Cuando se estrenó El Método (2005), dirigida por el argentino Marcelo Piñeyro y escrita por éste junto a Mateo Gil en base a la obra teatral El Método Grönholm (2003), del catalán Jordi Galceran, sinceramente no cayó del todo bien porque casi todos tenían algo concreto para objetarle a la película o a su marco doctrinario: para el grueso del público -prejuicioso como él solito- que pretendía un thriller de entorno cerrado de acepción hollywoodense el film resultó demasiado melodramático, lerdo y minimalista, aquellos que buscaban una crítica social en sintonía con el acervo testimonial agitado y muy astuto de los años 60 y 70 se sintieron un poco mucho defraudados porque se pensó que la propuesta era burda o light a nivel discursivo y no penetraba en la dinámica maquiavélica y salvaje del capitalismo contemporáneo, incluso el autor de la puesta, Galceran, la atacó por motivos exactamente opuestos ya que según su opinión el comentario social en primer plano tapaba la lucha existencial de los personajes para tratar de renunciar a su típico egoísmo posmoderno, y para colmo aquellos que querían un convite ampuloso/ comercial/ espectacularizado, como lo fueron las primeras aventuras de Piñeyro, también se preguntaron por las razones que motivaron al film desde el vamos, uno mayormente simpático aunque con un tercer acto bastante flojo que destruía el verosímil medido construido hasta entonces bajo una lógica más folletinesca que realista burguesa tradicional. El asunto es que pasan los años y vista desde nuestro presente, y considerando lo mucho que se alejó el mainstream de los opus de raigambre política y reevaluando aquellos films primigenios del argentino, lo cierto es que El Método no está tan mal como no lo estaba aquella trilogía inaugural de Piñeyro que fue tachada de populachera por la crítica de entonces, hablamos de Tango Feroz: La Leyenda de Tanguito (1993), Caballos Salvajes (1995) y Cenizas del Paraíso (1997), películas muy exitosas en términos de la taquilla local que sin ser una maravilla del séptimo arte aún hoy constituyen buenos ejemplos del cine de transición de Argentina propio de la década del 90.
Aquí la palabra mágica, de hecho, es “transición” porque el mejor período de Piñeyro como realizador y guionista, ese que arranca luego de oficiar de productor en La Historia Oficial (1985), de Luis Puenzo, la primera obra latinoamericana en ganar el Oscar a Mejor Película Extranjera, se condice con los 90 y con El Método a título individual ya que entre Cenizas del Paraíso, definitivamente la mejor de la trilogía inicial, y la propuesta que nos ocupa rodó dos obras relativamente fallidas, léase Plata Quemada (2000) y Kamchatka (2002), en las que ya quedaban muy de manifiesto sus problemas de siempre, pensemos en un trazo grueso ideológico, personajes cercanos al estereotipo o la caricatura, actuaciones algo exageradas, problemas narrativos varios y un sustrato exploitation nunca del todo asumido o quizás aplicado con culpa, rasgos que se entroncan hasta la médula en el período de turno porque responden a aquella metamorfosis entre el cine popular argentino algo grasiento de los 60, 70 y 80, el posterior a la Época de Oro de los 40 y 50, y el subsiguiente heterogéneo que a su vez pasó primero a combinar el neorrealismo del Nuevo Cine Argentino de los 90 y los coletazos de la globalización, como el achatamiento cualitativo y la profesionalización según los cánones de exportación norteamericanos, para en el nuevo milenio decantar en esta última vertiente porque los trabajos de índole testimonial comenzaron a licuarse hasta dejar paso a la maldición que padece el séptimo arte actual de todo el planeta, nos referimos a esta uniformización que elimina la identidad autóctona para llevarlo todo al tono retórico neutro exportable. Basta con considerar los bodrios futuros de Piñeyro, en sintonía con Las Viudas de los Jueves (2009), Ismael (2013) y la serie para Netflix El Reino (2021), para tomar conciencia de que el guión del director y Gil, este último un colaborador habitual de Alejandro Amenábar y cineasta por cuenta propia, está bastante bien estructurado a pesar de lo que diga Galceran, partícipe en films como Palabras Encadenadas (2003), de Laura Mañá, Frágiles (2005), de Jaume Balagueró, y Dictado (2012), de Antonio Chavarrías.
El principal problema de interpretación que desencadenó la película, una de todos modos exitosa porque arrastraba el aura de “director taquillero” de Piñeyro, es de tipo contextual ya que apareció en una época en la que El Cubo (Cube, 1997), de Vincenzo Natali, y El Juego del Miedo (Saw, 2004), de James Wan, habían llevado al extremo esta fórmula de un grupo de personajes confinados y pereciendo -en la praxis o a nivel conceptual- uno a uno símil Eran Diez Indiecitos (Ten Little Niggers/ And Then There Were None, 1939), de Agatha Christie, por ello una película intimista obligaba al público y la crítica a bajar las expectativas aunque sin entusiasmarse demasiado porque el cineasta argentino, al fin y al cabo, tampoco era un genio sino uno de los primeros directores en Latinoamérica que insertó la profesionalización yanqui apuntada pero sin todavía renunciar a lo local, en El Método un trasfondo cultural mixto porque lo argentino y español se confunde en materia del desprecio a la debacle causada por el FMI y los gobiernos títeres vernáculos en ocasión de aquella Crisis de Diciembre del 2001 en Argentina y de las críticas ya más macro de los europeos anticapitalistas en línea con el predominio de las multinacionales, la industria de la comida adulterada y la contaminación de la Tierra en su conjunto, amén del esclavismo de los salarios bajos, las jornadas laborales eternas y la presión constante para maximizar resultados con recursos cada día más nimios y/ o escasos. Aquí son siete los ejecutivos que se canibalizan por un puesto en una empresa llamada Dekia mientras afuera, en las calles de Madrid, se lleva a cabo una protesta furiosa contra el Banco Mundial y el FMI: Carlos (Eduardo Noriega), Nieves (Najwa Nimri), Fernando (Eduard Fernández), Ricardo (Pablo Echarri), Enrique (Ernesto Alterio), Julio (Carmelo Gómez) y Ana (Adriana Ozores). Guiados por consignas en pantallas gélidas del método del título y la intervención sonriente de una supuesta secretaria, Montse (Natalia Verbeke), todos competirán ventilando los “trapitos sucios” del prójimo y decidiendo ellos mismos quiénes deben abandonar la sala.
Más cerca a escala espiritual de fábulas posmodernas de antropofagia inducida de tipo psicopática y política, como las amargas, mediáticas y fundamentales Sucedió cerca de su Casa (C’est Arrivé près de Chez Vous, 1992), de Rémy Belvaux, André Bonzel y Benoît Poelvoorde, y Tesis (1996), de Amenábar, que de rip-offs muy poco sutiles posteriores a lo Examen (Exam, 2009), de Stuart Hazeldine, y Círculo (Circle, 2015), opus de Aaron Hann y Mario Miscione, El Método le pega con astucia a esta deshumanización -paulatinamente más elemental y arrogante- de los conglomerados capitalistas contemporáneos a través de las “pruebas” que deben superar los aspirantes al ignoto y soñado puesto, por ello Julio cae por haber traicionado a sus amos previos en pos del bien común social, la cuarentona Ana por la obsolescencia cosificante y sexualizada, Enrique por ser un lambiscón que justifica cualquier crimen en nombre de los empleadores y ser capaz de entregar a su madre para no contradecirlos, Ricardo se baja de la carrera porque resulta ser un infiltrado de Dekia que evalúa a los candidatos cara a cara junto a la putona Montse, Fernando queda rezagado por su desconocimiento de idiomas foráneos como inglés o francés -a pesar de que el trabajo no los requiere, otro absurdo de esta gesta símil circo romano corporativo- y finalmente Carlos sale airoso sobre Nieves, una parejita que protagonizó un affaire tres años atrás, porque los dos están dispuestos a traicionar su amor mutuo pero sólo el hombre consigue dar ese paso final que destruye su quid ético/ humano/ moral en favor del pragmatismo maniático de las empresas, entidades que se fagocitan las unas a las otras bajo los postulados del darwinismo y por supuesto hacen lo propio con el personal, ahora rebajado al eufemismo repugnante -y digno de la tecnocracia- de “recursos humanos”. Es verdad que la introducción en el último acto del triángulo amoroso entre Fernando, Carlos y Nieves se siente un poco forzada y que la odisea no va mucho más allá a nivel discursivo de izquierda del gesto muy loable de señalar la automarginación de los ejecutivos chupasangres con respecto a los empleados rasos y el resto del pueblo, algo enfatizado mediante ese cristal de aislamiento acústico de las ventanas del edificio de la compañía que impide la llegada del sonido y las vibraciones de las manifestaciones de los que luchan en serio por un cambio auténtico, a lo que se suma la distancia en relación al suelo de la sala de turno ya que los personajes tampoco pueden ver la brutal represión estatal, sin embargo el film de Piñeyro ofrece un gran desempeño del elenco, todos en verdad muy parejos aunque destacándose lo realizado por Noriega, Nimri y Fernández, y por sobre todas las cosas logra desnudar las farsas patéticas y extenuantes de las entrevistas de trabajo, los “ejercicios” asociados y la cultura empresarial en general de caritas felices por parte de empleados que tienden al individualismo y que de unirse podrían modificar el régimen de explotación que tanto desprecian. La paradoja de fondo, esto de aceptar al canibalismo laboral como único mundo posible mientras se lo critica por lo bajo más como un deporte de la resignación que como un alegato vinculado a una convicción o alguna línea irreverente de conducta, se reproduce en las vejaciones, soberbia, humillación sistemática, crueldad y mentiras cruzadas que enmarcan a todos estos trabajos de oficina…
El Método (Argentina/ España/ Italia, 2005)
Dirección: Marcelo Piñeyro. Guión: Marcelo Piñeyro y Mateo Gil. Elenco: Eduardo Noriega, Najwa Nimri, Eduard Fernández, Pablo Echarri, Ernesto Alterio, Carmelo Gómez, Adriana Ozores, Natalia Verbeke. Producción: Gerardo Herrero y Francisco Ramos. Duración: 117 minutos.