El slasher como subgénero del terror siempre arrastró el estigma, a ojos de los espectadores y de los cinéfilos que saben de lo que hablan, de ser una “versión para tontitos” del giallo, éste un ecosistema de misterios truculentos y muy estilizados que nacen con dos joyas de Mario Bava, La Muchacha que Sabía Demasiado (La Ragazza che Sapeva Troppo, 1963) y Seis Mujeres para el Asesino (Sei Donne per l’Assassino, 1964), opus a su vez inspirados principalmente en Peeping Tom (1960), de Michael Powell, y Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, y que alcanzan su mayor popularidad en Italia y el mundo en el período inmediatamente posterior al estreno de El Pájaro de las Plumas de Cristal (L’Uccello dalle Piume di Cristallo, 1970), la ópera prima de Dario Argento. Eventualmente la acepción norteamericana del asunto deja de lado las preocupaciones arty del formato y se centra en el costado más exploitation y directo con el objetivo de privilegiar la colección de muertes, el carácter indestructible del psicópata de turno y/ o las lindas tetas de las víctimas de ocasión, sin embargo los exponentes de Hollywood -o el entramado anglosajón en general- tampoco fueron los responsables en sí de esta relectura porque el padre del slasher, de nuevo, fue el querido e inconmensurable Bava mediante otro díptico extraordinario, El Signo Rojo de la Locura (Il Rosso Segno della Follia, 1970) y Ecología del Crimen (Ecologia del Delitto, 1971), siendo en especial esta última la que aportó la estructura para futuros pivotes como La Masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974), de Tobe Hooper, Navidad Negra (Black Christmas, 1974), de Bob Clark, Las Colinas Tienen Ojos (The Hills Have Eyes, 1977), de Wes Craven, Halloween (1978), de John Carpenter, Maníaco (Maniac, 1980), de William Lustig, y por supuesto Martes 13 (Friday the 13th, 1980), dirigida por Sean S. Cunningham y escrita por Victor Miller, un enorme éxito de taquilla que junto a Halloween desencadenó una verdadera avalancha de films similares basados en el formato de las franquicias redundantes sin mayores novedades de eslabón en eslabón, muchas veces centradas en una inocencia perversa que abarca tanto la vejez como aquellos años mozos.
Si bien la eminente influencia del giallo no sólo se sintió en el slasher sino además en el campo del thriller de acoso más clasicista, pensemos en ese recorrido que va desde Klute (1971), de Alan J. Pakula, y Frenesí (Frenzy, 1972), de Hitchcock, hasta Los Ojos de Laura Mars (Eyes of Laura Mars, 1978), de Irvin Kershner, y una trilogía muy concreta de Brian De Palma, aquella preciosista y ultra operística de Vestida para Matar (Dressed to Kill, 1980), El Sonido de la Muerte (Blow Out, 1981) y Doble de Cuerpo (Body Double, 1984), lo cierto es que la destilación retórica implementada por el mainstream hollywoodense casi siempre licuó el espíritu inconformista y bastante enrevesado de las realizaciones italianas primigenias, no obstante nunca faltan las excepciones y la más loable del lote de los proto slashers es sin duda Alicia, Dulce Alicia (Alice, Sweet Alice, 1976), la odisea más giallesca que haya dado el cine de yanquilandia en toda su historia y la primera película “oficial” del hasta ese momento arquitecto Alfred Sole, quien ya había coqueteado con el séptimo arte sin demasiada fortuna en la comedia pornográfica Sueño Profundo (Deep Sleep, 1972). Decidido a construir un homenaje a Hitchcock y Henri-Georges Clouzot o por lo menos un film anticatólico por haber sido excomulgado a raíz de acusaciones de obscenidad por la epopeya erótica, el realizador y guionista, en este último apartado ayudado por Rosemary Ritvo, sitúa la historia en la época de su adolescencia y en su ciudad de origen, hablamos de 1961 y Paterson, en el Estado de Nueva Jersey, donde vive una hermosa madre divorciada, Catherine Spages (Linda Miller), con dos nenas pequeñas, la bondadosa Karen (debut de Brooke Shields) y la hiper maquiavélica Alice (Paula E. Sheppard), ésta una sospechosa indisimulable en el estrangulamiento silente de su hermana momentos antes de su primera comunión. El padre de las mocosas, un tal Dominick “Dom” Spages (Niles McMaster) que se volvió a casar, comienza a investigar en paralelo al Detective Spina (Michael Hardstark), el oficial encargado del caso, sin embargo un segundo ataque aunque ahora no fatal, contra la hermana de Catherine, Annie (Jane Lowry), pone al descubierto un trauma de larga data.
A diferencia de gran parte del slasher posterior, las muertes y arremetidas gore en Alicia, Dulce Alicia resultan trágicas y no son caricaturas porque responden al nihilismo setentoso más crudo, pensemos no sólo en la asfixia de Karen y los cuchillazos contra Annie sino también en el pomposo óbito de Dominick, acuchillado, golpeado con una piedra, atado y arrojado al vacío desde lo alto de una fábrica abandonada, o en los dos embates finales, contra el Señor Alphonso (Alphonso DeNoble), casero del clan Spages y un homosexual pederasta con obesidad mórbida, y contra el Padre Tom (Rudolph Willrich), un sacerdote católico y autoridad en la escuela religiosa de las nenas que está inspirado en su homólogo jesuita de Refugio de Criminales (The Hoodlum Priest, 1961), de Kershner, y que también recibe cuchillazos mientras imparte la eucaristía a los fieles, cura joven que despierta el amor de su asistente y ama de llaves, la Señora Tredoni (Mildred Clinton), la cual perdió a su hija en la jornada de su primera comunión y por ello enloqueció transformándose en una homicida que simula ser una niña del colegio mientras castiga los pecados de los padres a través de sus vástagos y condena el divorcio, el sexo prematrimonial y la falta de límites de los purretes malcriados de la burguesía, precisamente como la quejosa crónica de Karen o la sádica inmunda de Alice. Sole maneja muy bien las referencias ya que arranca el asunto demonizando al personaje de Sheppard símil La Mala Semilla (The Bad Seed, 1956), de Mervyn LeRoy, para luego jugar con el slasher de arma blanca de Psicosis, la esquizofrenia pueril de El Otro (The Other, 1972), de Robert Mulligan, y el surrealismo pesadillesco de Venecia Rojo Shocking (Don’t Look Now, 1973), de Nicolas Roeg, no obstante a partir de la revelación de la identidad del demente, la veterana Tredoni cual diletante de una pedagogía punitiva contra las putas que cogen antes de casarse y encima se divorcian, como Catherine, la propuesta muta en una fábula anticristiana que no tiene nada que envidiarle a El Extraño Secreto del Bosque de las Sombras (Non si Sevizia un Paperino, 1972), de Lucio Fulci, o La Casa del Pecado Mortal (House of Mortal Sin, 1976), joya del maravilloso Pete Walker.
Son muchos los latiguillos y motivos de Alicia, Dulce Alicia, asimismo conocida en el mercado anglosajón con los títulos alternativos de Comunión (Communion), Los Asesinatos de la Máscara (The Mask Murders) y Terror Sagrado (Holy Terror), que coinciden con la imaginería del giallo, pensemos en la histeria permanente del relato, la repentina aparición de colores furiosos, esa doble investigación policial y privada, unos mocosos amorales, la negligencia por parte de sus progenitores, un misterio melodramático de ampulosidad cuasi gótica, primeros planos semi etéreos, música espectral, ese Señor Alphonso que representa la clásica criatura grotesca, una imagen congelada para el final, aquel amor por los guantes blancos, una careta terrorífica, un cuchillo prominente y un impermeable amarillo, ese que reemplaza al rojo macabro del film de Roeg, y desde ya la presencia de varios sospechosos, tanto Alice y la finada Karen como la regordeta Ángela (Kathy Rich), hija de Annie, o las paradigmáticas “opciones travestidas”, en sintonía con el sacerdote, el marido de Catherine, el detective e incluso el esposo del personaje de la histriónica Lowry, Jim (Gary Allen). En lo que atañe al elenco sobresale además Sheppard, quien abandonaría la actuación después de su segundo film, Cielo Líquido (Liquid Sky, 1982), del ruso Slava Tsukerman, y el dúo de Miller y Clinton, dos intérpretes volcadas especialmente al teatro y la televisión, aunque en realidad es el realizador quien apabulla con sus truculencias estilizadas y una constante iconografía católica, símbolo del oscurantismo, la represión sexual y esa farsa social de la fe que se cae a pedazos con la desaparición de la familia tradicional, aquí experimentando una regresión primitivista porque los niños y los adultos se confunden en sus celos, malicia y caprichos ortodoxos. El humor negro y la inteligencia discursiva de Sole se magnifican al recordar que eventualmente se dedicaría al diseño de producción luego del fracaso de sus siguientes obras como director, las desastrosas La Isla de Tanya (Tanya’s Island, 1980) y Pandemónium (1982), la primera un triángulo amoroso entre una modelo, su novio y un engendro simiesco y la segunda una parodia coral, precisamente, de los slashers en boga…
Alicia, Dulce Alicia (Alice, Sweet Alice, Estados Unidos, 1976)
Dirección: Alfred Sole. Guión: Alfred Sole y Rosemary Ritvo. Elenco: Paula E. Sheppard, Linda Miller, Mildred Clinton, Niles McMaster, Jane Lowry, Rudolph Willrich, Michael Hardstark, Alphonso DeNoble, Gary Allen, Brooke Shields. Producción: Alfred Sole y Richard K. Rosenberg. Duración: 107 minutos.