El humor de Francis Veber casi siempre se desarrolla alrededor de la fórmula de la pareja dispareja, los conflictos socioculturales, algún tipo de manipulación o engaño mordaz y/ o el simple choque entre inocencia relativamente pacífica y maquiavelismo o quizás picardía -el primero correspondiente a las clases altas, la segunda a los estratos populares- de clara impronta violenta o vehemente, esquema narrativo que se fue repitiendo a lo largo de una carrera que lo llevó a colaborar con gente diversa de la talla de Georges Lautner, Édouard Molinaro, Philippe de Broca, Henri Verneuil y Jean-Jacques Annaud, entre muchos otros. El susodicho, que comenzó como dramaturgo y luego como guionista para terceros antes de saltar a la dirección para hacerse cargo de filmar sus propias historias, encontró desde el vamos en el actor Pierre Richard y en el realizador y también intérprete Yves Robert dos socios fundamentales que lo ayudarían a posicionarse en el séptimo arte europeo mediante una jugada tendiente a solidificar el éxito del trío en los años 70 y 80, período de enorme popularidad para la comedia francesa: justo antes de que Veber se sentase en la silla del director por primera vez en ocasión de El Juguete (Le Jouet, 1976), con un Richard que a posteriori duplicaría la apuesta de la mano de aquella célebre trilogía coprotagonizada por Gérard Depardieu y asimismo dirigida por Veber, esa de Mala Pata (La Chèvre, 1981), Los Compadres (Les Compères, 1983) y Los Fugitivos (Les Fugitifs, 1986), el guionista ofreció sus servicios a Robert por primera vez en El Gran Rubio con un Zapato Negro (Le Grand Blond avec une Chaussure Noire, 1972), película con excelente repercusión en su estreno que le permitió a Richard trepar al rango de estrella después de colaboraciones con Jacques Becker, Serge Korber y Henri-Georges Clouzot, una epopeya previa con Robert, Buenas Noches, Alejandro (Alexandre le Bienheureux, 1968), y dos intentonas como director, El Distraído (Le Distrait, 1970) y Las Desgracias de Alfredo (Les Malheurs d’Alfred, 1972).
A esta altura del análisis conviene dejar en claro que el acervo cómico de Richard no ha envejecido del todo bien porque ya en su época era visto por compatriotas y por críticos de numerosas partes del mundo como una cruza talentosa y frenética aunque algo caótica de Jacques Tati + Peter Sellers + Jerry Lewis + Charles Chaplin + Marcel Marceau, mejunje que no le quita méritos por lo original en cuanto a la mixtura en sí pero que en pantalla solía dejarnos con chistes y situaciones recicladas del slapstick o comedia física del cine mudo, muchos remates propios del vodevil, tics claramente extraídos de los mimos y los payasos circenses y una eterna idiosincrasia de torpe cuasi surrealista con la cabeza en las nubes y un sex appeal bien bizarro. Robert, por aquellos años ya un realizador veterano que acumulaba clásicos como la citada Buenas Noches, Alejandro, Visto y no Visto (Ni vu, ni connu, 1958) y La Guerra de los Botones (La Guerre des Boutons, 1962), propuestas con una buena llegada en taquilla que a su vez se extendería a Un Elefante es muy Engañoso (Un Éléphant ça Trompe Énormément, 1976), su secuela Todos Iremos al Paraíso (Nous Irons tous au Paradis, 1977), El Gemelo (Le Jumeau, 1984), La Gloria de mi Padre (La Gloire de mon Père, 1990) y la continuación El Castillo de mi Madre (Le Château de ma Mère, 1990), en El Gran Rubio con un Zapato Negro se vuelca a una sátira de un género que estaba en decadencia para la década del 70, nos referimos a aquel cine de espionaje que había dominado los años 50 y 60 y no cuajaba del todo en el nihilismo amoral de su tiempo porque la ortodoxia de la Guerra Fría estaba siendo opacada por múltiples crisis y dilemas en cada país del globo, planteo en realidad muy sencillo -como casi siempre ocurre con los guiones de Veber y su ascetismo formal e ideológico- centrado en un violinista bastante despistado, François Perrin (Richard), siendo elegido al azar en el Aeropuerto de Orly en medio de una contienda de poder entre dos facciones de los servicios de inteligencia galos.
Todo comienza cuando en Nueva York detienen a un narcotraficante con la friolera de 40 kilos de heroína en su coche que dice responder a la agencia de contraespionaje de Francia y estar en una misión ordenada por el alto mando, quien resulta ser el Coronel Louis Marie Alphonse Toulouse (un perfecto Jean Rochefort), jerarca que cuenta con un asistente fiel, Perrache (Paul Le Person), y una “mano derecha” traicionera, el Coronel Bernard Milan (ese querido Bernard Blier), quien fabricó el escándalo con las drogas en Estados Unidos para forzar el despido de Toulouse y sucederlo cuanto antes, movida que es descubierta por el personaje de Rochefort, el cual incluso tiene micrófonos plantados en su propia vivienda, y por ello se obsesiona con devolver la gentileza ridiculizando a Milan a través de Perrache, a quien manda a Orly para seleccionar al primer tarado que encuentre con el objetivo de hacerle creer a la competencia interna que tal sujeto es un “súper espía” que llega a París en una misión secreta que podría ser eliminar de un plumazo a la facción de Milan empezando por el mandamás. Perrin, como decíamos antes un violinista que regresa a su hogar luego de un concierto en Múnich, es el elegido por un Perrache que se transforma en su protector en las sombras frente al desinterés mostrado por Toulouse ante la vida o muerte del músico y la posición ambivalente y siempre curiosa de Milan, motivado a creer que el “don nadie” de turno puede ser un agente muy peligroso al que hay que investigar y manipular con una femme fatale a su servicio, la tremenda Christine (Mireille Darc). El film que nos ocupa permite el lucimiento sin trabas de Richard porque la jugada de transformarlo en un bufón ultra ingenuo en constante riesgo de asesinato no cae en redundancias ni atenta contra el estrafalario verosímil de la película en su conjunto, problemas habituales de muchos de sus vehículos posteriores, además su Perrin -un nombre que volvería a utilizar en otras faenas, conectadas o no con la presente- no es tan bobo como parece porque es un seductor nato.
De hecho, el encanto afable del film radica en esta interesante conjunción de ingredientes paródicos y humanistas que se sintetizan en el protagonista, señor que por un lado es objeto de la burla grosera de todo su entorno, como esos compañeros de orquesta que le clavan los zapatos que dejó en la puerta de la habitación del hotel en Múnich para que los lustren y así lo obligan a regresar a París con uno marrón y otro negro, y por el otro lado traiciona a su colega y mejor amigo, un tal Maurice Lefebvre (Jean Carmet) que siempre va vestido de azul, gusta golpearlo para hacerse el gracioso, adora las bicicletas y toca los timbales en la orquesta en cuestión, debido a que François se acuesta con Paulette (Colette Castel), esposa de Maurice y encargada del arpa, una hembra que a su vez es engañada por el “gran rubio” con Christine, señorita cuya misión pasaba por descubrir la agenda secreta del hipotético espía aunque termina enamorándose y mutando en una segunda figura protectora de nuestro violinista, quien así acumula sendos “ángeles de la guarda” en las dos facciones en lucha del patético servicio de inteligencia. Denuncia de la farsa caprichosa y muy absurda de todo este belicismo de los secretos mal guardados, en línea con el humor irónico de Los Espías (Les Espions, 1957), joya de Clouzot, y con el drama apesadumbrado de El Espía que Vino del Frío (The Spy Who Came In from the Cold, 1965), de Martin Ritt, el opus de Robert y Veber sitúa en primer plano la destrucción de la privacidad, las torpezas institucionales y el condicionamiento tramposo desde las cúpulas, mientras nos regala un leitmotiv exquisito del genial compositor rumano Vladimir Cosma -con Gheorghe Zamfir en la flauta de pan- y una naturalidad desfachatada y elegante que no volvería en el corto plazo, ni en las fallidas El Juguete y Un Elefante es muy Engañoso ni en la deslucida secuela, El Regreso del Gran Rubio (Le Retour du Grand Blond, 1974), también de Robert y con guión de un Veber que ya empezaba a mostrar su apego hacia los clichés y los recursos comerciales quemados…
El Gran Rubio con un Zapato Negro (Le Grand Blond avec une Chaussure Noire, Francia, 1972)
Dirección: Yves Robert. Guión: Francis Veber e Yves Robert. Elenco: Pierre Richard, Bernard Blier, Jean Rochefort, Mireille Darc, Colette Castel, Paul Le Person, Jean Carmet, Robert Castel, Maurice Barrier, Arlette Balkis. Producción: Yves Robert y Alain Poiré. Duración: 90 minutos.