Confessions II, de Madonna

Un analgésico para la psiquis

Por Emiliano Fernández

Pocos lo recuerdan ya en esta era de idiotez y superficialidad pero Madonna Louise Ciccone alias simplemente Madonna, hoy con la friolera de 67 años, fue la principal artífice en cuanto a la naturalización del sexo, el feminismo, la homosexualidad, el multiculturalismo y la irreverencia anticristiana/ anticatólica en el pop masivo y el mainstream musical planetario en términos generales durante las postrimerías de la centuria pasada, una muchacha que en aquel eje oscurantista del reaganismo/ thatcherismo fue atacada incansablemente por su hilarante pose provocadora, esa que espantaba a los beatos, ortodoxos, conservadores y otros tantos hipócritas de los años 80 y 90. Sinónimo de vestuario kitsch, apropiación simbólica de minorías, videoclips pirotécnicos para MTV y esos shows/ recitales coreografiados hasta el ridículo, la estadounidense patentaría su particular amalgama de dance, post-disco y synth-pop, respetando las melodías tanto como las pistas de baile, generaría una infinidad de clones devaluados, desde Britney Spears hasta Lady Gaga pasando por Beyoncé, Taylor Swift, Gwen Stefani, Katy Perry y Rihanna, y bebería desde el vamos de artistas muy superiores como sus dos ídolos de siempre, David Bowie y Debbie Harry de Blondie, a lo que se suma una pizca de Stevie Nicks, Annie Lennox, Patti Smith, Siouxsie Sioux, Karen Carpenter y Chrissie Hynde de The Pretenders, entre otras. Más allá de la archiconocida anécdota de que llegó a Nueva York en 1978 con 35 dólares en sus bolsillos y la idea de convertirse en bailarina, en concreto empezó su carrera profesional en la música a fines de los 70 e inicios de la década siguiente de la mano de Dan Gilroy y su banda Breakfast Club, como baterista y cantante, y a través de Emmy, en esencia un dúo fugaz con Stephen Bray en el que ofició de guitarrista.

 

Luego de un debut irrelevante en la new wave más insípida, Madonna (1983), el nivel cualitativo comienza a ascender progresivamente mediante la trilogía de maduración de Like a Virgin (1984), True Blue (1986) y Like a Prayer (1989), este último álbum su obra maestra y contando con la colaboración de Prince en la célebre Love Song. La rutina o corrección anodina detrás de Erotica (1992) y Bedtime Stories (1994), ambos cercanos al rhythm and blues, el hip-hop, el funk y el techno, tiene mucho que ver con la sobreutilización de la sensualidad en su imagen pública, esquema que llega a la saturación gracias a Sex (1992), libro softcore de impronta publicitaria/ estereotipada/ inofensiva, y Body of Evidence (1993), el patético film de Uli Edel con la diva, más Willem Dafoe, Joe Mantegna y Anne Archer, que tranquilamente puede leerse como un exploitation sin imaginación ni talento de Basic Instinct (1992), obra maestra de Paul Verhoeven. La cúspide en cuanto a producción llega en Ray of Light (1998), placa creada junto a William Orbit en la que recupera elementos del trip hop, el ambient, el house, el drum and bass, el trance y la new age para sellar su vuelco hacia la electrónica de una manera relativamente amigable para con sus fans históricos, quienes la acompañaron mientras una nueva generación de admiradores celebraron la perspicacia de la veterana a la hora de amalgamar misticismo, accesibilidad pop y cuerpos en danza. La meseta cualitativa bienintencionada posterior, aquella de Music (2000) y American Life (2003), tiene que ver con un minimalismo apuntalado en detalles acústicos símil country o folk y en el destilamiento hiphopero -y en ocasiones softrockero- del asunto, como si la artista no se decidiese entre la electrónica y las otras dos vertientes. La reinvención de corte neoclasicista está equiparada a su siguiente movimiento en estudio, Confessions on a Dance Floor (2005), trabajo disfrutable producido por Stuart Price y estructurado como un DJ set de temas enganchados que nos regresan al terreno que Madonna trabajó en los años 80, el dance-pop con filosofía de música disco y ahora por supuesto actualizado/ aggiornado mediante el arsenal intoxicante del house, el trance, el rock industrial, el big beat, el electropop y la dark wave. Como era de esperarse en un periplo tan errático, justo a posteriori tendríamos que lidiar con la mediocridad de un eterno, aburrido e intercambiable reciclaje de ideas ajenas y algunas propias, por cierto todas mucho mejor redondeadas en el pasado, en sí un combo intermitentemente reaccionario y trivial en el que cayeron una legión de compositores y productores que infantilizaron o no le hicieron justicia a la otrora camaleónica y subversiva Madonna, etapa que abarca la trilogía dance de Hard Candy (2008), MDNA (2012) y Rebel Heart (2015), más el trabajo autónomo Madame X (2019), este último rankeando en punta como lo peor que haya entregado en su carrera, un cocoliche impresentable y caótico de trap, art pop, reggae, samba y world music.

 

El flamante Confessions II (2026) levanta la puntería al ofrecernos otro DJ set que sin llegar al nivel de joyas como Like a Prayer y Ray of Light, se ubica tranquilamente en ese escalón inferior pero muy digno y coherente de la primera parte, Confessions on a Dance Floor, dejando muy atrás a los bodrios del Siglo XXI que siguieron a la placa bisagra del año 2005. El disco fue realizado como “pasatiempo” mientras trataba de hacer avanzar dos proyectos biográficos que continúan en punto muerto, una serie para Netflix y una película con Julia Garner para Universal Pictures, por ello a las polémicas por su rostro, hoy semi destruido a raíz de una retahíla de cirugías estéticas por demás innecesarias, la artista responde con una voz en muy buen estado y una naturalidad de idiosincrasia bailable que ya creíamos perdida, fagocitada por el sustrato artificial o en pose baladí de Hard Candy, MDNA, Rebel Heart y el insufrible Madame X. Se podría decir que Confessions II funciona como un elogio contradictorio al escapismo de las pistas de baile y a la redención que pueden regalar en materia de sanar traumas varios, siempre pensando en una catarsis cuya profundidad dependerá de cada persona y su amor por la música y el agite corporal, todo a su vez inspirado por tragedias sociales, como el ascenso de la nueva derecha filofascista, neoliberal y retrógrada, y por debacles personales, específicamente el óbito en 2023 de un hermano, Anthony Ciccone, y el fallecimiento en 2024 de otro hermano y su madrastra, Christopher y Joan Ciccone, esta última su archienemiga dentro de la parentela. A modo de enciclopedia de la electronic dance music o EDM y sus ramificaciones dentro de una nostalgia que incorpora pinceladas de house, trance, electropop, disco, synth-pop, trip hop, eurodance, 2-step garage, big beat, electroclash, techno, ambient y drum and bass, el álbum nos devuelve a la mejor Madonna posible del nuevo milenio, esa que sabe combinar melodías, beats adictivos y la producción nu-disco del reaparecido Price, señor que aporta profesionalidad, mucho eco y resonancias de club o rave noventosa non stop.

 

I Feel So Free, con un sample de French Kiss (1989), el tema más famoso de Marvin Louis Burns alias Lil Louis, abre el álbum a puro house y pura música disco mientras Price garantiza la elegancia de los sintetizadores y Madonna celebra el anonimato y la libertad de las pistas de baile y deambula algo perdida en las implicancias de la fama, como eso de sentirse atacada, desconfiar de la gente, crear nuevas personalidades y nunca saber del todo qué puede llegar a ser exitoso entre el público, por ello mismo combina un estribillo melodioso con unos versos susurrados modelo erotismo de la década del 90. Good for the Soul coquetea con el trance y el 2-step garage para desparramar la versión mística que de la danza suele ofrecer la cantante y compositora estadounidense, casi siempre vinculando al baile con el amor, la espontaneidad, el espíritu en éxtasis, la colectivización del cuerpo, el sustrato atemporal y sus ya clásicos delirios astrológicos, cósmicos o cabalísticos, amén del leitmotiv temático de una caricia al alma que compensa su internación en un hospital en 2023 debido a una infección bacteriana, coma inducido durante 48 horas de por medio. One Step Away se lanza de cabeza hacia una suerte de eurodance ralentizado, con capas y capas de synth-pop, y le permite a Madonna profundizar en su idea utópica aunque loable de la música y los cuerpos danzantes ayudando a superar la violencia, los traumas de larga data, los silencios, las apariencias banales, los dramas, la tendencia a esconderse y la esclavitud tácita cotidiana de la tesitura que sea, sin olvidarnos de esa introducción -nuevamente susurrada y recitada- que explicita aún más el trasfondo, “la gente piensa que la música electrónica es superficial pero están completamente equivocados/ la pista de baile no es sólo un lugar, es un umbral/ un espacio ritualístico donde el movimiento reemplaza al lenguaje”. Bring Your Love, con un sample de Good Life (1988), del colectivo Inner City, y la participación de la insulsa Sabrina Carpenter, otro clon para el olvido de Madonna, combina house y techno en un paradigmático contraataque de la diva contra el público, la prensa y demás especímenes sociales que la injuriaron en algún momento, esquema que se mueve entre la paranoia, la resiliencia y una dosis de sensatez e incluye la relativización de su brújula moral y su discreción más el rechazo hacia los comentarios, los miedos, las expectativas y los juicios de la gente porque suelen tratarla como un juguete o porque sus palabras anulan su alegría, lo que la lleva por un lado a una graciosa amenaza, “sé dónde están enterrados los cadáveres, no intentes callarme”, y por el otro lado a revalidar cierta astucia visceral de vieja escuela que no se basa en algoritmos ni redes sociales ni plataformas, “no intentes distraerme con números, lo hice todo por amor”.

 

Danceteria, con producción adicional de Andrew Watt, señor hoy muy cotizado, y una cita explícita a Walk on the Wild Side, uno de los megaclásicos de Transformer (1972), discazo de Lou Reed con producción de Bowie y Mick Ronson, constituye sin duda el mejor tema de Confessions II y tiene mucho de autohomenaje nu-disco, rematado con un maravilloso outro entre electroclash y big beat, bajo la noción de recordar su paso por el club de Manhattan del título, donde la por entonces Señorita Ciccone fue descubierta por el DJ Mark Kamins, precisamente quien le consiguió una reunión con una subsidiaria de Warner Bros., Sire Records, y donde se filmaron algunas escenas de Desperately Seeking Susan (1985), recordado film de Susan Seidelman estelarizado por Madonna y Rosanna Arquette, todo un gran pretexto para retrotraernos al segmento rapeado de Vogue, el gigantesco hit de I’m Breathless (1990), soundtrack de Dick Tracy (1990), la genial película de y con Warren Beatty, con el objetivo de enfatizar la predilección de la cantante por los puertorriqueños y enumerar a amigotes suyos de los 80 en línea con Martin Burgoyne, Haoui Montaug, Debi Mazar, Keith Haring, Freddie Mercury, Jean-Michel Basquiat, Kenny Scharf, Nile Rodgers, Tony Shafrazi, Maripol, David Byrne, Richard Colón alias Crazy Legs y el propio Kamins, además de bandas como The Lounge Lizards, Rock Steady Crew y The B-52s y aquellos Fab Five del equipo de básquet de la Universidad de Michigan de 1991, léase Jimmy King, Chris Webber, Jalen Rose, Ray Jackson y Juwan Howard. Como suele ocurrir en la esquizofrenia creativa de la artista, luego del mejor track del lote llega el peor, Read My Lips, pastiche sin pies ni cabeza con el idiota del trapero colombiano Salomón Villada Hoyos alias Feid que aglutina elementos del dance-pop de Confessions on a Dance Floor, el trasfondo acústico de Music y American Life y el trap de Madame X, para colmo los versos no pasan de una colección de lugares comunes sobre el macho narcisista, mentiroso y manipulador y la hembra quejosa e impulsiva patológica. El trance regresa en ocasión de Everything, canción que incorpora un in crescendo típico del drop del big beat modelo The Chemical Brothers, The Prodigy o Norman Quentin Cook alias Fatboy Slim, mientras relaciona a las pistas de baile con las alucinaciones de las pastillitas de colores, con una fuga de la depresión y con una catarsis de índole masoquista, pensemos para el caso en los últimos versos de la letra y sus implicancias católicas redentoras, “donde exista más oscuridad, allí encontrarás la mayor luz/ así que sal hacia la luz”.

 

Love Sensation se mantiene en el terreno del house y la música disco setentosa para retomar la prédica de Madonna sobre la capacidad sanadora del afecto y la sensación de omnipotencia que genera en intelectos a su vez narcotizados por la atracción física, las luces de neón y el combo de beats, teclados y cataratas de eco, planteo que según la letra se basa en la confianza hacia el ser querido y sus consejos de bajar las revoluciones en el devenir prosaico para no caer en la decepción o sabotear aquellas “buenas vibraciones” de The Beach Boys del single homónimo de 1966. Lo mejor de Love Without Words, composición que la propia estadounidense se encarga de definir en los versos como una mezcla de trance, house y techno, es ese segmento intermedio -equivalente al puente en el rock y el pop tradicionales- en el que juega con su interpretación del drum and bass y el trip hop o downtempo, sin embargo ya no puede perdonarse la redundancia de la letra en lo referido a seguir enfatizando el carácter liberador y fraternal del cariño, el groove y esa pista de baile de un club nocturno que lleva a internalizar la música para que arda en cada sujeto como un fuego ceremonial, porque “este es un templo de sudor y entrega, donde el ritmo reemplaza a la razón y el movimiento”. Bizarre, ahora con el aporte de Martin Garrix, un DJ holandés especializado en progressive house, levanta bastante la puntería del álbum, coquetea con el electropop y entrega una relación aparentemente platónica entre una admiradora, aquí muy cerca de la fantasía libidinosa clásica de la industria cultural, y una estrella de cine con mucho de James Dean, actor de ojos azul profundo que en la canción muere en un accidente automovilístico a bordo de un Shelby Cobra Daytona que reemplaza al Porsche 550 Spyder en el que fallecería Dean en 1955 a sus 24 años de edad, coche apodado Pequeño Bastardo. School adopta un enfoque experimental porque sobre una estructura general de synth-pop tenemos a Madonna cuasi rapeando, con su voz filtrada con vocoder e intercambiando en la letra los roles femenino y masculino, gran obsesión de la artista desde sus comienzos profesionales en materia de igualar a los géneros sexuales y ponerlos bajo la égida -o la condena- del mutualismo, el coito, la ambición, el romance, la memoria y una pedagogía que a esta altura del partido es propia del veterano como se encarga de aclarar, con ella teniendo mucho más para compartir que lo que los otros seres humanos tienen para enseñarle en la cama, la música o donde sea, detalle que incluso abarca el pedido de que le ofrezcan algo que realmente no sepa.

 

En Fragile, sirviéndose del 2-step garage y el drum and bass, habla de la muerte de su hermano menor, Christopher, y para ello utiliza el concepto de la fragilidad en dos acepciones, por un lado la precariedad del susodicho, con evidentes problemas psicológicos o más bien psiquiátricos, y por el otro lado el vínculo distante que unía a ambos, quienes según los versos no se hablaban desde la adolescencia o quizás niñez, única etapa en la que convivieron y estaban más o menos alineados a escala espiritual, la dimensión básica dentro de la cosmovisión madonniana como nuevamente lo deja en claro una introducción recitada, “la gente cree que hay un principio y un final para esto que llamamos vida/ pero la energía nunca muere, esto es sólo un portal que estamos atravesando/ aun así, es difícil dejarlo ir”. My Sins Are My Savior, con un sample de My Army of Lovers (1991), composición de la banda sueca Army of Lovers, y la intervención del belga Paul Van Haver alias Stromae, la cara visible del new beat, es otra mixtura de electrónica y hip hop que le sirve a la vocalista para retomar los ataques a la prensa y el eje sensual de la fase de Erotica y Bedtime Stories, todo en función de su concepción ingenua de siempre -y algo mucho hippona, por más que ella se crea un baluarte del cinismo posmoderno- relacionada con el amor como bálsamo multifunción o armadura contra los mitómanos e idiotas varios que hablan por hablar, más allá de esos “pecados salvadores” del título y de alusiones oportunistas al Marqués de Sade, nacido Donatien Alphonse François de Sade, y a Belle de Jour (1967), la obra maestra de Luis Buñuel con Catherine Deneuve. Quizás el track más sorprendente de la placa sea Betrayal, con una exquisita referencia a Gnossienne No. 1 (1893), del pianista francés Erik Satie, porque la canción que nos ocupa, ubicada entre el pop barroco, la psicodelia y el trip hop, gira alrededor de una derrota en términos de hacer las paces con su madrastra ya finada, Joan Gustafson, con la que estaba peleada a muerte, al extremo de reconocer que ambas perdieron la fe y que “jamás ocuparás el lugar de mi madre”, diatriba muy fuerte viniendo de una Madonna casi siempre conciliadora en cuanto a su familia y amigos debido a una perfidia que queda flotando en la imprecisión y nos reenvía al fallecimiento en 1963 de la progenitora de la cantante, Madonna Louise Fortin, por un cáncer de mama, mismo año en el que su padre, el ingeniero óptico y militar Silvio “Tony” Ciccone, se casa con la ama de llaves del clan, esta tremebunda Gustafson, cuando la mocosa tenía apenas cinco abriles a cuestas.

 

The Test, con la voz de Lourdes María “Lola” Ciccone León, aquella hija que Madonna tuvo en 1996 con el preparador físico cubano Carlos León, es una secuela nada disimulada de Little Star, tema de Ray of Light que también hablaba de Lourdes y por ello hoy de nuevo tenemos la conjunción entre ambient y drum and bass pero ya analizando el costado negativo del hecho de ser hija de una superestrella de la música, en concreto tomando la forma de un diálogo entre ambas mujeres con Madonna primero reconociendo el dolor que causó su fama, ausencia de privacidad mediante, y con la veinteañera afirmando justo después que la estima aunque desea ser libre/ independiente al tiempo que señala la omnipresencia de la sexagenaria en todo lo que la rodea. El broche de oro es una anomalía en una epopeya dance de esta magnitud, L.E.S. Girl, nuevamente con el aporte del multiinstrumentista y muy talentoso Watt, hermosa balada o canción de cuna beatlesca asimismo cercana a Ray of Light, entre la new age y el minimalismo lo-fi, que utiliza a la nostalgia para pensar cómo el tiempo resulta impiadoso y transforma un período de crecimiento y privaciones capitalistas en un paraíso perdido que se añorará el resto de la vida, en esta oportunidad con la multimillonaria bombardeándonos con recuerdos de sus primeros años en Nueva York sobreviviendo en la pobreza en el Lower East Side, donde se pintaba los labios de rojo cereza, se le rompía el espejo en sus manos, el delineador se le corría, llevaba su campera de cuero bajo la lluvia, tenía fotos Polaroid pegadas en la pared, el alquiler siempre estaba atrasado, tocaba la guitarra en St. Mark’s Place, consumía demasiados cigarrillos y whisky y arrastraba una cara digna de Marlon Brando, raíces rubias decoloradas y unas uñas pintadas del mismo color que sus botas.

 

Si bien la primera mitad de Confessions II supera a la segunda parte, problema persistente de la Madonna del Siglo XXI y su fetiche con estirar conceptos que terminan agotándose bastante antes del final, lo cierto es que el nivel cualitativo promedio del álbum es bueno y mucho más luego del desastre mayúsculo que fue Madame X, más la decepción de Hard Candy, MDNA y Rebel Heart, todos trabajos fallidos o con un par de canciones apenas potables y una seguidilla de rellenos o tracks automatizados sin alma. El éxito en este caso tiene su costado paradójico, como decíamos al principio, porque lo que otrora fue novedad, el nu-disco en formato DJ set de Confessions on a Dance Floor, ahora es melancolía pura y para colmo por partida doble, tanto a escala de la música y el enfoque conceptual en general, reafirmando el mantra vitalista del baile, como en lo referido al puñado de remembranzas, sincericidios y confesiones a la vista de todos o quizás parada delante del espejo, claramente el punto de vista de la Señora Ciccone en esta ocasión a pesar de toda su perorata sobre los clubs como jardines del edén. Lo que la veterana deja entrever en Confessions II, de manera totalmente involuntaria por supuesto, es que no ha perdido el talento para el dance-pop como hasta hace poco tiempo creíamos o dábamos por descontado, un pivote muy importante de su carrera porque constituye su ADN musical/ espiritual y la justifica como artista en un nuevo milenio donde casi ninguna otra diva de su edad ha conseguido mantenerse a flote en un mar de nenitas descerebradas intercambiables y otro tanto de oligofrénicas de mediana edad igual de mediocres o chatarrescas, panorama del mainstream contemporáneo. La vitalidad creativa de Madonna, hoy saltando de la idealización de las pistas de baile a la dura realidad de las postrimerías del álbum, no sólo resulta inesperada y bienvenida sino que trae a colación la naturaleza contradictoria del pop, entretenimiento vinculado a la evasión y a la vez un analgésico para la psiquis en épocas en las que se necesita el reposo o la introspección.

 

Confessions II, de Madonna (2026)

Tracks:

  1. I Feel So Free
  2. Good for the Soul
  3. One Step Away
  4. Bring Your Love
  5. Danceteria
  6. Read My Lips
  7. Everything
  8. Love Sensation
  9. Love Without Words
  10. Bizarre
  11. School
  12. Fragile
  13. My Sins Are My Savior
  14. Betrayal
  15. The Test
  16. L.E.S. Girl