Antes del advenimiento de todos los repugnantes servicios de streaming, sin duda uno de los principales responsables de la mediocridad, el conservadurismo y la redundancia de la industria audiovisual internacional de hoy en día, la enorme mayoría de las películas Clase B, esas que llegaban al circuito de exhibición exploitation y luego a los viejos videoclubs, se parecía a Dolly (2025), trabajo visceral y muy entretenido del cineasta estadounidense Rod Blackhurst, ya que literalmente eran producidas con un presupuesto ínfimo, apostaban a la independencia creativa, tenían a gente más o menos talentosa detrás de cámara pero con un ingenio a toda prueba -requisito fundamental para llevar el barco a puerto o exprimir los pocos billetes disponibles- y ofrecían esa eterna pirotecnia sensorial que el mainstream negaba desde las estrategias de marketing y mucha cobardía expresiva. La película que nos ocupa, adaptación en formato de largometraje de un corto del realizador, Babygirl (2022), aglutina en apenas 82 minutos lo mejor del body horror, lo mejor del terror de monstruos y lo mejor del hixploitation o enclave de explotación centrado en los grandes clichés de los sureños del país del norte, léase muy poca higiene, racismo, endogamia, bastante estupidez, violencia y aquel aislamiento retrógrado, violador y homicida que suele votar a la derecha.
Estructurado en siete capítulos muy sucintos, Madre (Mother), Hija (Daughter), Hogar (Home), Padre (Father), Reunión (Reunion), Lucha (Fight) y Adiós (Goodbye), el guión vuelve a contar con la firma de Blackhurst y Brandon Weavil y es tan microscópico como el film en su conjunto: la hermosa Macy (Fabianne Therese, yanqui criada en Sri Lanka) está en pareja con Chase (Seann William Scott), que tiene una hija pequeña de una relación anterior y pretende pedirle casamiento -anillo y todo- a la protagonista, por ello deja a la mocosa en el domicilio de la Tía Sadie (Michalina Scorzelli) y marcha con Macy hacia un mirador panorámico en el medio de un bosque en el que habita el infaltable psicótico en cuestión, uno grotesco a más no poder porque ahora nos topamos con la Dolly del título (Max Lindsey alias Max el Empalador/ Max the Impaler, luchador de catch transmasculino que debuta en la actuación), una gorda gigantesca y retrasada mental que tiene problemas para respirar, usa una máscara símil muñeca de porcelana y rápidamente le corta el pie izquierdo al pobre de Chase y le separa la mandíbula con una pala, todo para llevarse a Macy a su morada destartalada y adoptarla como otro de los tantos “bebés” que tuvo con los años, así le pone pañales y le mete en la boquita un chupete, la mamadera y una teta.
Blackhurst, artífice de muchísimos cortos y tres largometrajes previos que pasaron sin pena ni gloria, dos ficcionales, la postapocalíptica Here Alone (2016) y el thriller criminal Blood for Dust (2023), y un documental para Netflix, Amanda Knox (2016), sobre el caso de esa norteamericana del título erróneamente acusada de asesinato en 2007 en Italia, en Dolly entrega un buen producto del espanto construido alrededor de una atmósfera claustrofóbica, un gore profuso y muy lacerante, situaciones vergonzosas, una linealidad narrativa muy bien llevada, esa villana patética de antología, algunas hipérboles durante el último acto, la aparición en la casona de un macho incluso peor que la hembra, Tobe (Ethan Suplee), y la inestimable presencia de Therese, scream queen todo terreno como las de antaño que aquí aprovecha la oportunidad para brillar a posteriori de un largo derrotero que arranca en roles secundarios en John Dies at the End (2012), de Don Coscarelli, y A Glimpse Inside the Mind of Charles Swan III (2012), de Roman Coppola, amén de trabajos un poco más en primer plano como The Aggression Scale (2012), de Steven C. Miller, Starry Eyes (2014), obra de Kevin Kölsch y Dennis Widmyer, y Teenage Cocktail (2016), de John Carchietta, excusas que funcionaron de ensayo para el “tour de force” de nuestra memorable Macy.
Como suele suceder con los exponentes más interesantes y agitados del cine de género, la sencillez de Dolly oculta una parodia de la familia nuclear y una fórmula heterogénea que en este caso unifica el proto hixploitation de pajueranos poco amigables de Deliverance (1972), de John Boorman, y The Texas Chain Saw Massacre (1974), de Tobe Hooper, una premisa bizarra inspirada a lo lejos en The Baby (1973), opus de Ted Post, la intensidad del Damien Leone consagrado en cuerpo y alma a Art the Clown, eje de la saga que empezase con All Hallows’ Eve (2013) y Terrifier (2016), y algunas tomas de la gorda lunática, cierto enfoque posmodernoso en capítulos y un desenlace ultra histérico que claramente remiten a In a Violent Nature (2024), de Chris Nash, y Strange Darling (2023), de J.T. Mollner. El realizador exuda torpeza en la fotografía, ubicada entre el documentalismo y la aspereza de la década del 70, pero lo compensa con los detalles cómicos, como la muerte de Tobe o ese lento “operativo rescate” por parte del maltrecho Chase, y los surrealistas, en sintonía con el salto de ella desde una ventana o su fuga desaforada subsiguiente a lo largo y ancho de un bosque con muñecas apiladas cual mixtura de slasher y giallo. Dolly no es ninguna joya del séptimo arte pero lo que se propone hacer lo hace bien, importunar al conformismo…
Dolly (Estados Unidos, 2025)
Dirección: Rod Blackhurst. Guión: Rod Blackhurst y Brandon Weavil. Elenco: Fabianne Therese, Max the Impaler, Seann William Scott, Michalina Scorzelli, Ethan Suplee, Kate Cobb, Russ Tiller, Eve Blackhurst. Producción: Rod Blackhurst, Betty Tong, Isaiah Smallman, Esteban Sánchez, Ross O’Connor, Bryce McGuire, Noah Lang y Joseph C. Grano. Duración: 82 minutos.