El Dulce Aroma del Éxito (Sweet Smell of Success)

Una galleta llena de arsénico

Por Emiliano Fernández

Casi siempre que el séptimo arte encara la temática artística en plan autoreferencialidad lo hace centrándose en el rubro creativo específico y a través de la paradigmática crónica del principiante que va escalando posiciones dentro del gremio hasta toparse con el narcisismo y la pedantería egoísta propia del show business, planteo retórico que deja en un segundo plano a la fauna complementaria pero también fundamental y colorida del periodismo, los representantes, los agentes de prensa o publicistas, los productores, los asistentes varios y en especial todo el equipo técnico que en la música, la televisión o el mismo cine ayuda a que tal “cara visible” pueda serlo a nivel cotidiano. El Dulce Aroma del Éxito (Sweet Smell of Success, 1957), joya de Alexander Mackendrick, en este sentido es un caso bastante raro porque dentro del pelotón de películas de los 50 sobre el ambiente artístico, aquel que incluye a opus asimismo legendarios como La Malvada (All About Eve, 1950) de Joseph L. Mankiewicz, El Ocaso de una Vida (Sunset Boulevard, 1950), de Billy Wilder, En un Lugar Solitario (In a Lonely Place, 1950), de Nicholas Ray, Nace una Estrella (A Star Is Born, 1954), de George Cukor, La Angustia de Vivir (The Country Girl, 1954), de George Seaton, Intimidad de una Estrella (The Big Knife, 1955), de Robert Aldrich, Un Rostro en la Multitud (A Face in the Crowd, 1957), de Elia Kazan, e Imitación de la Vida (Imitation of Life, 1959), de Douglas Sirk, entre muchas otras aventuras agridulces del metacine y la reflexión sobre el universo endogámico del espectáculo masivo, la película que nos ocupa se destaca -y mucho, sin dudas, considerando también la andanada de intentos futuros de análisis alrededor de este tópico- gracias a su retrato no sólo sincero sino por momentos hiperbólico y salvaje de la prensa basura que cree representar al país de turno o su “sentido común” cuando en realidad sólo son lobbistas, carroñeros y/ o mercenarios asquerosos del establishment y por ello mismo se la pasan sermoneando al público, atacando a su retahíla de opositores políticos, construyendo mitos baratos para los analfabetos intelectuales y en esencia demonizando cualquier idea o conducta que vaya en contra del statu quo derechoso de siempre del ecosistema capitalista, comportamiento típico de los títeres del poder que reproducen como loros lo que se les dice para “venderlo” como un discurso de su cosecha.

 

Perteneciente al segundo período de la trayectoria del norteamericano con corazón inglés Mackendrick, aquel de las muy inferiores Solo contra África (Sammy Going South, 1963), Vendaval en Jamaica (A High Wind in Jamaica, 1965) y No Hagan Olas (Don’t Make Waves, 1967), todas encaradas luego de la etapa inicial correspondiente a los míticos Ealing Studios de Londres, compañía creadora de una serie de films estrenados entre 1931 y 1955 entre los que sobresalen los cinco primigenios de Alexander, léase ¡Whisky en Abundancia! (Whisky Galore!, 1949), El Hombre del Traje Blanco (The Man in the White Suit, 1951), Mandy (1952), Un Yanqui en Escocia (The Maggie, 1954) y El Quinteto de la Muerte (The Ladykillers, 1955), El Dulce Aroma del Éxito es un claro ejemplo del perfeccionismo y la heterogeneidad del realizador porque funciona como una obra maestra sublime a la que no le sobra ni le falta absolutamente nada de nada. Sidney Falco (Tony Curtis) es un publicista de Nueva York lastimoso y cínico que tiene su oficina en su departamento y una secretaria sumisa que lo asiste a diario, Sally (Jeff Donnell), señor que basa su negocio en un arreglo con un tal J.J. Hunsecker (Burt Lancaster), periodista de Broadway -con una columna en un periódico de gran tirada y un programa de televisión- que suele desparramar esos chismes sucios que le acerca Falco a cambio de mencionar en sus textos a los clientes del gremio artístico de este agente de prensa. Hunsecker, un hombre solitario y sobreprotector, está obsesionado con romper la relación que su hermana de 19 años, Susan (Susan Harrison), mantiene con un joven y prometedor guitarrista de una banda de jazz, Steve Dallas (Martin Milner), por considerar al muchacho poco digno de la ninfa. Reunido siempre con gente de baja moral como el Teniente Harry Kello (Emile Meyer), un asesino y torturador espantoso, el Senador Harvey Walker (William Forrest), traficante de influencias con pretensiones de ser presidente, la supuesta cantante Linda James (Autumn Russell), señorita de impronta vampírica que utiliza su atractivo y falsa modestia para trepar socialmente, y el manager de esta última Manny Davis (Jay Adler), otro personaje putañero, aprovechado y hedonista que se acuesta con cualquier hembra del montón, J.J. presiona a Sidney vía un ninguneo y un basureo sistemáticos que lo llevan a exacerbar el pancismo y la avaricia del publicista.

 

Inspirado en una novela corta de Ernest Lehman, ¡Cuéntamelo Mañana! (Tell Me About It Tomorrow!, 1950), que salió publicada originalmente en Cosmopolitan, el guión del propio Lehman, Mackendrick y Clifford Odets, por cierto el primero y el tercero responsables de las citadas La Angustia de Vivir e Intimidad de una Estrella y de tramas para señores como Robert Wise, Billy Wilder, Mark Robson, John Frankenheimer, Lewis Milestone, Alfred Hitchcock, Jean Negulesco, Mike Nichols, Fritz Lang, Philip Dunne y el inefable Nicholas Ray, establece un vínculo ambiguo y fascinante entre los personajes de los maravillosos Curtis, actor cansado de los papeles de carilindos banales y deseoso de agitar el avispero, y Lancaster, un veterano siempre intimidante que aquí incluso produce en las sombras bajo la empresa independiente Hecht-Hill-Lancaster, junto a su agente Harold Hecht y el “brazo ejecutor” James Hill, basta con pensar que la relación de Falco y Hunsecker puede ser leída en paralelo como de alumno/ maestro, cercana al parasitismo del segundo con respecto al primero, en términos laborales tradicionales símil sociedad, bajo el halo de una paternidad sádica implícita, quizás como una amistad de lo más enferma o hasta bajo una hipotética ligazón homoerótica por la dependencia mutua y este aislamiento de índole maquiavélica y elitista comunal de ambos, paradoja de por medio porque los dos viven de los contactos sociales como fuente interminable de sustento en el capitalismo de la imagen pública y la información. La movida ideada por Sidney, aquello de acusar de comunista y marihuanero a Dallas mediante la nota de otro columnista, Otis Elwell (David White), al que le “paga” el favor entregándole a una bella vendedora de cigarrillos de un club nocturno, Rita (Barbara Nichols), para después situar a J.J. a ojos de Susan como un héroe que podría devolverle el trabajo al músico, para colmo representado por el tío del publicista, Frank D’Angelo (Sam Levene), con apenas una llamada telefónica al dueño del club donde suele tocar, el ignoto Van Cleve, deriva en mega desastre debido a que el muchacho ataca al columnista como se esperaba, lo que pone a Susan en la incómoda posición de tener que elegir entre su hermano y su pareja símil parentela o amor, pero de tal manera que el rencoroso Hunsecker después pretende destruirlo porque se siente muy herido en su loco orgullo de patriota amarillista.

 

De hecho, la película retoma un latiguillo de las faenas sobre energúmenos poderosos del ámbito cultural y empresario criminal en general, hablamos de esa frontera difusa en la que las decisiones racionales del mandamás en cuestión derrapan hacia la comarca del deseo y las pasiones y caen en el suicidio ciego, en pantalla representado en la orden de J.J. a Falco y Kello para que le planten unos porros a Steve en su saco y éste reciba una golpiza brutal que a su vez lo manda al hospital y conduce a su novia, la mentada hermanita, a alejarse definitivamente del periodista, jugada narrativa inmaculada que se condice con la maestría en el rubro de Mackendrick y Lehman, por un lado, y con la facilidad para los diálogos callejeros, muy perspicaces y cuasi shakesperianos -en sus floreos sarcásticos y líricos- del querido Odets, por el otro lado, genial dramaturgo de la generación de Tennessee Williams, Arthur Miller y William Inge que sería una influencia crucial para luminarias posteriores de la talla de David Mamet, Paddy Chayefsky y Neil Simon. Al adoptar el permanente punto de vista de un personaje desdeñable aunque también patético y secundario como Sidney, el film nos coloca en las gradas más grasientas de la prensa y de la industria cultural mediante episodios colaterales que pintan al susodicho como un manipulador, hipócrita, oportunista, estafador, proxeneta, soberbio, chantajista, semi mafioso, fabulador y esbirro bien risible de terceros, en sintonía con su intento de extorsionar al columnista Leo Bartha (Lawrence Dobkin) para que publique las mentiras acerca de Dallas si no quiere que su esposa, Loretta (Lurene Tuttle), se entere de su acoso sexual hacia Rita o la estratagema para ganar como cliente al comediante Herbie Temple (Joe Frisco) después de apalabrarse a la secretaria de Hunsecker, Mary (Edith Atwater), para leer un artículo antes de su publicación. Ayudado además por las orquestaciones bombásticas de Elmer Bernstein, aquel jazz del Quinteto de Chico Hamilton y una fotografía sensacional de James Wong Howe que subraya con gran angular y claroscuros el dejo tenebroso, cruel o gélido del backstage del espectáculo y los mass media, Mackendrick edifica una epopeya intimista sobre victimarios que desarman todo a su alrededor para su beneficio mientras se pintan a sí mismos como inocentes, justo en línea con esa frase que J.J. utiliza para describir a Falco, “una galleta llena de arsénico”.

 

El Dulce Aroma del Éxito (Sweet Smell of Success, Estados Unidos, 1957)

Dirección: Alexander Mackendrick. Guión: Alexander Mackendrick, Ernest Lehman y Clifford Odets. Elenco: Tony Curtis, Burt Lancaster, Susan Harrison, Martin Milner, Jeff Donnell, Sam Levene, Joe Frisco, Barbara Nichols, Emile Meyer, Edith Atwater. Producción: James Hill. Duración: 97 minutos.

Puntaje: 10