Tranquilamente se podría aseverar que La Odisea (The Odyssey, 2026) es la película más ambiciosa de Christopher Nolan, lo que por supuesto es mucho decir porque prácticamente todas las realizaciones del director, productor y guionista inglés exudan unas fastuosidad y riqueza de enormes proporciones, en especial a nivel conceptual o de discurso orientado al adulto pensante, que nada tienen que ver con la mediocridad del grueso del mainstream e indie del Siglo XXI, éstos siempre haciendo gala de una banalidad, un antiintelectualismo o una lisa y llana estupidez dignas del oscurantismo y la falta de imaginación de etapas de la humanidad que considerábamos finiquitadas hasta no hace mucho tiempo. Aquí adapta, precisamente, el poema épico en 24 cantos del griego Homero fechado en el Siglo VIII a.C. al igual que su primera parte, la Ilíada, esta última centrada en la ira de Aquiles durante el último año de la Guerra de Troya, aquel conflicto que se desata por el secuestro de Helena, esposa del soberano de Esparta, Menelao, por parte del príncipe troyano Paris, vástago del rey Príamo. La conflagración entre los habitantes de Troya, ciudad fortificada ubicada en una península de Asia, Anatolia, y los griegos, también llamados aqueos y liderados por el hermano de Menelao, Agamenón, rey de Micenas y esposo de Clitemnestra, se extiende a lo largo de una década que llega a su fin cuando a una de las figuras fundamentales de las tropas griegas, Odiseo, caudillo de la Isla de Ítaca que estaba casado con una bella Penélope con la que engendró a Telémaco, se le ocurre el ardid del Caballo de Troya, en esencia una construcción de madera con soldados aqueos escondidos en su interior que es abandonada en una playa para simular una falsa retirada y generar la creencia entre los troyanos de que la colosal figura podía tomarse como un símbolo de su victoria o una ofrenda a los Dioses. Los habitantes de la metrópoli asediada deciden llevar la escultura al interior de Troya y una vez traspasados los muros, en plena noche, los invasores salen del caballo, asesinan a los centinelas y abren las puertas para que el ejército griego tome y destruya la ciudad en una colorida carnicería que es retratada de manera sucinta por los poemas homéricos y de modo más exhaustivo -centurias después, fuera del ciclo lírico troyano- por la Eneida del Siglo I a.C. del poeta romano Virgilio, especie de reinterpretación de los relatos griegos con el doble objetivo de legitimar a los primeros emperadores emparentados con Julio César, luego del período correspondiente a la República, y trazar un andamiaje genealógico entre los romanos y Eneas, un héroe de la Guerra de Troya y habitante de la ciudad atacada que logró huir para eventualmente convertirse en rey del Lacio, una región de la Italia central.
Como el poema de Homero, el relato comienza en el medio de los acontecimientos, “in medias res”, y nos presenta a Penélope (Anne Hathaway) prisionera desde hace tres años en su propio palacio en Ítaca debido a un ejército de pretendientes que se la pasa organizando banquetes con la comida y bebida de su esposo, a quien todos creen muerto en la Guerra de Troya, frente a lo cual la mujer responde con la promesa de casarse con uno de ellos cuando termine de tejer una pieza que todas las noches deshace para estirar el asunto. La situación genera un constante conflicto entre los dos cabecillas de los pretendientes, Antínoo (Robert Pattinson) y Eurímaco (Corey Hawkins), y el hijo de la reina, Telémaco (Tom Holland), quien confía en un sirviente ciego de su progenitor, el porquero Eumeo (John Leguizamo), por ello el esquema se vuelve insostenible y conduce al muchacho a partir hacia el palacio de Menelao (Jon Bernthal), casado con una Helena hoy con su rostro desfigurado (Lupita Nyong’o), para consultarle sobre el destino del otrora rey de Ítaca, trayecto que Antínoo usa para intentar asesinarlo mientras continúa apalabrándose a Penélope, la cual le entregó un broche a su amado para reconocer toda notica verdadera, e intimando con una de las criadas de la susodicha, Melanto (Mia Goth), espía del conspirador. Ahora bien, en pantalla Odiseo (Matt Damon) experimenta visiones de Atenea (Zendaya), Diosa de la sabiduría y la guerra, y lleva siete largos años en la Isla de Ogigia comiendo flores de loto a instancias de Calipso (Charlize Theron), ninfa que se enamoró del héroe y lo retuvo mediante un olvido que se corta por la decisión de la mujer de darle libertad permitiéndole recordar su vida, así relata que luego de los diez años de la Guerra de Troya comenzó un periplo de regreso a su hogar con las tropas y el segundo al mando, un insolente Euríloco (Himesh Patel). El protagonista y su comitiva, en una eterna búsqueda de provisiones o instrucciones de viaje al perderse, dejan ciego al cíclope Polifemo (Bill Irwin), hijo del Dios del mar, Poseidón, escapan de los lestrigones, aquí unos gigantes con armadura, se topan con la hechicera Circe (Samantha Morton), quien los transforma temporalmente en cerdos, en el Hades o inframundo griego consultan a Tiresias (James Remar), célebre adivino, esquivan el peligro de las Sirenas y un estrecho coronado por los monstruos Escila y Caribdis, el primero símil pulpo y el segundo con forma de remolino, y finalmente arriban a la Isla de Trinacia, donde estos soldados se alimentan del ganado prohibido del Dios del sol, Helios, provocando el naufragio del barco de los aqueos y la llegada de Odiseo a Ogigia, isla desde la cual reemprende el viaje hacia su tierra natal con la venia mencionada de nuestra carcelera de impronta narcótica, Calipso.
Nolan evita a conciencia la tradición aventurera trivial vinculada a la identidad latina del héroe, Ulises, y construye una epopeya extraordinaria en la que conviven por un lado los sentimientos y el enfoque cerebral, componentes de la misma paradójica ecuación como las decisiones humanas y el destino pautado por los Dioses, y por el otro lado el idioma inglés con acento estadounidense, para la distribución planetaria del film con la mayor facilidad posible, y un elenco multiétnico en consonancia con cualquier acepción cinematográfica posmoderna de un clásico de la literatura universal, planteo que desemboca en la amalgama de los actores secundarios con Damon, un Odiseo perfecto, y que en el universo creativo del británico significa no entretenerse con superficialidades con el objetivo de consagrarse a la dimensión discursiva/ ideológica/ política de la trama, de allí que la película sobrepase a las chiquilinadas o redundancias varias de las traslaciones previas tanto de la Odisea, en sintonía con La Isla de Calipso: Ulises y el Gigante Polifemo (L’Île de Calypso: Ulysse et le Géant Polyphème, 1905), de Georges Méliès, Ulises (Ulisse, 1954), de Mario Camerini, El Regreso de Ringo (Il Ritorno di Ringo, 1965), film de Duccio Tessari, La Odisea (The Odyssey, 1987), opus animado de Geoff Collins y Warwick Gilbert, La Mirada de Ulises (To Vlemma tou Odyssea, 1995), de Theo Angelopoulos, ¿Dónde Estás, Hermano? (O Brother, Where Art Thou?, 2000), de los hermanos Joel y Ethan Coen, y El Regreso (The Return, 2024), de Uberto Pasolini, como de la Ilíada, en este caso pensemos en La Caída de Troya (La Caduta di Troia, 1911), de Giovanni Pastrone y Luigi Romano Borgnetto, Helena de Troya (Helen of Troy, 1956), de Robert Wise, La Ira de Aquiles (L’Ira di Achille, 1962), de Marino Girolami, y Troya (Troy, 2004), de Wolfgang Petersen, entre muchísimas otras. La interpretación de Nolan, sin demasiado lujo en materia de vestuario, armamento y palacios y rodada con cámaras IMAX de 70 milímetros en paisajes naturales hermosos de Grecia, Marruecos, Italia, el Reino Unido, Malta, Islandia y Sahara Occidental, muestra un claro interés por determinados latiguillos retóricos que traen a colación las obsesiones del cineasta, primero el perro agonizante de Odiseo, Argos, símbolo de una lealtad que supera incluso a la de Penélope, segundo las flores de loto con las que Calipso provocó la amnesia del protagonista, ejemplo del marasmo y las burbujas de autoindulgencia de tantos bípedos del Siglo XXI, y tercero el mismo Caballo de Troya, según el amigo Christopher génesis de la culpa o ruina moral/ ética de Odiseo a raíz de la traición contra los troyanos y la matanza posterior, a su vez el inicio del cinismo y la crueldad de la tonta humanidad en su conjunto.
Un mérito muy grande de la película pasa por el enfoque sorprendentemente fiel hacia el texto de Homero y la destreza en sí de Nolan para introducir una serie de cambios sin tocar en nada aquel espíritu del poema vinculado a la nostalgia, el orgullo, la hospitalidad y esa gloria bélica muy devaluada por la carnicería y la distancia más sus tribulaciones, basta con tener presente que en el film no hay representación visual o en off de los Dioses más allá de Atenea, se eliminaron diversos pasajes intermedios, tenemos una menor dependencia de Odiseo hacia Atenea y sus planes, que adopta la apariencia de una troyana asesinada, y por cierto el racconto del héroe se produce ante Calipso, resumen de la apatía conformista de los lotófagos del texto, y no frente a los feacios, aquellos moradores de la Isla de Esqueria que hospedaban al susodicho antes de su regreso a Ítaca para llevar adelante la venganza contra los pretendientes de Penélope. Otras modificaciones importantes pasan por el hecho de que los aedos, cantantes de gestas con cítara, en pantalla son rapsodas, recitadores con bastón, además Sinón (Elliot Page, antigua Ellen), el encargado de engañar a los troyanos, muere en la playa antes de abrir el Caballo de Troya dentro de la ciudad, aquí Melanto es amante de Antínoo y no del otro pretendiente psicopático, Eurímaco, Telémaco no goza de la protección de Atenea, como decíamos antes Helena tiene su cara deformada, Menelao nada sabe del destino de Odiseo luego del conflicto armado y Agamenón (Benny Safdie), a quien no le vemos el rostro, termina asesinado por su esposa, Clitemnestra (Nyong’o de nuevo), y no por el amante de la mujer, Egisto, la lectura de Homero del episodio. El acto de cegar a Polifemo queda sin castigo en el regreso a Ítaca, no hay encuentro tragicómico de Odiseo con Eolo, sutil Dios de los vientos, la humanización de Circe incluye su llanto, Telémaco escapa de la trampa de Antínoo gracias a su padre y no por la intervención de Atenea, el personaje de Pattinson muere en combate y no mientras bebe, en los momentos finales Penélope reconoce a su esposo con sólo verlo, no mediante la descripción del lecho conyugal, y en el epílogo no existe el padre de Odiseo, Laertes, ya que no tenemos alusión alguna a esa paz con los familiares de los pretendientes por obra y gracia de Atenea, artífice de un pacto de convivencia entre los itacenses. La Odisea aprovecha la unificación irónica de los extremos de la pirámide social, léase el rey de Ítaca disfrazado de mendigo para su desquite, y define a la proverbial astucia de Odiseo como condena, el cual de todos modos experimenta una redención que nos regala una advertencia contra el egoísmo, la abulia y el olvido bajo la forma del Caballo de Troya en llamas de los últimos segundos del metraje…
La Odisea (The Odyssey, Reino Unido/ Estados Unidos, 2026)
Dirección y Guión: Christopher Nolan. Elenco: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Lupita Nyong’o, Zendaya, Jon Bernthal, Charlize Theron, Samantha Morton, John Leguizamo. Producción: Christopher Nolan y Emma Thomas. Duración: 173 minutos.