La industria cinematográfica canadiense, como cualquier otra del globo que ha estado desde siempre relegada ante la omnipresencia de Hollywood en materia de distribución y exhibición, nunca ha tenido una llegada precisamente masiva entre el público y la crítica aunque hay nombres que se relacionan casi de manera automática con el país en cuestión, pensemos por ejemplo en directores canadienses que han trabajado dentro de los confines de la industria estadounidense como Norman Jewison, David Cronenberg, Ivan Reitman, Denis Villeneuve y Ted Kotcheff o en colegas de impronta más local como David Secter, Jean-Claude Lauzon, Larry Kent, Claude Jutra, Gilles Carle y el renombrado Jean-Pierre Lefebvre, amén de héroes del indie reciente como Guy Maddin, Mary Harron, Denys Arcand, Xavier Dolan y Atom Egoyan y señores que desarrollaron su trayectoria en otras naciones como un Alvin Rakoff consagrado al Reino Unido o esos James Cameron, Paul Haggis y Arthur Hiller entregados a la pompa hollywoodense. Más allá de la carrera de especialistas como Vincenzo Natali y Cronenberg y de rarezas históricas como El Rastro (The Pyx, 1973), de Harvey Hart, Navidad Negra (Black Christmas, 1974), de Bob Clark, El Intermediario del Diablo (The Changeling, 1980), de Peter Medak, y Aniversario de Sangre (My Bloody Valentine, 1981), de George Mihalka, el terror jamás fue un género demasiado trabajado por los canadienses hasta que en el nuevo milenio se acumularon una serie de films que van desde lo fallido de Frecuencia Macabra (Pontypool, 2008), de Bruce McDonald, Sobrevivientes (Backcountry, 2014), de Adam MacDonald, Los Hambrientos (Les Affamés, 2017), de Robin Aubert, Espiral (Spiral, 2019), de Kurtis David Harder, y Violación (Violation, 2020), de Madeleine Sims-Fewer y Dusty Mancinelli, hasta joyas como Ginger Snaps (2000), de John Fawcett, Conjuros del Más Allá (The Void, 2016), de Steven Kostanski y Jeremy Gillespie, y Verano del 84 (Summer of 84, 2018), convite de Anouk Whissell, François Simard y Yoann-Karl Whissell que homenajea a aquel espanto ochentoso hiper banal y al mismo tiempo lo desarma para volcarlo hacia la tragedia cruel.
Un caso bastante extraño para el promedio de la industria del séptimo arte de Canadá es el de 5150, Calle de los Olmos (5150, Rue des Ormes, 2009), film dirigido por Éric Tessier y escrito por Patrick Senécal a partir de su novela homónima de 1994, porque combina de manera imaginativa subgéneros del horror de entonces como el extremismo europeo y el porno de torturas con el suspenso psicológico de entrecasa modelo Stephen King, de hecho con quien suele ser comparado Senécal, y elementos concretos de diversos opus en sintonía con el taxista vigilante de Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, la parafernalia satírica religiosa de Dios me lo Ordenó (God Told Me To, 1976), de Larry Cohen, y desde ya las familias dementes de La Masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974), de Tobe Hooper, y Las Colinas Tienen Ojos (The Hills Have Eyes, 1977), de Wes Craven. El protagonista es Yannick Bérubé (maravilloso desempeño de Marc-André Grondin), un estudiante de cine que está de novio con Josée (Catherine Bérubé) y que se muda solo por primera vez por estudios en una decisión que implica alejarse de sus padres, el basureador compulsivo Jérome (Normand Chouinard) y la alcohólica Francine (Louise Bombardier). Todo va bien hasta que por no atropellar a un gato cae de su bicicleta, se rompe su teléfono celular y se lastima una mano y un codo, por ello pide ayuda en esa casa suburbana de la dirección del título de Jacques Beaulieu (el tremendo Normand D’Amour), precisamente un taxista lunático que se dedica a secuestrar y asesinar a los denominados “injustos” cual cruzada de limpieza colectiva de base cristiana, así Bérubé accidentalmente descubre a un supuesto traficante de drogas herido en una habitación vacía y es capturado por Beaulieu para preservar su secretito. Yannick, ubicado a escala ética en un limbo porque no forma parte de los injustos aunque puede dar testimonio ante la policía de lo visto, de inmediato conoce a la parentela del chiflado, hablamos de su esposa, la beata solitaria Maude (Sonia Vachon), y sus dos hijas, léase la adolescente siempre exasperada Michelle (Mylène St-Sauveur) y una nena autista que no habla y responde al nombre de Anne (Élodie Larivière).
Asimismo con ingredientes de proto slasher de compulsiones homicidas símil Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, y Peeping Tom (1960), de Michael Powell, y mucho más cerca de la claustrofobia emocional de Pin (1988), de Sandor Stern, que de la fantasía visceral de la Trilogía de la Destrucción de Brandon Cronenberg, vástago del mítico David, aquella de Antiviral (2012), Possessor (2020) e Infinity Pool (2023), ya limitándonos al acervo cinematográfico canadiense, 5150, Calle de los Olmos acumula una seguidilla de imprevistos fascinantes que sostienen la tensión a lo largo de las casi dos horas de metraje como los sucesivos intentos de escape del joven, sus lúgubres alucinaciones bajo estrés, las palizas o amenazas de palizas de parte de Michelle, el ataque de Jacques a un pedófilo con la púber para probar su valía como posible sucesora, el envenenamiento con raticida de Beaulieu por parte de Anne, la rauda reclusión de la mocosa en una unidad psiquiátrica para niños, el vínculo cercano que Yannick mantiene con Maude, el descubrimiento del cautivo del verdadero “proyecto” de Beaulieu, nada menos que un tablero de ajedrez gigante en su sótano que viene completando con seres humanos momificados que hacen de piezas de juego, y por supuesto todas las secuencias correspondientes al reto que Jacques le plantea al estudiante de cine, eso de liberarlo cuando le gane una partida de ajedrez, algo por cierto casi imposible porque el patriarca es un campeón regional del rubro que nunca ha perdido un match. Tessier, un especialista en comedias y dramas del montón aquí entregando su única obra interesante más allá de su otra colaboración cinematográfica con Senécal, la decididamente inferior Palabras Malvadas (Sur le Seuil, 2003), por un lado explora muy bien el trasfondo sadomasoquista del relato, con todos los personajes sintiéndose atraídos y repelidos por la violencia cotidiana y las muchas excusas que la motivan, y por el otro lado construye un retrato estupendo de la locura y paulatina obsesión del raptado con ganarle al psicópata al ajedrez cual duelo ético que es más bien un choque de voluntades porfiadas ya que esto de vencer al oponente intelectual se independiza de toda la situación de pesadilla.
El encanto del guión de Senécal, conocido además por otra faena de secuestro aunque ni remotamente tan eficaz como la presente, 7 Días de Venganza: La Ley del Talión (Les 7 Jours du Talion, 2010), film de Daniel Grou, pasa tanto por la individualización identitaria de los personajes (si Michelle es la sádica esperpéntica, Maude la fanática cristiana y Anne una especie de agente muda de sabiduría que parece ser la única de la familia Beaulieu que pretende parar en serio a Jacques, éste por su parte se abre camino como un narcisista con delirios de “ángel de la muerte” y Bérubé como un pobre diablo al que el azar maltrata sin piedad no sólo por el martirio en sí -pierna quebrada incluida- sino también por la ironía del destino, de vuelta a merced de un matrimonio insoportable en el que el padre es un dictador y la madre una esclava risible) como por la amalgama o relaciones de complementariedad y dependencia mutua que se dan en el marco retórico hermético (si bien la soledad de índole grotesca parece ser el leitmotiv de la trama, con cada criatura en pantalla atrapada en su respectiva prisión a pesar de convivir con otros sujetos, en realidad el opus traza con sumo cuidado un sistema vincular entre los personajes porque Michelle es una suerte de acepción exacerbada de su padre, Anne una lectura corregida de la progenitora y esta última se siente atraída sexualmente hacia un Yannick que a su vez despierta los celos de la adolescente porque le quita el lugar de “heredera” natural del patriarca, insólitamente obsesionado con convencer a Bérubé para que continúe su misión, en simultáneo robando del cementerio cadáveres de justos/ personas bondadosas y reventando a los injustos/ perversos y rufianes varios). La película de Tessier es una de las grandes odiseas de terror del Siglo XXI porque sabe reinventarse continuamente para unificar una retahíla de excelentes alucinaciones a lo enajenación de encierro y frustración, el ajedrez en tanto símbolo de una lógica que parece una cosa y demuestra ser otra muy distinta -hipocresía burguesa de por medio- y finalmente un ataque ultra vehemente contra la lectura maniquea de la vida y la moral en sociedad, por ello mismo las barbaridades de una facción se contrapesan con las barbaridades de la otra…
5150, Calle de los Olmos (5150, Rue des Ormes, Canadá, 2009)
Dirección: Éric Tessier. Guión: Patrick Senécal. Elenco: Marc-André Grondin, Normand D’Amour, Sonia Vachon, Mylène St-Sauveur, Élodie Larivière, Normand Chouinard, Catherine Bérubé, Louise Bombardier, Pierre-Luc Lafontaine, René-Daniel Dubois. Producción: Josée Vallée y Pierre Even. Duración: 111 minutos.