La Princesa Prometida (The Princess Bride)

Una fábula metadiscursiva

Por Emiliano Fernández

Rob Reiner, hijo del genial Carl Reiner, cuenta con un período de oro indiscutible como director que se extiende durante toda la década del 80 y llega hasta principios de los años 90, etapa que abarca Esto es Spinal Tap (This Is Spinal Tap, 1984), ese mega clásico del mockumentary rockero, Quiero Decirte que te Amo (The Sure Thing, 1985), pequeña gran comedia romántica del ecosistema adolescente, Cuenta Conmigo (Stand by Me, 1986), un coming-of-age en verdad memorable y la primera adaptación del realizador de un trabajo literario del querido Stephen King, La Princesa Prometida (The Princess Bride, 1987), obra muy disfrutable que se enrola en el gremio fantástico autoconsciente de aquellos años, Cuando Harry Conoció a Sally (When Harry Met Sally, 1989), aquel lugar común de las comedias románticas aunque en este caso para adultos, Misery (1990), sin duda una de las mejores traslaciones de King y uno de los thrillers de encierro más tenebrosos de su época, y finalmente Cuestión de Honor (A Few Good Men, 1992), legendario drama jurídico en una coyuntura militar y con un poderoso guión de Aaron Sorkin. Si bien Reiner a posteriori entregaría algunas propuestas más o menos rescatables, en línea con Mi Querido Presidente (The American President, 1995), Fantasmas del Pasado (Ghosts of Mississippi, 1996), Mi Primer Amor (Flipped, 2010), LBJ (2016) y La Verdad Importa (Shock and Awe, 2017), lo cierto es que el nivel cualitativo del señor jamás volvería a alcanzar las cúspides de la fase señalada en una situación que puede interpretarse en primer lugar como una sequía terminal de ideas novedosas, de esas que brillaron durante los 80 y engrandecieron cada paso del artista en la gran pantalla, y en segundo término como un “signo de los tiempos” porque a pesar de cierta estupidez y una exageración infantilizada lo cierto es que el acervo cultural mainstream ochentoso fue el último capaz de entregar productos de calidad para todos los públicos, una oferta que desaparecería de lleno a partir de los 90 y el nuevo milenio a raíz de la mcdonalización tajante del cine y la TV de la mano de obras uniformes y castradas.

 

Bastante antes de esa catarata de bodrios futuros que terminarían espantando a la crítica y/ o el público por redundantes, mediocres o simplemente muy anacrónicos, hablamos de convites insufribles como Regreso a Casa (North, 1994), Nuestro Amor (The Story of Us, 1999), Un Amor Inesperado (Alex & Emma, 2003), Dicen por ahí (Rumor Has It, 2005), Antes de Partir (The Bucket List, 2007), El Verano de sus Vidas (The Magic of Belle Isle, 2012), Juntos pero no tanto (And So It Goes, 2014) y Being Charlie (2015), Reiner en La Princesa Prometida retoma el apego para con los cuentos de hadas y aquella metaficción o “relato sobre un relato” de La Historia sin Fin (Die Unendliche Geschichte, 1984), joya absoluta de Wolfgang Petersen, y lo combina primero con una acepción muy light de la comedia irónica de humor seco de entonces, aquella de Mel Brooks, Blake Edwards, el primer Woody Allen y el colectivo creativo conocido como ZAZ o Zucker, Abrahams y Zucker, compuesto por Jim Abrahams y los hermanos David y Jerry Zucker, y segundo con todos los latiguillos habidos y por haber del swashbuckler o cine de capa y espada en la tradición de Errol Flynn y Douglas Fairbanks, como el fetiche con la esgrima, el heroísmo de cartón pintado, el amor idealizado que todo lo puede, unas aventuras siempre viajeras, el maniqueísmo ético más tradicional, los duelos que también pueden ser verbales, el código de honor, una damisela en apuros, el cuasi chauvinismo, los secundarios de pretensiones cómicas, unas dificultades cada vez más peligrosas para nuestro adalid de la justicia y por supuesto todo ese contexto digno de las gestas de caballería, amén de algunos chispazos políticos vinculados a las intrigas palaciegas paradigmáticas del péplum. El núcleo de la trama es Westley (Cary Elwes), el peón de la granja de la bella Buttercup (Robin Wright), de quien se enamora y por ello parte al extranjero para buscar fortuna y poder casarse, no obstante su barco es eventualmente atacado por el sanguinario Pirata Roberts, célebre por no tomar prisioneros, y se considera fallecido al protagonista durante cinco largos años.

 

El guión del ya mítico William Goldman, basado en su novela de 1973, recupera la ficción reflexiva del libro a través de los comentarios permanentes de un niño (Fred Savage) que está disfrutando de la epopeya cortesía de su abuelo (ese extraordinario Peter Falk, lo mejor de la película por lejos), veterano que le lee La Princesa Prometida, novela del asimismo ilusorio S. Morgenstern, y se mantiene siempre firme en la fórmula narrativa de la damisela en apuros, aquí una Buttercup que al inicio es forzada a ser la novia del malévolo Príncipe Humperdinck (Chris Sarandon), monarca del reino de Florín, y luego es secuestrada por un trío colorido compuesto por el siciliano verborrágico Vizzini (Wallace Shawn), un gigante de Groenlandia llamado Fezzik (André René Roussimoff) y un maestro de esgrima español que responde al nombre de Íñigo Montoya (Mandy Patinkin), todos pronto derrotados por un enmascarado que parece un émulo de El Zorro, el famoso personaje creado en 1919 por Johnston McCulley, y que desde ya es aquel Westley que viene a rescatar a su amada del villano y a unir fuerzas con sus otrora enemigos, Fezzik y Montoya. La odisea en general resulta entretenida y cuenta con algunas escenas graciosas en serio, como la del cameo de Billy Crystal y Carol Kane como una pareja de ancianos que reviven al protagonista luego de ser torturado hasta morir por una ridícula máquina de succión vital ideada por la “mano derecha” del príncipe, el Conde Rugen (Christopher Guest), sin embargo no envejeció del todo bien porque los elementos fantásticos son algo pobres, el desarrollo a veces peca de lerdo y teatral y en especial los chistes que condimentan a la faena no pasan de lo soberbio púber e inofensivo, dejo estilístico que después sería reutilizado hasta el hartazgo por este mismo Hollywood industrial que lo extendería hacia la infinidad de propuestas pasatistas de aventuras por venir, un panorama al que se suma el francamente lamentable aspecto de las únicas criaturas monstruosas, unas anguilas y unas ratas gigantes que no son más que títeres y disfraces bien precarios en un tiempo caracterizado por la excelencia de los animatronics.

 

De todas formas, la medianía del argumento de Goldman, quien había dejado atrás su etapa brillante de guiones propios o realizaciones inspiradas en sus novelas, como Dos Sargentos (Soldier in the Rain, 1963), de Ralph Nelson, El Blanco Móvil (Harper, 1966), de Jack Smight, Así no se Trata a una Dama (No Way to Treat a Lady, 1968), también de Smight, Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969), de George Roy Hill, Los Increíbles 4 (The Hot Rock, 1972), de Peter Yates, Papillon (1973), de Franklin J. Schaffner, El Carnaval de las Águilas (The Great Waldo Pepper, 1975), otra de Hill, Las Esposas de Stepford (The Stepford Wives, 1975), hazaña de Bryan Forbes, Todos los Hombres del Presidente (All the President’s Men, 1976), de Alan J. Pakula, Maratón de la Muerte (Marathon Man, 1976), de John Schlesinger, y sus tres colaboraciones con Richard Attenborough, léase Un Puente Demasiado Lejos (A Bridge Too Far, 1977), Magia (Magic, 1978) y Chaplin (1992), amén de la citada Misery del amigo Rob, y estaba en su paradójica fase de decadencia con fuertes desniveles, esa de Diario de un Hombre Invisible (Memoirs of an Invisible Man, 1992), de John Carpenter, Maverick (1994), de Richard Donner, El Secreto (The Chamber, 1996), de James Foley, Garras (The Ghost and the Darkness, 1996), de Stephen Hopkins, Poder Absoluto (Absolute Power, 1997), de Clint Eastwood, La Hija del General (The General’s Daughter, 1999), de Simon West, y Nostalgia del Pasado (Hearts in Atlantis, 2001), de Scott Hicks, compensa toda su previsibilidad y ansias paródicas erráticas mediante el ardid autoconsciente de remarcar la intercambiabilidad tanto de Westley, un significante vacío porque heredó el rol del Pirata Roberts de otro sujeto y está dispuesto a pasar la antorcha, como de Buttercup, en esencia una plebeya cualquiera que fue elegida por nuestro pérfido monarca para ser asesinada, culpabilizar de ello a sicarios inexistentes del reino vecino de Guilder y provocar una guerra de conquista con el apoyo popular bobalicón de siempre, jugada muy astuta que combina esta fábula metadiscursiva de fondo con las cavilaciones acerca del estatuto y el posicionamiento de los ingredientes centrales de los géneros más importantes o más trabajados desde la cultura, el capitalismo y el arte. El film de Reiner no supera para nada a otros clásicos de la fantasía mitológica, posmoderna y ochentosa como por ejemplo la mencionada La Historia sin Fin, Bandidos del Tiempo (Time Bandits, 1981), de Terry Gilliam, Excalibur (1981), de John Boorman, Conan, el Bárbaro (Conan, the Barbarian, 1982), de John Milius, En Compañía de Lobos (The Company of Wolves, 1984), de Neil Jordan, Leyenda (Legend, 1985), de Ridley Scott, Oz, un Mundo Fantástico (Return to Oz, 1985), de Walter Murch, Las Aventuras del Barón Munchausen (The Adventures of Baron Munchausen, 1988), también de Gilliam, La Maldición de las Brujas (The Witches, 1990), joya de Nicolas Roeg, y el díptico del recordado Jim Henson, Laberinto (Labyrinth, 1986) y El Cristal Encantado (The Dark Crystal, 1982), esta última codirigida junto a Frank Oz, pero sí se abre camino con comodidad hasta el punto de caer en la misma bolsa de las simpáticas aunque poco imaginativas o definitivamente estrafalarias Flash Gordon (1980), de Mike Hodges, El Verdugo de Dragones (Dragonslayer, 1981), de Matthew Robbins, Invasión Junk (The Beastmaster, 1982), del gran Don Coscarelli, Krull (1983), de Yates, Ladyhawke (1985), de Donner, y Willow (1988), del multifacético Ron Howard…

 

La Princesa Prometida (The Princess Bride, Estados Unidos, 1987)

Dirección: Rob Reiner. Guión: William Goldman. Elenco: Cary Elwes, Mandy Patinkin, Chris Sarandon, Christopher Guest, Wallace Shawn, André René Roussimoff, Fred Savage, Robin Wright, Peter Falk, Billy Crystal. Producción: Rob Reiner y Andrew Scheinman. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 7