La Maldición del Hombre Lobo (The Curse of the Werewolf)

Una bala de plata

Por Emiliano Fernández

La licantropía siempre calzó de maravillas dentro del ecosistema de los estereotipos y el arsenal retórico en general del séptimo arte porque la mitología de los hombres lobo está basada en tres ingredientes muy adaptables/ flexibles, primero ese régimen de apariencias públicas crucial para el campo del thriller, segundo un sustrato bestial negado en lo que atañe a la idiosincrasia del ser humano, eje que genera algunos “problemitas” identitarios ante la Luna Llena, y tercero la típica condena por encadenamiento tendiente por un lado a reproducir el trauma de fondo, léase esta hipocresía de base de la supuesta civilización, y por el otro lado a duplicar los mecanismos de difusión de las enfermedades, ya pensando en un contagio corporal más autónomo y/ o alejado para con la psiquis propiamente dicha. La estirpe peluda en la gran pantalla va desde las primigenias El Lobo Humano (Werewolf of London, 1935), de Stuart Walker, y El Hombre Lobo (The Wolf Man, 1941), de George Waggner, pasando por el ciclo ochentoso de Aullidos (The Howling, 1981), de Joe Dante, Un Hombre Lobo Americano en Londres (An American Werewolf in London, 1981), de John Landis, Wolfen (1981), de Michael Wadleigh, En Compañía de Lobos (The Company of Wolves, 1984), de Neil Jordan, Los Chacales de la Luna (Silver Bullet, 1985), de Daniel Attias, y Muchacho Lobo (Teen Wolf, 1985), de Rod Daniel, hasta llegar a las más recientes Lobo (Wolf, 1994), de Mike Nichols, Luna Maldita (Bad Moon, 1996), de Eric Red, Ginger Snaps (2000), de John Fawcett, Dog Soldiers (2002), opus de Neil Marshall, La Marca de la Bestia (Cursed, 2005), de Wes Craven, Inhumano: La Leyenda Renace (Wer, 2013), de William Brent Bell, Late Phases (2014), del argentino Adrián García Bogliano, Cuando Despierta la Bestia (Når Dyrene Drømmer, 2014), del danés Jonas Alexander Arnby, Howl (2015), de Paul Hyett, Criaturas Nocturnas (Wildling, 2018), de Fritz Böhm, El Lobo de Snow Hollow (The Wolf of Snow Hollow, 2020), de Jim Cummings, Hunter Hunter (2020), de Shawn Linden, y The Cursed (2021), de Sean Ellis, amén de la mediocre remake del 2010 de Joe Johnston, con Benicio Del Toro y Anthony Hopkins, del clásico de Waggner.

 

Si bien en medio de este vendaval de películas sobre licantropía y sus múltiples variantes y entonaciones se pueden nombrar otras rarezas que anteceden al giro posmoderno y ultra autoconsciente de la década del 80 en adelante, como por ejemplo El Maleficio de la Luna Llena (The Boy Who Cried Werewolf, 1973), última realización del prolífico Nathan Juran, Los Colmillos del Lobo (The Werewolf, 1956), exponente paradigmático del pánico nuclear de los años 50 a cargo de Fred F. Sears, La Loba (1965), una insólita variación femenina de parte del director mexicano Rafael Baledón, La Bestia Debe Morir (The Beast Must Die, 1974), faena de Paul Annett para la mítica Amicus Productions que incorporaba un marco de misterio símil Agatha Christie, Yo Fui un Hombre Lobo Adolescente (I Was a Teenage Werewolf, 1957), verdadera trasheada de Gene Fowler Jr. que disparó la carrera de Michael Landon e inventó el motivo del “licántropo púber”, y por supuesto La Marca del Hombre Lobo (1968), una propuesta española de Enrique López Eguiluz que inauguró el ciclo -doce productos en total- del famoso Waldemar Daninsky en la piel de Paul Naschy, este último el intérprete más famoso especializado en el personaje junto con el propio Lon Chaney Jr., quien compuso a Lawrence “Larry” Talbot en El Hombre Lobo y sus secuelas/ cruces muy bizarros con Frankenstein, Drácula e incluso la dupla cómica de Bud Abbott y Lou Costello alias Abbott & Costello; en realidad la película más importante después de la retahíla de la Universal Pictures de los 40 es la británica La Maldición del Hombre Lobo (The Curse of the Werewolf, 1961), de Terence Fisher, genio que ya había modernizado con maestría y desparpajo para la Hammer Film Productions otros monstruos clásicos en la trilogía tácita de La Maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), Drácula (1958) y La Momia (The Mummy, 1959), todas escritas por Jimmy Sangster y protagonizadas por Peter Cushing y Christopher Lee, equipo aquí ausente y reemplazado por un guión de Anthony Hinds, productor infaltable de la Hammer junto a Michael Carreras, y un protagónico del cuasi debutante y ya ampuloso Oliver Reed como León Corledo, el condenado en cuestión.

 

La Maldición del Hombre Lobo, supuesta adaptación de El Hombre Lobo de París (The Werewolf of Paris, 1933), célebre novela de Guy Endore con la que comparte poco y nada porque la historia de Hinds deja de lado el trasfondo político del libro y se dedica sobre todo a recuperar latiguillos de aquellas obras cinematográficas fundacionales de Walker y Waggner, comienza con la llegada de un mendigo hambriento (Richard Wordsworth) al pueblo de Santa Vera en la España del Siglo XVIII, por ello no tiene mejor idea que pedirle algo de comida y bebida al hombre más poderoso del lugar, el Marqués Siniestro (Anthony Dawson), sujeto cruel y soberbio que decretó un asueto festivo porque se está casando con una ninfa tontuela (Josephine Llewellyn), así las cosas el aristócrata se burla del pordiosero frente a su comitiva de lambiscones de lo más patéticos y éste le devuelve la gentileza con un comentario irónico en torno al sexo con la puta comprada. Enviado a las mazmorras del castillo de turno, el mendigo pasa años encerrado, muta en una criatura embrutecida y su único contacto es con el carcelero y su bella y muda hija (Loraine Carvana de niña, Yvonne Romain como adulta), quien lo alimenta hasta que fallece su progenitor y el marqués se encapricha con ella, generando la negativa de la chica y que sea encerrada en el calabozo con el pobre reo, el cual a su vez la viola en su locura y de inmediato fallece. La muchacha después asesina al noble cuando intenta abusar de ella y escapa al bosque, donde la halla agonizante meses después el erudito Don Alfredo Corledo (Clifford Evans) y la lleva a su hogar, muriendo dando a luz a un vástago no deseado justo durante el día de Navidad, signo definitivamente nefasto según el folklore vernáculo. Criado por Alfredo y su ama de llaves hiper bonachona, Teresa (Hira Talfrey), el crío resultante, León (Justin Walters cuando purrete, Reed de adulto), arrastra la maldición de los licántropos por su accidentado origen, empieza a trabajar para el viñatero Don Fernando (Ewen Solon) junto con otro obrero de la vid, José (Martin Matthews), y se enamora de la hija del patrón, Cristina (Catherine Feller), prometida del oligarca y gran propietario del viñedo, un tal Rico Gómez (David Conville).

 

A pesar de que no llega al nivel de calidad de los trabajos iniciáticos con Cushing y Lee, el film sorprende por sus extraordinarios sets -heredados de una película cancelada sobre la Inquisición Española, La Violación de Sabena (The Rape of Sabena)- y se posiciona con tranquilidad como una de las mejores reinterpretaciones de la leyenda del hombre lobo y una de las realizaciones más imaginativas y mejor narradas de la Hammer, lo que incluye una extensa primera mitad de índole gótica, en esencia la cruel concepción del protagonista, y una segunda parte que ya sigue el derrotero habitual del formato vía el descubrimiento de León de su naturaleza indomable, esa que lo conduce a matar cabras y gatos y a posteriori a caer en el canibalismo porque se despacha con otros bípedos, como carceleros, borrachines, prisioneros, una furcia y hasta José, de allí que sea el padre adoptivo, Alfredo, quien opte por terminar con su sufrimiento -y con el periplo salvaje en general- mediante una bala de plata confeccionada por el vigilante bucólico Pepe Valiente (Warren Mitchell) a partir de un crucifijo bendecido por el arzobispo que perteneció a su esposa, Rosa (Anne Blake). Como casi siempre en el caso del ciclo de horror de Fisher de fines de los 50 en adelante, aquí nos topamos con erotismo sutil (los escotes de la pechugona Romain), un estupendo trabajo en materia del maquillaje (ahora a cargo de Roy Ashton, un artesano reincidente en los productos de la Hammer), una serie de truculencias a todo color (el gore está a la orden del día desde la muerte del marqués) y la unificación entre religión y quid prosaico (planteo representado en la excelente relación entre el neutral Alfredo, la supersticiosa Teresa y un sacerdote sin nombre interpretado por John Gabriel, el cual ratifica la maldición de León). Reed, hoy en su primer protagónico después de diversos roles secundarios o sin acreditar, está perfecto como un licántropo elegante y proletario en una película admirable que no fue tan exitosa en taquilla y que sólo tuvo una secuela tangencial, la hoy olvidada El Regreso del Hombre Lobo (Legend of the Werewolf, 1975), opus dirigido por Freddie Francis para Tyburn Film Productions y también escrito por Hinds bajo el seudónimo de John Elder…

 

La Maldición del Hombre Lobo (The Curse of the Werewolf, Reino Unido, 1961)

Dirección: Terence Fisher. Guión: Anthony Hinds. Elenco: Oliver Reed, Clifford Evans, Yvonne Romain, Catherine Feller, Anthony Dawson, Josephine Llewellyn, Richard Wordsworth, Hira Talfrey, Justin Walters, Warren Mitchell. Producción: Anthony Hinds y Michael Carreras. Duración: 93 minutos.

Puntaje: 9