Una de las consecuencias más curiosas de la crisis creativa y la redundancia a todo trapo del Siglo XXI es el fenómeno de las remakes múltiples, algo que se vincula de lleno con la tendencia de la industria audiovisual de los 80 y 90 a “blanquear” las reversiones porque los ladrones de turno ya no podían salir impunes a raíz de la globalización informativa y la creciente facilidad a la hora de determinar cuál sería el origen de esta historia o película dentro de un mercado mundial conectado. Robos o influencias, no importa el rótulo, hubo siempre en el séptimo arte pero en el período de la década del 70 hacia atrás resultaba mucho más difícil para los creadores originales enterarse de que estaban siendo saqueados alegremente por algún que otro pícaro de Hollywood o Europa o el resto del planeta, de allí que las décadas del 50, 60 y 70 hayan sido una etapa refulgente de reversiones caóticas de productos de las comarcas mainstream, indie y/ o directamente Clase B, un panorama que se extendió en parte hasta la fase de transición por antonomasia, los años 80, y terminó de desaparecer en los 90, cuando efectivamente se hizo ya imprescindible empezar a pagar los derechos de autor del caso al momento de utilizar formatos ajenos de cine y de televisión.
Si bien el fenómeno de las remakes en secuencia alcanzó cierta visibilidad gracias a la comedia, un género hoy marginal que sin embargo mantiene un nicho de público a la vieja usanza que prefiere caras conocidas locales y una mínima dosis de costumbrismo, en este sentido pensemos por ejemplo en las hasta ahora siete relecturas internacionales de la obra chilena Sin Filtro (2016), de Nicolás López, y en la friolera de las 24 versiones que lleva acumuladas la archiconocida faena italiana Perfectos Desconocidos (Perfetti Sconosciuti, 2016), de Paolo Genovese, lo cierto es que el thriller también aportó lo suyo y exponentes recientes claros hay dos, las españolas Contratiempo (2017), digno opus de Oriol Paulo que inspiró cuatro remakes, y El Desconocido (2015), film errático, algo bobo y bastante poco verosímil de Dani de la Torre que lleva tres flamantes versiones en su haber, la última siendo precisamente la anglosajona reglamentaria, Contrarreloj (Retribution, 2023), obra del norteamericano/ húngaro Nimród Antal que se las arregla para empeorar lo poco que el convite original hacía bien y para colmo de manera calamitosa, redondeando así uno de los vehículos comerciales más fallidos al servicio del hoy por hoy septuagenario Liam Neeson.
El guión del debutante Christopher Salmanpour sigue en general los acontecimientos de la propuesta española del 2015, ahora con un financista/ usurero/ especulador, Matt Turner (Liam Neeson), quedando atrapado en su automóvil en las calles de Berlín con sus dos hijos cuando los llevaba al colegio, el adolescente rebelde Zach (Jack Champion) y la mocosa Emily (Lilly Aspell), debido a una bomba colocada bajo los asientos que podría explotar en caso de que abandonasen el coche, todo cortesía de un señor misterioso que dejó un celular dentro de la cabina, lo vigila de cerca y lo insta a transferir importantes sumas de dinero a otras cuentas, a presenciar la muerte de colegas y a autoincriminarse en tamaño asuntillo, lo que desencadena la desesperación de su esposa, Heather Turner (Embeth Davidtz), y la intervención de una funcionaria policial europea, Ángela Brickmann (Noma Dumezweni). Entre el heist film minimalista y sutilmente maquillado y el suspenso de entorno cerrado aunque en movimiento, la película nos presenta una típica fábula de existencia burguesa hecha añicos con detalles posmodernos como el autoengaño del marido/ macho en relación al carácter idílico de su parentela, cuyos miembros lo desprecian por egocéntrico y distante.
Los principales problemas de Contrarreloj son tres, primero la metamorfosis con respecto a la odisea de De la Torre desde la historia trágica de venganza a simple epopeya de toma de rehenes, algo que tiene que ver con el marco melodramático de base revanchista/ justiciera del villano de antaño, Lucas (Javier Gutiérrez), en comparación con la codicia estándar de su reemplazo anglosajón, Anders Muller (Matthew Modine), segundo los intentos algo mucho patéticos en pos de “lavar” moralmente al protagonista o hasta acercarlo a la clásica redención hollywoodense, en el film español un ser despreciable que condujo al suicidio a la esposa de Lucas mediante inversiones que llevaron al matrimonio a la ruina, Carlos (Luis Tosar), y aquí un Matt millonario y también laboralmente despiadado o mitómano pero con ganas de expiar sus pecados, y tercero la poca garra en lo que atañe a la tensión que Antal le imprime al relato, uno que por supuesto sufre de la previsibilidad de toda remake pero lejos está del buen nivel de films previos del señor como Control (Kontroll, 2003) y Hotel sin Salida (Vacancy, 2007), hoy quedándose en una mixtura entre Enlace Mortal (Phone Booth, 2002), de Joel Schumacher, y Máxima Velocidad (Speed, 1994), de Jan de Bont…
Contrarreloj (Retribution, Estados Unidos/ Alemania/ Francia/ España, 2023)
Dirección: Nimród Antal. Guión: Christopher Salmanpour. Elenco: Liam Neeson, Noma Dumezweni, Lilly Aspell, Jack Champion, Arian Moayed, Embeth Davidtz, Matthew Modine, Emily Kusche, Luca Márkus, Bernhard Piesk. Producción: Juan Sola, Andrew Rona, Alex Heineman, Shanna Eddy y Jaume Collet-Serra. Duración: 91 minutos.