La Ambulancia (The Ambulance)

Una máquina de matar

Por Emiliano Fernández

Volver a ver La Ambulancia (The Ambulance, 1990), la última gran realización de Larry Cohen en su modalidad combinada de director y guionista, resulta un verdadero placer porque en ella el señor logra sintetizar todas sus manías y todo su talento como creador de sátiras apenas camufladas de exponentes del cine de género, pensemos en la presencia de la siempre convulsionada ciudad de Nueva York, donde nació y rodó tantas de sus obras, el discurrir de una conspiración en las sombras que destruye la vida del pueblo, uno siempre a mitad de camino a escala actitudinal entre la apatía y la rebelión, el protagonismo de un personaje traumatizado o arrastrado por sus obsesiones, hoy un dibujante que se deja tentar por la belleza femenina, un ritmo narrativo furioso digno de la televisión, medio en el que el cineasta comenzó su larguísima trayectoria profesional en calidad de guionista, un tono general de comedia negra que no teme meterse en regiones, conceptos y tópicos que el Hollywood tradicional y su mojigatería marketinera tienden a evitar como si fuera veneno para la taquilla, algo estrechamente vinculado con el apego de Cohen hacia la libertad que puede llegar a ofrecer la Clase B cuando es bien entendida como un complemento freak o disruptivo con respecto al mainstream y no sólo una imitación de bajo presupuesto, un dejo macro contracultural símil terrorismo simbólico anticapitalista, rasgo que lo acompañó desde siempre ya que jamás dejó pasar una oportunidad para pegarle duro y parejo a la sociedad norteamericana en función de sus muchas barrabasadas e injusticas santificadas por el Estado, una ridiculización concreta de una de las ramas de la comunidad plutocrática en cuestión, en esta oportunidad la pata médica vía su hipocresía en eso de auxiliar a los pacientes y preocuparse por la salud cuando en realidad sólo corre detrás de los billetes verdes de su “público cautivo”, la profusión de personajes secundarios muy coloridos e interesantes, ardid de siempre del amigo Larry en pos de complejizar lo que a priori puede leerse como una premisa retórica sencilla, y finalmente un estupendo trabajo de casting a pesar de que en muchas ocasiones los intérpretes eran elegidos por su apariencia y no por sus dotes, aquí por fin derivando en un desempeño excelente y estable de todo el elenco.

 

Cohen recorrió un camino de naturaleza muy diversa aunque coherente hasta llegar a La Ambulancia porque comenzó su periplo como director allá a principios de los 70 vinculado a la comedia negrísima de Bone (1972), su prodigiosa ópera prima y clásico del cine de izquierda antirracista del período, y al blaxploitation cercano al policial de acción de El Padrino de Harlem (Black Caesar, 1973) y Guerra en Harlem (Hell Up in Harlem, 1973), ambas con el icónico Fred Williamson como el antihéroe protagónico, preámbulo para el comienzo de su saga sobre bebés mutantes asesinos y el fariseísmo en torno a la familia, el aborto, los derechos del rubro y la responsabilidad paternal, una serie adorable de películas que abarcó El Monstruo Está Vivo (It’s Alive, 1974), El Monstruo Vuelve a Nacer (It Lives Again, 1978) y El Monstruo Está Vivo III: La Isla de los Horrores (It’s Alive III: Island of the Alive, 1987). Como decíamos antes, Larry hizo de la unión de conspiranoias, frenesí, asesinatos en secuencia, suspenso, fantasía delirante, terror urbano y adalides bizarros de la justicia su marca de estilo para volcar este mega combo efervescente hacia los cometarios políticos sobre el estado calamitoso de la sociedad yanqui y mundial, recordemos para el caso aquellas ironías sobre la religión y el control de la voluntad popular de Dios me lo Ordenó (God Told Me To, 1976), la parodia de la adolescencia y el terror como género de Loca Noche de Luna Llena (Full Moon High, 1981), los muchos dardos contra la policía, el gobierno y hasta los medios de comunicación de La Serpiente Alada (Q, 1982), la burla muy ácida intra gremio cinematográfico por manipulación y sadismo de Efectos Especiales (Special Effects, 1984), esa denuncia del carácter parasitario de la industria de la comida basura y sus subproductos de La Cosa (The Stuff, 1985), las bufonadas en torno al rubro vampírico y la mentira de la tranquilidad de los pueblos pequeños de Regreso a Salem’s Lot (A Return to Salem’s Lot, 1987) y aquel estupendo sarcasmo alrededor de la estructura narrativa del gato y el ratón y las fórmulas de acoso en general del slasher de las décadas del 70, 80 y 90 de Recógeme (Pick Me Up, 2006), su episodio para Maestros del Horror (Masters of Horror, 2005-2007), maravillosa serie creada por Mick Garris para Showtime.

 

Dejando de lado rarezas más o menos destacables como la biopic ultra documentalista Los Archivos Privados de J. Edgar Hoover (The Private Files of J. Edgar Hoover, 1977), la comedia de brujas La Madrastra Malvada (Wicked Stepmother, 1989), su regreso tardío al blaxploitation vía Original Gangstas (1996) y su gustito por los thrillers hitchcockianos en sintonía con Ver China y Morir (See China and Die, 1981), Testigo en Silencio (Perfect Strangers, 1984), Detective en Apuros (Deadly Illusion, 1987) y Amistad Fatal (As Good as Dead, 1995), el grueso de toda la producción artística de Larry estuvo hermanado a la velocidad expresiva, el ingenio y lucidez de los diálogos, la crítica social antiinstitucional y la costumbre de convertir algo considerado benigno o juzgado bajo una luz positiva en un sinónimo de espanto o de una perdición contagiosa, masiva y a veces asesina minimalista aunque muy dedicada, en la tradición de los purretes de la saga iniciada con El Monstruo Está Vivo o ese postre símil yogur que le daba el título a La Cosa, amén de la fe de Dios me lo Ordenó, el séptimo arte de Efectos Especiales y la comarca bucólica idílica de Regreso a Salem’s Lot, todas características que sin duda resurgen de manera extraordinaria en La Ambulancia, apuntalada en torno a un dibujante de cómics, Josh Baker (Eric Roberts), que trabaja en Marvel para el mismo Stan Lee y se enamora perdidamente de una chica a la que apenas conoce llamada Cheryl (Janine Turner), muchacha que se descompone de repente en plena calle de la Gran Manzana y es recogida por una misteriosa ambulancia, una Cadillac Miller-Meteor Lifeliner modelo 1973, para luego desvanecerse de la faz de la tierra porque su pretendiente no consigue hallarla en ningún hospital y al hacer la denuncia no es tomado en serio por el Teniente Spencer (James Earl Jones). Mientras que la chica debe vérselas con un tétrico doctor (Eric Braeden), cabeza de una red de corporaciones farmacéuticas y médicas que experimentan con seres humanos secuestrados cual cobayos, sometiéndolos a cirugías de vanguardia y vendiendo a los cautivos que sobreviven, Baker primero será asistido por una amiga de la víctima, Jerilyn (Jill Gatsby), y a posteriori por un periodista, Elías Zacharai (Red Buttons), y una oficial de policía, Sandra Malloy (Megan Gallagher).

 

Como era habitual en el acervo inconformista de Cohen, en La Ambulancia los personajes que detentan algún tipo de poder público son blanco de una sátira astuta, así el matasanos se transforma en un comerciante maquiavélico que se caga en el juramento hipocrático, trata a los bípedos como ganado y hasta arrastra delirios mesiánicos símil doctor nazi de un campo de exterminio que justifica su psicopatía a través de un supuesto futuro promisorio en donde todas las enfermedades humanas serán curadas, el Teniente Spencer, por su parte, se asemeja a un lunático adepto a los episodios ciclotímicos al que sus propios compañeros parecen no extrañar para nada, cuando de hecho también desaparece porque es apuñalado y atropellado por los esbirros del personaje de Braeden, e incluso los reemplazos prosaicos del anterior, los payasescos Detectives McClosky (Richard Bright) y Ryan (James Dixon), definitivamente están mucho más interesados en convertir de modo compulsivo a Josh en testigo de un asesinato nocturno a cuchillazos en un parque neoyorquino, todo para incriminar a un cubano que dicen haber encontrado momentos después con el arma en la mano, que en ayudar al protagonista a encontrar a Cheryl, una diabética como Jerilyn y como esa enfermera de pocas pulgas que lo atiende en un hospital luego de que tratan de envenenarlo de manera muy subrepticia con la leche, Feinstein (Deborah Hedwall), ambas asimismo capturadas por el villano y sufriendo el idéntico destino del “objeto” del amor platónico de Baker. Las muchas ironías sobre la malicia médica, la incompetencia policial y el sustrato infantil, hueco y bastante mongólico del rubro de los cómics corren a la par del aprovechamiento de los resortes del thriller cáustico contracultural y del dejo exagerado de las postrimerías de los 80 y principios de los 90 en materia de la vestimenta y peinados, la idiosincrasia aparatosa y los rituales ociosos noctámbulos, combinando en suma a nivel formal la distopía de la salud de El Hospital (The Hospital, 1971), de Arthur Hiller, Coma (1978), de Michael Crichton, y Hospital Britannia (Britannia Hospital, 1982), de Lindsay Anderson, con el trasfondo citadino hiper pesadillesco de Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, Después de Hora (After Hours, 1985), otra joya eterna de Scorsese, y Colateral (Collateral, 2004), de Michael Mann. La propuesta, en parte más cercana a la faceta film noir del devenir del director y guionista que a su algarabía caótica fantástica y/ o de ciencia ficción, resulta un trabajo inusitadamente pulido en lo que atañe a la estupenda fotografía de Jacques Haitkin, el gran trabajo en música incidental de Jay Chattaway y la misma historia y dirección de actores a instancias de un Cohen que sustituye a su fetiche de los 80, Michael Moriarty, compañero de correrías en La Serpiente Alada, La Cosa, El Monstruo Está Vivo III: La Isla de los Horrores, Regreso a Salem’s Lot y Recógeme, por el magnífico Eric Roberts, un pequeño huracán anímico en pantalla que le escapa a sus epopeyas más nihilistas de la época y complementa a la perfección lo hecho en roles secundarios por actores de probada valía como Jones, Gallagher, Braeden, Buttons, Turner, Bright y un Dixon que tiene que comerse que lo comparen todo el tiempo con Jughead Jones, personaje clásico de Archie Comics creado en 1941 por Bob Montana y John L. Goldwater, aquel baterista de The Archies, situación que por cierto empareja hacia la excelencia lo que solía ser un constante aunque simpático desequilibrio retórico en materia del quid de los films del autor. El encanto de La Ambulancia pasa tanto por el discurso socarrón de fondo, eso de destruir la unificación en el sentido común entre el vehículo titular y las vidas salvadas, hoy mutando en una máquina de matar a lo monstruo imparable como bien sintetiza el dibujante en una conversación con el experimentado periodista, como por una dinámica humorística gloriosa en lo que respecta a los diálogos, las escenas en sí y los intérpretes en general que nada tiene que envidiar a su equivalente de las películas de Billy Wilder, Mel Brooks o el primer Woody Allen, esquema que de todos modos no nos priva de una atrapante retahíla de secuencias agitadas y/ o de acción en sintonía con la cuasi surrealista del secuestro de Jerilyn, la del envenenamiento tramposo en el departamento del protagonista, esa otra de la abducción de Feinstein, la de la desaparición de Zacharai minutos después de que él y Josh encontrasen la maldita ambulancia y le sacasen una foto, la subsiguiente del homicidio de Spencer, toda aquella en el depósito de chatarra con los pandilleros y las diversas palizas entrecruzadas, la del escape de Baker y su encuentro azaroso con los detectives, las varias en el club nocturno Vintage, aguantadero camuflado de la mafia médica, y por supuesto ese desenlace en el que la ambulancia puede estar siendo conducida por el traficante de cuerpos de Braeden pero en esencia se mueve a lo largo y ancho de las arterias metropolitanas como un vehículo desquiciado antropomorfizado del averno semejante a sus homólogos de Duelo (Duel, 1971), de Steven Spielberg, El Auto (The Car, 1977), de Elliot Silverstein, y Ocho Días de Terror (Maximum Overdrive, 1986), de Stephen King. Cohen ni siquiera deja pasar la ocasión para burlarse de las fórmulas románticas paradigmáticas hollywoodenses y por ello se mofa de manera brillante de su propio MacGuffin del corazón, léase esta pesquisa a raíz del amor impulsivo de nuestro dibujante hacia Cheryl, a quien el antihéroe de Roberts finalmente rescata para su enorme decepción ya que la mujer revela estar de novia con un tal Robbie Powers al que extraña mucho, por ello Josh se vuelca a último momento hacia la genial Malloy, un personaje que como Zacharai acarrea mucho de esa sabiduría callejera y pícara del underground que siempre enmarcaba el ideario de los relatos del querido Larry…

 

La Ambulancia (The Ambulance, Estados Unidos, 1990)

Dirección y Guión: Larry Cohen. Elenco: Eric Roberts, James Earl Jones, Megan Gallagher, Red Buttons, Janine Turner, Eric Braeden, Richard Bright, James Dixon, Jill Gatsby, Stan Lee. Producción: Robert Katz y Moctesuma Esparza. Duración: 96 minutos.

Puntaje: 10