Furtivos

Un exorcismo nacional apenas disimulado

Por Emiliano Fernández

A Furtivos (1975), la faena más conocida como director y guionista de José Luis Borau, se la suele englobar dentro del cine paradigmático del llamado Tardofranquismo (1969-1975), etapa de España caracterizada por la decadencia de la dictadura de Francisco Franco debido a su senilidad, el creciente hartazgo popular para con su régimen, el surgimiento de una división en lo más alto del poder entre aquellos “inmovilistas” y “aperturistas”, el vuelco del desarrollismo de los años 60 al naciente neoliberalismo económico y sobre todo la crisis política que generó el asesinato en 1973 del delfín del déspota, Luis Carrero Blanco, por parte de Euskadi Ta Askatasuna (ETA) en la Operación Ogro, inmortalizada en la película homónima de 1979 del querido Gillo Pontecorvo, sin embargo la propuesta que nos ocupa aglutina también elementos que ya hablan del período posterior o más bien lo anticipan con inteligencia, nos referimos por supuesto a la Transición a la Democracia (1975-1982), una fase de pacto de impunidad para con los crímenes de la dictadura que se abre con la muerte de Franco y termina con el triunfo del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en las elecciones de 1982, lo que a la postre significó el repliegue definitivo de la coalición que representaba a los sectores del franquismo que pretendían retener el poder luego de 36 años de represión y oscurantismo de toda índole, la Unión de Centro Democrático (UCD), un ciclo en el que en síntesis se profundiza el relajamiento de la censura cinematográfica del Tardofranquismo y por fin aparecen en primer plano manifestaciones culturales y artísticas que van en contra del férreo nacionalismo, catolicismo y anticomunismo de ese aparato fascista y de la sociedad española más conservadora y retrógrada. Todavía muy lejos de la vertiente más iconoclasta de la Transición, aquella Movida Madrileña, y por cierto mucho menos abstracta que el acervo de crítica social de los 60 y 70 de Carlos Saura, Furtivos se para en esta mismísima frontera tanto en términos espirituales como históricos concretos.

 

El protagonista es Ángel, el Alimañero (Ovidi Montllor), un cazador furtivo que junto a su madre, Martina (Lola Gaos), tiene una taberna en la Segovia bucólica apuntalada en una relación de ribetes incestuosos porque ambos duermen juntos y la división de tareas está muy clara, ella cocinando y controlando con vehemencia el hogar y él violando la veda de caza no sólo para acumular pieles y alimentarse de los ciervos de la zona sino también para cobrarles a sus vecinos la eliminación de los lobos que suelen atacar a sus caballos, para lo que instala una retahíla de trampas para osos. Un día concurre a un pueblo cercano para hacer unas compras y allí conoce a una menor de edad que ejerció la prostitución y huyó de un convento, Milagros (Alicia Sánchez), joven que le pide que le compre un vestido y le paga con sexo, no obstante Ángel, un reprimido eterno, no se contenta con la fugacidad y decide llevársela a la taberna al extremo de despertar los celos de su progenitora, a la que efectivamente expulsa de la cama compartida para intimar con la adolescente. Mientras que el Gobernador (nada menos que Borau, quien tuvo que hacerse cargo del papel porque la elección original no estaba disponible, José Luis López Vázquez), aparentemente un cuasi hermanastro de Ángel que fue criado por Martina, concurre a la taberna con un grupo de lambiscones para una caza entrecortada, todo porque se abrió la veda y sin que le importe demasiado que el protagonista se la pase violándola ya que adora las comidas que Martina prepara con los animales muertos, Milagros le aclara a su protector que está con él sólo por un tiempo porque su verdadero novio llegará en cualquier momento, un delincuente con pedido de captura nacional bautizado El Cuqui (Felipe Solano), el cual se enfurece cuando en el convento descubre que la ninfa se tuvo que casar con Ángel por la presión puritana social, así el cazador cachondo ayuda al fugitivo cuando es perseguido por las huestes del Gobernador y la madre humilla y asesina a Milagros sin saber que ya pretendía marcharse.

 

Como decíamos anteriormente, la película por un lado es un típico producto de su tiempo, todavía preocupada por la sutil autocensura aunque hoy con la valentía suficiente de poner sobre la mesa tópicos candentes como la hipocresía represiva institucional y el sustrato castrador de aquella sociedad fundamentalista cristiana, y por el otro lado incluye el mismo número de personajes cruciales franquistas, en este caso Martina y el Gobernador, y de criaturas prototípicas del futuro destape democrático, léase Ángel y El Cuqui, con la femme fatale, Milagros, haciendo las veces de un catalizador narrativo con patas o quizás de la fuente del pecado, lo reprimido -el erotismo, la problematización política y la efervescencia de la juventud- ya dispuesto a salir a la luz: si la cruel Martina simboliza al pueblo ascético, mojigato e intolerante ante lo diferente, también bastante farsante porque todo el tiempo le sonríe a la autoridad pero en el fondo la desprecia con ahínco, y el Gobernador representa a la hipocresía más flagrante de las instituciones persecutorias de entonces, condenando en público aquello de lo que se beneficia o de lo que disfruta como un capricho bobo y para colmo macabro, la cacería, Ángel, por su parte, puede leerse como uno de los primeros quiebres verdaderos para con la moral castradora católica, aquí dispuesto a transar con la imposición comunal -la farsa del matrimonio- pero sin renunciar a su obsesión romántica, y finalmente El Cuqui arrastra las características de los antihéroes que durante el segundo lustro de los 70 y el primero de la década siguiente encabezarán el tremendo Cine Quinqui, clásico producto de marco exploitation de una sociedad que sale de un régimen de mentiras y profundas inhibiciones de todo tipo y ve con espanto a cualquier bípedo que niegue los valores burgueses, en este caso específico los delincuentes de poca edad, los heroinómanos y los desempleados tentados por el delito ocasional ante la crisis económica y las pocas o nulas oportunidades de ascenso dentro de la pirámide plutocrática capitalista de siempre.

 

Borau tuvo una carrera frustrante porque lo único interesante que hizo como realizador es Furtivos, situada en la fase intermedia de su trayectoria junto con un par de coproducciones internacionales muy olvidables, Hay que Matar a B. (1974), un thriller político con Darren McGavin, Stéphane Audran, Patricia Neal y Burgess Meredith, y La Sabina (1979), drama campestre con toques fantásticos y las actuaciones de Ángela Molina, Jon Finch, Harriet Andersson y Carol Kane, en este sentido basta con recordar que sus primeras y últimas propuestas dejan bastante que desear, hablamos en primera instancia del “paella western” Brandy (1964), remake maquillada de A la Hora Señalada (High Noon, 1952), de Fred Zinnemann, y el thriller Crimen de Doble Filo (1965), una película inspirada en El Hombre Equivocado (The Wrong Man, 1956), de Alfred Hitchcock, y en segundo lugar de un par de bodrios ochentosos, Río Abajo (1984), drama de frontera coproducido con yanquilandia y protagonizado por David Carradine, Scott Wilson y Victoria Abril, y Tata Mía (1986), una comedia hoy vetusta con Carmen Maura, Imperio Argentina y Alfredo Landa, y un díptico tardío que desapareció de la memoria popular cinéfila, Niño Nadie (1997) y Leo (2000), ambas con la exquisita Icíar Bollaín de El Sur (1983), de Víctor Erice, y Tierra y Libertad (Land and Freedom, 1995), de Ken Loach, amén de la serie televisiva infantil Celia (1993) y el hecho de oficiar de testaferro de Iván Zulueta en Un, Dos, Tres, al Escondite Inglés (1969) porque el susodicho no estaba sindicalizado. El director en Furtivos no sólo supera sus dos escollos de siempre, la lentitud y cierta indefinición narrativa exasperante, sino que además logra estupendas actuaciones de todos los involucrados y polemiza con un presente aún pesadillesco de una forma similar a lo realizado en su guión para Mi Querida Señorita (1972), un clásico del travestismo insolente de Jaime de Armiñán, por ello el matricidio sin castigo alguno en pantalla del final equivale a un exorcismo nacional apenas disimulado…

 

Furtivos (España, 1975)

Dirección: José Luis Borau. Guión: José Luis Borau y Manuel Gutiérrez Aragón. Elenco: Ovidi Montllor, Alicia Sánchez, Lola Gaos, Felipe Solano, José Luis Borau, Ismael Merlo, José Luis Heredia, Erasmo Pascual, José Riesgo, Beni Deus. Producción: José Luis Borau. Duración: 84 minutos.

Puntaje: 9