A Todo Riesgo (Classe Tous Risques)

Un viaje de despedida a París

Por Emiliano Fernández

A Todo Riesgo (Classe Tous Risques, 1960), obra maestra del film noir dirigida por Claude Sautet y escrita por el susodicho más Pascal Jardin y el tremendo José Giovanni, es una película triplemente insólita para su tiempo porque fue realizada durante la cúspide en materia de popularidad de la Nouvelle Vague, movimiento que se vanagloriaba de amar al cine de género pero que casi nunca entregó una obra tan apasionante y tan bien construida como la presente más allá de la honrosa excepción de la producción artística de Claude Chabrol, además obedece a una estructura narrativa basada mucho más en la acción y el suspenso de angustia que en los diálogos o una trama compleja o de misterios superpuestos, contradiciendo al modelo retórico dominante de su etapa histórica y por ello adelantándose al sustrato vertiginoso y amargo de la posmodernidad, y finalmente constituyó una de las dos únicas películas realmente eficaces de Sautet en el terreno del policial negro, siendo la otra la también nihilista Max y los Chatarreros (Max et les Ferrailleurs, 1971), recordemos en este sentido que el director empezó su derrotero en el cine como guionista, trabajando para luminarias del acervo francés de su época como Georges Franju, Jean Becker, Jacques Deray, Marcel Ophüls, Gilles Grangier, Jean-Paul Rappeneau, Alain Cavalier, Philippe de Broca y Georges Lautner, y a posteriori saltó a la realización dentro de los géneros duros populares para eventualmente abandonar dicha comarca, jugada extraña según la ortodoxia profesional de entonces, y volcarse a un “cinéma de qualité” que le enajenó a sus primeros admiradores y le trajo un público nuevo, en especial a partir de Las Cosas de la Vida (Les Choses de la Vie, 1970), aquella primera colaboración con sus futuros actores fetiche, los queridos Michel Piccoli y Romy Schneider, y suerte de punto de partida para una verdadera seguidilla de dramas románticos, existenciales, socarrones o psicológicos apesadumbrados.

 

La película que nos ocupa en sí forma parte de la mítica tetralogía de adaptaciones de las primeras novelas de Giovanni, un célebre colaborador nazi durante la Segunda Guerra Mundial que se especializó en extorsión de judíos y que fue condenado a muerte y luego indultado por el presidente René Coty, hablamos de la homónima de 1958 que derivó en esta propuesta de Sautet, El Agujero (Le Trou, 1957), transformada en el film de 1960 de Jacques Becker, Hasta el Último Aliento (Le Deuxième Souffle, 1958), llevada a la pantalla en 1966 por el talentoso Jean-Pierre Melville, y El Excomulgado (L’Excommunié, 1958), primero adaptada por Jean Becker como Un Hombre Llamado La Rocca (Un Nommé La Rocca, 1961) y después por el propio Giovanni en su faceta de director y guionista bajo el título de Réquiem para un Homicida (La Scoumoune, 1972), ambas protagonizadas por Jean-Paul Belmondo. La historia está centrada en Abel Davos (Lino Ventura), un ladrón sentenciado a muerte y juzgado en rebeldía que carga con su bella esposa, Thérèse (Simone France), y sus dos hijos pequeños, Daniel (Thierry Lavoye) y Pierrot (Robert Desnoux), con quienes pretende viajar desde Italia a Francia junto a su cómplice Raymond Naldi (Stan Krol). Luego de un asalto callejero y el robo de un barco, dos agentes galos sorprenden a la comitiva desembarcando en una playa de noche y así, en el tiroteo resultante, fallecen los oficiales, Thérèse y Raymond, por ello Abel pide ayuda a dos viejos socios, Henri Vintran alias Riton (Michel Ardan), dueño de un bar que compró con dinero prestado por Davos, y Raoul Fargier (Claude Cerval), propietario de un hotel y ex reo que salió libre por obra de Abel. Ambos dudan en rescatar a su otrora amigo y colega y compran una ambulancia para traerlo a París y contratan a un tercero como chófer, Eric Stark (un genial Belmondo), joven desconocido que simpatiza de inmediato con el fugitivo y su desamparo llevado al extremo.

 

Como siempre en las traslaciones de trabajos literarios de Giovanni, A Todo Riesgo, puente entre los clásicos de Jacques Becker y Marcel Carné y las reformulaciones posteriores de Melville, es un convite violento, implacable y cercano al realismo sucio que reflexiona no sólo sobre las paradojas de la amistad, recordemos la solidaridad de Stark en contraposición para con el pancismo cobarde de Fargier y Riton, dos burgueses repugnantes que sufren de amnesia voluntaria con respecto a quien los colocó en su rutilante posición, sino asimismo acerca del sustrato frío y miserable a escala humana/ filosófica de los esbirros estatales, en pantalla representados por el Comisario Blot (Jacques Dacqmine), quien le sigue los pasos a un Abel que siempre se cobra las atenciones recibidas y por ello, necesitado de dinero, primero asalta a un reducidor de joyas del gremio delictivo, Arthur Gibelin (Marcel Dalio), y después lo mata cuando descubre que el parásito y sus secuaces paranoicos improvisados, los mismos Riton y Fargier, contrataron a detectives privados (Jean-Pierre Zola y Sylvain Levignac) para que identifiquen dónde se hospeda, precisamente en la morada de un Stark que comienza un romance con una actriz que conoció en el periplo rutero hacia la capital, Liliane (Sandra Milo), y que lo auxilia en eso de llevar a los críos a un amigo de la familia, Chapuis (René Génin), guardia avejentado de un museo naval y antiguo colega de su padre. A diferencia de las peroratas éticas biempensantes del Hollywood más apegado al statu quo, el film noir de Sautet y Giovanni nunca se maneja con blancos y negros absolutos o maniqueos ya que la gama de grises morales resulta insólita para los años 60 en función de este Davos -inspirado por cierto en Abel Danos, apodado El Mamut, un sujeto que José conoció en prisión y que fue ejecutado en 1952 por haber colaborado con la Gestapo en la Francia de Vichy- que en simultáneo es un padre excelente y un homicida feroz y temible.

 

La presencia de las mujeres en el relato, a veces secundaria a nivel general en el policial negro pero al mismo tiempo muy importante en términos metafóricos, también sirve para explorar los pormenores de esta aventura de despedida tácita -una fuga que también es un ocaso- que le va cortando progresivamente el margen de movimiento al protagonista, el personaje del maravilloso Ventura, pensemos que el inesperado óbito de Thérèse anticipa la desaparición cuasi fantasmal de Abel, quien en el desenlace continúa en libertad aunque una voz en off nos aclara que pronto será arrestado y ejecutado, y que el vínculo floreciente entre Liliane y Eric subraya la reproducción futura de parte del segundo del mismo exacto camino que atravesó a los tumbos su modelo paternal/ simbólico, Davos; del mismo modo, ya en la comarca de los contrincantes que faltan al honor fetichizado entre criminales, la esposa de Fargier, Sophie (Michèle Méritz), respeta la senda de su marido porque fallece de un ataque al corazón cuando Raoul es fusilado en la puerta de su residencia por Abel, e incluso la compañera romántica de Riton, Denise (France Asselin), resulta decisiva en la perfidia final de Henri, el cual le comunica a Blot la guarida de Davos, algo que ya había anticipado Abel cuando en el reencuentro en París notó que la hembra dominaba al macho y por ello la frenó de lleno, a ella y a esa pusilanimidad conservadora y banal típicamente femenina. La denuncia de las consecuencias nefastas del fluir delictivo callejero prosaico y su contracara, la antiidealización artística del ecosistema del hampa, sin duda llegan a su cúspide en el epílogo, cuando Abel toma conciencia del tendal de cadáveres que dejó su escape, del hecho de que no puede hacer nada por el único que se sacrificó por él, un Stark encarcelado, y de la relación de espejo con Jean Martin alias Jeannot (Philippe March), un muchacho en libertad condicional y ya fagocitado por las fauces del gobierno y la policía…

 

A Todo Riesgo (Classe Tous Risques, Francia/ Italia, 1960)

Dirección: Claude Sautet. Guión: José Giovanni, Claude Sautet y Pascal Jardin. Elenco: Lino Ventura, Jean-Paul Belmondo, Sandra Milo, Marcel Dalio, Claude Cerval, Michel Ardan, Simone France, Michèle Méritz, Stan Krol, Jacques Dacqmine. Producción: Jean Darvey. Duración: 108 minutos.

Puntaje: 10