Punishment Park

Una bandera flamea en el desierto

Por Martín Chiavarino

Peter Watkins, el director de clásicos como Culloden (1964), The War Game (1966), Privilege (1967) y Edvard Munch (1974), un realizador reconocido por su realismo provocador, plasma en Punishment Park (1971) un psicodrama inspirado en la polarización social alrededor de la Guerra de Vietnam, una ucronía que se vislumbraba como posible ante la violencia social que vivía Estados Unidos a principios de la década del setenta en una idea inspirada en las noticias sobre la brutalidad policial y en diversos episodios criminales, como el Juicio de los Siete de Chicago o la Masacre de la Universidad Estatal de Kent de 1970, en Ohio.

 

Si la década del cincuenta había visto un avance del anticomunismo en Estados Unidos y la persecución de toda idea disonante con los valores del libre mercado, la década del sesenta presenció el crecimiento de un movimiento contestatario de esta visión monocromática del mundo, explosión cultural que tuvo múltiples hitos y que llevó a una polarización entre la conservadora sociedad norteamericana y la revolución cultural juvenil que tendría su epicentro, a fines de la década del sesenta y principios del setenta, en el triunfo electoral como presidente de Richard Nixon y la radicalización de las propuestas de cambio ante el creciente malestar alrededor del desastre de la intervención norteamericana en el proceso de independencia de Vietnam.

 

En clave de falso documental, un equipo de televisión europeo sigue el juicio de un grupo de acusados de sedición y el viaje de otro grupo condenado por ese delito a través del Desierto de California, perseguido por la policía y la Guardia Nacional en un retrato de un país quebrado por la polarización social y política. Corre el año 1970 y Nixon ha decidido lanzar una ofensiva para avanzar en el sudeste asiático con un bombardeo intempestivo sobre Camboya. Para contrarrestar las crecientes protestas y el malestar social también autoriza a las autoridades federales a detener y juzgar, sin derecho a fianza o a un juicio justo, a todo individuo considerado un peligro para la seguridad nacional mediante un decreto basado en un acta de la década del cincuenta.

 

Con este decreto cientos de miles de militantes por los derechos civiles, feministas, miembros del Partido Comunista y opositores a la Guerra de Vietnam que se niegan a luchar son enjuiciados por tribunales de emergencia dirigidos por los miembros más conservadores de la comunidad en un simulacro de juicio lleno de arbitrariedades. Ante la sobrepoblación carcelaria generada por esta situación y las condenas desproporcionadas, el tribunal le ofrece a los procesados la posibilidad de conmutar su pena participando del experimento del Campo de los Castigos, el Bear Mountain National Punishment Park, un viaje de tres días y cincuenta millas por el Desierto de California sin agua, refugio ni comida para intentar llegar hasta una bandera norteamericana plantada en medio del páramo, perseguidos por la policía y la Guardia Nacional.

 

El equipo de TV sigue a estos dos grupos entrevistando a los acusados y condenados, retratando sus ideas, su visión de una situación tan exasperante como imposible de digerir. El primero es un grupo en pleno juicio por sus actividades sediciosas que es procesado y juzgado con suma brutalidad y arbitrariedad con condenas decididas de antemano que tiene como víctimas a distintos opositores, desde dirigentes por los derechos civiles hasta un candidato a la vicepresidencia. El segundo es un grupo de jóvenes muy parecido al primero que intenta sobrevivir a las brutales condiciones del Punishment Park mientras la policía y la Guardia Nacional los cazan como animales en medio del inclemente desierto.

 

En el grupo enjuiciado la película se centra en la dialéctica negativa alrededor de los alegatos de los acusados y las preguntas capciosas que indican la condena en ciernes por parte del tribunal de emergencia. En el grupo enviado al Punishment Park la hostilidad de la policía ante los reclusos es patente desde un principio. Debido a esto, un colectivo decide contradecir las reglas, ante la evidencia de que la supuesta competencia/ castigo está amañada, y enfrentarse a la policía mientras que el otro grupo prefiere mantener sus esperanzas en llegar hasta la meta y ganar su libertad. Por supuesto, todo termina mal para ambos grupos en un viaje que será un suplicio cual lucha contra la muerte y contra unas fuerzas de represión que anhelan desatar sus impulsos homicidas sobre los sediciosos, enfatizando la mala idea de los condenados de elegir como condena Punishment Park ante la posibilidad de la reclusión carcelaria.

 

El film de Watkins utiliza el sistema de posicionamiento de cámara del cinéma vérité permitiendo tanto la improvisación de la fotografía como de los actores ante el guión del propio director. La película busca claramente la toma de partido del espectador a través de una constante interpelación ante una situación imposible. Polémica en todo sentido, Punishment Park indaga en la herida abierta por el triunfo de la derecha reaccionaria en Estados Unidos en una época en la que se soñaba con un futuro mejor. En tiempos en los que las ideas de esta derecha conservadora regresaban disfrazadas de liberalismo, la obra de Watkins, un director que supo llevarnos hasta las entrañas de las contradicciones de la Comuna de París en La Commune (Paris, 1871) (2000), una reconstrucción ficcional de los acontecimientos históricos que borraba la distancia entre ficción y documental con una cobertura televisiva de la rebelión, asoma en la actualidad como un gran experimento que le permitió al realizador británico seguir su exploración en torno a este camino de corrimiento de los límites entre ambos géneros a partir de una nueva realidad exacerbada que buscaba hacer estallar todas las contradicciones que analizaba.

 

El film de Watkins constituye una respuesta al colapso del sistema penitenciario y el ascenso de la derecha reaccionaria que fue ignorada en su época, sepultada en las arenas del tiempo, al punto de que ni siquiera tuvo distribución en Estados Unidos aunque ha acumulado una gran influencia en distintas obras distópicas que van desde un neoclásico del director japonés Kinji Fukasaku, Battle Royale (2000), o La Purga (The Purge, 2013), de James DeMonaco, hasta el Experimento Stanford, llevado al cine en 2001 por el alemán Oliver Hirschbiegel y en 2015 por Kyle Patrick Álvarez, por nombrar algunas de las innumerables flechas que Punishment Park disparó hacia el futuro, donde se podrían incluir desde Death Race 2000 (1975), de Paul Bartel, hasta la novela de Stephen King El Fugitivo (The Running Man, 1982), que inspiró el film homónimo de 1987 dirigido por Paul Michael Glaser y protagonizado por Arnold Schwarzenegger.

 

En una época de falta de valentía y mucha corrección política, Punishment Park es una bofetada directa a la cara, una propuesta visceral, tan fallida como necesaria, plena de improvisación y errores, pero también de escenas geniales y un caos que saca de quicio, con múltiples violaciones a los derechos humanos que nos hacen rever la función y el poder de las fuerzas represivas y principalmente nos llevan a valorar el Estado de Derecho, la democracia y la lucha social para mantener el derecho a protestar y a elevar la voz ante las injusticias.

 

La bandera norteamericana flameando en el desierto, como meta y metáfora de la libertad imposible y de un sueño americano que resulta ser una pesadilla y una trampa homicida, es una de las alegorías más demoledoras de un film realizado con muchos actores no profesionales como una cobertura televisiva que se sale de control, donde todos intentan justificar su postura sin dialogar con el otro, sin escucharlo, en una dinámica de cazador y presa, amigo/ enemigo, que siempre ha tenido consecuencias nefastas y siempre que se la aplique las tendrá.

 

Punishment Park es un producto del ascenso de Richard Nixon al poder en Estados Unidos, el recrudecimiento de la Guerra de Vietnam, la radicalización de los movimientos de protesta y un cambio de época con sabor agridulce en un país donde el conservadurismo no cedía ante la marea transformadora del espíritu juvenil que avanzaba firme en una nación obsesionada por la amenaza invisible del fantasma de ese comunismo que mencionaban Marx y Engels en el Manifiesto Comunista en 1848, argumentos que hoy también vuelve a utilizar la derecha reaccionaria para asustar y retrotraer conquistas, corolario de una pérdida de derechos anunciada que el liberalismo vampirizado por los empresarios, quienes desean pagar menos impuestos y menos salarios, tiene como consecuencia declarada.

 

Punishment Park (Estados Unidos, 1971)

Dirección y Guión: Peter Watkins. Elenco: Patrick Boland, Kent Foreman, Carmen Argenziano, Luke Johnson, Katherine Quittner, Scott Turner, Stan Armsted, Mary Ellen Kleinhall, Mark Keats, Gladys Golden. Producción: Susan Martin. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 9