas palabras de la protagonista que el realizador y guionista edifica su discurso, en simultáneo evitando los sermones del melodrama naif y tirándose de cabeza al terreno de un thriller asfixiante de entorno cerrado aunque más volcado al humor negro y el semi surrealismo que a los latiguillos pomposos o vueltas de tuerca del suspenso de corte tradicional. Esta sutileza y este detallismo mundano enmarcan a la propuesta en su conjunto, atacando a las patéticas psiquiatría y psicología, siempre al servicio del reduccionismo interpretativo y el mejor postor, a la artificialidad de la vida burguesa promedio, repleta de placebos que fallan en sublimar la angustia de la soledad y la sumisión, y a esas arpías fascistas “pro-vida” que niegan a terceros el derecho al aborto, algo que queda de manifiesto con la fuga de ella y la negativa de la madre a cobijarla en su hogar, típica posición de estas energúmenas sin sesos que hacen todo lo posible para que nazca el bebé indeseado y luego se lavan las manos en lo que atañe a las múltiples responsabilidades futuras que vienen adicionadas con el infante.

 

Como decíamos anteriormente, esta idea del hogar y la familia como prisiones -tanto la de nuestros padres como la que formamos a posteriori, de adultos, a veces casi sin darnos cuenta- está muy marcada en el relato, incluso reforzada mediante la sugestiva presencia de los dos únicos personajes que manifiestan interés verdadero por Hunter, hablamos de su guardián de Siria por un lado, quien se solidariza, la ayuda a escapar y hasta señala que la pica no es precisamente un trastorno común de los países en guerra sino de las sociedades pudientes del Primer Mundo, y de su padre biológico por el otro, el violador en cuestión, William Erwin (Denis O’Hare), un hombre que se reformó en el presidio, construyó una familia y le regala la certeza de que ella no es como él porque es en verdad inocente a nivel esencial. Mirabella-Davis sorprende con la sublime defensa del aborto del desenlace y utiliza con astucia la banda sonora de Nathan Halpern y el popurrí de canciones elegidas, en especial esa Anthem, de Alana Yorke, que funciona como remate de un film que sabe diseccionar los síntomas de la enfermedad y reconocer cuánta reafirmación identitaria hay en esos diminutos ademanes autodestructivos, los cuales a pura paradoja nos hacen sentir más vivos, autónomos y libres que la catarata de banalidades y estupideces que vienen rubricadas con el sello de aprobación del enclave capitalista más nauseabundo e injusto…

 

Swallow (Estados Unidos/ Francia, 2019)

Dirección y Guión: Carlo Mirabella-Davis. Elenco: Haley Bennett, Austin Stowell, Denis O’Hare, Elizabeth Marvel, David Rasche, Zabryna Guevara, Laith Nakli, Luna Lauren Vélez, Babak Tafti, Nicole Kang. Producción: Frédéric Fiore, Mynette Louie, Carole Baraton y Mollye Asher. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 9