Stalker

Un bufón de Dios

Por Martín Chiavarino

Un escritor (Anatoliy Solonitsyn) y un científico (Nikolay Grinko) buscan la ayuda de un guía, denominado “stalker” (Aleksandr Kaydanovskiy), para entrar en la Zona, un lugar protegido por el gobierno del que poco se sabe y mucho se especula, en el que se cree que descendieron extraterrestres o cayó un meteorito del espacio exterior. Así comienza Stalker (1979), el último film del realizador ruso Andrei Tarkovsky en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Junto a esta especie de baqueano de la Zona, los hombres intentan encontrar la Habitación, un lugar en el que los deseos se convierten en realidad, en medio de un paisaje desolado, custodiado por las fuerzas de seguridad del gobierno, autorizadas a matar al que intente acceder al terreno prohibido.

 

Stalker es una adaptación libre y más filosófica de una popular novela de ciencia ficción de los hermanos Arkadi y Boris Strugatski, autores de algunas de las mejores historias del género en Rusia durante los años del comunismo. El stalker es un hombre especial, con el poder de encontrar el camino hacia la Habitación, el lugar más importante de la Zona, donde los deseos de los que logran llegar se cumplen. Pero los intelectuales tienen sus propios intereses alejados de la misión del stalker de preservar el lugar sagrado donde se siente en su hogar.

 

En este peligroso periplo, para encontrar los vestigios de una civilización extraterrestre o la sorpresa que allí esté esperando, el científico parece estar en la búsqueda de respuestas a algunos de los interrogantes de la ciencia mientras que el escritor afirma que anhela reencontrarse con la inspiración esquiva para crear historias, pero durante el viaje, sino antes, ambos sospecharán que algo más los impulsa a ingresar en la Zona, una búsqueda más profunda de algo más grande que ellos mismos, el significado de la vida o algo aún más críptico e imposible de expresar a través de las palabras, una angustia interior, existencial, que los conduce a una aventura que será tan introspectiva como peligrosa para su salud física y mental. Las intenciones de ambos, destruir la Habitación y embriagarse, chocan con la labor protectora del stalker, un monje de la Zona, un predicador de un lugar sagrado en el que los hombres se ponen a prueba.

 

Ante algo superior a la voluntad y la comprensión humana que habita en las entrañas de una edificación industrial en ruinas los hombres creen, discuten, pelean, filosofan, exponen sus argumentos, se rebelan, intentan destruir el lugar y se rinden, distintas etapas y formas de la relación de la humanidad con la fe y las creencias, abordajes de lo místico que nos colocan ante lo inconmensurable. Mientras que el científico y el escritor debaten como dos diletantes sobre el sentido de la vida y las encrucijadas del arte y la ciencia, el stalker desarrolla una relación mística con la Zona, un complejo laberinto de trampas que solo un experimentado guía puede sortear. Al igual que el océano magmático de Solaris (1972), la Zona es un organismo vivo que impone obstáculos y prueba a sus visitantes. Entre algunas de las teorías que se ponen en juego una dice que los extraterrestres que pasaron por allí dejaron algo en la Habitación, un regalo, tal vez un aparato que cumple los deseos más íntimos, o un lugar en el que se revela el sentido de la vida, o simplemente un espacio vacío en el que cada uno deposita sus miedos y anhelos. El escritor y el científico pelean, actúan con temor, no miran las señales, solo el stalker siente el terreno, donde se mueve con una combinación perfecta de cautela y destreza. En la anhelada y temida Habitación los hombres solo encontrarán sus miserias reflejadas, sus temores ante el devenir del mundo, visiones del pasado que los atormentan en un camino que sacará lo peor de su naturaleza.

 

En el final, un stalker exhausto por la experiencia expresará que los intelectuales ya no pueden creer, han perdido su capacidad de ver el mundo tal cual es, y se lamentará de que solo puedan ver su entorno a través de lo que han aprehendido, sin poder apartarse de sus bagajes. En estas últimas escenas del film, la esposa del stalker, interpretada por Alisa Freyndlikh, realizará un descargo sobre la difícil vida junto a su marido, un bufón de Dios, un hombre que intenta abrirle los ojos a los ciegos mientras la tullida hija mutante de ambos, un vástago de la Zona, juega con sus poderes telequinéticos bajo el traqueteo del tren que hace temblar la casa y los sonidos ahogados de la Novena Sinfonía del compositor alemán Ludwig van Beethoven, una metáfora de las habilidades humanas y su conexión con la naturaleza aturdida por el arte y los avances científicos. La película es también una crítica descarnada del poder, de las elites que no creen en nada y solo trabajan para su beneficio personal, cuestión trabajada por Tarkovsky en todas sus películas poniendo en tensión los intereses que se ponen en juego en cada aventura humana.

 

Stalker es la segunda y última incursión de Tarkovsky en la ciencia ficción después de Solaris, la adaptación de la obra maestra del escritor polaco Stanislaw Lem. Durante el proceso de escritura del guión el director de Andrei Rublev (1966) estuvo en contacto permanente con Arkadi y Boris Strugatski, que entendieron y aceptaron la impronta metafísica que el realizador ruso le quería imprimir a su versión cinematográfica, completamente alejada de la trama de ciencia ficción creada por ellos, pero que mantenía muchos de los elementos creativos de la novela. Más cercana a la visión de Tarkovsky que Solaris, Stalker no es solo un logro visual de escenas iconográficas impactantes, sino que representa uno de los puntos estéticos más altos en la carrera del director.

 

Una de las decisiones más importantes del film es la de rodar la historia dentro de la Zona en color y fuera de la Zona en un sepia amarillento opaco, como si el mundo que habitamos fuera un lugar enfermizo, deprimente, donde los colores y la belleza no existen, mientras que la Zona es un lugar donde realmente podemos ver, vivir y existir. Como en todos los films de Tarkovsky cada escena es un simbolismo de algo más, no una imagen transparente que se le ofrece al espectador para su entretenimiento. El director de El Espejo (Zerkalo, 1975) busca crear una obra de arte, dejar un legado filosófico, abordar lo místico desde el cine, ofrecer una alegoría sobre el abuso de la humanidad sobre la naturaleza en uno de los films más ontológicamente ecológicos de su carrera.

 

La trama de la película y de la novela respecto de la Zona es una alusión al Bólido de Tunguska, un meteorito que cayó en Krai de Krasnoyarsk en 1908 causando una explosión ocultada por el gobierno imperial ruso, suceso que hoy es objeto de numerosas teorías e investigaciones científicas. Años más tarde el film será considerado premonitorio de la relación del mundo con la ciudad de Chernóbil y de los desastres ecológicos producidos por el avance industrial de Rusia durante el Siglo XX. En este sentido hay numerosas anécdotas sobre la elección de la locación principal, que finalmente fue un complejo hidroeléctrico abandonado en Estonia junto a un río contaminado por una planta química cercana, lo que a la postre se cree que enfermó de cáncer al director, a Anatoliy Solonitsyn y a varios miembros del equipo de filmación, una paradoja de la denuncia ecológica de Tarkovsky.

 

Una de las cuestiones más impactantes de Stalker tiene que ver con la duración de los planos, que en promedio duran setenta segundos, con una cámara extática que busca construir imágenes que son una obra de arte y una proeza en sí mismas, escenas de extraordinaria delicadeza construidas a partir de una mirada mística que encuentra belleza en los desechos y la contaminación.

 

Retomando la obra de los hermanos Strugatski, Tarkovsky posiciona la cámara sobre los objetos tirados por todas partes, desechos de una civilización extraterrestre o de un complejo industrial en ruinas, no importa, porque son una metáfora de nuestra relación con el mundo. Llegamos, construimos, consumimos, destruimos, dejamos atrás los desechos, nos vamos cuando la vida se hace insoportable por nuestra propia acción, dejamos abandonados a los débiles, en suma las distintas instancias de la relación de la humanidad con su hábitat. Aunque el film de Tarkovsky se aleja lo más que puede de Picnic Extraterrestre (1972) las similitudes son varias, no solo en la trama sino también en el abordaje de la relación del hombre con su entorno y con la Zona. Sin duda alguna Tarkovsky se apropió de la novela y la hizo suya, tanto que hasta filmó la película dos veces con una historia distinta, ya que el primer rodaje fue estropeado por los técnicos de la productora estatal rusa, Mosfilm, tan solo uno de los escollos que el director de Nostalgia (Nostalghia, 1983) tuvo que padecer antes de su partida definitiva de un país que rechazó su forma de hacer cine, una mirada de autor que chocaba con el realismo socialista y con los éxitos de taquilla que buscaba el régimen soviético.

 

El término stalker remite a avanzar furtivamente, a los que arremeten cautelosa y sigilosamente, los miembros de una logia clandestina, herederos de los antiguos pobladores de la Zona, obligados a salir de este espacio de exclusión por las autoridades, un protagonista que se repite tanto en la novela como en la película.

 

Stalker es una elegía a la naturaleza, una metáfora sobre las creaciones efímeras del hombre que dejan desechos y grandes estructuras abandonadas que lo natural debe procesar para abrirse camino, una apología de la fe y una crítica feroz de la ceguera humana ante la destrucción que causa. ¿Qué queda una vez que la humanidad lo ha destruido todo? El lugar que dejamos abandonado es retomado aquí por la naturaleza, que reconstruye sobre las ruinas abandonadas mientras el hombre se sumerge en su vida sepia, apagada, enfermiza, detrás de un alambrado custodiado que impide el acceso a un mundo que se regenera, en el que la humanidad ya no tiene lugar, un lugar del que ahora hasta teme, una huella de su pasado, un vistazo al futuro. Tarkovsky definitivamente detesta a la ciencia ficción pero la utiliza para burlar la censura y construir una metáfora muy poderosa que ancla su visión en los males del presente para presentar la desolación, la destrucción y los despojos, lo único que va a quedar de nuestro paso por la Tierra en nuestro camino triunfal hacia la autoaniquilación.

 

Stalker (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, 1979)

Dirección: Andrei Tarkovsky. Guión: Andrei Tarkovsky y Boris Strugatskiy. Elenco: Aleksandr Kaydanovskiy, Alisa Freyndlikh, Anatoliy Solonitsyn, Nikolay Grinko, Natalya Abramova, Faime Jurno, E. Kostin, Raymo Rendi, Sergey Yakovlev, Vladimir Zamanskiy. Producción: Aleksandra Demidova. Duración: 162 minutos.

Puntaje: 10