Ver hoy en día Rocky (1976), la película de John G. Avildsen que popularizaría la versión más melodramática e inofensiva de las fábulas de ascenso social y los films de boxeo o temática deportiva en general, resulta una experiencia contradictoria porque funciona por un lado como una anomalía, en esencia debido a la romantización semi neorrealista de la clase obrera en unos años 70 muy volcados al nihilismo y la desesperación sin soluciones milagrosas como las que plantea el protagonista y autor del guión, Sylvester Stallone, y por el otro lado como un típico representante de aquella época ya que el hambre de calle y de locaciones ultra mugrosas al por mayor del Nuevo Hollywood dice presente a través de los exteriores de la ciudad de Filadelfia, prácticamente un personaje más en esta historia del antihéroe titular, Rocky Balboa, boxeador de medio pelo y cobrador de la mafia de la usura que era elegido a dedo por el campeón mundial de los pesos pesados, Apollo Creed (Carl Weathers), para un cuasi combate de exhibición que se le escaparía de las manos porque el atleta privilegiado no contaba con la fuerza de voluntad del marginal, que tenía todo para ganar mientras Creed se entregaba a la banalidad de la alta burguesía y esa industria del deporte espectacularizado de yanquilandia. A pesar de su simpleza y su redundancia con respecto a la larga tradición cinematográfica del ring, nuestra epopeya exploraba con suma inteligencia las idas y vueltas de la dignidad proletaria y ofrecía un desarrollo magnífico de personajes que precisamente explica su permanencia en el inconsciente colectivo posterior.
El gigantesco éxito del film, multiplicando en taquilla por 225 el presupuesto de apenas un millón de dólares, no sólo catapultó al estrellato a Stallone, hasta ese momento un actor secundario conocido por La Pandilla del Barrio (The Lords of Flatbush, 1974), de Martin Davidson y Stephen Verona, y Carrera Mortal 2000 (Death Race 2000, 1975), del querido Paul Bartel, sino que además desencadenó una franquicia que fue perdiendo legitimidad artística, conceptual y humanista a medida que se acumulaban los innecesarios eslabones de turno y se diluía aquel pivote de cuatro patas que tan bien funcionaba a escala dramática en la propuesta de 1976, hablamos de Rocky, su novia Adrian (Talia Shire), el hermano de la mujer y suerte de mejor amigo del púgil, Paulie (Burt Young), y finalmente el legendario entrenador del protagonista, Mickey (Burgess Meredith), cuatro “perdedores” según la execrable filosofía del sueño americano que conseguían una redención por la varita mágica hollywoodense, en el opus de Avildsen tendiente a combinar pinceladas de El Estigma del Arroyo (Somebody Up There Likes Me, 1956), obra de Robert Wise, Réquiem para un Peso Pesado (Requiem for a Heavyweight, 1962), de Ralph Nelson, Ciudad Dorada (Fat City, 1972), de John Huston, y El Peleador Callejero (Hard Times, 1975), de Walter Hill, amén del hecho de haber inspirado una relectura operística exacerbada, El Campeón (The Champ, 1979), de Franco Zeffirelli, y una iconoclasta y visceral más propia de la década del 70, Toro Salvaje (Raging Bull, 1980), joya de Martin Scorsese con Robert De Niro y Joe Pesci.
Yo soy Rocky (I Play Rocky, 2026), de Peter Farrelly, constituye un retrato rutinario aunque entretenido de la génesis de la película de Avildsen y Stallone que asimismo puede leerse como una biopic sobre los comienzos profesionales en general de Sly, aquí interpretado por aquel Anthony Ippolito que compuso a Al Pacino en La Oferta (The Offer, 2022), atractiva miniserie de Michael Tolkin para Paramount+ en torno a la concepción de El Padrino (The Godfather, 1972), de Francis Ford Coppola. Todos los estereotipos del caso dicen presente, esos que generaciones y generaciones de cinéfilos conocen hasta el hartazgo, hablamos de la vocación actoral maltrecha de Sylvester, sus problemas económicos que lo llevaron a dormir en la calle y vender su perro, Butkus, la seguidilla de trabajos de baja calificación (en una pescadería, en una sala de cine, en el estacionamiento de un hotel/ restaurant, etc.), su participación en un producto lamentable del porno softcore, El Semental Italiano (The Party at Kitty and Stud’s, 1970), de Morton M. Lewis, su primer matrimonio con Sasha Czack (AnnaSophia Robb), la relación tirante con su padre peluquero, Frank Stallone Sr. (Matt Dillon), el contacto con los productores Irwin Winkler (P.J. Byrne) y Robert Chartoff (Toby Kebbell) a partir del guión de lo que sería La Taberna del Infierno (Paradise Alley, 1978), dirigida por el propio Stallone, la idea de Rocky como consecuencia del match de 1975 entre Muhammad Ali y Chuck Wepner, la escritura a lo largo de tres días y medio, la larga negociación para protagonizar el film frente a la negativa de los ejecutivos de United Artists que querían una estrella, en pantalla sintetizados en el hilarante Sandy Maddox (Tracy Letts), los malabares que tuvo que hacer Avildsen (Jay Duplass) para ajustarse a un presupuesto muy bajo según el estándar estadounidense y la contratación de Garret Brown (Michael Fuchs), inventor de la Steadicam, para las secuencias callejeras y aquella famosa escena de las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia, más otras vicisitudes del rodaje relacionadas con el balance entre boxeo y angustia metropolitana, los dos ejes centrales, los diversos problemas en locaciones, como conseguir una pista de patinaje, las mentiras de los actores sobre sus habilidades, especialmente Weathers (Stephan James) y Shire (Kiki Seto), y esa necesidad de crecimiento actoral de un Stallone todavía inexperto delante de cámaras por la falta de oportunidades en serio dentro del Hollywood lelo y endogámico de siempre.
La obra de Farrelly, ya largamente “divorciado” de su hermano Bobby, con quien entregó una serie de comedias tontuelas durante los años 90 y el inicio del Siglo XXI, claramente es un intento de regreso a la seriedad cercana al cine de prestigio modelo Green Book (2018), opus con Viggo Mortensen y Mahershala Ali que se coronó como Mejor Película en los Oscars, ya que las tres jugarretas posteriores del amigo Peter hasta Yo soy Rocky resultaron decepcionantes, nos referimos a Operación Cerveza (The Greatest Beer Run Ever, 2022), Ricky Stanicky: El Impostor (Ricky Stanicky, 2024) y Bolas Arriba (Balls Up, 2026), faenas en las que quiso retomar algo de la comedia anarquista y bastante guarra de antaño pero sin la frescura original. Entre citas efímeras a maravillas como A Quemarropa (Point Blank, 1967), de John Boorman, Baile de Ilusiones (They Shoot Horses, Don’t They?, 1969), de Sydney Pollack, Un Adiós Peligroso (The Long Goodbye, 1973), de Robert Altman, y La Conversación (The Conversation, 1974), de Coppola, el film cuenta con una introducción un tanto soporífera, un nudo muchísimo más interesante que definitivamente entusiasmó a Farrelly, centrado en la ridícula negociación con United Artists, y un último acto correcto vinculado a la filmación, ahora girando alrededor de las lesiones de Sylvester, el uso de la Steadicam, la no sindicalización del equipo, la improvisación del monólogo a los gritos contra el entrenador y la inseguridad por las tomas únicas de Avildsen. El guión de Peter Gamble, quien no contactó a Sly para asesorarse o pedir algún tipo de aprobación, compara explícitamente a Balboa con Stallone, un par de marginales que terminarían vendiéndose al mainstream, sobredimensiona el rol de Czack, aquí motivándolo a escribir, se burla de las predicciones de Hollywood mediante el fracaso de New York, New York (1977), convite de Scorsese que era el “gran” proyecto de los productores, y señala tácitamente a Avildsen como el mentor de Sylvester a nivel artístico, lo que viene a compensar la ausencia total de la madre y los agentes del actor, verdaderos artífices de que consiguiese el papel estelar. El final es abrupto y anticlimático, sustentado en una proyección de la película finiquitada, y sinceramente se desaprovechan a Shire, Weathers, Young (Scot Teller) y Meredith (Robert Morgan), sin embargo el epílogo documental resulta eficaz, con Rocky ganando el Oscar a Mejor Película, e Ippolito aporta corazón y una verdad de impronta callejera y humanista…
Yo soy Rocky (I Play Rocky, Estados Unidos, 2026)
Dirección: Peter Farrelly. Guión: Peter Gamble. Elenco: Anthony Ippolito, Matt Dillon, Tracy Letts, Jay Duplass, AnnaSophia Robb, Toby Kebbell, P.J. Byrne, Stephan James, Kiki Seto, Robert Morgan. Producción: Peter Farrelly, Toby Emmerich, Christian Baha, Paul Currie y Michele Weiss. Duración: 128 minutos.