El Mundo está Loco, Loco, Loco, Loco (It’s a Mad Mad Mad Mad World, 1963), de Stanley Kramer, constituye un caso raro tanto dentro de la carrera de su director como en materia de los tanques hollywoodenses de su época: Kramer empezó su periplo en el cine allá en la década del 40 como productor de films varios de Mark Robson, Richard Fleischer, Fred Zinnemann, Michael Gordon, Hugo Fregonese, Edward Dmytryk, Roy Rowland y Laslo Benedek, fase previa a su reconversión profesional como realizador para aquel período de gloria que abarca la “oveja negra” que nos ocupa, una comedia farsesca extrema e hiper ambiciosa, y una recordada serie de dramas de temática social y/ o política como No serás un Extraño (Not as a Stranger, 1955), Fuga en Cadenas (The Defiant Ones, 1958), La Hora Final (On the Beach, 1959), Heredarás el Viento (Inherit the Wind, 1960), Juicio en Núremberg (Judgment at Nuremberg, 1961), La Escuela del Odio (Pressure Point, 1962), La Nave del Mal (Ship of Fools, 1965) y Adivina Quién Viene a Cenar (Guess Who’s Coming to Dinner, 1967); y en lo que respecta al generoso metraje original de más de tres horas de El Mundo está Loco, Loco, Loco, Loco, ese que incluye una estupenda secuencia animada inicial de créditos de Saul Bass, el asunto tiene que ver con la crisis de los grandes estudios de los años 50 y 60 debido a la rauda aparición de la televisión, el surgimiento de la cultura juvenil y el dictamen antimonopolio de 1948 por parte de la Suprema Corte de Justicia de obligarlos a desprenderse de sus salas de cine, combo que llevó a estrategias de retención de espectadores en línea con el 3D, las pantallas gigantescas, el desfile incesante de estrellas, precisamente la duración inflada de los films e innovaciones técnicas en lo que atañe a la calidad del sonido y la imagen, por ello mismo el presente opus de Kramer por un lado comparte el marco general del período, filmado como está en Ultra Panavision 70 para ser proyectado en Cinerama, y por el otro lado se aparta de aquellas épicas de los 60, casi siempre volcadas a la fantasía, las aventuras, el western, la gesta bélica, los deportes, el cine catástrofe, los thrillers, los musicales y el relato histórico o religioso símil péplum fastuoso.
Literalmente la comedia coral más famosa de la historia del séptimo arte, El Mundo está Loco, Loco, Loco, Loco no debe confundirse con una obra “liviana” en la tradición de la segunda y casi siempre olvidada faena de Stanley como director, Orgullo y Pasión (The Pride and the Passion, 1957), un fiasco aventurero en medio de las Guerras Napoleónicas protagonizado por Cary Grant, Frank Sinatra y Sophia Loren, ya que forma parte de la retahíla de films de la etapa dorada -a su modo, con las risas en vez de la tragedia- porque ataca vehementemente al individualismo y la codicia como lo hiciese su ópera prima, No serás un Extraño, eslabón del ciclo señalado que explora diversas temáticas candentes en un período donde la valentía creativa de fondo era real -y el peligro también- al meterse con la posibilidad de un holocausto nuclear de la mano de la Guerra Fría en La Hora Final, el racismo de la sociedad norteamericana en Fuga en Cadenas, Adivina Quién Viene a Cenar y La Escuela del Odio, las tres con Sidney Poitier y esta última codirigida junto a Hubert Cornfield, el macartismo disfrazado de la locura de la derecha religiosa por la enseñanza de la teoría de la evolución de Charles Darwin en Heredarás el Viento, y finalmente las causas y consecuencias del fascismo en Juicio en Núremberg, La Nave del Mal y la mencionada La Escuela del Odio. El guión fue escrito por Tania Rose y su esposo William Rose, yanqui especializado en comedias que además colaboraría con Kramer en Adivina Quién Viene a Cenar y la magistral aunque poco vista El Secreto de Santa Vittoria (The Secret of Santa Vittoria, 1969) y que tuvo una primera etapa profesional en el Reino Unido, en la que se destacan Genevieve (1953), de Henry Cornelius, El Espectáculo más Pequeño de la Tierra (The Smallest Show on Earth, 1957), de Basil Dearden, y sus dos trabajos con Alexander Mackendrick, Un Yanqui en Escocia (The Maggie, 1954) y El Quinteto de la Muerte (The Ladykillers, 1955), y una fase ya estadounidense enmarcada por ¡Ahí Vienen los Rusos, ahí Vienen los Rusos! (The Russians Are Coming, the Russians Are Coming, 1966), de Norman Jewison, y El Amable Estafador (The Flim-Flam Man, 1967), película de Irvin Kershner.
Deudora en gran medida de la carrera automovilística de Genevieve y el humor polirubro de Ealing Studios desarrollado junto a Mackendrick, basta con tener presente que el guionista fundamental hoy retoma aquel choque cultural de Un Yanqui en Escocia y el motivo de la veterana insoportable de El Quinteto de la Muerte, e incluso piedra angular de las futuras ¡Ahí Vienen los Rusos, ahí Vienen los Rusos! y El Amable Estafador, recordemos para el caso el elenco voluminoso de la primera y el raid delictivo -siempre con la ley pisándole los talones a los fugitivos- de la segunda, El Mundo está Loco, Loco, Loco, Loco comienza cuando un tal “Smiler” Grogan (Jimmy Durante) escapa de la custodia policial, después de pasar 15 años en prisión, y desbarranca con su coche en una carretera de California, donde moribundo revela que hay 350 mil dólares escondidos debajo de “una gran W” en el Parque Estatal de Santa Rosita ante un heterogéneo grupo de automovilistas que se detienen para socorrerlo sin poder hacer mucho al respecto, nos referimos a Melville Crump (Sid Caesar), un dentista en una segunda Luna de Miel con su esposa Mónica (Edie Adams), Ding Bell (Mickey Rooney) y “Benjy” Benjamin (Buddy Hackett), dos amigos en camino hacia Las Vegas, Lennie Pike (Jonathan Winters), un camionero solitario y de pocas pulgas que se dedica a realizar mudanzas y se dirige a Yuma, en el Estado de Arizona, y J. Russell Finch (Milton Berle), propietario gris y pollerudo de un negocio de algas marinas al borde de la quiebra que viaja con su bella esposa Emeline (Dorothy Provine) y su suegra autoritaria, cruel y ultra gritona, la siempre hilarante Señora Marcus (Ethel Merman), trío que está de vacaciones y pretende llegar al Lago Mead, entre Nevada y Arizona. Como no se ponen de acuerdo para repartir el eventual botín, todos inician una carrera bajo la atenta mirada de un jefazo de la policía, el Capitán T.G. Culpepper (Spencer Tracy), que desea resolver el caso Grogan recuperando el dinero de turno, robado a su vez a una fábrica de atún. Todo de a poco comienza a desmoronarse por una serie interminable de escollos de distinta naturaleza y envergadura: el matrimonio Crump alquila un biplano ruinoso hasta Santa Rosita pero quedan encerrados en una ferretería cuando pretendían conseguir palas para cavar en pos del tesoro, Ding y Benjy consiguen un avión moderno aunque el propietario y piloto, Tyler Fitzgerald (Jim Backus), es un borracho crónico que los deja volando a la deriva, y para colmo Pike choca contra el vehículo de Finch y compañía, lo que provoca que el primero pretenda asociarse con un sujeto de lo más traicionero, ese Otto Meyer (Phil Silvers) que apenas se entera de los dólares lo deja abandonado al costado de la ruta, y que el segundo se suba a la camioneta del Teniente Coronel Algernon Hawthorne (Terry-Thomas), un británico con el que los estadounidenses pelearán sistemáticamente, amén del otro vástago de la Señora Marcus además de Emeline, el atolondrado Sylvester (Dick Shawn), un sujeto que vive precisamente en Santa Rosita y en vez de callarse y escuchar a su progenitora por teléfono parte en su rescate porque entiende -en función de una mínima charla a los gritos- que la veterana fue víctima de una violación a instancias de su yerno y del militar inglés.
Entre choques inducidos, robos repetidos de autos, un permanente exceso de velocidad, peleas bizarras de todos los colores, un uso poco recomendable de dinamita, muchísimas discusiones aireadas, alguna que otra persecución a toda pompa y hasta la destrucción de una flamante estación de servicio cuando Meyer se hace pasar por psiquiatra frente a los dueños del establecimiento, Irwin (Marvin Kaplan) y Ray (Arnold Stang), y todo el asunto pronto muta en una batalla campal digna del cine mudo porque los susodichos atan a Pike y éste se escapa, oficia de cuadrilla de demolición y encima les roba un vehículo con grúa, la propuesta de Kramer toma la forma de una road movie caótica y muy graciosa basada por un lado en un constante montaje paralelo, sostenido en el contraste entre las locaciones desérticas para las tomas amplias y el rodaje en estudios para los interiores y sobre todo los intercambios verbales en las cabinas de los vehículos, y por el otro lado, a escala espiritual o conceptual, en la noción de una competencia egoísta amparada por el aparato represivo público, de allí que la orden maquiavélica/ pragmática de Culpepper sea de vigilar pero sin intervenir en ninguno de los múltiples delitos cometidos por los involucrados, y orientada a unas improvisación, codicia y ceguera sociales que continuamente se ven saboteadas por la inefable Ley de Murphy, en especial el adagio de “todo lo que puede salir mal, saldrá mal”, y por la misma dinámica cómica del convite, una mixtura bastante inteligente de slapstick, gags verbales, mucha idiotez indisimulable, proezas técnicas/ físicas/ mecánicas, patetismo familiar, miserias de la amistad y las parejas, bufonadas símil Looney Tunes o Fantasías Animadas de Ayer y Hoy (Merrie Melodies), el típico canibalismo capitalista, algún que otro episodio de sadismo lúdico -el más recordado es el del hijo del minero (Eddie Rosson) llevando hacia un río a Meyer, más adelante parodiado/ homenajeado por Los Simpson (The Simpsons) junto al resto de la realización- y una asombrosa seguidilla de inserts eróticos sarcásticos alrededor de la amante de Sylvester (Barrie Chase), quien se pasa casi todo el metraje bailando en bikini con el hombre sin prestarle atención a la llamada telefónica de la Señora Marcus. Más allá del excelente desempeño de Terry-Thomas, aportando la flema británica de los guiones primigenios de William Rose, la presencia del maravilloso Tracy, actor fetiche de Stanley cuyo Culpepper en el desenlace colapsa porque su esposa y su hija son insoportables y su pensión será una verdadera miseria, y la gran química entre Rooney y Hackett, dúo que venía de ¡Al Agua, Pato! (Everything’s Ducky, 1961), de Don Taylor, el film, que sin duda merece ser apreciado mediante la versión restaurada del 2014 por Robert A. Harris de 197 minutos, sorprende también por los geniales cameos de Jerry Lewis como el automovilista que pisa el sombrero del capitán de policía, Los Tres Chiflados (The Three Stooges) como los bomberos de ese aeropuerto donde pretenden aterrizar Bell y Benjamin e incluso Buster Keaton en el papel de Jimmy, un contacto en el hampa del policía para su hipotético retiro paradisíaco con el dinero, además de participaciones de Carl Reiner como un controlador aéreo y Peter Falk como el taxista que lleva al parque a Crump y su mujer…
El Mundo está Loco, Loco, Loco, Loco (It’s a Mad Mad Mad Mad World, Estados Unidos, 1963)
Dirección: Stanley Kramer. Guión: William Rose y Tania Rose. Elenco: Spencer Tracy, Milton Berle, Sid Caesar, Buddy Hackett, Ethel Merman, Mickey Rooney, Dick Shawn, Phil Silvers, Terry-Thomas, Jonathan Winters. Producción: Stanley Kramer. Duración: 197 minutos.