El Día de los Trífidos (The Day of the Triffids)

Un mundo de ciegos y plantas

Por Emiliano Fernández

Muy poco conocida y difundida en el enclave hispanoparlante pero famosa a más no poder en su homólogo anglosajón, El Día de los Trífidos (The Day of the Triffids, 1963) es uno de los exponentes Clase B más influyentes de la historia del cine en el campo del terror y la ciencia ficción, perteneciente a una época -previa al bajo presupuesto irónico, procaz y consciente de sus limitaciones de las décadas del 70 y 80 en adelante- en la que el séptimo arte en su pata underground hacía todo lo posible para disimular sus escasos recursos y asemejarse cuánto se pudiera en materia de producción a la vertiente mainstream, planteo que además implica que el tono narrativo de las películas Clase B de los 60 hacia atrás era profundamente serio y que los efectos especiales/ visuales/ ópticos estaban encarados desde un marco artesanal llevado al extremo, por ello mismo muchas de estas obras han resistido tan bien el paso del tiempo ya que los espectadores modernos pueden apreciar -o descubrir por primera vez- hasta dónde llegaba la originalidad y eficacia de los profesionales de otros períodos a la hora de hacer frente al hermoso caos de producciones con poco y nada de recursos disponibles. El film, dirigido por el húngaro István Székely alias Steve Sekely en el Reino Unido y escrito por Bernard Gordon y Philip Yordan a partir de la célebre novela homónima de 1951 de John Wyndham, nos presenta una situación apocalíptica basada en la ceguera general de la población debido a una misteriosa lluvia de meteoritos y el despertar en simultáneo de una especie muy particular de plantas, los trífidos del título, llamados así porque tienen una raíz de tres puntas, suerte de híbridos entre el reino vegetal y el animal que supieron llegar a la tierra años atrás en un meteorito y que con la generosa profusión de rocas del espacio en el cielo visible terrestre renacen, se esparcen vía esporas y se dedican a saciar su instinto carnívoro atacando a los apetitosos seres humanos con una picadura fatal cual escorpión para después deglutirlos, con el detalle adicional de que las plantas pueden desarraigarse a gusto y desplazarse arrastrándose por el suelo como toscos seres reptantes.

 

En sí el relato le escapa un poco a una estructura retórica tradicional y se juega por una odisea coral en la que vamos pasando de un grupo de personajes a otro grupo de personajes en función de una calamidad de impronta transnacional que nos hace saltar del Reino Unido a Francia y de ésta a España. El asunto arranca con la primera víctima de los trífidos, un pobre guardia nocturno (Ian Wilson) del Jardín Botánico Real de Londres, y a posteriori se concentra en el devenir de dos colectivos de sobrevivientes una vez que la mentada lluvia de meteoritos hizo de las suyas y gran parte de las calles metropolitanas están desiertas o plagadas de cieguitos desesperados que no saben cómo reaccionar ante su nueva realidad, optando a veces por el egoísmo o hasta la esclavitud de algún vidente: en primera instancia tenemos a una pareja compuesta por el biólogo marino Tom Goodwin (Kieron Moore) y su bella esposa Karen (Janette Scott), quienes se mudaron a un inhóspito faro en una isla de la costa de Cornwall para tratar de sobrellevar el alcoholismo del hombre aunque terminan parapetándose cuando las plantas los atacan con furia y los someten a un asedio casi de corte bélico, y en segundo lugar está un oficial de la marina mercante, Bill Masen (Howard Keel), quien durante el espectáculo de rocas danzantes en el cielo tenía una venda en sus ojos y estaba internado en un hospital luego de una cirugía, por ello no se ve afectado por un acontecimiento que lleva al suicidio a su médico, el Doctor Soames (Ewan Roberts), y deja vagando al oficial por una Londres anárquica en la que encuentra a una nena huérfana llamada Susan (Janina Faye), la cual se escapó de un internado y sobrevivió al choque de un tren en una estación, con quien marcha raudo hacia Francia y termina en el castillo de Christine Durrant (Nicole Maurey), una aristócrata de buen corazón que ampara a 40 ciegos y un par de hermanos ingleses veteranos que estaban de turistas, el Señor y la Señora Coker (Mervyn Johns y Alison Leggatt). De repente se aparece un pelotón de ex convictos con ametralladoras que someten a los ciegos y obligan a Bill, Susan y Christine a huir a España.

 

La película es muy cruda para su época -una de las consecuencias del sustrato Clase B de base, hablamos de una valentía formal e ideológica que no se ve en el casi siempre inocuo mainstream- en lo que atañe a la descripción detallada de una debacle que abarca hospitales abandonados, autoinmolaciones al paso, avenidas desiertas, choques e incendios por todos lados, ciegos tratando de desplazarse como pueden, sujetos con angustia en las estaciones de transporte, teléfonos caídos, ataques imprevistos de los tremendos trífidos, calamidades aéreas, terrestres y marítimas, histeria sin frenos, ausencia de electricidad, automóviles acumulando polvo, la ilusión de mantener los marcos sociales previos sin darse cuenta de la nueva y catastrófica praxis -algo así como la postura de Durrant- y desde ya episodios de abusos cíclicos como el protagonizado por los ex convictos que ingresan en el castillo de la aristócrata y toman posesión de todo y todos obligando a las mujeres a “bailar”, eufemismo del cine de aquella etapa por violaciones masivas que terminan siendo vengadas de manera tácita cuando las mismas plantas del cosmos asaltan el lugar y matan a todos los ocupantes del château por igual; desencadenando un nuevo viaje del oficial de la marina mercante y sus acompañantes circunstanciales hacia la siguiente “esperanza de ayuda”, España, donde encuentran a una pareja compuesta por la ciega de antaño Teresa (Gilgi Hauser), una mujer embarazada, y su esposo Luis de la Vega (Geoffrey Matthews), el cual se está adaptando al hecho de ya no poder ver. Sekely trabaja muy bien a nivel narrativo lo concerniente al personaje fundamental, Masen, y el editor Bill Lewthwaite asimismo combina con astucia y soltura la historia del matrimonio Goodwin en el faro de Cornwall, una subtrama que los productores agregaron a posteriori porque se dieron cuenta que con lo filmado por el húngaro apenas si llegaban a la hora de metraje, por ello le encargaron al querido Freddie Francis, un director de fotografía maravilloso del acervo británico y realizador él mismo, expandir la arremetida de los trífidos de la mano de un relato complementario al principal.

 

Si bien la realización tiene bastante poco que ver con el recordado libro de Wyndham, todo un especialista en apocalipsis que vienen disfrazados de una coyuntura aparentemente natural/ “normal”, como la del amigo imaginario de Chocky (1968), los férreos preceptos comunales de Las Crisálidas (The Chrysalids, 1955) o los nenitos tétricos de Los Cuclillos de Midwich (The Midwich Cuckoos, 1957), novela a su vez adaptada bajo el título El Pueblo de los Malditos (Village of the Damned) primero en 1960 por Wolf Rilla y después en 1995 por John Carpenter, El Día de los Trífidos es de por sí un trabajo muy interesante que construye excelentes secuencias de claustrofobia y suspenso basándose en el silencio, la desesperación de los personajes y sobre todo un muy buen diseño en lo que atañe a las plantas, en ocasiones títeres gigantescos y en otras tomas trajes con hombres adentro aunque sin nunca caer en lo burdo elemental o precario, incluso en ese desenlace cuando el ejército de los trífidos acecha la morada de los españoles vía una escena que nos recuerda aquella del final de Los Pájaros (The Birds, 1963), ahora reemplazando las abstracciones conceptuales hitchcockianas con cercas electrificadas, lanzallamas y el ardid de poder escapar del asedio mediante las tonadas de una camioneta de circo que encanta a las plantas como si se tratase del protagonista de El Flautista de Hamelín (Der Rattenfänger von Hameln, 1845), de los Hermanos Grimm. Hablamos de un cine profundamente comercial y por ello la conclusión abierta de la novela aquí no tiene cabida, así nos topamos con un gracioso remate en el que es el agua salada el remedio mágico contra los trífidos, movida similar al genocidio de los alienígenas invasores cortesía de las bacterias terrestres de La Guerra de los Mundos (The War of the Worlds, 1953), dirigida por Byron Haskin y basada en la novela de 1897 de H.G. Wells. La película inspiraría a posteriori el desamparo inicial de Jim (Cillian Murphy) en Exterminio (28 Days Later, 2002), del dúo Danny Boyle/ Alex Garland, el remate con el agua corrosiva de Señales (Signs, 2002), de M. Night Shyamalan, y prácticamente todo lo concerniente a Ceguera (Blindness, 2008), de Fernando Meirelles y basada en la novela Ensayo sobre la Ceguera (Ensaio sobre a Cegueira, 1995), de José Saramago, no obstante quizás el mejor homenaje jamás realizado sea el de Jim Sharman y Richard O’Brien en ocasión de The Rocky Horror Picture Show (1975), donde se nombra explícitamente al film y a la deliciosa Scott en la letra de la mítica canción de apertura, Science Fiction/ Double Feature, “y realmente me calenté cuando vi a Janette Scott luchar contra un trífido que escupe veneno y mata”. En consonancia con los preciosos mattes, la inteligencia de la historia y el realismo general, la presentación visual y la maximización de aquel mundo de ciegos y plantas mortíferas del papel resultan en verdad prodigiosas porque en pantalla se aprovecha al máximo la sutil vulnerabilidad de una humanidad invidente y la insólita capacidad de acoso de unos vegetales tan altos y agresivos como aparentemente porfiados e inteligentes, con la capacidad de comunicarse entre sí y hasta con ese inusitado aguijón venenoso que utilizan para dominar a sus diversas víctimas y luego engullirlas…

 

El Día de los Trífidos (The Day of the Triffids, Reino Unido, 1963)

Dirección: Steve Sekely. Guión: Bernard Gordon y Philip Yordan. Elenco: Howard Keel, Kieron Moore, Nicole Maurey, Janette Scott, Janina Faye, Mervyn Johns, Ewan Roberts, Alison Leggatt, Geoffrey Matthews, Gilgi Hauser. Producción: Philip Yordan, George Pitcher y Bernard Glasser. Duración: 93 minutos.

Puntaje: 9