Por regla general la representación de los discapacitados físicos y psicológicos en el cine, esos que son llamados con diferentes y coloridos eufemismos según la sensibilidad, los prejuicios y las estupideces de cada época, suele estar vinculada o a la depresión más aguda del protagonista en cuestión o en cambio a la alegría de vivir cual manual de autoayuda para bobazos cuya gran moraleja siempre será “debemos superar nuestros problemas, por más complejos o espantosos que sean, con nuestra infatigable fuerza de voluntad”. Una de las grandes películas que esquiva de manera mayúscula estos dos reduccionismos, extremos opuestos que en el fondo se parecen porque ambos no se condicen nunca en un cien por ciento con el mundo en el que vivimos, es Perfume de Mujer (Profumo di Donna, 1974), dirigida por Dino Risi y escrita por el director junto a Ruggero Maccari a partir de la novela La Oscuridad y la Miel (Il Buio e il Miele, 1969), de Giovanni Arpino, una pequeña gran maravilla que nos ofrece un retrato para nada romantizado de un ciego que más que ser un pobrecito de corazón campante y optimista que no puede valerse por sí mismo o un depresivo crónico que se sumerge en la angustia y la desesperación a la vista de todo el mundo, en realidad es un presumido insoportable, quejoso, borrachín y putañero que se la pasa hinchándole las bolas a todos los que tiene a su alrededor y robando besos femeninos y toqueteando deliciosos culos y deliciosas tetas porque -en sus propias palabras- el sexo es la única religión valedera, la única idea política que conviene defender y la verdadera patria del hombre que sabe que la vagina es el centro mismo del universo. Lejos de la corrección política y centrándose sólo en el desarrollo de personajes y todos los detalles picarescos necesarios para expandir el acervo dramático de base, el film piensa a la discapacidad no en términos posmodernos facilistas y mentirosos, esos de “una oportunidad para crecer por/ hacia otras regiones, diferentes a las del resto de la sociedad”, sino cómo lo que realmente es, léase un martirio más o menos grave al que uno debe acostumbrarse por obligación si se pretende seguir viviendo en esta tierra y en comunidades que no cuentan con la preparación necesaria para aceptar a los distintos, los marginados o los apóstatas de la hipocresía social.
Para comprender a la propuesta debemos englobarla en el período al que pertenece, nos referimos a las postrimerías de la commedia all’italiana, un género polimorfo si los hay que dominó el mercado local -y pudo exportarse con éxito a otras naciones- desde la década del 50 hasta los primeros años de los 80 gracias a un combo retórico que incluía fuertes dosis de costumbrismo, mucha sátira social, elementos grotescos típicos de Italia, chispazos de drama fatalista, acentos políticos de izquierda muy claros y una crítica a la institución familiar entendida bajo la acepción tradicional reproductiva de la Iglesia Católica, por ello gran parte de los exponentes del formato apelaban al inconformismo, la acidez y el sustrato anarquista/ revulsivo que ofrecían el coito, el absurdo y la promiscuidad en general. Risi, junto con Mario Monicelli, Marco Ferreri, Luigi Comencini, Vittorio De Sica, Ettore Scola, Antonio Pietrangeli, Luigi Zampa, Pasquale Festa Campanile, Lina Wertmüller, Alberto Lattuada y Nanni Loy, entre otros, fue uno de los representantes insignia de la commedia all’italiana, además un movimiento cinematográfico muy heterogéneo y extremadamente comercial, y así supo brillar de la mano de films como Pan, Amor y… (Pane, Amore e…, 1955), El Viudo (Il Vedovo, 1959), Una Vida Difícil (Una Vita Difficile, 1961), Il Sorpasso (1962), Los Monstruos (I Mostri, 1963), Operación San Genaro (Operazione San Gennaro, 1966), En Nombre del Pueblo Italiano (In Nome del Popolo Italiano, 1971), Los Nuevos Monstruos (I Nuovi Mostri, 1977) y Disculpe si Molesto (Tolgo il Disturbo, 1990), obras que lo llevaron a trabajar con grandes como De Sica, Sophia Loren, Alberto Sordi, Peppino De Filippo, Lea Massari, Vittorio Gassman, Jean-Louis Trintignant, Catherine Spaak, Ugo Tognazzi, Nino Manfredi, Totò, Mario Adorf, Renato Salvatori, Ornella Muti, Gianfranco Barra, Romy Schneider, Dominique Sanda, Anita Ekberg, Enrico Maria Salerno, Marcello Mastroianni, Ann-Margret, Giancarlo Giannini, Laura Antonelli, Oliver Reed, Catherine Deneuve, Elliott Gould, Fabio Testi, Michel Serrault y Carole Bouquet, varias generaciones de artistas extraordinarios de Europa y hasta Estados Unidos que a partir de las dos últimas décadas del Siglo XX se irían apagando con el ascenso de la sincronización cultural global.
Sinceramente Perfume de Mujer mucha historia no tiene porque está estructurada como una road movie de viñetas sucesivas semi independientes, sin duda uno de los andamiajes narrativos favoritos de Risi desde siempre, alrededor de un mismo núcleo, hablamos del viaje de una semana desde Turín a Nápoles -con paradas intermedias- por parte de nuestro no vidente estrella, Fausto Consolo (Gassman, actor fetiche del realizador y guionista), un capitán del ejército que por un accidente sin especificar quedó ciego, con una cicatriz en su rostro y sin parte de su brazo izquierdo, y Giovanni Bertazzi (Alessandro Momo), un joven cadete que la fuerza militar le asignó al señor para que lo asista en un periplo misterioso que en un primer momento parece encuadrarse en un marco de vacaciones en busca de putas varias de ciudad en ciudad. El hombre desde el vamos se muestra irascible, pretende que jamás se lo contradiga en nada, se la pasa provocando discusiones en público y encima se encapricha con rebautizar al muchacho como Ciccio, lo que por cierto genera algo de resentimiento en el chico aunque no disminuye su curiosidad, sobre todo luego de hallar en su maleta dos botellas de whisky, una pistola y una foto de una bella señorita. En Génova le compra un traje elegante a Giovanni, lo insta a llevarlo a una peluquería y hasta le pide que le consiga una prostituta de pelo largo y negro, Mirka (Moira Orfei). Cuando llegan a Roma Fausto le aclara a Bertazzi que su novia es una meretriz, joven que dice ser niñera pero anda con bolsos de cocodrilo y perfumes franceses carísimos, y se encuentra con un primo sacerdote en busca de su bendición para evidentemente cometer suicidio, no obstante el hombre le dice a Consolo que ya está salvado porque su sufrimiento lo redimió y le abrió las puertas de los cielos desde hace mucho tiempo, en concreto desde el accidente, uno que aparentemente protagonizó con un otrora colega suyo, el teniente ciego Giacomino (Franco Ricci), con quien se reúne en Nápoles en una casa dominada por Sara (Agostina Belli), cuya madre tiene un restaurant que suele llevarle la comida al no vidente, Raffaele (Sergio Di Pinto), el cadete fornido que asiste a Giacomino, la hermana de Sara, Candida (Stefania Spugnini), y dos amigas risueñas, Inés (Marisa Volonnino) y Michelina (Elena Veronese).
Risi balancea muy bien los ingredientes cómicos del relato, como el carácter temperamental y antojadizo del ciego de la primera parte del metraje, con los elementos más desoladores del último acto en Nápoles, cuando se hace evidente la situación en general y se termina de entender que los dos militares pactaron provocarse la muerte y que la foto en la valija del protagonista es la de Sara, una muchacha que desde niña ha estado enamorada de él y que el hombre en cambio pretende rechazar para que no se haga ilusiones ante el próximo óbito del no vidente, un ricachón de buena salud pero hastiado de la soledad, la oscuridad total y esa condescendencia crónica y transitoria que el mundo le dedica para luego olvidarse de su padecimiento en un santiamén y seguir con la “normalidad” comunal. El punto de vista de base de Perfume de Mujer es profundamente masculino porque adopta en simultáneo la visión inocente de Ciccio, propio del hombre de pocos años que todavía no descubrió del todo a las mujeres y por ello ni siquiera identificó a su novia como una adorable furcia, y la perspectiva del experimentado Fausto, quien como todos los varones adultos filtra al sexo femenino entre las hembras cogibles y las que no, poniendo a las primeras en la bolsa de las putas tácitas o explícitas y por ello nos topamos con la meretriz profesionalizada, Mirka, la devota a un solo hombre, Sara, y las tres ninfas tontuelas que corretean libres por ahí con los culos y las tetas al aire, Candida, Inés y Michelina, esas que sirven únicamente para divertirse. La película incluso va más allá de este sustrato paródico para con la feminidad banal, una tendiente a la idealización del varón o en cambio al pesimismo acomodaticio, y se mete con la farsa de la dureza masculina a través del detalle de que llegado el momento del suicidio semi ritualizado, Giacomino apenas termina herido y Consolo se acobarda del todo y ni siquiera se dispara a sí mismo, lo que provoca que se resigne a vivir un tiempo más aunque ya no en una soledad absoluta sino al cuidado de la abnegada Sara, desenlace maravilloso porque consigue reconstruir desde el naturalismo más minimalista cierto atavismo de los géneros sexuales vinculado al instinto maternal femenino y la tragicómica dependencia de los machos para con las hembras en tantas facetas de la praxis cotidiana, amén de aquel dulce aroma que desprenden las vaginas apetecibles y que el no vidente asevera poder percibir con claridad. A diferencia de la aburridísima y amarga remake norteamericana de 1992 estelarizada por Al Pacino y Chris O’Donnell y dirigida por Martin Brest, aquel señor bien errático de las amenas Un Golpe con Estilo (Going in Style, 1979), Un Detective Suelto en Hollywood (Beverly Hills Cop, 1984) y Fuga a la Medianoche (Midnight Run, 1988) y de las horrendas ¿Conoces a Joe Black? (Meet Joe Black, 1998) y Amor Espinado (Gigli, 2003), el opus de Risi sí cuenta con momentos de comedia de gran hilaridad como el inicial en el departamento del capitán, las secuencias en los diversos trenes, todo el segmento en el hotel y las calles de Génova, el almuerzo en Roma con la novia de Giovanni, la visita nocturna al club de topless de la capital italiana y sobre todo aquel episodio del marido celoso que le recrimina a Fausto lo de “mirar” a su esposa y la trompada que termina recibiendo Ciccio por equivocación. Gassman, un actor que contaba con una presencia escénica gigantesca, está perfecto pero en realidad sorprende lo hecho por la preciosa Agostina Belli y por el malogrado Alessandro Momo, quien moriría en ese 1974 con apenas 17 años poco después de finalizado el rodaje producto de un accidente de motocicleta, un muchacho muy talentoso que había conseguido destacarse en Malizia (1973), de Salvatore Samperi y al lado de Laura Antonelli, y que aquí se luce mediante sus sutiles gestos, sus locuciones en off símil pensamientos al paso y sus reacciones frente a los delirios narcisistas y múltiples tics de misántropo del siempre tremendo Consolo. En última instancia la propuesta puede ser leída como una exégesis de la falta de imaginación en el mundo porque la presencia del lazarillo en esencia cumple una doble función, la tradicional de guía y otra mucho más compleja, utópica y destinada al fracaso que tiene que ver con la necesidad del ciego de recuperar algo de la riqueza de las imágenes de antaño a través de las descripciones a cargo de Ciccio de la efervescente anatomía femenina, encontrándose una y otra vez no sólo con la pobreza idiomática del cadete sino con la incapacidad del propio capitán de crearse una verdadera representación mental del objeto del deseo, por ello también una y otra vez prefiere tocarles el culo y las tetas a las hembras para justificar el viaje y el trajín de salir de su “cueva” en pos de atravesar una sociedad a la que detesta…
Perfume de Mujer (Profumo di Donna, Italia, 1974)
Dirección: Dino Risi. Guión: Dino Risi y Ruggero Maccari. Elenco: Vittorio Gassman, Alessandro Momo, Agostina Belli, Moira Orfei, Franco Ricci, Elena Veronese, Stefania Spugnini, Marisa Volonnino, Sergio Di Pinto, Alvaro Vitali. Producción: Pio Angeletti y Adriano De Micheli. Duración: 103 minutos.