El Ladrón de Orquídeas (Adaptation)

Una película sobre flores

Por Emiliano Fernández

La categoría “nueva comedia americana” fue aplicada sucesivamente a las generaciones de los años 80, 90 y 2000 para abarcar de manera un tanto burda y apresurada a diferentes realizadores y guionistas que por lo menos en el principio de sus carreras se especializaron en la búsqueda de las carcajadas, no obstante sólo el grupete del medio (Spike Jonze, Wes Anderson, David O. Russell, Charlie Kaufman, Alexander Payne, Todd Solondz, Paul Thomas Anderson, etc.) fue en verdad valioso porque el primero se caracterizó por cierta idiotez nostálgica (John Hughes, Ivan Reitman, Harold Ramis, Dan Aykroyd, Rob Reiner, John Landis, Penelope Spheeris, etc.) y el tercero ya directamente se volcó al infantilismo grasiento para descerebrados (Judd Apatow, Paul Feig, Greg Mottola, Todd Phillips, David Gordon Green, Dennis Dugan, etc.). Más allá de excepciones atemporales que escapan a simples rótulos generacionales, en sintonía con Terry Gilliam, los hermanos Joel y Ethan Coen, Adam McKay, Ben Stiller, James L. Brooks, los hermanos Peter y Bobby Farrelly, Jim Jarmusch, Terry Zwigoff, la dupla de Jonathan Dayton y Valerie Faris y ZAZ o Zucker, Abrahams y Zucker, el famoso equipo compuesto por Jim Abrahams y los hermanos David y Jerry Zucker, lo cierto es que la década del 90 vio el último atisbo de una efervescencia creativa comparable a aquella de genios anteriores del arte de hacer reír en sintonía con los iluminados Hal Ashby, Mel Brooks, Carl Reiner, Paul Mazursky, Colin Higgins, Woody Allen, Blake Edwards, Jerry Lewis, Mike Nichols e incluso el enorme Billy Wilder. Así las cosas el rubro surrealista de finales del Siglo XX y comienzos del nuevo milenio sin duda alguna lo hegemonizó el Kaufman guionista de ¿Quieres ser John Malkovich? (Being John Malkovich, 1999) y El Ladrón de Orquídeas (Adaptation, 2002), ambas joyas dirigidas por Jonze, Naturaleza Humana (Human Nature, 2001) y Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004), dos odiseas del francés Michel Gondry, y Confesiones de una Mente Peligrosa (Confessions of a Dangerous Mind, 2002), aquel delirio acerca del devenir y la carrera del profesional televisivo Chuck Barris que en buena medida fue reescrito por su director, nada más ni nada menos que George Clooney en su debut como realizador como ocurriese anteriormente en los casos del cineasta galo y del amigo Spike, éste nacido en 1969 bajo el nombre de Adam Spiegel y gran colaborador de Beastie Boys, Pavement, Sonic Youth, Björk, Arcade Fire, R.E.M., Elastica, Daft Punk, The Chemical Brothers, Beck, Sean Lennon, LCD Soundsystem, Kanye West, Fatboy Slim, The Breeders, Weezer, Teenage Fanclub y Yeah Yeah Yeahs, entre otras bandas y solistas.

 

Antes de que los responsables fundamentales de El Ladrón de Orquídeas se alejasen de la comedia iconoclasta para abrazar de manera escalonada su opuesto exacto aunque todavía en una acepción ultra existencialista y freak, el drama, en este sentido pensemos que Jonze tiempo después encararía Donde Viven los Monstruos (Where the Wild Things Are, 2009), taciturna adaptación del célebre libro ilustrado de 1963 de Maurice Sendak, y Ella (Her, 2013), neoclásico de la ciencia ficción romántica y sensiblona, y Kaufman por su parte se sentaría en la silla del director en ocasión de las asimismo maravillosas Synecdoche, New York (2008), Anomalisa (2015) y Pienso en el Final (I’m Thinking of Ending Things, 2020), la primera una epopeya hiper ambiciosa sobre el mundo del arte, la segunda una fábula en stop motion alrededor de la soledad y la tercera un thriller enrevesado y fascinante, en este curioso film del 2002 el dúo se propone una reconstrucción tangencial y surrealista que tiene por base un hecho real de 1994 que fue abordado por la periodista Susan Orlean tanto en un artículo de 1995 de la revista The New Yorker como en el libro de “no ficción” El Ladrón de Orquídeas (The Orchid Thief, 1998), en esencia el robo en los pantanos de la Florida de unos especímenes de orquídea fantasma por parte de John Edward Laroche y un grupo de indígenas seminolas con el objetivo de clonar y vender la planta, por cierto en vías de extinción y prácticamente sólo presente en una reserva natural protegida por el Estado, Fakahatchee, todo además parte de un supuesto plan -un poco mucho enajenado, dicho sea de paso- de ese mismo Laroche que decía querer llamar la atención sobre una laguna legal que según él permitía a los nativos de Estados Unidos cazar o recolectar representantes de la flora y la fauna que estén amenazados por el avance del mundo moderno. La nimiedad absoluta de la anécdota, una que generó una sentencia de seis meses de prisión en suspenso y una multa para el acusado, y del libro original de Orlean, un trabajo atacado por la prensa norteamericana a raíz de su estructura caótica, una extensión general un tanto inflada y el poco interés que despierta el tópico principal en una sociedad incapaz de apreciar la belleza de lo natural recóndito o misterioso, le permite a Charlie insertarse a sí mismo en su guión y para colmo en formato doble, cortesía de una autoindulgencia tan certera como original y de un gracioso doppelgänger inexistente en la vida prosaica, el bufonesco Donald Kaufman. La obra resultante explora la mediocridad del ambiente cinematográfico de Los Ángeles, la propensión social a evadir la realidad con paranoia, histeria o desvaríos y los callejones sin salida de una posmodernidad homologada al pastiche cultural hedonista sin pies ni cabeza.

 

El film, de gloriosa impronta experimental y psicosexual, comienza con Charlie (Nicolas Cage) siendo ninguneado y expulsado del set de ¿Quieres ser John Malkovich? por el asistente de dirección Thomas Patrick Smith para de inmediato recibir el encargo por parte de una ejecutiva de Columbia Pictures, Valerie Thomas (Tilda Swinton), para adaptar el libro de Susan Orlean (Meryl Streep), a su vez una burguesa aburrida y presuntuosa que efectivamente escribe para The New Yorker y está casada con un varón tan anodino como ella (el querido Curtis Hanson, conocido cineasta del período). El protagonista arrastra un manojo de problemillas mentales como ansiedad, masoquismo, baja autoestima, depresión, arrebatos neuróticos y misantropía exacerbada, por ello por un lado no puede avanzar en la relación con Amelia Kavan (Cara Seymour), mujer que se pone de novia con David (Bob Stephenson), y por el otro lado se muestra narcisista y soberbio en sus intercambios con su hermano gemelo Donald (Cage de nuevo), un gordinflón como él pero mucho más afable y seguro de sí mismo al punto de empezar un vínculo romántico con una linda maquilladora de Hollywood, Caroline Cunningham (Maggie Gyllenhaal). Moviéndose entre los sucesos de 1994 y 1995, léase la relación cada vez más cordial e íntima entre Orlean y un Laroche sin dientes delanteros (Chris Cooper) que provocó por accidente la muerte de su madre y su tío en un choque automovilístico, luego de lo cual su esposa se divorció, y la línea narrativa de 1998 y 1999, en esta oportunidad tracción a un Charlie que sufre un bloqueo de escritor, se masturba mediante fantasías eróticas con Susan o una camarera de un restaurant, Alice (Judy Greer), y ve cómo Donald logra vender un rústico guión acerca de un asesino en serie esquizofrénico llamado Los 3 (The 3), la película nos conduce a la eventual conjunción de ambas crónicas a medida que un desesperado Charlie es presionado por su agente, Marty Bowen (Ron Livingston), para que entregue el guión acordado y el protagonista acepta la influencia de su hermano, el cual lo insta a asistir a un seminario de un gurú de escritores, Robert McKee (Brian Cox), y lo suplanta en una entrevista con Orlean, movida que genera en Donald sospechas de secretos sucios de fondo que rápidamente se terminan confirmando cuando los dos Kaufman siguen de cerca a Susan hasta la Florida y descubren que tiene un affaire con Laroche y ambos se volvieron drogadictos y encabezan un negocio de extracto de orquídea fantasma en polvo para esnifar, todo a través de las recetas ancestrales de los seminolas. John, que también tiene ingresos vía una web porno que incluye una fotografía de Susan, acepta la idea de la fémina de asesinar a Charlie para que no revele nada de nada.

 

El Ladrón de Orquídeas, título en castellano de la propuesta para su distribución regional que agrega confusión porque se saltea el meollo del asunto, las dificultades de trasladar la palabra escrita al campo de las imágenes narradas sin chocarse con los esquematismos empobrecedores del mainstream y del “gran público” ignorante, se explaya en dos de las obsesiones de siempre de Kaufman, primero la crisis identitaria del intelectual, quien de hecho puede formar parte de la elite mejor educada de la sociedad de turno pero ello nunca es sinónimo de ser respetado en serio, conseguir trabajo con facilidad o siquiera contar con las facultades necesarias para sobrellevar ese pánico social que todos -en mayor o menor medida- tenemos desde que en la infancia se rompiese la burbuja de protección familiar dejando entrar al resto del tragicómico colectivo humano, y segundo el carácter bipartido, en simultáneo farsesco y tremebundo, del derrotero cotidiano, la ideología y especialmente cada individuo en particular y sus compulsiones disfrazadas de “intereses”, en función de ello Charlie se ve obligado tanto a desprenderse de su altanería narcisista, esa que lo lleva a rechazar la alternativa de volcar el guión hacia el conservadurismo de los mega géneros de Hollywood pero también hacia la fantasía dadaísta/ sarcástica/ contracultural de ¿Quieres ser John Malkovich?, como a escuchar los consejos de Donald, quien puede ser un tarado aunque cuenta con una simpatía, una piedad y una fuerza de voluntad indispensables para aguantar los embates del mundo, de allí que se lleve bien con la madre de ambos mientras su gemelo amargado parece estar peleado con ella, un esquema que se duplica en menor escala en la relación de Orlean y Laroche, la primera pasando de la arrogancia burguesa al lento descubrimiento de la sabiduría lumpen del horticultor y de su pasión por las plantas, un eje vital del que ella carece. Más allá de la parodia/ homenaje buñuelista a McKee, otro personaje que realmente existe, y del hilarante ombliguismo metadiscursivo del relato, con un tercer acto orientado a un insólito thriller que niega los postulados del gurú, como la prohibición del uso del deus ex machina y esas voces en off que aclaran sin medias tintas la narración, la película analiza la eterna insatisfacción con uno mismo y el entorno creado, uno frágil pero adaptable, y enfatiza el patetismo de cada perspectiva sesgada, del marco filosófico solipsista y de la tendencia humana a romantizar al prójimo, una idea, una misión autoimpuesta o quizás las flores, dejándonos con actuaciones brillantes de parte de Cage, Streep, Cooper y Cox y con una pirotecnia visual arrolladora a instancias de un Jonze con un larguísimo derrotero en los gremios de la publicidad y los ya mencionados videoclips…

 

El Ladrón de Orquídeas (Adaptation, Estados Unidos, 2002)

Dirección: Spike Jonze. Guión: Charlie Kaufman. Elenco: Nicolas Cage, Meryl Streep, Chris Cooper, Tilda Swinton, Curtis Hanson, Judy Greer, Maggie Gyllenhaal, Bob Stephenson, Ron Livingston, Brian Cox. Producción: Jonathan Demme, Vincent Landay y Edward Saxon. Duración: 115 minutos.

Puntaje: 10